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El Archivo del Trauma - Capítulo 100

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Capítulo 100: Capítulo 37: Protocolo de Desecho

Cuando nos alejamos lo suficiente de la mansión, el líder levantó una mano, dándonos la señal de alto. Sus hombros estaban tensos, mucho más de lo que la fatiga física justificaría.

—Bien, prepárense… estamos cerca.

Me posicioné detrás de todos, adoptando una postura de observación periférica. Veía cómo intercambiaban miradas rápidas, gesticulaban en silencio y mantenían esa aura de nerviosismo.

Al parecer, la naturaleza de esta misión los estaba afectando de una forma que sus egos no podían ocultar.

¿Miedo? Probablemente. Como sea, por ahora me limitaré a seguirlos.

Hasta ahora, el paisaje ha sido una repetición monótona de esqueletos de concreto y hogares reducidos a escombros. Ni un solo rastro de humanidad más allá de los rostros que ya conocía.

En teoría, mi objetivo principal era localizar las aldeas y ciudades pequeñas que aún resisten en la periferia. Debo llegar ahí en algún momento, pero el presente me dicta una ruta distinta.

En un principio, mi plan era una infiltración progresiva en la sociedad, pero tras nuestro secuestro, las variables cambiaron drásticamente.

Sin embargo, analizando el panorama actual, tal vez esto sea mucho mejor si logro manejar las piezas con la precisión adecuada. Estar en el corazón de la organización me da un acceso que ninguna aldea me ofrecería.

Nos detuvimos al pie de un edificio cuya fachada parecía haber sido arrancada por una garra colosal. Los tres cazadores se quedaron rígidos frente a la entrada. No hablaban. No se movían. Y, sobre todo, evitaban girarse para verme.

Entonces, de la nada y sin una señal de advertencia biológica, uno de ellos se lanzó hacia mí. El puño cortó el aire donde hace un milisegundo estaba mi cráneo.

Por puro instinto de preservación, logré desplazarme lateralmente, ganando la distancia necesaria para estabilizar mi postura.

—¿Qué intentan?

—¿Todavía no te das cuenta?

—¿De qué?

—Olvídalo. No vas a vivir lo suficiente para que la respuesta importe.

Antes de que pudiera recalibrar mis vectores de defensa, el segundo sujeto se movió. No fue solo velocidad, fue una técnica de ocultamiento de presencia que mi radar sensorial no pudo divisar a tiempo.

Desapareció de mi campo visual y reapareció instantáneamente en mi punto ciego.

Un golpe seco y masivo conectó en el centro de mi espalda, transfiriendo una cantidad de energía cinética que mis costillas apenas pudieron absorber.

El mundo se convirtió en un borrón de escombros mientras salía disparado por los aires, estrellándome contra la fachada del edificio con un estrépito de hormigón fracturado.

Respiré hondo, sintiendo el sabor metálico de la sangre y el polvo en mi garganta. Me levanté de entre los escombros con una parsimonia que pareció irritarlos. Tras un breve suspiro, reactivé mi frecuencia interna.

Era un tres contra uno. Estadísticamente, tengo todas las de perder en un enfrentamiento de fuerza bruta. Además, mi estabilidad está al 53%. Si me veo obligado a usar mi habilidad personal, mi integridad caerá peligrosamente cerca del umbral del 40%.

—¿Van a matarme? —pregunté, limpiando un rastro de polvo de mi hombro.

—¿Recién te das cuenta? —el líder escupió al suelo—. ¿En serio eres el niño prodigio del que todos hablan? Pareces más un idiota con suerte.

—¿Es envidia lo que escucho en tu voz? —ladeé la cabeza, analizando la dilatación de sus pupilas.

Así que ya se habla de mí en esa mansión, ¿eh? La información se propagó más rápido de lo que mis cálculos iniciales preveían. Interesante.

