Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Archivo del Trauma - Capítulo 80

  1. Inicio
  2. El Archivo del Trauma
  3. Capítulo 80 - Capítulo 80: Capítulo 20: El Derecho a no Morir
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 80: Capítulo 20: El Derecho a no Morir

Cruzamos el umbral del Cubo bajo un silencio sepulcral que solo fue roto por el eco de nuestras botas sobre el suelo. Los sobrevivientes que se habían quedado atrás nos recibieron con rostros desencajados, una mezcla de alivio por ver rostros conocidos y puro terror al notar el estado en que volvíamos.

—¡¿Qué demonios pasó?! —gritó uno, retrocediendo ante la visión de la sangre.

—¡Rápido, ayúdenme a sostener al chico!

Llevaron a Elian hacia una de las salientes de roca lisa, el lugar más cercano donde su cuerpo podía descansar. Lo depositaron con una delicadeza que rozaba la reverencia, como si temieran que el más mínimo movimiento terminara por apagar la chispa de vida que le quedaba.

En ese instante, una figura pequeña rompió la formación, corriendo hacia Caelum con una desesperación que parecía llenar todo el vacío del Dominio Null.

—¡Papá!

—Chloe…

Se fundieron en un abrazo que detuvo el tiempo. Vi a Caelum cerrar los ojos, intentando contener unas lágrimas que su orgullo de líder no le permitía soltar.

Al observarlos, algo punzó en mi pecho. Me recordó a mi madre. Nunca sucedió, pero hubo un tiempo, una versión de mí, que deseaba que ella me abrazara así. Que me protegiera del mundo en lugar de convertirme en un arma para él.

Sacudí la cabeza. No sabía qué hacer: si correr al lado de Elian o empezar a dictar órdenes. No poseo la autoridad natural de Elian; él siempre ha usado a Caelum como su pantalla, transmitiendo sus cálculos a través del líder para no alterar la jerarquía. Tendría que imitar ese patrón.

—Caelum —dije, acercándome al hombre que aún sostenía a su hija—. Entre las cosas que trajeron, ¿tienen medicamentos o algo similar?

Asintió, separándose apenas de Chloe.

—Claro. Trajimos suministros médicos.

—Úsalos en ti y en tus compañeros de inmediato —ordené—. Además…

—Lo sé. Lo primordial ahora es Elian —me interrumpió, entendiendo la urgencia en mi mirada.

Chloe se quedó inmóvil, con el rostro manchado por el hollín del abrazo de su padre. Giró la cabeza lentamente y vio el cuerpo de Elian. Estaba pálido, casi translúcido bajo las luces del Cubo, en un estado de inconsciencia absoluta.

—Papá… ¿él…? —susurró la niña con la voz temblorosa.

—Él nos salvó, pequeña. Ahora nos toca ayudarlo —dijo Caelum, mientras se llevaba una mano a la espalda con una mueca de dolor.

Me acerqué al cuerpo de Elian. Su pulso era una línea errática en el límite de la percepción.

—Está en un estado crítico —sentencié, analizando la profundidad de las perforaciones—. Este Cubo acelerará su regeneración celular, pero no es suficiente. Necesito herramientas adecuadas para cerrar estas heridas antes de que el desangramiento sea irreversible.

—¿Tu nombre era…? —preguntó Caelum, mirándome con una mezcla de respeto y sospecha.

—Serenne.

—Entiendo, Serenne. Los suministros están en la mochila azul, esa de ahí —señaló hacia un montón de equipo rescatado—. Ahí tienes todo lo que necesitas.

—Gracias.

Me desplacé con una velocidad que hizo que los demás dieran un paso atrás. Abrí la mochila, seleccionando vendas estériles, coagulantes sintéticos y suturas de grado militar. Al regresar al lado de Elian, me arrodillé sobre el suelo frío.

Solo quedaba concentrarme. Vertí agua de una botella sobre mis manos y froté el jabón con una energía mecánica, intentando limpiar no solo la suciedad, sino la estática de la pelea que aún me recorría los nervios.

Debía ser precisa. Los errores en el Archivo se pagan con el borrado, y esta vez, el coste de una mano temblorosa era la vida de Elian. Ya lo he hecho antes conmigo misma, cosiendo mis propios desgarros entre las sombras, no debería ser difícil.

—Pueden… ¿darme espacio? Necesito concentrarme.

—¡C-claro! —balbuceó uno de los hombres, retrocediendo de inmediato.

—Lo sentimos… —añadió otro.

Los buitres que nos rodeaban comenzaron a apartarse, llevándose con ellos su aliento pesado y su miedo. Caelum y su hija también se retiraron a una distancia prudencial. Ahora, en el silencio relativo del rincón, era hora de empezar.

