El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 42
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42: Un Monstruo Llorando Sobre su Presa 42: Un Monstruo Llorando Sobre su Presa Llegó la noche, luego de estar todo el día cazando cualquier bestia que se cruzara en mi camino, solo obtuve una habilidad más: [El usuario ha obtenido una nueva habilidad: canto de Turpial.
El usuario ahora puede imitar a un Turpial] Un poco inútil, si me lo preguntas.
Ahora estoy aquí, en medio de la nada, sentado bajo un árbol con el calor de una fogata que improvisé.
Mañana seguiré con la masacre; necesito ser más fuerte que ese Augusto.
—Claro que sí…
—murmuré mientras veía el resplandor del fuego con una sonrisa amarga.
Trepé a una rama y dormí allí.
No era cómodo, pero no me importaba; ya nada me importaba.
Al día siguiente, desperté listo para la acción.
No tuve que esperar mucho: alrededor de las cenizas de la fogata había un grupo de seis animales.
Estaban allí, descansando, sin percatarse de mi presencia.
Se parecían un poco a mí: orejas de canguro, patas de conejo y marsupio.
La diferencia era que estos eran más robustos, medían cerca de un metro y medio y sus brazos eran tan gruesos como extintores.
Además, sus rostros se asemejaban más a los de un mono y carecían de las antenas que los livas tenemos.
“Basta de descripciones, es hora de cazar”.
Aún no tenía un arma, así que esta vez usaría los puños.
Identifiqué a cuatro hembras y dos machos; debía neutralizar a los machos primero.
Me deslicé entre las ramas sin emitir el más mínimo ruido, posicionándome sobre ellos.
En cuanto uno de los machos se alejó del grupo, supe que era mi momento.
Lo seguí.
Por alguna razón se alejaba cada vez más del grupo; tal vez se dirigía a un asentamiento.
Pobre, ya no llegaría.
La criatura se detuvo frente a un arbusto de bayas y empezó a comer; estaba totalmente a mi merced.
Me balanceé entre las ramas hasta posicionarme sobre él y, sin dudarlo, me dejé caer contra su espalda.
¡PUM!
Impactó contra el suelo y, de inmediato, rodeé su cuello con mis brazos para estrangularlo.
—¡Hhhmmmp!
¡Hhhmmmp!
Forcejeó desesperado, tratando de sujetar mis brazos para zafarse, pero era inútil: no pensaba soltarlo por nada del mundo.
Poco a poco dejó de oponer resistencia y el aire abandonó sus pulmones hasta que su cuerpo quedó inerte bajo el mío.
—Eso es…
solo muérete y ya —susurré con un cinismo escalofriante—.
Ya tengo la comida de hoy.
Una vez muerto, lo arrastré de los brazos para llevarlo a un sitio seguro.
De momento no tenía un refugio, así que simplemente lo oculté bajo un montón de hojas.
Regresé al lugar donde estaban los demás, pero ya se habían marchado; seguramente solo iban de paso.
“Bueno, me conformaré con este”, pensé resignado.
En el poco tiempo que llevo haciendo esto, me he dado cuenta de algo: para obtener nuevas habilidades, tengo que consumir la carne de las criaturas que mato.
¿Será algún tipo de asimilación?
Volví a donde escondí el cadáver, lo saqué e hice otra fogata ahí mismo.
Usando mis garras, comencé a trocearlo a falta de un cuchillo.
De verdad parezco un demonio, descuartizando y desmembrando todo lo que encuentro a mi paso.
El olor de la carne al fuego quizá atraiga a más presas.
Mejor para mí; más habilidades.
Clavé los trozos en una vara y los acerqué a las llamas.
“¿Cómo quedará mejor?
¿Término medio como un buen filete de res o bien cocido?” Para no arriesgarme con alguna infección o parásito, dejaré que se cocine por completo.
En cuanto estuvo listo, no esperé ni un segundo; tomé mi almuerzo y le di un gran mordisco.
Comencé a masticar y a tragar con avidez.
Sabía un poco insípido, pero para mí era un manjar legendario.
Debería conseguir sal…
y un cuchillo también.
Me acabo de dar cuenta de que siempre he ido desnudo; qué falta de civilización, de verdad.
¿Cómo podía andar por ahí como un maldito loco?
Debo conseguir pieles y fabricarme un buen abrigo.
[El usuario ha obtenido una nueva habilidad: Veneno de Mitrava.
Ahora el usuario puede producir una toxina en su boca que, al morder, resulta letal para casi cualquier bestia].
“¿Así que esos bichos se llaman Mitravas?
Aquí algunos animales tienen nombres extraños y otros son idénticos a los de la Tierra”, pensé mientras terminaba de comer.
—A ver, probemos ese veneno —murmuré mientras me ponía de pie y estiraba las extremidades, haciendo tronar mis huesos.
