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El Archivo del Trauma - Capítulo 56

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Capítulo 56: Capítulo 56: El Velo y la Marca

(FLASHBACK)

Antes de entrar en aquella habitación donde los captores y los rehenes aguardaban sin saber que su destino estaba a punto de cambiar, tuve que asegurar mi posición. Necesitaba información; el conocimiento es la única moneda que no se devalúa en el Archivo. Me giré hacia Serenne con un movimiento brusco, tapándole los ojos con una mano mientras la acorralaba contra la pared húmeda del pasillo. Con la otra mano, le sujeté el brazo con firmeza, bloqueando cualquier intento de huida.

Sorpresivamente, no opuso resistencia. Su cuerpo no se tensó, sus músculos no buscaron el contraataque. Se quedó allí, inerte y tranquila, como si esto fuera un trámite más en su existencia.

No me agrada hacer esto. Nunca lo haría en circunstancias normales. Sentí una punzada de algo parecido al asco por mis propias acciones, pero la voz de mi madre resonó en mi nuca: “La piedad es un lujo que los vivos no pueden permitirse”. Lo siento, Serenne, pero es la única forma de que el plan funcione.

—Serenne, dime una cosa —susurré cerca de su oído, manteniendo la presión—. ¿Qué tanto sabes de Malrec y su grupo?

—Ah… —su aliento fue un suspiro aburrido—. Llevo un mes con ellos y, para ser honesta, sé cosas.

Su respuesta me frustró. Me irritaba profundamente la facilidad con la que se dejaba usar, esa pasividad casi patológica. ¿Qué le sucedía? ¿Acaso el Archivo le había arrancado la voluntad antes de que yo la encontrara?

—Un mes —repetí, aflojando apenas la presión pero sin soltarla—. Dime todo lo que sepas. Solo si quieres decírmelo.

Le di la posibilidad de elegir. Quería probar si quedaba algo de autonomía detrás de esos ojos que ahora yo cubría con mi mano.

—¿Me das la posibilidad de elegir? —preguntó ella. Su tono no era de sorpresa, sino de una curiosidad clínica, como si estuviera analizando un bicho raro.

Hubo un silencio denso. Durante un par de segundos, el único sonido fue el goteo lejano de una tubería rota y nuestras respiraciones acompasadas. No dijo nada, y por un momento pensé que se negaría. Hasta que, finalmente, su voz volvió a quebrar la penumbra.

—Bueno, no creo tener realmente la posibilidad de elección —dijo ella con una frialdad que rivalizaba con la mía—. Pero no me importa si te cuento todo. Me da un poquito igual.

—¿Eso crees? —le pregunté, intrigado por su nihilismo.

—¿Qué quieres saber? —fue directo al grano, cortando cualquier intento de juego psicológico.

En ese momento comprendí que Serenne no era una víctima más. Su indiferencia no era debilidad; era un escudo. Si nada te importa, nadie puede usarte realmente. Pero para mí, esa falta de apego era la herramienta perfecta.

—Quiero saber por qué me emparejaron contigo —solté, endureciendo la voz—. Quiero saber si ellos funcionan como una organización criminal del mundo real. Y lo más importante de todo: quiero saber qué le hicieron a mi cuerpo mientras estaba inconsciente.

Mantuve mi mano firme sobre sus ojos. No podía permitirme ni un solo error de cálculo.

—Oye, son muchas preguntas. Al menos deberías dejarme ver.

—Buen truco, pero no —respondí de inmediato. No iba a ser tan ingenuo—. Si hago eso, caeré bajo los efectos de tu habilidad, ¿no es así?

—No tenía planeado hacer eso… —murmuró, aunque no sonaba ofendida, sino más bien entretenida por mi cautela.

—No importa. Ya lo hiciste una vez —le recordé, apretando ligeramente su brazo—. Deberías cooperar si quieres que acepte tus disculpas por haberme usado de ese modo.

De pronto, escuché una risita suave, un sonido que me descolocó por completo en medio de tanta seriedad.

—Jeje. Estabas llorando.

Sentí un golpe de calor en el rostro, una mezcla de rabia y vergüenza. Me recordó que ella había visto lo que nadie más debía ver.

—Habla de una vez —sentencié, acercándome más a ella para ocultar mi reacción—. No tenemos tiempo.

—A ver, te emparejaron conmigo por pura casualidad. Probablemente era algo momentáneo, pero eso: casualidad. Y sobre la organización criminal… sí, funcionan exactamente como una organización criminal del mundo real.

