El Archivo del Trauma - Capítulo 67
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Capítulo 67: Capítulo 4: La Cortesía del Verdugo
La neblina se volvía cada vez más opresiva, saturándose de una oscuridad que devoraba el gris. Ya no era solo una obstrucción visual; se sentía densa, pesada, como un presagio físico de que los monstruos que habitaban mis recuerdos podrían materializarse en cualquier segundo.
Pero el miedo se disipó cuando, finalmente, mis ojos captaron la anomalía que buscaban. No sentí una chispa de felicidad, pero sí un alivio frío que recorrió mi columna. Delante de nosotros se erigía un cubo gigante, una estructura colosal forjada de una materia que desafiaba cualquier clasificación conocida. Parecía absorber la poca luz que quedaba, una presencia absoluta en medio de la nada.
Me acerqué a Serenne en silencio. A nuestro alrededor, el resto del grupo observaba la estructura con un asombro que rozaba el pánico. Para ellos, esto era el fin del mundo o un milagro inexplicable.
—Serenne… ¿es esto? —susurré.
—Así es —respondió ella, sin apartar la vista de la superficie oscura—. Esto es un Dominio Null.
—Entiendo.
Me giré hacia Caelum y le toqué ligeramente el brazo para sacarlo de su trance. En este ecosistema de miedo, solo su voz tenía el peso necesario para movilizar a todos.
—¿Qué se supone que hagamos con esto, Elian? —preguntó, con la voz quebrada por la duda.
—Diles que entren. Tenemos que cruzar esa barrera ahora mismo.
—O-oh… Entiendo.
Caelum transmitió la orden, pero la respuesta fue inmediata: un muro de murmullos y vacilación.
—¿Es seguro entrar en esa cosa? —cuestionó uno de los hombres, retrocediendo un paso.
—He oído rumores sobre estas estructuras… pero entrar… puede ser un suicidio —añadió otro de los captores.
La lógica del grupo empezaba a fracturarse ante lo desconocido. Incluso Caelum parecía dudar, buscando en mis ojos una garantía que yo no estaba dispuesto a dar por cortesía. Estuve a punto de intervenir, de improvisar algún discurso sobre la confianza o la necesidad estadística de avanzar, pero alguien se me adelantó.
—Yo ya he estado dentro. No les pasará nada malo.
Fue Serenne. Su voz cortó el aire con una seguridad gélida que dejó a todos mudos. Si ella quería tomar el control de la situación, no iba a detenerla; su experiencia directa era una herramienta de persuasión mucho más efectiva que mis cálculos.
—¿Qué? ¿Y se supone que debemos confiar en tu palabra? —escupió uno de los hombres, a la defensiva.
—Es seguro —insistió ella, dando un paso hacia el cubo—. Si sirve para que dejen de temblar, entraré yo primero.
—¡Bien! Entra tú. Así veremos si dices la verdad.
—Como quieran.
Sin un ápice de duda, Serenne caminó hacia la materia oscura del cubo y la atravesó como si fuera una cortina de agua. Su figura fue engullida por la estructura en un instante. El silencio que siguió fue absoluto, una calma sepulcral donde todos contenían el aliento, esperando un grito o una señal de desastre que jamás llegó.
Observé a mi alrededor con una inquietud creciente. La niebla se había vuelto casi impenetrable, adquiriendo una tonalidad azabache que recordaba a las noches más cerradas del mundo real. Sin embargo, noté algo curioso: el cubo parecía ejercer una repulsión natural, obligando a la oscuridad a mantenerse a una distancia prudencial de sus aristas perfectas.
De pronto, la superficie del objeto fluctuó y Serenne emergió con su calma habitual, como si acabara de salir de una habitación contigua.
—No ha pasado nada. Pueden entrar, es seguro —anunció ella, su voz cortando el silencio de la bruma.
—Mmm, está bien… Supongo que no hay marcha atrás. Vayamos —murmuró uno de los hombres.
Serenne regresó al interior y, uno por uno, los demás comenzaron a cruzar el umbral con una vacilación evidente. El miedo a lo desconocido los atormentaba, una reacción biológica predecible cuando los sentidos dejan de ofrecer certezas. Mi único temor, sin embargo, era puramente táctico: la falta de datos sobre la posición exacta de Malrec. Solo me quedaba confiar en que la entrada al Dominio Null sería nuestra única salvaguarda.
