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El Archivo del Trauma - Capítulo 94

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Capítulo 94: Capítulo 31: Cielos Secos y Sangre Eléctrica

Todo estaba listo para marcharnos. Ya sabía cuál sería nuestro destino. Era el último refugio que me quedaba en este mapa mental, mi última carta bajo la manga. Después de eso, no sabría a dónde más llevarlos.

Si las piezas se rompen allí, no habrá más movimientos posibles. Además, existe un riesgo logístico. Si antes pertenecían a una organización criminal y son reconocidos en la zona, no habrá nada que yo pueda hacer para protegerlos.

Aún no he podido bañarme ni cambiarme de ropa. Siento el tejido rígido contra mi piel, un recordatorio constante de la suciedad del Cubo. Al lugar al que vamos, tal vez pueda recuperar algo de mi humanidad básica.

Me quedé mirando el cielo oscuro, esperando a que los demás terminaran de recoger los restos de suministros. Me pregunto si en este mundo llueve. Aún no he visto caer una sola gota, como si el cielo mismo estuviera tan seco como mis ojos.

Suspiré, permitiendo que el cansancio se filtrara por un segundo. Mientras usaba mi habilidad y manipulaba la frecuencia interna, todo dolía. Fue como si mis venas transportaran electricidad en lugar de sangre. Pero cuando desactivé el flujo, el dolor fue peor. Un vacío punzante que amenazaba con hacerme colapsar.

Por suerte, soy bueno ocultando cosas. Así que nadie notó mi dolor.

Logré dominar la frecuencia interna gracias a mis sueños. En esa duermevela forzada, aprendí a controlar mis propios impulsos y a colocarme en un estado de trance. Allí, en la seguridad de mi mente, comencé a entrenar lo que Serenne me había enseñado.

Este mundo es extraño. Los sueños se sienten… demasiado lúcidos. Casi reales. Aproveché esa anomalía y, al despertar, el entrenamiento dio sus frutos. Pero el precio fue ver algo que no esperaba.

Cerré los ojos, intentando recuperar la imagen. Antes de entrar en el trance absoluto, hubo un destello. Fue… cálido. O eso creí sentir. Una presencia que me recordó la razón por la que sigo respirando en este infierno.

Mi madre.

Necesito encontrarla. La lógica me dice que ella está aquí, en alguna parte de este mundo. Necesito que me explique las cosas que los datos no pueden resolver. ¿Por qué me entrenó de esa manera? ¿Por qué me convirtió en esto?

Ella siempre actuaba con una frialdad gélida, tratándome como una herramienta que se afila para una guerra invisible. Pero en ese sueño, recordé algo que me había obligado a olvidar.

Si ella me trataba solo como un arma, entonces no tiene sentido que…

No importa. Las suposiciones son variables inútiles sin pruebas. Cuando la encuentre, obtendré las respuestas que quiero. Por eso, ya decidí qué hacer con estos sujetos que me siguen.

Ya he trazado mi camino, y ellos son solo el lastre necesario para llegar al final del tablero.

—Elian. Estamos listos —la voz de Caelum me sacó de mis pensamientos. Se acercaba con paso lento, arrastrando el cansancio de la batalla en cada movimiento.

—Vamos —sentencié, poniéndome en marcha sin esperar una confirmación.

Todos nos reunimos en el centro del cráter. Antes de dar el primer paso hacia nuestro destino, me detuve un segundo.

Mis ojos recorrieron cada rostro, cada expresión, cada tic nervioso. Necesitaba registrar cualquier rastro que dejaran atrás. Una mirada esquiva, un exceso de sudor, un titubeo, cualquier cosa. En este tablero, hasta un parpadeo fuera de tiempo es una pista.

—¿Y qué hacemos con ella? —preguntó uno de los chicos del grupo, señalando el cuerpo inerte de Serenne.

Caelum bajó la mirada, visiblemente dividido.

—Yo… debo encargarme de Chloe. Lo siento —murmuró.

Observé a la niña. Chloe apretaba la mano de su padre con una fuerza desesperada, su pequeño rostro era un mapa de preocupación pura. Era un lastre emocional para Caelum, pero un estímulo útil para el grupo.

—Si quieren, yo me puedo encargar —intervino Knox.

Se volvió hacia mí, buscando una aprobación que no necesitaba, pero que parecía calmarlo. Solo asentí con un gesto breve. Knox cargó a Serenne en su espalda con cuidado, acomodando sus brazos para que no se deslizara. Su rostro aún mostraba las secuelas del combate, pero su voluntad parecía haberse endurecido.

Comenzamos a movernos.

Permanecí a la cabeza del grupo, marcando un ritmo constante. Knox y Caelum caminaban un paso por detrás de mí. Mientras caminaba, mi mente volvió a Serenne.

Lo había hecho bien. Su sacrificio permitió el jaque mate. Pero si permanecía inconsciente mucho tiempo, iba a resultar ineficiente para los próximos movimientos.

Si no era capaz de levantarse por su propia cuenta en las próximas horas, la obligaría a hacerlo. No podíamos permitirnos el lujo de cargar con peso muerto mientras el enemigo real seguía moviendo piezas en las sombras.

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En algún lugar fuera del alcance del Cubo, el silencio de una oficina privada fue roto por un susurro cargado de asombro.

—Señor… ¿vio lo que acabamos de presenciar? —la voz del asistente vibraba, incapaz de ocultar el miedo.

El hombre sentado tras el escritorio no respondió de inmediato. Su mente seguía fija en el recuerdo, donde la imagen de un joven de gabardina negra se desvanecía entre los escombros.

—Es fascinante —murmuró al fin—. Ese chico no es solo un estratega. Es un monstruo.

—¿Deberíamos actuar ya? ¿O dejamos que…?

—Escucha —el tono del hombre se volvió gélido, cortando el aire—. Llegó la hora de intervenir. Un activo así no se deja al azar. O lo eliminamos antes de que se vuelva una amenaza sistémica, o lo tentamos para que camine de nuestro lado. No hay términos medios con alguien así.

El asistente asintió con rigidez y abandonó la habitación en silencio. Una vez solo, el hombre se puso en pie y caminó hacia el ventanal, contemplando el horizonte con una sonrisa que apenas curvaba sus labios.

—Con que tú eras la mente maestra tras el colapso del Hollow… —le habló a la nada, como si Elian pudiera escucharlo—. Hiciste todo bien, pequeño genio. Todo, excepto exponerte demasiado. Fue absurdo que explicaras tu victoria a los cuatro vientos. Los reyes no revelan sus trucos a los peones.

Se dio la vuelta y regresó a su escritorio con la parsimonia de quien ya ha ganado una guerra que aún no comienza.

—Será interesante jugar al gato y al ratón —rio por lo bajo, ajustándose los puños de la camisa—. Pero claro, tú ni siquiera sabrás que estás en medio de un tablero.

Tomó asiento y comenzó a trazar líneas sobre un mapa. Sus movimientos eran precisos. Estaba planeando con exactitud matemática cómo manipular las piezas para que Elian caminara directo hacia la red.

—Bien. Nos veremos muy pronto.

Mientras el señor visualizaba su victoria con la parsimonia de un ajedrecista que ya ha cantado el mate, su asistente no perdía el tiempo. En la sala de operaciones contigua, las órdenes fluían con una precisión militar.

Los cazadores, hombres que habían hecho de la muerte un oficio, ajustaron sus armas y activaron sus visores térmicos. Se estaban preparando para una emboscada quirúrgica en un punto específico de la ciudad. Un cuello de botella estructural por donde el grupo de Elian tendría que pasar obligatoriamente si quería avanzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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