Casualidad. Organización. Las piezas empezaban a encajar en mi mente, permitiéndome mapear las intenciones de estos sujetos. Pero todavía faltaba la respuesta más inquietante: qué le habían hecho a mi cuerpo mientras yo no era dueño de mi conciencia.

—Y sobre lo que te pasó a ti… —continuó Serenne, y noté un cambio sutil en su voz—. Déjame decirte que tienes suerte de que yo estuviera observándolos.

—¿Por qué lo dices?

—A mí también me capturaron. Me dejaron inconsciente y, al principio, no sabía qué le habían hecho a mi cuerpo. Pero tras dos semanas conviviendo con ellos, logré ver cómo colocaban rastreadores dentro de las personas que traían.

Sentí un frío repentino en la espalda. Un escalofrío me recorrió la columna, erizando cada vello de mi piel. Eso quería decir que…

—Espera, ¿yo tengo un…?

—Yo lo vi —me interrumpió ella con una seguridad aplastante—. Me oculté y pude ver cómo te ponían uno a ti también. Además, cada vez que intentaba alejarme, siempre me encontraban. Por eso llegué a esa conclusión. Los líderes siempre llevan consigo un aparato extraño; sospecho que es el dispositivo con el que nos localizan.

—Ya veo…

Retiré la mano de su brazo y de sus ojos, liberándola. Me giré sin verla directamente; la confianza era un lujo que todavía no podía permitirme con ella.

—¿Estás satisfecho? —preguntó ella, recomponiéndose.

—Por ahora, no te preguntaré nada más.

—Eso está bien, creo.

Ignoré el estruendo de los golpes y las explosiones que sacudían el edificio de fondo. Tenía que armar el plan con precisión quirúrgica.

—Oye, ¿sabes cómo quitar esos rastreadores?

—Ah… podría intentarlo —respondió con su ambigüedad habitual.

—Eso no me alivia mucho, pero lo tomaré como una posibilidad.

—Está bien.

Diseñé la estructura de mi jugada en cuestión de segundos. El éxito dependía totalmente de la clase de personas que encontraría al toparme con los captores, pero ya tenía el esqueleto de la operación.

—Bien, te diré el plan. ¿Cooperarás?

—Sí, cooperaré.

—Eres muy extraña —dije, incapaz de contener mi desconcierto—. ¿No me odias por lo que estoy haciendo?

—¿Debería odiarte?

—No lo sé.

—Bueno, yo no te odio realmente.

¿Cómo se supone que debía tomar eso? Seguía existiendo la posibilidad de que estuviera mintiendo para manipularme. Como sea, no me importaba.

—¿Tú me odias? —preguntó ella de la nada.

—¿Odiarte? Después de lo que me hiciste, odiarte sería poco —respondí con sinceridad cortante—. Pero la emoción del momento ya desapareció. Así que olvida cualquier sentimiento negativo que pueda tener hacia ti.

—Es un alivio —susurró ella.

Verla tan calmada me obligó a tragarme mi propia rabia. Necesitaba que estuviera enfocada, no resentida.

—Escucha, tendrás que usar tu habilidad. Pero no en todos. Solo en la persona más importante e influyente del grupo. Yo te daré la señal; hasta entonces, mantente oculta.

—Entendido —respondió con una brevedad seca.

Tenía todo ordenado en mi mente. Tenía el esquema, el objetivo y a esta chica de personalidad errática bajo mi mando. Dependiendo de quién fuera el líder de los captores, adaptaría el plan sobre la marcha. Mínimo tenía diez variantes listas en mi cabeza, y ese número se multiplicaría por cada paso que diéramos.

Mis nervios seguían ahí, punzantes, pero me obligué a asfixiarlos. Era hora de ponerme la máscara de frialdad, de convertirme en la herramienta que mi madre había afilado con tanta paciencia.

Tras una búsqueda que empezaba a tensar mis nervios, finalmente localicé a Serenne. Por un momento, el algoritmo de mis probabilidades sugirió que se había marchado, dejándome solo en este vacío. Me pregunto si ella es consciente de que, en mi esquema de supervivencia, no es más que mi recurso definitivo; mi máxima arma.

—Te estaba buscando —dije, rompiendo el silencio.

Ella no se inmutó.

—Hola. Solo observaba el cielo.

Seguí su mirada hacia arriba. Era un cielo gris, una bóveda desalmada que parecía observar nuestra intrascendencia. Aquella imagen activó una alerta en mi cabeza.

—Oye, el ciclo, la marea o como sea que funcione este lugar. ¿En cuánto tiempo se espesará la niebla?

—Ah… no te preocupes —respondió ella con una ligereza que me irritaba—. Aún tenemos tiempo suficiente. Creo.

