El Archivo del Trauma - Capítulo 79
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Capítulo 79: Capítulo 16: La Octava Noche del Primer Día
Pasaron otras dos horas. Mi capacidad para acceder a la frecuencia había mejorado, pero el dominio real seguía siendo un horizonte lejano. Ahora que lo pienso, ni Valieth ni Marcus mencionaron jamás este proceso de sintonía. Quizás para ellos era algo innato, o tal vez simplemente no me consideraron capaz de alcanzarlo. Da igual, no es como si nuestras trayectorias fueran a cruzarse de nuevo.
—Oye… ¿ya volvió el líder de esos sujetos? —preguntó Serenne. Estaba sentada en el suelo, observando la entrada con una mezcla de apatía y cansancio.
—¿Caelum? No. No ha regresado.
—Tengo hambre… —murmuró, cerrando los ojos.
Dos horas afuera. Cincuenta horas aquí dentro. Caelum y su equipo habían excedido cualquier margen de seguridad lógico. En mi mente, las probabilidades se bifurcaron. Bajo otras circunstancias, habría concluido que Caelum decidió desertar con los suministros. Pero esa variable era estadísticamente insignificante por un solo factor: su hija.
Ella seguía aquí, en el Cubo. No tendría sentido abandonar su única ancla en este mundo muerto. Si no habían regresado, solo existían dos conclusiones: el peligro exterior había mutado o habían sido interceptados.
—Treinta minutos —sentencié—. Si no cruzan el umbral en ese tiempo percibido, saldremos a buscarlos.
—Bueno.
Sin más que decir, me sumergí de nuevo en el entrenamiento. Controlar la frecuencia era como caminar por el filo de una cuchilla. Mediante el método de prueba y error, llegué a una conclusión inquietante: si no aprendía a estabilizar esto, el poder no me haría invencible, me mataría.
El sistema era binario en su peligro. En primer lugar, si las frecuencias se volvían demasiado inestables y picudas, el cuerpo expulsaba una cantidad masiva de energía, pero al costo de fracturar los huesos y desintegrar la estabilidad mental.
Consulté mi interfaz interna; mi porcentaje de estabilidad fluctuaba en un sube y baja constante, marcando un 60%. Era un margen decente, suficiente para no sucumbir a la psicosis, pero insuficiente para una batalla prolongada.
Por otro lado, si la frecuencia caía demasiado, el poder simplemente se desvanecía. Esto era un riesgo táctico mortal: si golpeaba una roca esperando la potencia sobrenatural y mi frecuencia interna bajaba justo antes del impacto, terminaría con la mano destrozada contra la piedra.
Ni exceso, ni carencia. Solo el equilibrio absoluto.
Descubrí que golpear las rocas con los ojos cerrados facilitaba la visualización del osciloscopio mental. Me obligaba a sentir la vibración antes de que el puño hiciera contacto.
Debía hacerme fuerte lo antes posible. Mi objetivo no era solo la supervivencia, sino alcanzar el nivel de poder necesario para enfrentar lo que viniera. El tiempo en el exterior seguía corriendo, y yo no pensaba salir de este Cubo siendo el mismo hombre débil que entró.
El tiempo de espera, finalmente, llegó a su fin. Los treinta minutos percibidos se habían agotado.
Mantener la noción del tiempo se estaba convirtiendo en una tarea difícil, un desgaste cognitivo que me agotaba casi tanto como el entrenamiento físico.
Medir minutos en un entorno que distorsiona la realidad era como intentar contener el océano con las manos. Necesitaba un cronómetro, una herramienta externa que me liberara de esta carga mental. Sentía que, si seguía forzando mi reloj biológico, terminaría por quebrarme.
Me acerqué a Serenne, quien descansaba en un rincón del Cubo, ajena a mis cálculos.
—Serenne, despierta —dije, mi voz resonando en el silencio aséptico.
—¿Qué… pasa? —murmuró, parpadeando con pesadez.
—Es hora de buscarlos.
—Ah, sí. Es cierto —se incorporó, sacudiéndose el rastro de letargo.
Avancé hacia el resto del grupo. Estaban agrupados, cuidando a la niña y manteniendo conversaciones en voz baja para mitigar el miedo. Al verme llegar, guardaron silencio.
—Oigan, volveré en un momento. Iré a buscar a Caelum; ha tardado demasiado —informé con tono monocorde.
—Oh, está bien. Nosotros… nosotros seguiremos entrenando —respondió uno de ellos, intentando proyectar una valentía que sus hombros caídos desmentían.
—¡Sí! ¡Yo también quiero romper rocas con mis puños!
Me alejé de ellos y me reuní con Serenne cerca de la salida. Ella parecía más alerta ahora, con esa mirada afilada que indicaba que estaba lista para la acción. La necesitaba con los ojos bien abiertos; allá afuera, no habría paredes blancas que nos protegieran.
Justo cuando estábamos a punto de abandonar el Dominio Null, sentí un tirón firme en mi brazo. Me detuve y bajé la mirada. Era la hija de Caelum.
—Señor… ¿va a ir a buscar a mi papá? —preguntó con un hilo de voz.
Señor. La palabra activó un eco extraño en mi registro. Una parte de mi sistema clasificó el término como un reconocimiento de estatus, una forma de respeto que me resultó extrañamente satisfactoria. Sin embargo, mi lógica no tardó en etiquetar esa reacción como un residuo de ego irrelevante.
—Sí, eso haré.
—¿No le pasó nada malo?
—No lo sé. Espero que no.
Pude ver el temor puro, líquido, en los ojos de la niña. Por alguna razón que no lograba procesar, decidí prestarle más atención de la que mi protocolo de eficiencia dictaba. Me puse de cuclillas, quedando a su altura.
—Tranquila. Me encargaré de traer de vuelta a tu padre.
—¿En serio? —Sus ojos se iluminaron con una esperanza frágil.
Asentí.
No había razones lógicas para darle esperanzas. De hecho, lo que estaba haciendo era un error táctico de manual. Si Caelum estaba muerto, ella me despreciaría por haberle mentido. Me convertiría en el objeto de su odio.
¿Pero por qué me preocupaba el sentimiento de una niña? Me giré y le di la espalda, irritado conmigo mismo. Estaba actuando de forma irracional, dejándome llevar por palabras fantasiosas que no podía garantizar.
Entonces, la comprensión me golpeó. Entendía por qué lo había hecho. Muy en el fondo, esa mirada de desamparo me recordaba a cierta chica que ahora estaba fuera de mi alcance.
Eliminé esos sentimientos con la precisión de un cirujano extirpando un tumor. No había lugar para la nostalgia en un campo de batalla.
—Vámonos, Serenne.
Solo debía buscarlo. Necesitaba esas provisiones para reparar mi cuerpo y continuar con mi ascenso de poder. Nada más importaba.
Con ese pensamiento anclado en mi mente, cruzamos el umbral del Cubo, dejando atrás la seguridad de la dilatación temporal para entrar en una misión de rescate en el corazón del caos.
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