El Archivo del Trauma - Capítulo 101
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Capítulo 101: Capítulo 38: La Latencia del Arma
La geografía del desastre es predecible si sabes qué buscar. Como logré memorizar los puntos críticos de nuestra ruta, la ejecución de esta fase se vuelve una simple cuestión de posicionamiento. No necesité registrar cada escombro, solo los nodos logísticos que, si mis cálculos no fallan, deben estar justo en este sector.
—¡Ya me estoy cansando! —rugió el líder detrás de mí, su voz rompiéndose por la fatiga—. ¡Te juro que si te atrapo, te haré pedazos con mis propias manos!
Los analicé una última vez. Son infantes emocionales, sí, pero no carecen de una astucia rudimentaria. Su deficiencia mental no es tan profunda como para ignorar el entorno.
¿Por qué lo digo? Simple. Planearon esta emboscada para que coincidiera con el punto álgido del ciclo de la niebla.
Sabían que, al llegar este momento, la bruma se volvería una masa espesa y oscura, el telón perfecto para un asesinato sin testigos. Es una estrategia sólida para un nivel cognitivo promedio.
Lamentablemente para ellos, yo no opero en niveles promedio.
Usaré su escenario perfecto en su contra. Cuando la niebla alcanza este grado de opacidad, la actividad de los Hollow se intensifica de forma exponencial. Salen con una voracidad renovada, impulsados por un instinto de caza primario.
Entonces, mi trabajo se vuelve sencillo. No necesito mancharme las manos con basura. Solo tengo que abrir la puerta y dejar que el hambre del mundo haga el resto.
Tras llegar al sector exacto que había previsto, los tres sujetos me rodearon, bloqueando mis rutas de escape. Jadeaban, pero sus rostros destilaban una satisfacción retorcida.
—Hasta que dejaste de correr… —soltó el líder, recuperando el aliento.
Ignoré sus palabras. Ahora solo debía convertirme en el faro. Forcé mi frecuencia interna, obligándola a emanar el mayor frío posible, empujando los límites de lo que mi cuerpo podía procesar.
El sistema comenzó a colapsar bajo la presión. Mi frecuencia pasó de una línea estable a un pico errático. Una mezcla violenta de calor residual y frío ártico rodeó mi cuerpo, provocándome un dolor de cabeza punzante, una agonía eléctrica que amenazaba con desconectar mis sentidos.
—¿Qué intentas, imbécil? —preguntó uno, retrocediendo un paso ante la distorsión del aire a mi alrededor.
De pronto, el silencio de la niebla se rompió. Chillidos guturales y sonidos de miembros arrastrándose comenzaron a emerger de la oscuridad. Uno, dos, cinco, nueve… Los Hollows comenzaron a aparecer en una marea de hambre y garras.
No esperé más. Me preparé para el impacto inminente.
Las criaturas se lanzaron sobre nosotros al unísono, atraídas por el pico de energía que yo mismo había provocado.
—¡¿Qué demonios?!
—¡Oye! ¡Tú también vas a morir aquí! —bramó otro, tratando de defenderse de una de las bestias.
—No —respondí, mientras mi visión empezaba a fragmentarse—. Soy más rápido que ustedes. Además, conozco a alguien capaz de sanarme.
Dos Hollows se lanzaron directamente hacia mi posición. Comencé a pelear por pura supervivencia, un baile de movimientos desesperados y precisos en medio de la carnicería.
Debía derrotar a estos dos y, al mismo tiempo, maniobrar para que los otros tres terminaran ejecutados por la horda. No me iría hasta verlos convertidos en restos. Me aseguraría de que su existencia fuera borrada del mapa antes de dar un solo paso hacia la mansión.
(PUNTO DE VISTA DE SERENNE AKARI)
¿Debería decirle algo? Desde aquel instante en que mis sentidos se apagaron y me desmayé, mi mente no ha hecho más que proyectar una sola imagen: sus ojos.
Esos ojos que parecen procesar el mundo como una serie de códigos fríos.
