El Archivo del Trauma - Capítulo 104
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Capítulo 104: Capítulo 41: Un Día de Gracia Oxidada
Abrí los ojos lentamente. El dolor era un eco sordo que recorría cada fibra de mi cuerpo, pero mi mente ya estaba disparando diagnósticos antes de que mi visión se enfocara. Estaba en mi cuarto, a salvo, envuelto en el silencio de la mansión. Solo Serenne pudo haberme traído hasta aquí.
Me incorporé con dificultad, ignorando la protesta de mis músculos, y consulté mi estado interno. Estabilidad: 60%. Había subido drásticamente.
—Creo que… acabo de encontrar un bug en la realidad.
Es la segunda vez que ocurre y esto lo confirma. El sueño no es solo descanso para alguien como yo. Si logras dominar el flujo del sueño, si te mantienes lúcido para meditar dentro del propio subconsciente, puedes forzar la estabilización del sistema.
Me habían dicho que dormir ayudaba, pero esto es un nivel superior de procesamiento. Solo tengo que asegurarme de que las pesadillas no me corrompan mientras me reparo.
Me obligué a ir al baño. El agua caliente ayudó a disolver los últimos restos de rigidez táctica.
Me puse ropa cómoda, la tercera muda en menos de veinticuatro horas. Probablemente estaba abusando de los privilegios de este asilo, pero la cortesía es lo último que me preocupa cuando tengo una diana en la espalda.
Caminé por los pasillos, analizando cada ángulo muerto y cada sombra, hasta que encontré a Caelum en una de las salas comunes. Estaba comiendo, rodeado de un lujo que parecía incomodarlo tanto como a mí. Me acerqué, manteniendo mi paso silencioso.
—Hola.
—Oh, Elian —él se sobresaltó un poco, dejando los cubiertos—. ¿Cómo… cómo has estado?
—Bien. Ya me adapté a este lugar.
Obviamente, no iba a mencionarle que casi termino convertido en abono por culpa de unos veteranos con complejo de verdugo.
—Eso es bueno —murmuró él, forzando una sonrisa.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
—Ah… yo bien. Es reconfortante poder descansar después de tanto huir —suspiró, recostándose en la silla.
—Es cierto —sentencié, clavando mis ojos en los suyos—. Pero no te relajes, Caelum. Recuerda que estamos rodeados de asesinos.
Él bajó la mirada de inmediato, el peso de mis palabras hundiéndole los hombros.
—Sí… es cierto.
Se lo podía ver agotado. Era lógico. Incluso yo sentiría el peso del desgaste después de tanto huir sin un rumbo fijo. Para su desgracia, la ironía de nuestra supervivencia era amarga. Lo único que ahora nos mantenía a salvo era la hospitalidad de una organización de asesinos.
—¿Y tu hija? —pregunté, rompiendo el hilo de sus pensamientos—. ¿Está bien?
—Sí. Está descansando.
—¿Cuál era su nombre?
—Chloe. Se llama Chloe.
Esa niña. La recordaba perfectamente. Fue ella quien, en medio del caos contra aquel Hollow titánico, logró sacarme del estupor. Fue valiente. Incluso con las mejillas empapadas en lágrimas, tuvo la fuerza necesaria para obligarme a ponerme en pie.
—Espero que todo esto no le genere un trauma —dije, aunque sabía que en un entorno como este, la inocencia es lo primero que se pudre.
—Yo tampoco quiero eso… —murmuró él, con una sombra de impotencia en la voz.
—Si pasa algo, avísame. Nos vemos.
—Ah, sí. Nos vemos.
Me alejé sin mirar atrás. Tenía una prioridad absoluta, necesitaba ver a Serenne. Había algo específico que debía discutir con ella, un detalle que mi mente había terminado de procesar durante mi meditación lúcida.
Sin embargo, caminar por esta mansión se estaba volviendo un ejercicio de paciencia. Sentía las miradas clavadas en mi nuca, ojos invisibles que me seguían desde cada esquina, desde cada cuadro, desde cada sombra de los pasillos.
Era una presión constante en el cuello que no desaparecía, un recordatorio silencioso de que aquí no somos huéspedes, sino especímenes en observación.
Después de todo, yo estoy aquí porque vieron algo especial en mí.
Llegué a la puerta de Serenne y golpeé ligeramente, dos veces, con la precisión de un metrónomo. Esperé. El silencio al otro lado se sentía denso, casi artificial. Seguí tocando, aumentando apenas la presión de mis nudillos contra la madera, pero ella no respondía.
—¿Serenne? ¿Estás ahí?