¡Crick!
Pasé la lengua por mis dientes y sentí cuatro colmillos que antes no estaban.
Así que las habilidades también mutan mi cuerpo…
interesante.
—Debo conseguir algo para estrenar esta habilidad.
Comencé a caminar.
Un paso tras otro, sin una dirección fija, dejándome llevar por el instinto.
Lo que quedó del cuerpo del mitrava lo dejé en el suelo; si otro animal lo encontraba, que aprovechara el festín.
Y así…
no sé cuántas lunas pasaron en aquel lugar, sumido en una locura absoluta donde el instinto devoró mi raciocinio.
Los días se fundieron en una mancha borrosa de sangre, gruñidos y el sabor metálico de la carne cruda.
Mi humanidad se desvaneció entre la maleza, reemplazada por la necesidad visceral de asimilarlo todo.
Cuando finalmente recuperé la consciencia, el sol me calaba los huesos a la entrada de una cueva.
Ya no era aquel ser indefenso y desnudo que se escondía en las ramas.
Mis manos, ahora callosas y manchadas de una suciedad antigua, empuñaban una lanza con una punta de obsidiana que yo mismo debí tallar en mis trances de lucidez.
Sobre mis hombros pesaba un abrigo de piel tosca, impregnado con el olor de una bestia que ya no existía, y un cinturón de cuero curtido sostenía un cuchillo, negro y gélido como el vacío de DyTPo.
Miré mis garras, ahora más largas, y luego la entrada de la cueva.
El tiempo me había transformado en algo que apenas reconocía.
—¿Qué mierda?
¿Cómo llegué hasta aquí?
¿Dónde carajos estoy?
—Mis párpados pesaban, me ardían los ojos y un punzante dolor de cabeza me impedía concentrarme.
—Es cierto…
me estoy haciendo fuerte.
Aquí debería estar el Shockpinfinder que estuve rastreando.
Los recuerdos volvieron de golpe.
Durante tres meses estuve internado en la espesura, sin pensar en nada más que en la caza.
Devoré reptiles, roedores, pájaros, perros demonio, primates e incluso insectos.
Ahora me encontraba frente al rey de este lugar: un maldito oso de siete metros.
La última vez que lo vi fue hace más de tres años; en aquella ocasión, yo solo era un bebé liva indefenso.
Ahora…
ni siquiera sé qué estoy haciendo con mi vida.
Pero no me interesa.
De todos modos, me quedan apenas nueve meses.
—¡Jajajajaja!
¡Qué ironía!
—comencé a reír a carcajadas, con el eco de un desquiciado rebotando en las paredes de la cueva.
—¡SAL, MALDITO COBARDE!
¡TE VOY A MATAR Y TE VOY A DEVORAR!
—lo desafié desde la entrada, con los pulmones ardiendo.
¡¡GRRRRRR!!
El rugido hizo temblar el suelo bajo mis pies y la onda de choque desplazó el aire a mi alrededor.
—¡ESO ES!
¡VEN AQUÍ, ESTÚPIDO!
¡PUM!
¡PUM!
¡PUM!
Los pasos del monstruo retumbaban en la vegetación mientras salía de su escondite.
Lentamente, la luz reveló su cuerpo robusto y su pelaje negro como el azabache.
Una cicatriz profunda le recorría el rostro desde la frente hasta la mandíbula; sus colmillos, largos y curvos como los de un tigre dientes de sable, imponían un respeto instintivo.
Tenía la mirada de un veterano de guerra contra el que nadie querría cruzarse.
Un hedor a hierro y muerte inundó el ambiente: sus garras y belfos estaban empapados de sangre fresca.
—¡No pareces estar de muy buen humor!
—exclamé con una sonrisa desencajada, apretando el agarre de mi lanza.
El bicho no esperó ni un segundo.
Al parecer, le había tocado demasiado las narices porque, apenas estuvo fuera, arremetió contra mí con una embestida brutal.
—¡Eso es!
¡Ven aquí, cachorrito!
Corrí de frente hacia él.
No tenía ninguna estrategia en mente, solo fuerza bruta y sed de sangre.
¡Shish, shish, shish!
En un parpadeo ya estábamos cara a cara.
Empuñé mi lanza y descargué un ataque con todas mis fuerzas, buscando clavársela directamente en el ojo.
No sirvió de nada; lo esquivó con una agilidad impropia de su tamaño y me soltó un manotazo que me mandó a volar por los aires.
¡CRASH!
Impacté contra una formación rocosa de la cueva con tanta violencia que la piedra se hizo añicos tras mi espalda.
Sin embargo, me puse de pie ileso.
[El usuario ha utilizado la habilidad: Armadura de Escarabajo de Acero].
—¡Jejeje!
¡No creas que vine indefenso!
