El Archivo del Trauma - Capítulo 59
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Capítulo 59: Capítulo 59: La Divisa de la Entrega
Calculé que, como mínimo, habían transcurrido dos horas desde que Serenne desafiara las leyes de la biología operándose a sí misma sin un ápice de anestesia. Su recuperación era, por decir lo menos, estadísticamente improbable; ya mostraba una movilidad asombrosa. Aun así, mi mente no dejaba de emitir alertas: no debía forzarse. Un movimiento brusco, una torsión innecesaria, y la precaria arquitectura de su herida colapsaría.
—Bueno —dijo ella, interrumpiendo mi análisis con una calma que me heló la sangre—, estoy completamente lista para proceder contigo, Elian.
Sentí un vacío súbito en el estómago.
—Ah… cierto. Es mi turno.
—Recuéstate en la mesa. Vamos a empezar.
Mis pies se hundieron en el suelo, anclados por una fuerza que mi lógica no lograba desmantelar. No me moví. Cada fibra de mi ser se rebelaba ante la idea de entregar mi vida, mi integridad física y mi consciencia al pulso de aquella chica. Era un riesgo que no figuraba en ninguna de mis variantes aceptables.
—¿Sucede algo? —preguntó ella, ladeando la cabeza con esa curiosidad indescifrable.
—Creo que… paso —logré articular.
—¿Qué? —Sus ojos se entrecerraron—. Sabes perfectamente que debemos destruir ese emisor si no queremos ser detectados, ¿verdad?
—Lo sé, pero…
Me quedé sin palabras. La imagen mental de mi propia piel cediendo ante el bisturí, de mis músculos siendo apartados sin el refugio del entumecimiento químico, era un escenario que mi mente simplemente se negaba a procesar. Yo no era como ella; yo no poseía esa voluntad inhumana para abrazar el martirio. Mi algoritmo de supervivencia, irónicamente, me estaba paralizando.
—Lo siento… —dije finalmente, sintiendo el peso de mi propia fragilidad—. Creo que no puedo hacerlo.
—Oh… ya veo.
Había intentado convencerme de que poseía la entereza necesaria para afrontar la cirugía, pero la honestidad brutal de mi mente desmanteló la mentira. Seamos serios: no poseo, ni de cerca, la resistencia sobrehumana que ella exhibió. Me sentía fuera de lugar, una pieza defectuosa en mi propio tablero de ajedrez, pero mi algoritmo de supervivencia ya había trazado una ruta de escape para mi orgullo.
—Oye… yo seré la carnada —solté, intentando recuperar la iniciativa.
—¿Qué? —Serenne me miró, confundida.
—Dado que no cuento con el umbral de dolor que tú posees, he rediseñado la estrategia. Adaptaremos el plan a nuestra disparidad física: yo serviré de señuelo.
—¿Lo dices en serio?
—Totalmente en serio. Es la opción más eficiente —mentí, ocultando mi pavor tras una máscara de pragmatismo.
Ella se acercó. Por puro instinto, mis músculos se tensaron y retrocedí un paso; asumí que me golpearía, que despreciaría mi cobardía con un impacto físico. Sin embargo, en lugar de violencia, encontré la calidez de su mano cerrándose sobre la mía.
—Toma esto.
Me entregó un objeto pequeño, un peso frío que no logré identificar hasta que abrí el puño. En la palma de mi mano descansaba un vial de anestesia. El aire se escapó de mis pulmones.
—Espera. Tú… ¿todo este tiempo tuviste esto?
—Es para ti —respondió con una sencillez desarmante—. Ahora puedes estar tranquilo.
—¿Cómo es que…? ¿Por qué no lo usaste en ti misma? —La pregunta salió cargada de una indignación nacida de la incomprensión.
—Ah… bueno. Supuse, por tus micro-reacciones, que no serías capaz de tolerar la incisión sin ayuda química. Y como solo disponía de una dosis, decidí reservarla para ti.
Mi mente entró en un bucle de procesamiento. Dos teorías antagónicas se formularon al instante, luchando por explicar este gesto.
—No debiste… —murmuré, sintiendo un nudo de culpa que mi lógica no lograba desintegrar—. Pudiste haber muerto por el shock.
—Jeje. No soy tan débil, Elian.
Para ejecutar una acción así, se requiere una autoconfianza que roza lo patológico. Algo en su mirada me confirmó que esta no era la primera vez que trataba con la crueldad de la carne abierta.
—Dame un segundo… Ahora sí quiero preguntarte algo que quedó pendiente cuando ibas a cortarte la piel.
—¿Qué cosa?
—Si tenías ese recurso guardado, ¿por qué no escapaste antes? ¿Por qué ahora?
—Ah, eso. En realidad, cada vez que salíamos en una misión, intentaba separarme del grupo, pero su sistema de rastreo siempre terminaba cercándome. Lo que tú hiciste —llevarme contigo, utilizarme como parte de tu esquema— fue el catalizador perfecto. La única brecha que encontré para liberarme de ellos.
—Ya veo…
La pieza final del rompecabezas encajó con un chasquido mental. Serenne no fue una víctima pasiva de mi plan; ella fue una colaboradora silenciosa que utilizó mi propia manipulación como un escudo para sus objetivos. Si todo había salido según mis cálculos, no fue por mi genio absoluto, sino porque me crucé con las anomalías adecuadas en el momento preciso.
—Entonces… ¿ya podemos comenzar? —preguntó ella, con una calma que contrastaba con el caos de mis pensamientos.
—¿Realmente puedo confiar en ti?
—Eso depende de ti. Pero sí, puedes dejármelo a mí. Haré mi mejor esfuerzo para que todo salga bien.
Exhalé un suspiro cargado de derrota. En el fondo, sabía que esta chica me había superado en mi propio juego; no era la ingenua que mi algoritmo inicial había proyectado, sino alguien que sabía utilizar su aparente fragilidad como un escudo. Me tocaba, por primera vez, desactivar mis paranoias y cederle el control absoluto.
—Bien, confiaré en ti —dije, mientras mis pasos me conducían hacia la mesa metálica, ese altar improvisado de sangre y acero—. Una vez que logres extraer el rastreador, no lo destruyas. Quiero que pongas el mío junto al tuyo. Tengo una idea.
—Está bien.
Me recosté. En términos estrictos, la confianza era una moneda que yo no sabía acuñar; jamás podría confiar plenamente en ella. De hecho, me sentí agradecido de que no pudiera leer mi mente en este instante, pues mi desconfianza era una sentencia de muerte silenciosa. Solo me quedaba esperar: despertar con una carga menos en el cuerpo o, simplemente, no despertar jamás.
Si el final era este, al menos la anestesia me garantizaba la ausencia de agonía. Dicen que, en el umbral de la muerte, la mente se proyecta hacia atrás para revivir los fragmentos más puros de la existencia. Un final agradable, en cierto modo.
Si esa teoría era cierta, quizás el vacío me devolvería la imagen de mi madre antes de que la oscuridad la consumiera. Quizás podría volver a jugar, libre de cálculos y frecuencias, al lado de Amélie. Para alguien cuyo presente es una asfixia constante, ese no me parecía un mal destino.
Cerré los ojos, dejando que la sustancia química empezara a reclamar mi conciencia.
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