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El Archivo del Trauma - Capítulo 57

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Capítulo 57: Capítulo 57: Error en la Empatía

Tras una búsqueda que empezaba a tensar mis nervios, finalmente localicé a Serenne. Por un momento, el algoritmo de mis probabilidades sugirió que se había marchado, dejándome solo en este vacío. Me pregunto si ella es consciente de que, en mi esquema de supervivencia, no es más que mi recurso definitivo; mi máxima arma.

—Te estaba buscando —dije, rompiendo el silencio.

Ella no se inmutó.

—Hola. Solo observaba el cielo.

Seguí su mirada hacia arriba. Era un cielo gris, una bóveda desalmada que parecía observar nuestra intrascendencia. Aquella imagen activó una alerta en mi cabeza.

—Oye, el ciclo, la marea o como sea que funcione este lugar. ¿En cuánto tiempo se espesará la niebla?

—Ah… no te preocupes —respondió ella con una ligereza que me irritaba—. Aún tenemos tiempo suficiente. Creo.

—Ese “creo” no me tranquiliza en lo absoluto.

—Bueno, es lo máximo que puedo ofrecerte.

La observé un instante. Era una contradicción andante: insegura y asertiva al mismo tiempo. Una anomalía conductual. Me pregunté qué clase de trauma habría moldeado una psique tan fracturada, pero deseché el pensamiento; no era momento para diagnósticos innecesarios.

—Bueno, quiero preguntarte algo —continué.

—¿Qué cosa?

—¿Sabes cómo extraer el rastreador que llevo dentro?

Ella ladeó la cabeza, dedicándome una mirada indescifrable.

—Mmm… ¿quieres que lo intente?

—Si lo dices con esa falta de convicción, siento que mi muerte es el único resultado probable.

—Está bien —cedió ella, sin perder la calma—. Lo haré primero conmigo.

Que se ofreciera como sujeto de prueba era el escenario ideal. Eficiencia pura. Sin embargo…

—Espera un segundo… —me detuve en seco.

—¿Qué pasa?

—No… nada.

—Eres extraño, Elian.

No. La anomalía aquí eres tú. Su comportamiento era errático, su personalidad una mancha ambigua en mi mapa mental. En todos los sentidos, ella era el elemento disruptivo. Pero no podía verbalizarlo, ni si quiera pensarlo.

—Como sea, hazlo tú primero. Si el procedimiento tiene éxito, entonces… bueno, hazlo conmigo, por favor.

Endulzar mi petición era una táctica necesaria para asegurar su cooperación. Ella comenzó a caminar, indicándome con un gesto lánguido que la siguiera. Parecía que, a su manera, había estado preparándose para esto.

—¿Qué luego te lo haga a ti, dices? Qué pícaro…

—¿Eh? ¿A qué te refieres con…?

—Nada, nada —cortó ella con una sonrisa fugaz.

En serio, es incomprensible. Resultaba frustrante que mi única llave para recuperar la libertad fuera una chica con una personalidad tan particular. Iba a morir. Definitivamente, debería empezar a redactar un testamento en mi cabeza antes de que terminara de sentenciarme.

Tras caminar un trecho, llegamos a lo que parecía ser un antiguo cuarto de almacenamiento, saturado de cajas amontonadas y muebles cubiertos por una densa capa de mugre.

—Tengo que abrir mi cuerpo… extraer el dispositivo y luego cerrar la incisión. Sí, eso haré.

Hablaba con una naturalidad que me erizaba la piel. Se sentó sobre una mesa metálica en el centro de la habitación y, de su bolsillo, extrajo un bisturí que brilló con una letalidad pulcra bajo la escasa luz.

—¿Tenías eso contigo? —pregunté, frunciendo el ceño.

—Siempre lo llevo —respondió ella, sin mirarme.

—Qué conveniente…

—Ajá.

Una duda lógica asaltó mi mente: no había visto suministros médicos por ninguna parte. Me pregunté de dónde sacaría la anestesia; seguramente guardaba algún vial oculto entre sus pertenencias.

—¿Y la anestesia? —interrogué, esperando una respuesta técnica.

—¿Anestesia? —Ella ladeó la cabeza—. ¿Acaso no puedes soportar el dolor?

—¿Qué? ¿Planeas abrirte la carne sin nada que bloquee tus receptores de dolor?

—No necesito anestesia para algo así.

—…

Me quedé mudo. Efectivamente, estaba ante una criatura que desafiaba cualquier clasificación previa. No era solo una “chica rara”; era un ser cuya psicología operaba en un plano que yo no podía procesar. ¿Qué clase de monstruo era Serenne Akari?

Pero mis pensamientos fueron interrumpidos antes de que pudiera llegar a una conclusión.

—¿Vas a empezar sin—?

No me dejó terminar. Con un movimiento seco y preciso, el bisturí penetró su propia piel. Fue una imagen visceral, cruda, casi insoportable de observar. Sin embargo, su rostro me devolvía una verdad innegable: seguía siendo humana. Los músculos de su mandíbula se tensaron y sus ojos se dilataron en un esfuerzo sobrehumano por no gritar.