Pero antes de que pudiera aplicar el primer punto de sutura, una presencia se filtró en mi periferia.

—¿Puedo ayudar?

Levanté la mirada, encontrándome con la figura de uno de los chicos jóvenes del grupo de Caelum. Tenía una sonrisa ligera, de esas que intentan ocultar el terror con cortesía.

—Puedo sola —respondí cortante, sin mirarlo.

Él no se amedrentó. Se arrodilló a mi lado con una calma inusual y comenzó a organizar las herramientas médicas sobre una tela limpia: el desinfectante, las gasas, el hilo quirúrgico.

—Tu mano —dijo él de repente.

—¿Qué pasa con ella? —fruncí el ceño, deteniéndome.

—¿No te das cuenta? Estás temblando.

Bajé la vista hacia mi mano, la que sostenía el bisturí. No quería admitirlo, me negaba a procesarlo como válido, pero era cierto. El metal vibraba imperceptiblemente contra mis dedos.

—No es nada. Solo debo relajarme.

—Lo matarás en ese estado —sentenció él con una frialdad que me obligó a mirarlo a los ojos.

Apreté el mango del cuchillo hasta que mis nudillos blanquearon. La lógica me decía que tenía razón, pero mi instinto luchaba por prevalecer.

—Sé que quieres salvarlo —continuó el chico, bajando el tono—. Pero necesitas ayuda. Tengo conocimientos sobre esto, será fácil si trabajamos juntos.

—¿Por qué quieres ayudarlo? —le pregunté, buscando una variable oculta, un motivo egoísta.

—¿Qué por qué? ¿No es obvio? —soltó una risa seca, casi triste—. Él… nos sacó de ese lugar. Nos salvó de una muerte segura. ¿Y ahora da su vida por unos extraños? Al principio no lo aceptaba. No confiaba en él, me parecía un extraño peligroso, pero… no puedo dejar que muera. No así.

—¿Lo ves así? —susurré.

—No solo yo. El grupo entero lo ve. Este chico parece demasiado joven para cargar con tanto, dejarlo morir ahora sería simplemente cruel, ¿no crees?

No pude decir nada. Me quedé en silencio, observando el rostro pálido de Elian, cuya respiración era apenas audible en el aire frío del Cubo. Solo podía mirarlo. Por primera vez en mi existencia, no sentía la superioridad de mi fuerza ni la perfección de mi entrenamiento. Solo sentía una impotencia devastadora.

—No confío en ti —le solté, manteniendo el bisturí a pocos centímetros de su mano.

—No quiero tu confianza —respondió él, sin apartar la mirada de las gasas estériles—. Solo quiero ayudarlo. Quiero devolverle el favor.

—Eso es irracional. No ganas nada arriesgándote a mi lado.

—Jajaja, bueno… así somos los humanos —soltó una pequeña risa que me heló la sangre.

Aquellas palabras me golpearon con una fuerza que ninguna ráfaga de viento del Archivo había logrado. ¿Acaso no me veía como una humana? La duda se instaló en mi mente como una frecuencia parásita que no podía filtrar.

—Hablas como si fuera un extraterrestre.

—Bueno… un poco lo pareces.

—¿Qué?

—Hablo de tu personalidad robótica —continuó él, mientras empezaba a limpiar la sangre alrededor de la herida en la pierna de Elian—. Pero me equivoco. En realidad, tu desconfianza es la mayor prueba de que sigues siendo humana. Solo los humanos temen tanto ser traicionados cuando algo les importa.

No dije nada. Fácilmente podría estar manipulándome con esa retórica sentimental. No lo aceptaba, para nada. Pero el tiempo se agotaba y el pulso de Elian seguía debilitándose.

—Escucha, no confío en ti —sentencié, acercando mi rostro al suyo para que viera que no bromeaba—. Pero dejaré que me ayudes. Lo hago porque, si por alguna razón este chico muere bajo tu guardia, tengo el suficiente poder como para matarte antes de que parpadees.

—Vaya, eso suena como una amenaza directa.

—Es porque lo es —mis ojos se clavaron en los suyos con una intensidad depredadora—. No te atrevas a cometer una estupidez. Da igual si crees que tienes la fuerza suficiente como para defenderte. Te juro que te mataré y te haré pasar por un infierno si él muere.

—E-entendido… —el chico tragó saliva, y por primera vez vi una grieta de temor real en su confianza.

Dejé que me ayudara. Operamos bajo una eficiencia del cien por ciento, el fallo no era una opción en mi vocabulario.

Trabajamos en un silencio tenso, solo interrumpido por el sonido de los suministros médicos y la respiración pesada de Caelum a unos metros. Pasamos un tiempo que pareció eterno remendando el cuerpo de este niño que, después de todo lo que había hecho por nosotros, tenía prohibido permitirse el lujo de morir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo