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El Archivo del Trauma - Capítulo 99

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Capítulo 99: Capítulo 36: La Línea Recta Imperturbable

Después de varios minutos bajo el acero de Serenne, el proceso terminó. El precio fue otra ducha para eliminar los restos de cabello y un nuevo cambio de vestuario.

Esta vez, sin embargo, no opté por la comodidad del interior. Me puse ropa urbana, algo que me permitiera mezclarme en el exterior sin levantar sospechas inmediatas.

Había un motivo lógico detrás de esta elección, pero prefería dejar que los eventos confirmaran mi teoría antes de verbalizarla.

Salí del baño y el silencio de la habitación se rompió al instante.

—Wow —soltó Knox, abriendo mucho los ojos—. Nada mal, Elian. De verdad.

—¿Tú crees? —Pasé la mano por mi nuca. La sensación de ligereza era extraña, casi como si hubiera perdido un lastre sensorial.

—Creo que te queda genial. Pareces… no sé, alguien diferente.

Supongo que el objetivo se había cumplido. Necesitaba proyectar una imagen específica para generar la impresión adecuada en los sujetos que ahora dictaban nuestro destino. La estética es, después de todo, una herramienta de manipulación visual.

—¿Ven? Se los dije —presumió, limpiando su daga con una suficiencia casi irritante—. Soy buena en todo lo que me propongo.

—Eres buena en todo… —mascullé, desviando la mirada hacia el espejo.

—¿Qué dijiste?

—Nada. Olvídalo.

Knox se acercó un paso, analizándome con una curiosidad que rozaba lo clínico. Sus ojos escaneaban mi nueva ropa, notando que no era precisamente el atuendo de alguien que planeaba quedarse a dormir una siesta.

—¿Vas a salir? —preguntó, y su tono perdió parte de la alegría anterior.

—Debo acompañar a nuestros captores. Volveré luego.

—Ya veo… —Knox bajó la mirada, frotándose las manos nerviosamente—. Ten cuidado, Elian. Esos sujetos… de verdad dan miedo. No parecen el tipo de personas que invitan a alguien a pasear solo por cortesía.

Tenía razón, pero el miedo era una variable que yo ya había factorizado y descartado hace mucho tiempo.

Me despedí con un gesto vago y abandoné la habitación. La misión ya estaba en marcha. Minutos antes, mientras el agua de la segunda ducha aún corría por mi espalda, uno de los cazadores me había interceptado.

Las órdenes del Señor eran directas: debía acompañarlos al exterior. Mi periodo de gracia había terminado.

Caminé hacia el vestíbulo principal, donde la salida estaba custodiada por tres hombres. Eran altos, de complexión robusta y emanaban esa pesadez física de quien está acostumbrado a someter a otros.

Cualquiera en mi posición se habría sentido intimidado. Su sola presencia imponía una barrera de respeto que te obligaba a mantenerte al menos a tres pasos de distancia.

Me dio igual.

Crucé el espacio sin alterar mi ritmo, pasé justo por en medio de dos de ellos y me coloqué al frente del grupo. Giré la cabeza apenas lo necesario para que mi voz les llegara con claridad.

—¿A dónde vamos?

—¿Tú eres el chico nuevo? —respondió uno de ellos, evaluando mi nueva apariencia con una mezcla de sorpresa y burla.

—Eso no importa. Solo díganme el destino.

Me lanzaron miradas cargadas de desprecio, de esas que suelen preceder a una puñalada por la espalda en un callejón oscuro. Se sentían insultados por mi falta de sumisión.

—¿Nos vas a decir al menos tu nombre? —insistió el que parecía liderar la patrulla.

—No.

—Eres demasiado arrogante, niño —escupió el más alto, dando un paso hacia adelante para intentar invadir mi espacio personal.

—No —respondí, devolviendo la vista al frente mientras comenzaba a caminar—. Soy soberbio. Hay una diferencia lógica en los términos.