—Ese “creo” no me tranquiliza en lo absoluto.

—Bueno, es lo máximo que puedo ofrecerte.

La observé un instante. Era una contradicción andante: insegura y asertiva al mismo tiempo. Una anomalía conductual. Me pregunté qué clase de trauma habría moldeado una psique tan fracturada, pero deseché el pensamiento; no era momento para diagnósticos innecesarios.

—Bueno, quiero preguntarte algo —continué.

—¿Qué cosa?

—¿Sabes cómo extraer el rastreador que llevo dentro?

Ella ladeó la cabeza, dedicándome una mirada indescifrable.

—Mmm… ¿quieres que lo intente?

—Si lo dices con esa falta de convicción, siento que mi muerte es el único resultado probable.

—Está bien —cedió ella, sin perder la calma—. Lo haré primero conmigo.

Que se ofreciera como sujeto de prueba era el escenario ideal. Eficiencia pura. Sin embargo…

—Espera un segundo… —me detuve en seco.

—¿Qué pasa?

—No… nada.

—Eres extraño, Elian.

No. La anomalía aquí eres tú. Su comportamiento era errático, su personalidad una mancha ambigua en mi mapa mental. En todos los sentidos, ella era el elemento disruptivo. Pero no podía verbalizarlo, ni si quiera pensarlo.

—Como sea, hazlo tú primero. Si el procedimiento tiene éxito, entonces… bueno, hazlo conmigo, por favor.

Endulzar mi petición era una táctica necesaria para asegurar su cooperación. Ella comenzó a caminar, indicándome con un gesto lánguido que la siguiera. Parecía que, a su manera, había estado preparándose para esto.

—¿Qué luego te lo haga a ti, dices? Qué pícaro…

—¿Eh? ¿A qué te refieres con…?

—Nada, nada —cortó ella con una sonrisa fugaz.

En serio, es incomprensible. Resultaba frustrante que mi única llave para recuperar la libertad fuera una chica con una personalidad tan particular. Iba a morir. Definitivamente, debería empezar a redactar un testamento en mi cabeza antes de que terminara de sentenciarme.

Tras caminar un trecho, llegamos a lo que parecía ser un antiguo cuarto de almacenamiento, saturado de cajas amontonadas y muebles cubiertos por una densa capa de mugre.

—Tengo que abrir mi cuerpo… extraer el dispositivo y luego cerrar la incisión. Sí, eso haré.

Hablaba con una naturalidad que me erizaba la piel. Se sentó sobre una mesa metálica en el centro de la habitación y, de su bolsillo, extrajo un bisturí que brilló con una letalidad pulcra bajo la escasa luz.

—¿Tenías eso contigo? —pregunté, frunciendo el ceño.

—Siempre lo llevo —respondió ella, sin mirarme.

—Qué conveniente…

—Ajá.

Una duda lógica asaltó mi mente: no había visto suministros médicos por ninguna parte. Me pregunté de dónde sacaría la anestesia; seguramente guardaba algún vial oculto entre sus pertenencias.

—¿Y la anestesia? —interrogué, esperando una respuesta técnica.

—¿Anestesia? —Ella ladeó la cabeza—. ¿Acaso no puedes soportar el dolor?

—¿Qué? ¿Planeas abrirte la carne sin nada que bloquee tus receptores de dolor?

—No necesito anestesia para algo así.

—…

Me quedé mudo. Efectivamente, estaba ante una criatura que desafiaba cualquier clasificación previa. No era solo una “chica rara”; era un ser cuya psicología operaba en un plano que yo no podía procesar. ¿Qué clase de monstruo era Serenne Akari?

Pero mis pensamientos fueron interrumpidos antes de que pudiera llegar a una conclusión.

—¿Vas a empezar sin—?

No me dejó terminar. Con un movimiento seco y preciso, el bisturí penetró su propia piel. Fue una imagen visceral, cruda, casi insoportable de observar. Sin embargo, su rostro me devolvía una verdad innegable: seguía siendo humana. Los músculos de su mandíbula se tensaron y sus ojos se dilataron en un esfuerzo sobrehumano por no gritar.

—Rápido… —gruñó ella, con la voz quebrada por el choque inicial—. Quítate la sudadera y tráela.

Mi cuerpo reaccionó por puro instinto, ignorando mis cálculos por primera vez. Me acerqué mientras ella presionaba el corte lateral, justo debajo de las costillas. La sangre empezaba a manchar sus dedos.

—Ponla en mi boca —ordenó.

—¿Qué? ¿Cómo que…?

