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El Archivo del Trauma - Capítulo 65

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Capítulo 65: Capítulo 2: Vectores de una Falsa Empatía

Tras una hora de marcha ininterrumpida, el paisaje se ha transformado en una extensión monocromática. Todo a nuestro alrededor parece un desierto de ceniza y neblina; un vacío absoluto que, irónicamente, me confirma que el camino es el correcto. La ausencia de puntos de referencia es, en mis cálculos, una variable positiva.

—Hah… Elian… ¿podemos descansar un poco? —La voz de Serenne rompió el ritmo de mis pasos.

Me detuve apenas un segundo, lo justo para mirarla de soslayo, manteniendo mi expresión tan neutra como el terreno que pisábamos.

—¿Qué? No me preguntes a mí. No soy el líder.

Ella frunció ligeramente el ceño, confundida por la frialdad de mi réplica.

—¿Cómo?

—El líder está por allá —añadí, señalando con un gesto vago al hombre de complexión robusta que abría paso al resto.

Él era el eje sobre el cual giraban los demás. El hombre sin trauma que lideraba a los esclavos, pero que carecía de control sobre su propia herida interna. Ese había sido su rol antes de cruzarse en mi camino. A decir verdad, aceptó la fase dos solo por la solidez logística del plan, depositando una fe ciega y casi peligrosa en la segunda parte de mi estrategia.

Siendo honesto conmigo mismo, todavía no le he revelado la verdad sobre los rastreadores. No por falta de oportunidad, sino porque él mismo me pidió que guardara silencio por ahora. Una petición irracional, pero que acepté por pura eficiencia. Incluso ahora, caigo en la cuenta de que no recuerdo haberle preguntado su nombre.

Podría obtener esa información y mucho más simplemente activando mi habilidad, pero el costo es demasiado alto. Mi estabilidad mental es un recurso finito y no pienso malgastarlo en cortesías. Se lo preguntaré después.

Tras la sugerencia de Serenne, el sujeto dio la orden de detenerse diez minutos. No me opuse. Aunque el tiempo es un activo que se nos escapa entre los dedos, entiendo que un grupo exhausto es un grupo inútil. Perderemos minutos, pero ganaremos distancia a largo plazo al evitar que mueran por puro agotamiento físico.

Sin embargo, mientras los observo jadear, mi proceso de pensamiento se vuelve difuso, casi errático. Una pregunta lógica, pero despojada de toda ética, comienza a repetirse en mi mente como un error de sistema: ¿Realmente necesito que todos lleguen al final? ¿Debería permitir que los eslabones más débiles se rompan para aligerar la carga, o debo forzar la supervivencia de la mayoría?

Solté un suspiro pesado, sintiendo el aire gélido quemar mis pulmones. Me senté en una roca afilada y aparté esos pensamientos. Son demasiado fríos, incluso para mí. Al menos por hoy, preferiría conservar los jirones que quedan de mi alma. Todavía tengo un ancla, un motivo para no perderme en la lógica del vacío y regresar a la realidad.

Solo espero… que ella no me haya olvidado todavía.

—Bueno, diez minutos son algo —murmuró Serenne, dejándose caer pesadamente a mi lado.

—No es un mal margen. ¿Estás cansada?

—Un poco… No, la verdad es que estoy agotada. ¿Crees que sea por la cirugía?

—Es una posibilidad —respondí, aunque en mi mente la palabra “posibilidad” se quedaba corta.

Serenne se había sometido a una intervención quirúrgica sobre sí misma, sin anestesia, con una voluntad que desafiaba cualquier parámetro biológico que yo conociera. Lo que presencié fue algo fuera de este mundo; aunque, técnicamente, ya habitamos en uno que no obedece a leyes normales. Ella guardó la anestesia para mí, un acto de una amabilidad tan pragmática como desconcertante. Si no fuera por esa extraña concesión y su capacidad para abrir su propia carne sin permitir que el dolor la doblegara, el rastreador seguiría siendo parte de mi anatomía.

—¿El rastreador…? ¿Lo tienes en tu mochila? —pregunté, bajando la voz.

—Sí, aquí está.

Si mis cálculos no fallan, el enemigo ya ha comenzado a desplegarse. Es difícil precisar el momento exacto en que la caza se vuelve activa, pero basándome en lo poco que sé de su estructura operativa, la búsqueda es una certeza. En un escenario ideal, nos subestimarían; nos tratarían como residuos, gente débil sin futuro que morirá por su cuenta en la niebla. Bajo esa premisa, seríamos verdaderamente libres.