Dejé de golpear y suspiré, dándome por vencido. Decidí que lo mejor era retirarme. Tenía sentido que estuviera durmiendo, el esfuerzo de sanar mis heridas debió dejarla agotada. Pero, justo cuando me daba la vuelta para marcharme…
—¿Elian…? —Su voz llegó filtrada por la madera, cargada de una vacilación que no le conocía.
—Ah, estás despierta…
—Si eres Elian… por favor, vete.
Me detuve en seco.
—¿Qué?
Esperaba que abriera la puerta, pero ese rechazo seco me perforó el corazón. Bueno, mentira, estoy exagerando. Pero definitivamente me descolocó.
—Vete… —repitió ella, esta vez con más firmeza.
—¿Puedo saber por qué?
—No… solo vete.
—¿Estás bien?
Silencio. Escuché el leve roce de sus pasos alejándose de la puerta, huyendo de mi presencia como si yo fuera una especie de virus. Me dejó ahí, solo con el eco de mi propia voz y un montón de variables que no encajaban.
—¿Tienes hambre?
Nuevamente, nada. Mi mente empezó a trabajar a toda marcha. Su actitud era errática, carente de la lógica habitual de nuestra dinámica. Me recosté contra la puerta, dejándome caer con un peso muerto hasta sentarme en el suelo, bloqueando la salida con mi propio cuerpo.
—Esperaré aquí hasta que me digas algo.
Iba a obligarla a hablar. Su comportamiento era extraño, y mi deber era profundizar hasta encontrar la raíz de esa anomalía.
Y así me quedé. Pasaron treinta minutos de vacío absoluto. Permanecí allí, con los ojos cerrados y controlando mi respiración para no desperdiciar energía.
Tuve la suerte de que nadie pasara por el pasillo en todo ese tiempo. Habría resultado patético, casi deprimente, que alguien me viera así.
No tengo otra opción. Tendré que usar eso. Al final, ella ya me vio en mi peor estado. No tiene sentido intentar mantener las apariencias ahora. Es la única forma de perforar su barrera y llamar su atención.
—Serenne… ¿tú quieres regresar al mundo real?
Como era de esperarse, hubo un silencio sepulcral. No me detuve. El silencio también es una respuesta que hay que saber gestionar.
—Yo sí quiero —continué, bajando el tono—. Todavía tengo algo por lo que luchar. Algo a lo que regresar.
El silencio persistió unos segundos más, pero de pronto, escuché un movimiento. No eran pasos provenientes del pasillo, sino sus propias pisadas acercándose lentamente al otro lado de la puerta.
—Oye… deja de intentar manipularme para que te abra —su voz sonó apagada, pero con un deje de reproche.
—No lo niego —respondí—. Pero, si cada vez que intento ser honesto recibo un rechazo, ¿crees que me quedan ganas de seguir siendo auténtico?
Nuevamente, el silencio se instaló entre nosotros, pesado y asfixiante.
—No soy una buena persona —dije, impulsándome para levantarme del suelo—. Pero… si alguna vez regreso al mundo real, quisiera que vinieras conmigo.
Hice una pausa, sintiendo una punzada de irritación interna.
—Al final, terminé generando un apego hacia ti. Es molesto, pero supongo que es un rasgo humano que no pude evitar. Eres mi amiga, después de todo.
—¿Qué…? —El susurro de Serenne sonó tan frágil que casi me arrepentí de haberlo provocado.
—Olvídalo.
Esas palabras… sonaron extrañas, incluso para mí. Sabía que no me abriría la puerta, y la presión en mi pecho me indicó que mi propia estabilidad estaba empezando a flaquear. Me retiré hacia mi cuarto con paso rápido y cerré la puerta tras de mí, dejándome caer en la cama.
Me obligué a calmarme, controlando el ritmo de mi respiración. Hablar del pasado y del mundo real nunca era una buena idea. Debo olvidarlo.
Quiero regresar, sí, pero todavía no. Aún hay deudas que cobrar en este mundo antes de volver a verla a ella.
—Ah… mi cabeza —gruñí, apretando las sienes.
Definitivamente, usar mis recuerdos como arma de manipulación fue un error táctico. El retroceso me golpeó de lleno. No volveré a hacerlo.
Pero el problema de Serenne seguía ahí, infectando mis cálculos. Algo no me cuadra. Hay una pieza del rompecabezas que me falta y eso me está bloqueando el sistema. Necesito procesar las variables.
¿Qué busca ese señor con tanta hospitalidad? ¿Hubo realmente un traidor en el Dominio Null? ¿Qué le ha ocurrido a Serenne?
Solté un suspiro cargado de agotamiento.
—Me iré a dormir. Ya no puedo más.
Regresaría a la meditación lúcida si es posible. Estoy seguro de que encontraré la solución allí.
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