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El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 19

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19: Basura Real 19: Basura Real Comencé a caminar sin dirección fija, dejándome llevar por el instinto.

Iba con cautela; aunque mi cuerpo se sentía diferente, aún no sabía qué tan fuerte era.

Sin embargo, mi sigilo fue en vano.

A pocos metros me topé con otro de esos demonios; se veía igual de sádico que el anterior.

Esa sonrisa depravada, la baba goteando de su lengua salida me demostraban que estos tipos se sienten invencibles.

Apenas me vio, comenzó a trepar por el techo hacia mí.

Me puse en guardia y, en un parpadeo, el maldito ya estaba a mis espaldas.

Giré sobre mis talones y bloqueé su golpe en seco.

Me quedé helado: anteriormente, un impacto así me habría destrozado los huesos.

También noté que reaccioné demasiado rápido.

El bicho saltó hacia atrás y mostró sus garras; eran tan largas que llegaban al suelo.

Comenzó a cargar hacia mí, arrastrando sus armas contra la piedra con un chirrido insoportable.

—¡Ven, maldito!

—dije, preparándome.

Mi visión se ajustaba a la penumbra de la cueva, permitiéndome ver cada uno de sus movimientos en cámara lenta.

Se me acercó demasiado, pero logré esquivar sus ataques con una agilidad asombrosa.

En un descuido, le devolví un golpe directo a la quijada, como un boxeador.

Empecé a reír, estaba haciendo frente a un monstruo que anteriormente casi me mata y me arrebató un ojo.

El bicho saltó hacia atrás y, en un instante, desapareció de mi vista.

¡Lo volvió a hacer!

Se sumergió bajo la tierra.

Sentí el temblor bajo mis pies y esquivé su agarre justo a tiempo saltando hacia un lado.

El tipo emergió del suelo con la frustración marcada en su cara deforme.

Corrió hacia mí con rabia ciega, pero yo lo estaba esperando.

De pronto, sentí un pinchazo en mis dedos y unas garras negras se extendieron de mis yemas; no eran tan largas como las suyas, pero se sentían letales.

Cuando estuvo frente a mí, me abalancé con una velocidad que ni yo mismo creía.

Me agaché, evitando su zarpazo, y clavé mi arma directamente en su vientre, justo donde emanaba aquel brillo maldito.

El demonio soltó un alarido desgarrador y agitó sus brazos frenéticamente antes de desplomarse, sin vida, sobre el frío suelo de la cueva.

—¡¿Creías que podías vencerme?!

¡Qué estúpido eres!

Me sentía eufórico, listo para cualquier reto.

Seguí caminando hasta llegar a una habitación tan amplia que mis pasos producían un eco profundo.

Varios pasillos desembocaban en aquel lugar; quizás en alguno de ellos estuviera la salida o alguna pista sobre mis padres.

Tendría que revisar uno por uno.

Al acercarme al primero, mi nariz ardió: un hedor intenso a carne podrida emanaba de esa dirección.

—Supongo que es por aquí —bramé, adentrándome en la oscuridad.

El túnel era extenso; pasé unos veinte minutos caminando hasta que desemboqué en una zona iluminada por varias fogatas.

Mi sangre se heló.

Había una horda de esas criaturas, al menos cuarenta de ellas.

Me oculté rápidamente detrás de una roca enorme, rezando para que no me hubieran visto.

Miré en todas direcciones buscando cómo pasar desapercibido, y entonces encontré uno de mis objetivos de la peor manera posible.

Mis padres colgaban del techo, claramente sin vida: desmembrados y vaciados por dentro.

Me quedé petrificado, viendo con impotencia cómo las lágrimas nublaban mi visión.

Mis rodillas cedieron por el peso del dolor y golpearon el suelo con un eco seco.

—¡Maldita sea!

—di un grito.

Todos en la habitación se pusieron en guardia.

Los cuarenta demonios giraron sus cabezas al unísono y comenzaron a avanzar en mi dirección con una rapidez aterradora.

Me levanté por puro instinto y eché a correr de vuelta por el pasillo del que había venido.

Estaba furioso, dispuesto a pelear, pero eran demasiados incluso para mi nuevo cuerpo.

—¡Mierda, ahora sí estoy jodido!