—Cállate. Por tu culpa nos quitaron nuestros privilegios. El Señor nos degradó en cuanto pusiste un pie en esa mansión. Si te sacamos del mapa ahora, las cosas volverán a ser como antes.

—Ah… ya entiendo. Un berrinche —concluí.

Era impensable. Mi mente procesó la información y la desechó por su absoluta falta de lógica. Estos hombres podrán ser ejecutores letales, pero su arquitectura mental es de una inmadurez alarmante. Si esa es su motivación, su nivel cognitivo es equiparable al de un infante al que le han quitado un juguete.

—¡Cállate! ¡Tú no entiendes nada! —gritó el más joven, perdiendo el control de su frecuencia. El aire a su alrededor vibraba por el odio.

—Exacto, no entiendo. Y para ser honesto, no me importa.

—¡Ah! ¡Esa actitud me tiene harto! ¡Te voy a despedazar!

Sin decir más, el sujeto se lanzó directo hacia mi rostro, convirtiéndose en un vector de fuerza descontrolada impulsado por el ego herido.

Tuve que desplazarme con precisión milimétrica para evitar el impacto inicial. Calculando las variables y sabiendo que un enfrentamiento directo de tres contra uno agotaría mis reservas innecesariamente, tomé una decisión lógica: correr de vuelta hacia el perímetro de la mansión.

Para un observador externo, mi huida parecería un acto de cobardía. Pero…

Desde que noté el patrón de su sudor y el nerviosismo rítmico en su respiración, el escenario de la emboscada quedó registrado en mi mente como la probabilidad más alta. Las miradas esquivas y los gestos mínimos que intercambiaron al llegar al edificio no fueron más que la confirmación de mis sospechas.

Obviamente, mi confianza en ellos era nula. Por eso utilicé el trayecto inicial para medir su velocidad máxima. Si mis cálculos eran correctos y mi frecuencia interna era superior, ellos nunca podrían cerrar la brecha.

—¡Ya deja de correr, desgraciado! —gritó el líder, cuya frecuencia empezaba a flaquear por el esfuerzo sostenido.

Les mentí.

—Oigan —dije, manteniendo la respiración estable mientras corría—, ¿saben por qué les dije que era soberbio y no arrogante?

—¿Eh? ¿De qué hablas, estúpido? —el sujeto lanzó un zarpazo al aire, frustrado.

Sentí el impulso biológico de sonreír ante su ignorancia, pero lo reprimí al instante. No necesitaban ver mi satisfacción, solo mi rostro plano, esa máscara inexpresiva que tanto los desquiciaba.

—Solo estaba jugando con ustedes.

Desde que supe de esta misión, entendí que era la oportunidad perfecta para un único propósito: deshacerme de la basura que estorba.

Si en esa mansión existía gente que me odiaba hasta el punto de planear una emboscada, lo más eficiente era forzarlos a actuar en un entorno controlado por mí para eliminarlos de la ecuación.

Explotar el ego de esta gente fue sumamente fácil. El orgullo es un vector que siempre apunta hacia su propia destrucción.

—Tú… ¿actuaste de esa forma tan arrogante solo para…?

—Veo que aún te queda un vestigio de cerebro —dije, observándolo de reojo.

Aunque, para ser honesto conmigo mismo, hubo un factor que no figuraba en mis cálculos habituales: la curiosidad terminó ganando.

Pude haber rechazado la misión o haber resuelto la amenaza de un modo más directo y eficiente. No era estrictamente necesario este juego de persecución y engaño.

Supongo que, en algún rincón de mi arquitectura mental, me divertí moviendo a estos peones por el tablero. Ver cómo sus rostros pasaban de la superioridad al terror absoluto generó una satisfacción estadística inusual.

Bueno, los sentimientos son irrelevantes ahora. Los datos han sido recolectados, el entorno ha sido asegurado y el enemigo ha sido expuesto.

Solo debo realizar mi último movimiento. Ejecutarlos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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