Pero el mundo no se rige por ideales, sino por vectores de fuerza. Por eso decidí adelantarme, moviendo mis piezas para ponerlos en jaque antes de que ellos cierren el tablero sobre nosotros.

—¿Elian? ¿En qué piensas?

Parpadeé, regresando a la superficie de la realidad.

—¿Eh? ¿Pasa algo?

—Es que… pareces demasiado concentrado.

—Ah, eso… Solo estaba repasando la estrategia —mentí a medias.

A veces olvido que ella está ahí. En general, olvido que hay personas a mi alrededor. Es una sensación de aislamiento sensorial que comenzó el día en que mi madre redujo mis emociones a simple ruido blanco.

—¿Y lo tienes todo bajo control? ¿En orden? —insistió ella, escrutándome con esa curiosidad punzante.

—Eso espero. Debo asegurarme de que todo salga según lo previsto. Al final, no puedo permitir que mueran.

—¿Estás preocupado?

—¿Preocupado? Yo… —hice una pausa deliberada, desviando la mirada hacia el horizonte gris—. Bueno, no quiero perderte.

El silencio que siguió fue denso.

—Ah… qué raro sonó eso —dijo ella finalmente, con una nota de extrañeza—. A veces te comportas de forma muy errática, Elian.

—Es porque tú también dices cosas raras —repliqué, manteniendo el tono defensivo.

Aunque una parte residual de mi conciencia preferiría que ese intercambio fuera genuino, la realidad es que solo estoy ejecutando un rol. Es una actuación calculada. Si logro que ella vea a través de esta grieta fingida, pensará que detrás de la máscara de estratega solo hay un niño asustado pidiendo auxilio.

Si ella acepta esa versión de mí, me quito un peso de encima. Una Serenne que siente compasión o protección es una Serenne mucho más fácil de utilizar. O al menos, eso es lo que me dicto a mí mismo para mantener la coherencia. Mis pensamientos se han vuelto un nudo de contradicciones que ni mi lógica puede desatar.

¿Qué soy ahora mismo? ¿Un arquitecto, una víctima o el monstruo que estoy intentando combatir?

No importa. La etiqueta es irrelevante. Lo único que tiene valor estadístico es sobrevivir y encontrar el camino de regreso al mundo real.

—Serenne —pronuncié, utilizando su nombre como una herramienta para fijar su atención—. ¿Sabes qué son los Dominios Null?

El efecto fue inmediato. Sus ojos, habitualmente estancados en una neutralidad glacial, mostraron un destello de sorpresa que no pudo ocultar a tiempo. Me sostuvo la mirada un segundo, luego dos, luego tres. El silencio se prolongó tanto que el aire pareció espesarse entre nosotros. Me pregunté qué archivos estarían ejecutándose en su mente para que la respuesta tardara tanto en procesarse; su mutismo era, en sí mismo, una respuesta con una frecuencia que yo podía percibir claramente.

—¿Serenne? —insistí.

Por un instante, tuve la sensación de que el mundo a nuestro alrededor se había congelado, replicando aquel vacío estático que experimenté al cruzar el umbral hacia esta realidad. Pero pronto deduje la verdad: Serenne no estaba bloqueada, estaba filtrando una respuesta adecuada.

—¿Cómo sabes de eso? —su voz sonó más baja, cargada de una cautela que no le había escuchado antes.

La pieza del rompecabezas encajó. Ella sabía algo que yo no, y ese desequilibrio de información activó mi curiosidad como un pulso eléctrico.

—Te lo diré —respondí con una calma calculada—. Pero primero, dime: ¿qué son exactamente esos dominios?

—Ah… está bien. Te contaré lo que sé.

Me acomodé en la roca, agudizando mis sentidos. Necesitaba diseccionar cada una de sus palabras, detectar cualquier micro-oscilación en su tono que indicara una mentira o una omisión. En este mundo, la información es el único suministro que no tiene fecha de caducidad.

Dominios Null.

La terminología resonaba en mi cabeza con una frialdad matemática. Según mis cálculos y la trayectoria que habíamos trazado, todavía faltaba un trecho para alcanzar el primero, pero mi objetivo era innegociable: debíamos llegar a uno de ellos.

La razón era simple, puramente logística: en el mapa que memoricé mientras el Administrador nos daba instrucciones, esos lugares estaban marcados como zonas de entrenamiento. Necesitaba entender qué clase de atrocidad o de poder se ocultaba tras ese nombre. Si ellos lo usaban para moldear a sus armas, yo los usaría para desmantelar su tablero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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