Corrí con todas mis fuerzas con todos esos tipos detrás de mí; si me distraía un solo segundo, moriría devorado.

Después de unos minutos, logré llegar a la habitación amplia y, sin tener otra opción, me metí por un pasillo diferente.

Una vez allí, por alguna razón, dejaron de seguirme.

“¿Por qué actúan así?”, pensé extrañado.

Sin darme cuenta, me estaba adentrando en el peor lugar posible.

A unos pasos encontré otra recamara muy espaciosa.

Estaba vacía, así que la exploré, pero no tenía otra salida aparte de por donde entré.

En el techo había un agujero amplio por donde se filtraba la luz y, justo debajo, algo parecido a un trono de piedra.

Me acerqué y, llevado por la curiosidad, me senté en él.

De pronto, el suelo vibró con una fuerza violenta.

—¿Qué carajos está pasando ahora?

—me pregunté, esperando ya cualquier cosa.

Al fondo de la cueva, en una pared sólida, comenzó a abrirse una puerta colosal.

Me puse en pie de un salto y me oculté en las sombras.

Hace unos momentos yo había revisado ese lugar y no vi nada.

¿Por qué, de repente, ahora aparecía una puerta de cuatro metros de altura?

[El usuario ha entrado a los aposentos del primer rey demonio] [Se recomienda salir inmediatamente o de lo contrario tendrá que luchar] ¿Rey Demonio?

Esto tiene que ser una broma.

¿Entonces por esa puerta va a entrar?

No creo ser capaz de pelear en su contra; tenía que escapar rápidamente.

Pero recordé que por la única salida estaban los otros cuarenta demonios.

Estaba en la peor situación posible.

La puerta terminó de abrirse y una figura colosal de cuatro metros de altura se adentró en la sala.

Su mera presencia hacía que el aire se sintiera pesado, difícil de respirar.

—¿Quién eres?

¿Osas sentarte en mi trono?

—bramó la figura.

Su voz era como el trueno, haciendo que las piedras del suelo vibraran.

Aún no podía verle el rostro por la intensa luz que venía de sus espaldas, pero su silueta era aterradora.

—¿Qué hago?, ¿qué hago?, ¿qué hago?

Comencé a hiperventilar y, en medio del pánico, lo único que se me ocurrió fue hacerme el muerto.

Retorcí la cara en una mueca de agonía, me llevé la mano al pecho y me lancé de espaldas contra el suelo, adoptando la pose dramática de un paro cardíaco fulminante.

Por suerte, ya me había alejado del trono; ahora solo podía quedarme rígido y esperar a que aquel gigante se creyera mi circo.

El tipo se acercó a su trono y se sentó.

Cada paso creaba un estruendo que hacía vibrar el suelo bajo mi cuerpo “inerte”.

Volteó en mi dirección y, entreabriendo apenas los ojos, pude verlo mejor.

Tenía una barba prominente, ojos amarillos y un rostro humanoide curtido por los años.

Llevaba un hacha colosal que clavó en la pared con una facilidad aterradora y vestía unos ropajes pesados, parecidos al atuendo de los antiguos vikingos.

—¿Quién lanzó basura en mi habitación?

—bramó con furia, señalándome con un dedo del tamaño de mi brazo.

“¿Este viejo cómo se atreve a tratarme como basura?” Pensé en ese momento, aunque estaba en una situación tensa aún me quedaba algo de dignidad.

—Cálmese, señor.

Mandaré a que saquen ese cuerpo asqueroso de aquí.

Descubriré quién fue y recibirá un castigo —respondió otra voz más suave.

¿Quizás era su sirviente?

No pasó ni un minuto cuando dos de esos monstruos me agarraron y me arrastraron fuera de la habitación.

Me llevaron a otro lugar, no tenía idea de a dónde, hasta que sentí cómo me lanzaban a un pozo.

Caí encima de un montón de carne en descomposición y restos óseos; supongo que era su vertedero personal.

—Sigo vivo —suspiré aliviado al quedarme solo, abriendo los ojos entre la carroña.

Me puse de pie con cuidado, sacudiéndome los restos.

Estaba en el fondo de un pozo, pero al menos el Rey me consideraba basura.

Y la basura, a veces, puede ser muy peligrosa si nadie la vigila.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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