¿Debí haberme marchado? No… no se siente incorrecto estar a su lado. Al menos, no del todo. Además, Knox está aquí. Es molesto, ruidoso y una distracción constante, pero supongo que es soportable.
Sin embargo, hay una fricción interna que no puedo ignorar. No se siente bien estar así, sumida en esta inercia. Se supone que soy un arma, fui forjada para el movimiento, para el conflicto, para la ejecución.
¿Qué hago aquí, acostada sin hacer nada, dejando que los minutos se escurran entre las sábanas de una mansión que no es mía?
Esta pasividad es… horrible. Es una forma de oxidación.
¿Dónde está Elian? Mi reloj interno me dice que lleva demasiado tiempo afuera. Si mis cálculos climáticos son correctos, la niebla ya debe haber alcanzado su punto más oscuro. Eso es peligroso. En este ciclo, el exterior no es solo ruinas, es un matadero.
¿Debería salir a buscarlo?
—Ah… no sé qué hacer —susurré al techo, sintiendo el peso de la indecisión.
De pronto, un sonido rompió el hilo de mis pensamientos. Alguien golpeaba la puerta. No eran los golpes autoritarios de los guardias, sino algo débil, apenas un susurro de nudillos contra la madera. Pero eran constantes, rítmicos, casi desesperados.
—Ya voy, ya voy —dije, incorporándome de un salto mientras mi mano buscaba instintivamente la empuñadura de mi daga.
Cuando abrí la puerta, la adrenalina se congeló en mis venas.
—¿E-Elian?
En cuanto el pestillo cedió, el mundo pareció desplomarse hacia adentro. Elian no entró caminando, su cuerpo perdió el equilibrio y cayó pesadamente sobre mí. El impacto me obligó a retroceder hasta terminar sentada en el suelo, sosteniendo su peso muerto entre mis brazos para evitar que su cabeza golpeara el concreto.
—¿Qué te… pasó?
—Hah… hah…
No podía ver su expresión.
Su ropa, esa que hace unas horas lucía impecable, ahora era un amasijo de jirones empapados. Su rostro estaba bañado en una capa espesa de carmesí, y el olor a hierro que desprendía su cuerpo me golpeó los sentidos. No era solo sangre ajena, el calor que emanaba de sus heridas era real.
—¿Qué rayos pasó afuera? —mi agarre en sus hombros se intensificó, como si quisiera mantenerlo anclado a la realidad.
—Hah… —soltó una bocanada de aire errática, un sonido quebrado que me erizó la piel—. Creo que… no calculé… que habría tantos…
No dijo una palabra más. Sus párpados se desplomaron y, en un segundo, la inconsciencia le arrebató lo poco que quedaba de él. Su peso se volvió absoluto sobre mis brazos.
—No puede ser. Otra vez lo mismo…
Otra vez el mismo vacío. Era una repetición irritante de lo que ocurrió cuando… bueno, no importa ahora. No tengo tiempo para el pasado. Lo acomodé en el suelo con brusquedad contenida y fui a buscar el equipo médico.
—Tendrás que limpiar el suelo después… —solté al aire, mirando las manchas que empezaban a arruinar el acabado de la habitación.
Este chico hace cosas estúpidas. Cosas imprudentes. ¿Qué demonios hizo allá afuera para terminar en este estado lamentable? Al final, siempre termino haciendo esto. Parece que ese es el rol que el destino me tiene asignado con él.
Me arrodillé a su lado y comencé a pasarle una toalla húmeda por el rostro.
El tinte blanco de la tela desapareció al instante, reemplazado por un rojo denso y oscuro. Estaba cubierto de sangre, tanta que empezaba a resultar difícil distinguir dónde terminaba la suciedad y dónde empezaba la carne rota.
—Después se lo preguntaré —dije para mis adentros, tratando de acallar la punzada de ansiedad en mi pecho.
Seguí limpiando sus manos con movimientos cortos y precisos. Me detuve un segundo de más, con los dedos suspendidos sobre su piel. No era por afecto, necesitaba verificar si sus heridas eran… profundas.
Así me quedé durante un buen rato, en silencio, intentando reparar a este chico que siempre parecía estar a punto de romperse.
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