Se hizo un silencio gélido. Escuché un “ja” cargado de incredulidad detrás de mí, seguido por el sonido metálico de sus equipos ajustándose.

—Bien. Vamos entonces —sentenció el líder—. Veamos si esa soberbia te sirve de algo allá afuera.

Empezamos a caminar mientras el líder desglosaba el objetivo con una suficiencia que rozaba lo insultante.

—Estamos a unas dos horas si mantenemos este ritmo —dijo, lanzándome una mirada de reojo—. Pero vamos a ir más rápido, niño. ¿Podrás correr a nuestra altura o tendremos que cargarte?

—Hagan lo que quieran.

—Oh… entonces, trata de seguirnos.

De repente, el aire a su alrededor comenzó a distorsionarse. Un calor denso y sofocante empezó a desprenderse de sus poros. Estaban activando su frecuencia interna.

Durante mis sesiones de entrenamiento en el mundo onírico, bajo la tutela de la voz en mi cabeza, logré algo que me resultó extremadamente difícil de dominar.

Lo normal, lo que dictan los manuales de este mundo degradado, sería hacer lo mismo que ellos: liberar energía en forma de calor. Pero yo había logrado perfeccionar aquello de lo que estos hombres se sentían tan orgullosos.

Ellos arrancaron, convirtiéndose en borrones de movimiento que rasgaban el aire a una velocidad inhumana.

—¡Vamos, niño! ¡No te quedes atrás! —gritó uno de ellos, su voz ya perdiéndose en la distancia.

Me detuve un segundo. Me quedé mirando el suelo, en total silencio. Analicé el coste-beneficio de mi respuesta. Mi habilidad personal es demasiado peligrosa para activarla a la ligera frente a desconocidos. Pero la frecuencia interna… esa es distinta si logras dominarla y, mejor aún, adaptarla a tu propio estilo.

Sin más demora, ejecuté la secuencia. Cerré los ojos y visualicé el diagrama que Serenne me había enseñado. Logré estabilizar los picos y los valles de mi energía, forzándolos a converger en una línea recta e imperturbable.

Entonces, un frío arrasador me envolvió. Todo se transformó en movimiento puro.

De un solo impulso, el suelo bajo mis pies pareció encogerse. Alcancé esa velocidad antinatural en menos de un segundo, cortando el aire con una eficiencia gélida hasta posicionarme junto a ellos con una facilidad que resultaba casi insultante.

—¿Qué…? —soltó el líder, con la respiración entrecortada por el esfuerzo.

—Oye, tú… no emanas calor —notó otro de ellos, mirándome con una mezcla de sospecha y desconcierto.

—Soy diferente.

—Ja. Con que esas tenemos, ¿eh?

Pasábamos por edificios derruidos y estructuras que alguna vez fueron hogares, ahora convertidos en esqueletos de concreto. La velocidad nos obligaba a procesar el entorno en ráfagas de milisegundos. Intenté memorizar cada callejón, cada ruta de escape y cada punto ciego de este sector.

Sin embargo, la eficiencia de mi memoria tiene límites. Es difícil catalogar cada escombro de un mundo en ruinas mientras te mueves a velocidades antinaturales. Aun así, registré lo suficiente para trazar un mapa mental básico.

Mientras más nos acercábamos a las coordenadas del destino, una conclusión lógica empezó a martillear en mi cabeza.

Había actuado de forma impulsiva.

Analicé la secuencia de eventos. Acepté participar en esta misión de inmediato, sin cuestionar, solo porque mencionaron el nombre del dueño de la mansión.

En ningún momento él me lo pidió cara a cara. Me dejé llevar por la necesidad de respuestas, saltándome el protocolo de verificación de datos que suelo aplicar a cada movimiento.

De vez en cuando, los cazadores volteaban a verme. El sudor les surcaba la frente y podía escucharlos tragar saliva con dificultad. Su nerviosismo era palpable.

Al parecer, las cosas están por ponerse interesantes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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