—exclamé, sacudiéndome el polvo de los hombros con una sonrisa demente.
¡GRRRRR!
Soltó otro rugido de guerra.
Esta vez me acerqué con un poco más de cautela; aunque estos meses habían sido de puro aprendizaje, todavía no encontraba una fisura en su defensa.
Este tipo de retos me fascinan, pensé con un brillo salvaje en los ojos.
—Vamos, sé que quieres matarme.
Acércate —lo provoqué mientras adoptaba una postura firme, digna de un guerrero espartano.
Me preparé.
Iba a utilizar una técnica que me venía de maravilla gracias a la anatomía de mis piernas.
Arremetí de nuevo contra él, pero esta vez el resultado sería distinto.
El Shockpinfinder se dispuso a repetir la misma maniobra.
Lo que no esperaba era que, tras lanzar el estocazo con mi lanza y provocar su manotazo, yo diera un salto directo hacia su rostro.
[El usuario ha utilizado la habilidad: Salto de liebre.
El usuario puede realizar saltos de más de diez veces su tamaño.
Mejora aplicada debido a compatibilidad biológica].
Estando a esa altura, desenfundé mi cuchillo negro y lo hundí en su nariz.
¡SHLUCK!
Usando el arma clavada para sostenerme, aproveché el apoyo y, con un movimiento preciso, hundí la lanza profundamente en su ojo.
—¡GAAAAAAAA!
—el Shockpinfinder bramó de puro dolor, un grito que sacudió todo el bosque.
—¡Eso es!
¡Sufre, maldito!
—Grité, saboreando cada segundo de la cacería.
El monstruo comenzó a sacudir la cabeza con una fuerza descomunal.
No pude mantener el agarre y salí proyectado por los aires una vez más.
Logré recuperar mi lanza en el último segundo, pero el cuchillo negro quedó hundido profundamente en su nariz.
¡ZIIIP!
Aterricé pesadamente sobre unos arbustos.
La armadura de escarabajo absorbió el impacto de nuevo, aunque el golpe me dejó un zumbido agudo en los oídos.
—¡Ahora sí estás jodido!
—le grité desde mi posición, escupiendo un poco de tierra.
[El usuario ha impregnado el Veneno de Mitrava en el cuchillo].
—¿Lo ven?
Soy un genio —dije, girando la cabeza hacia el vacío e imaginando una cámara que grababa mi hazaña para un público inexistente.
La bestia comenzó a tambalearse, pero no se desplomó; al parecer, la dosis no había sido suficiente para su enorme masa.
“Bueno, es igual…
ya llegó el momento de matarlo”.
Corrí a su alrededor con una velocidad que nunca antes había alcanzado.
El monstruo, mareado por el veneno y mis movimientos, ya no sabía por dónde vendría el próximo ataque.
De pronto, me posicioné justo a su espalda y no perdí ni un segundo en aprovechar la brecha.
¡ZUM!
Di un salto tan potente que, en menos de un parpadeo, ya estaba trepado en su nuca.
—¡AAAAAAAAAH!
—grité con los pulmones a punto de estallar.
Alcé la lanza con ambas manos y, aprovechando todo el impulso de mi cuerpo, la hundí con tal saña que la bestia se desplomó al instante.
¡PLUM!
El estruendo de su caída retumbó en todo el lugar, levantando una densa nube de polvo.
El silencio me invadió de golpe; solté mi arma y me quedé mirando a la nada, incrédulo ante lo que acababa de lograr.
—¡SIIIIIIIIIIII!
—alcé el puño en una pose de victoria absoluta—.
¡TE MATÉ!
¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Reía como un desquiciado mientras arrancaba la lanza de su espalda para volver a sepultarla en su carne.
¡SHLUCK!
¡SHLUCK!
¡SHLUCK!
Una y otra vez, hundí y extraje el arma mientras las carcajadas se mezclaban con el sonido de la carne desgarrada.
La sangre comenzó a brotar como una fuente, empapándome por completo y tiñendo la tierra de un rojo intenso bajo el sol.
—¡Jajajajaja!
¡Jajaja!
¡Jaja!…
Jajaja…
—Solté unos suspiros pesados.
Mis hombros subían y bajaban al ritmo de una respiración rota.
La adrenalina se estaba evaporando, dejándome a solas con el pesado silencio del bosque.
Me dejé caer sobre el cadáver, bañándome aún más con sus restos.
Entonces, sin previo aviso, las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos.
—¡¿QUÉ MIERDA ESTÁ PASANDO?!
—grité con toda la fuerza que me quedaba, agitando los brazos como un niño en medio de un berrinche.
En esto se había convertido mi vida.
Un monstruo llorando sobre su presa.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES AlbertYart Este capítulo ha sido un poco denso de escribir.
Espero les guste tanto como a mí.
¡Gracias por leer!
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