—Vamos, Chloe —dijo Caelum, guiando a su protegida hacia la estructura con un gesto protector.
Pronto, solo quedábamos fuera la chica que sirvió de escudo humano y yo. Caí en la cuenta de que seguía siendo una incógnita en mis registros. Era hora de asignarle una etiqueta.
—Oye, ¿puedo saber tu nombre? —pregunté, rompiendo el hielo.
Ella dio un pequeño respingo, como si no esperara que yo le dirigiera la palabra.
—¿M-mi nombre…?
—El mío es Elian.
—Ah… bueno, el mío es Ava. Ava Whitlock —respondió en un susurro.
—Es un nombre y un apellido increíbles —comenté.
—¿Eh? No… no lo creo —balbuceó, desviando la mirada.
Recordé mi comportamiento gélido durante el rescate. Para alguien con su historial, yo debía de ser una figura intimidante o, al menos, alguien a quien odiar. Aunque mi apariencia física no es imponente, mis acciones aquel día fueron quirúrgicas y desprovistas de empatía. Su incomodidad era palpable; decidí que una disculpa estratégica facilitaría su cooperación futura.
—Siento lo de aquella vez —dije, bajando la cabeza en un gesto de sumisión—. Lamento haberte tratado así cuando nos conocimos. No tenía otra opción en ese momento, pero de verdad lo siento.
Ava pareció quedar paralizada por la sorpresa.
—¡¿Q-qué?! —exclamó, con los ojos muy abiertos.
—Tuve que ser duro para asegurar que todos saliéramos vivos. Aun así, no fue la mejor forma de presentarse.
—No… no te disculpes —dijo ella, recuperando un poco la compostura—. Entiendo por qué lo hiciste. No pasa nada… es solo que me quedé aquí fuera porque… quería preguntarte algo.
Levanté la cabeza, manteniendo una expresión de curiosidad inofensiva.
—¿Y qué es?
—Tú… ¿planeaste todo esto? —me miró fijamente, buscando algo en mi rostro—. ¿Todo lo que está pasando, incluso este lugar… lo sabías desde que me rescataste?
Me quedé en silencio, procesando su pregunta. Ava no era tan ingenua como el resto. Estaba empezando a ver los hilos de la marioneta, y eso la convertía en una pieza mucho más peligrosa de lo que había anticipado.
—Más o menos. Tuve suerte y la ayuda de una persona clave. En realidad, todo esto es posible porque la información me fue entregada; sin eso, el camino habría sido un muro ciego.
Ava me observó con una mezcla de respeto y desconcierto.
—Vaya… no creí que fueras tan… inteligente —admitió, con una honestidad que casi me hizo sonreír por su ironía.
—No realmente —repliqué, dándole la espalda para ocultar cualquier rastro de mis verdaderos pensamientos—. Solo intento sobrevivir. Al igual que tú.
Comencé a caminar hacia la estructura. Al estar frente a la inmensidad del cubo, la sensación de escala era abrumadora. Era una arquitectura que no debería existir, una anomalía geométrica que desafiaba la entropía del desierto gris. Había llegado el momento de cruzar el umbral definitivo.
Me giré una última vez hacia ella. No podía permitir que se quedara fuera; ella era una pieza demasiado valiosa en mi tablero, aunque fuera por razones que ella desconocía.
—¿Vamos, Ava?
—¡Ah! Sí, ya voy —exclamó, saliendo de su trance y apresurando el paso para alcanzarme.
Parecía perdida en el laberinto de sus propias reflexiones. Mantuve mi vigilancia interna activada: no podía permitirme el lujo de confiar en ella. Ava Whitlock seguía siendo un enigma, un vector cuya dirección aún no lograba predecir con exactitud. Pero mientras su presencia fuera útil para la Fase Dos, seguiría siendo un recurso utilizable bajo mi supervisión.
Tras una marcha que había agotado nuestras reservas físicas y mentales, después de sacrificarlo todo y dejar jirones de nuestra humanidad en el desierto, finalmente estábamos todos dentro.
La superficie del cubo nos absorbió, silenciando el viento de la neblina y sumergiéndonos en una dimensión donde el tiempo y el espacio estaban a punto de perder su significado.
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