—Rápido… —gruñó ella, con la voz quebrada por el choque inicial—. Quítate la sudadera y tráela.

Mi cuerpo reaccionó por puro instinto, ignorando mis cálculos por primera vez. Me acerqué mientras ella presionaba el corte lateral, justo debajo de las costillas. La sangre empezaba a manchar sus dedos.

—Ponla en mi boca —ordenó.

—¿Qué? ¿Cómo que…?

—Apresúrate… —me cortó, con una urgencia violenta.

—Perdón.

En cuanto presioné la tela contra sus labios, ella la mordió con una fuerza que habría fracturado huesos. Entonces, con una frialdad que solo podría describir como inhumana, introdujo sus propios dedos en la herida abierta. Centímetro a centímetro, comenzó a arrancar un fragmento de metal que brillaba de forma antinatural entre la sangre.

Tras un esfuerzo que pareció consumirle la vida, Serenne logró extraer aquel pequeño artefacto de su propia carne. El sonido metálico al caer contra el suelo fue el único heraldo de su victoria. Yo solo podía observar el brillo febril del sudor en su frente y cómo sus dientes se hundían en la tela de mi sudadera, asfixiando un grito que se negaba a nacer.

—Oye… voltéate y no preguntes —murmuró, con la voz quebrada.

—Está bien.

Hice lo que pidió. Me alejé unos pasos, no solo por respeto, sino por puro instinto de preservación: ella sostenía un bisturí y yo le ofrecía mi espalda; en este mundo, eso es una invitación a la tragedia. Los segundos se dilataron, transformándose en minutos que pesaban como siglos. Me asaltó una duda punzante: ¿Qué clase de trauma debe moldear a alguien para que posea una voluntad tan inhumana?

Si es capaz de abrirse a sí misma, ¿qué más podrá hacer? ¿Cuál es su verdadero límite? ¿Es este un talento innato o el fruto de un aprendizaje sangriento? Las preguntas se amontonaban en mi mente, pero una conclusión se alzaba sobre el resto: ella es una herramienta que no puedo permitirme desechar.

Sacudí la cabeza, asqueado de mi propio pensamiento. No, eso es pensar como mi madre. Yo soy un chico normal, o al menos intento creerlo. Ella es solo una chica intentando sobrevivir a la crueldad de este mundo. Debo ser más humano. Debo tener empatía.

—E-Elian… —su voz apenas fue un soplido.

—¿Sucede algo?

—Ya… puedes venir.

Al girarme, la encontré intentando luchar contra la gravedad, pero su cuerpo ya no le pertenecía. La mesa metálica parecía ser lo único que la mantenía en este plano.

—Ayúdame a… pararme —pidió, con una terquedad que rozaba la locura.

—No. Acuéstate y descansa —le ordené con firmeza.

—Pero… tú todavía tienes…

—No seas tonta. Si intentas operarme en tu estado actual, solo lograrás matarme.

La acomodé sobre la frialdad del metal con una delicadeza casi reverencial, buscando la postura perfecta para su recuperación. Debería ser suficiente.

—Duele un poco… —susurró, mientras sus párpados pesaban más que su voluntad.

—”Poco” es una palabra que no existe en tu vocabulario, ¿verdad? —respondí, intentando suavizar la atmósfera.

No hubo réplica. El silencio se instaló en la habitación, denso y absoluto. Conté hasta diez.

—¿Serenne?

Nada. Me acerqué y pegué el oído a su pecho; el tambor de su corazón seguía latiendo, aunque con un ritmo exhausto. Biológicamente, debería haber colapsado al primer corte, pero su resistencia había desafiado toda lógica médica. Finalmente, la inconsciencia la reclamó. Allí, sobre la mesa, yacía el resultado de su obra: una herida cerrada con una precisión quirúrgica que helaba la sangre.

De pronto, mi mano se movió por cuenta propia hacia su rostro. Fue un gesto involuntario, un impulso eléctrico que detuve justo antes de tocar su piel. Me quedé congelado. ¿Qué significaba ese movimiento? ¿Afecto? ¿Piedad? Cerré los ojos y forcé una respiración profunda para recuperar el centro.

Me senté en un mueble cercano, transformándome en un centinela silencioso. Cualquiera que cruzara esa puerta se encontraría con la muerte; sentía la necesidad visceral de protegerla. Era un instinto extraño, casi místico, que me obligaba a no despegarme de su lado.

Pero, al analizarlo bien, la ilusión de la empatía se desvaneció. No había sentimientos involucrados. No era amor, ni siquiera lástima. Me negaba a dejarla allí simplemente porque no se abandona un arma cargada en territorio enemigo. Ella es una criatura con un potencial de desarrollo monstruoso; una pieza de un valor incalculable en un tablero que apenas empiezo a comprender. Sacrificarla sería un error táctico imperdonable.

Esa era la realidad. Ese era el peso de mi verdadera naturaleza. Sin darme cuenta, el Elian que mi madre diseñó había tomado el control absoluto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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