—Apresúrate… —me cortó, con una urgencia violenta.

—Perdón.

En cuanto presioné la tela contra sus labios, ella la mordió con una fuerza que habría fracturado huesos. Entonces, con una frialdad que solo podría describir como inhumana, introdujo sus propios dedos en la herida abierta. Centímetro a centímetro, comenzó a arrancar un fragmento de metal que brillaba de forma antinatural entre la sangre.

Tras un esfuerzo que pareció consumirle la vida, Serenne logró extraer aquel pequeño artefacto de su propia carne. El sonido metálico al caer contra el suelo fue el único heraldo de su victoria. Yo solo podía observar el brillo febril del sudor en su frente y cómo sus dientes se hundían en la tela de mi sudadera, asfixiando un grito que se negaba a nacer.

—Oye… voltéate y no preguntes —murmuró, con la voz quebrada.

—Está bien.

Hice lo que pidió. Me alejé unos pasos, no solo por respeto, sino por puro instinto de preservación: ella sostenía un bisturí y yo le ofrecía mi espalda; en este mundo, eso es una invitación a la tragedia. Los segundos se dilataron, transformándose en minutos que pesaban como siglos. Me asaltó una duda punzante: ¿Qué clase de trauma debe moldear a alguien para que posea una voluntad tan inhumana?

Si es capaz de abrirse a sí misma, ¿qué más podrá hacer? ¿Cuál es su verdadero límite? ¿Es este un talento innato o el fruto de un aprendizaje sangriento? Las preguntas se amontonaban en mi mente, pero una conclusión se alzaba sobre el resto: ella es una herramienta que no puedo permitirme desechar.

Sacudí la cabeza, asqueado de mi propio pensamiento. No, eso es pensar como mi madre. Yo soy un chico normal, o al menos intento creerlo. Ella es solo una chica intentando sobrevivir a la crueldad de este mundo. Debo ser más humano. Debo tener empatía.

—E-Elian… —su voz apenas fue un soplido.

—¿Sucede algo?

—Ya… puedes venir.

Al girarme, la encontré intentando luchar contra la gravedad, pero su cuerpo ya no le pertenecía. La mesa metálica parecía ser lo único que la mantenía en este plano.

—Ayúdame a… pararme —pidió, con una terquedad que rozaba la locura.

—No. Acuéstate y descansa —le ordené con firmeza.

—Pero… tú todavía tienes…

—No seas tonta. Si intentas operarme en tu estado actual, solo lograrás matarme.

La acomodé sobre la frialdad del metal con una delicadeza casi reverencial, buscando la postura perfecta para su recuperación. Debería ser suficiente.

—Duele un poco… —susurró, mientras sus párpados pesaban más que su voluntad.

—”Poco” es una palabra que no existe en tu vocabulario, ¿verdad? —respondí, intentando suavizar la atmósfera.

No hubo réplica. El silencio se instaló en la habitación, denso y absoluto. Conté hasta diez.

—¿Serenne?

Nada. Me acerqué y pegué el oído a su pecho; el tambor de su corazón seguía latiendo, aunque con un ritmo exhausto. Biológicamente, debería haber colapsado al primer corte, pero su resistencia había desafiado toda lógica médica. Finalmente, la inconsciencia la reclamó. Allí, sobre la mesa, yacía el resultado de su obra: una herida cerrada con una precisión quirúrgica que helaba la sangre.

De pronto, mi mano se movió por cuenta propia hacia su rostro. Fue un gesto involuntario, un impulso eléctrico que detuve justo antes de tocar su piel. Me quedé congelado. ¿Qué significaba ese movimiento? ¿Afecto? ¿Piedad? Cerré los ojos y forcé una respiración profunda para recuperar el centro.

Me senté en un mueble cercano, transformándome en un centinela silencioso. Cualquiera que cruzara esa puerta se encontraría con la muerte; sentía la necesidad visceral de protegerla. Era un instinto extraño, casi místico, que me obligaba a no despegarme de su lado.

Pero, al analizarlo bien, la ilusión de la empatía se desvaneció. No había sentimientos involucrados. No era amor, ni siquiera lástima. Me negaba a dejarla allí simplemente porque no se abandona un arma cargada en territorio enemigo. Ella es una criatura con un potencial de desarrollo monstruoso; una pieza de un valor incalculable en un tablero que apenas empiezo a comprender. Sacrificarla sería un error táctico imperdonable.

Esa era la realidad. Ese era el peso de mi verdadera naturaleza. Sin darme cuenta, el Elian que mi madre diseñó había tomado el control absoluto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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