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El Archivo del Trauma - Capítulo 105

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Capítulo 105: Capítulo 42: Disonancia de un Corazón Táctico

Abrí los ojos y me encontré rodeado por un vacío absoluto. No había dimensiones, ni arriba ni abajo. Solo una negrura densa que lo devoraba todo. Era como flotar en el espacio, pero despojado de estrellas o planetas.

—Me pregunto dónde… estoy. Es la primera vez que la meditación me lanza a un sector tan vacío.

Cerré los ojos, concentrándome en proyectar una estructura sobre la nada. Al volver a abrirlos, la oscuridad estalló en un blanco cegador.

—Ah… ya entiendo cómo funciona.

Frente a mí, una figura femenina comenzó a materializarse. No era una imagen estática, sino una construcción que emanaba una luz cálida, ganando definición hasta que su aspecto se volvió nítido.

—¿Cómo has estado, Amélie? —pregunté, sintiendo cómo las comisuras de mis labios se curvaban apenas un milímetro.

—¡Oh, Elian!

Ella levantó la mano para saludarme con una energía que contrastaba con la frialdad del entorno. Intentó dar un paso hacia mí, pero mi instinto fue más rápido.

—Ey, ey. No puedes acercarte —la detuve en seco, extendiendo mi propia mano para marcar la frontera.

—¿Eh? ¿Por qué…? —preguntó, haciendo un puchero que en el mundo real me habría resultado irritante, pero que aquí se sentía dolorosamente familiar.

—Por nada en especial. Solo es mejor mantener la distancia. Seguridad, más que todo.

—Oh… ya veo.

Mentira. No era por seguridad física, era para evitar que la calidez de su proyección corrompiera mi objetividad. Simplemente con verla bastaba para recalibrar mi centro.

—Amélie. Tengo demasiadas dudas y procesos que resolver —dije, mirando mis manos translúcidas—. No tengo idea de si hice bien al aceptar convertirme en un asesino.

—¡¿Asesino?! —exclamó ella, sus ojos abriéndose con horror.

—Sí.

—¡Pues claro que no está bien, Elian!

—Claro, claro. Pero no tenía otra opción. O al menos, no encontré otro método de supervivencia en ese momento.

Ella sonrió tristemente. Bueno, esa era la emoción que mis bases de datos identificaban en los pliegues de su rostro.

—Bueno… lo hiciste para proteger a tus amigos, ¿no?

—¿Amigos? No recuerdo haber hecho amigos.

—Ay, vamos. ¿De verdad no los consideras tus amigos?

—Para nada.

—¿Seguro? —insistió ella, con un tono vacilante que me hizo dudar por un microsegundo.

Bajé la mirada, procesando la pregunta. Estaba seguro de que no los consideraba amigos. Eran solo variables que debía manipular para optimizar nuestras posibilidades de éxito.

A veces el proceso era fácil. Otras veces, como hoy con Serenne, resultaba extremadamente molesto.

—Hiciste bien en convertirte en asesino solo si el objetivo era protegerlos —sentenció Amélie, recuperando una seriedad impropia de su luz—. Si no fue por eso, entonces lo hiciste por pura arrogancia.

—Entonces… ¿lo hice por ego? ¿Solo para demostrar que soy superior? Entiendo… creo que comienzo a comprender la falla en mi lógica.

Miré el vacío blanco, sintiendo el peso de su diagnóstico.

—Amélie, ¿qué debo hacer? No tengo la certeza de si hay un traidor entre nosotros. Y no quiero preocupar a Se… —Me detuve en seco.

Ella me lanzó una sonrisa pícara, capturando el desliz al vuelo. Había cometido un error de cálculo táctico. Mi subconsciente me había traicionado.

—Ajá. No quieres preocupar a Serenne, ¿eh?

—No quise decir eso. Simplemente no encontré las palabras correctas.

—Claro, claro. Bueno, si no estás seguro de quién es el enemigo, deberías empezar por confiar en los demás.

—¿Confiar? —fruncí el ceño—. ¿Cómo se supone que confíe cuando ni siquiera puedo descartar la existencia de un traidor?

Amélie comenzó a juguetear con su cabello, un gesto que se registró en mi mente como algo… tierno. Tuve que desviar la mirada para evitar que la calidez de la imagen afectara mi frecuencia cardíaca proyectada.

—No lo entiendo, Amélie…

—Si dejaras de verlos por un segundo como simples variables… ¿qué verías, Elian?

Lo pensé. Analicé los perfiles de Serenne, de Knox, de Caelum. Pero la respuesta que arrojaba mi sistema era un vacío absoluto. Sin el filtro de la utilidad, no veía nada. No sentía nada.

—Es sencillo —continuó ella, acercándose un poco más al límite que yo mismo había trazado—. Te cuesta responder porque tratas de verlos bajo un concepto ligado a ti. No intentes ser otra persona, Elian.

—¿Qué quieres decir?

—Míralos como lo que son. Humanos. Seres con emociones, miedos y cosas que proteger. Incluso si eso los vuelve egoístas.

—¿Humanos? —repetí—. Los humanos son erráticos, caóticos y contradictorios. Analizar a un humano es como intentar resolver un laberinto que cambia de forma mientras lo recorres.

—Exacto. Pero si dejas de verlos como piezas de un tablero y los ves como personas… ¿qué crees que valorarían más que a sus propios amigos o salvadores? ¿Qué estarían dispuestos a vender para salvar algo más?

Abrí los ojos un poco más, sorprendido. Una ráfaga de frío pareció recorrer mis huesos. Amélie acababa de dar con la clave del traidor.

—Estás bloqueado porque intentas entender las emociones desde fuera. Pero, para tu suerte, me tienes a mí —dijo ella, irradiando un orgullo reconfortante.

—Ja —solté una pequeña risa involuntaria—. Ya entiendo. Siempre fuiste más inteligente que yo, Amélie.

—De nada, de nada.

Levanté la mirada para grabarme su rostro una última vez. No quería que la resolución de esta imagen se perdiera al despertar.

—Gracias. Por esta vez… intentaré verlos como amigos.

—Yep. Eso me gusta mucho más.

Le dediqué una última sonrisa. Fue un gesto extraño, forzado por la falta de práctica, pero se sintió necesario.

—Amélie… ¿algún día nos volveremos a ver de verdad?

—Eso depende de nosotros dos. Pero… sí, quiero creer que sí.

—Entiendo —me giré, dándole la espalda al blanco infinito y obligando a mis sentidos a buscar el retorno—. Lo siento si me ves actuar de forma tan fría allá afuera, pero necesito llegar al núcleo de todo esto.

—Jeje, siempre has sido frío desde que nos conocimos, Elian. Aunque ahora quizá te pasas un poco de la raya.

—Puede ser. No soy consciente del todo de lo que proyecto. Pero, aun así… —sentí que mis párpados pesaban y mi cuerpo empezaba a entumecerse bajo el peso de la realidad—. Estoy agradecido contigo. Prometo volver.

—Estaré esperando —dijo ella. Pude ver de reojo cómo su sonrisa me acompañaba mientras la luz se desvanecía.

Eso me hizo sonreír a mí también. Entonces, todo se oscureció.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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