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El Archivo del Trauma - Capítulo 68

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Capítulo 68: Capítulo 5: Perros Persiguiendo Sombras

(PUNTO DE VISTA DE MALREC ASHENVALE)

El rastro empezaba a volverse monótono, y la monotonía es algo que detesto casi tanto como la desobediencia. Caminar por este desierto de ceniza, siguiendo un punto parpadeante en una pantalla, no es mi idea de una cacería divertida. Esos niños se han alejado mucho más de lo previsto… y eso ha empezado a irritarme de una forma que solo la sangre puede calmar.

Aun así, sonreí. Al menos el juego no acabará pronto para ellos. Me gusta que las presas corran; hace que el momento en que les rompes las piernas sea mucho más gratificante.

—Llegamos —pronunció Aurel, rompiendo el silencio con su tono seco de siempre.

—Al fin —respondí, tronándome los nudillos—. Ya era hora de hacerlos pagar por esta caminata.

Según la tableta, la señal estaba estática, justo detrás de una formación rocosa enorme. Podía imaginarlo. Je… ya quiero ver sus rostros desfigurados por el pánico.

Me adelanté y, sin mediar palabra, descargué un golpe brutal contra la piedra gigante. El impacto la redujo a escombros en un estallido de polvo gris. Finalmente, iba a jugar con estos ingenuos.

—¿Hola? —exclamé con una voz cantarina y cruel—. Llegó el payaso…

Entré en el claro con los sentidos alerta, esperando el sonido de respiraciones agitadas o el llanto de la chica.

—¿Ves algo? —preguntó Aurel a mis espaldas.

—Cállate, ¿no ves que me estoy divirtiendo?

Caminé directo hacia la coordenada exacta del rastreador. Mis botas crujieron sobre la ceniza hasta que me detuve frente a un pequeño objeto metálico que brillaba débilmente en el suelo.

—¿Pasa algo?

—No puede ser… —susurré, y mi voz pasó de la diversión al odio puro en un segundo.

No había nadie. Ni el niño, ni la muñeca ilusionista, ni el tercer rastreador. Solo el pequeño dispositivo, abandonado como un insulto silencioso en medio de la nada. Estábamos rodeados de piedras y neblina, pero ni un solo rastro de calor humano.

—Me lo temía —dijo Aurel, analizando la situación con esa frialdad que me dan ganas de golpearlo—. Entonces esta debe ser la segunda trampa. Eso quiere decir que la tercera señal, la que desapareció mientras caminábamos hacia aquí, es donde realmente están.

—Esos gusanos…

Era una humillación sistemática. El primer grupo de búsqueda fue hacia donde marcaba la primera señal y regresó con las manos vacías; solo encontraron el rastreador. Y ahora esto… la segunda trampa. Otra señal falsa. Otra mentira diseñada por un cerebro que nos estaba tratando como a perros persiguiendo su propia cola.

Cerré el puño y golpeé el rastreador en el suelo. No solo lo rompí; lo hice volar en mil pedazos, enterrando los fragmentos en la ceniza.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó Aurel, impasible.

—¡Cállate! —le grité, dándome la vuelta con los ojos inyectados en sangre—. Esos niños están jugando con nosotros. Nos están tratando como a idiotas. De verdad… juro que se los haré pagar.

La furia me subía por la garganta, espesa y caliente. No podía creer que esos desperdicios de laboratorio hubieran orquestado algo así. Estaba furioso, malditamente fuera de mí. Quería destruirlos, quería ver cómo sus huesos cedían bajo mi peso hasta que no pudieran ni mirarme a la cara.

—Oye, cálmate. Nuestra misión es llevarlos ante el Administrador. Vivos.

—Lo sé —respondí entre dientes, tratando de controlar el temblor de mis manos—. Los llevaré. Pero los llevaré con un brazo y un ojo menos. El Administrador no dijo que necesitara todas sus piezas.

Me puse en pie y obligué a mis pulmones a llenarse de aire gélido. Respirar. Respirar para no matar a Aurel por accidente.

—La tercera señal desapareció en esa dirección —Aurel señaló hacia nuestra derecha, hacia la zona donde la neblina parecía volverse sólida—. Busquemos por ese lado.

—Movámonos —sentencié—. Y reza porque los encontremos antes de que mi paciencia se agote del todo, porque si no, no quedará nada de ellos para entregar.

Nos movimos rápidamente, cortando la neblina con una urgencia que me quemaba los pulmones. Todavía había algo que no me encajaba, algo que me carcomía por dentro: ¿Por qué diablos la tercera señal había desaparecido de la pantalla? No tenía sentido lógico. La única forma de silenciar un rastreador es destruyéndolo o desactivándolo, pero se supone que esos idiotas no sabían que… No. Si lo sabían.

¿Quién fue? ¿Quién fue el miserable que se dio cuenta de que tenían tecnología incrustada en la carne? ¿Quién tuvo la sangre fría para buscarla?

Eso significaba que alguien ahí fuera sabía cómo desactivarlos o extraerlos. Un escalofrío de irritación me recorrió la espalda. Da igual, no me gusta perder el tiempo pensando; pensar es para los que tienen miedo de actuar. Yo prefiero resolver los problemas de la única forma que garantiza resultados: a puños.

—Malrec —soltó Aurel, sin dejar de correr—. Creo que finalmente resolví la ecuación.

—¿De qué hablas ahora? —le espeté, harto de sus acertijos.

—Ya hemos pasado por este sector antes. Solo hay dos opciones: o desactivaron el rastreador manualmente, o entraron en uno de esos.

—¿Qué? ¿Uno de qué?

—Dame un momento —dijo Aurel, ignorando mi tono—. Si en unos minutos aparece frente a nosotros lo que creo, entonces habré resuelto el rompecabezas.

—Como digas —gruñí, apartando una cortina de niebla de un manotazo.

No me importa lo que esté calculando en su cabeza cuadriculada. Si resuelve el problema, bien por él. Yo solo quiero sentir cómo sus huesos ceden bajo mi presión. Desafortunadamente, las órdenes son claras y no puedo matarlos… todavía.

Pero se me ocurren mil formas de hacerlos desear la muerte sin llegar a dársela. No soporto la idea de que uno de esos gusanos haya sido capaz de burlarse de nosotros de esta manera.

Demonios, las ganas de reventarles la cabeza no me faltan. Si el Administrador quiere sus “piezas”, se las daré, pero me aseguraré de que lleguen tan rotas que no sirvan ni para chatarra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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