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El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 1

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  3. Capítulo 1 - 1 Prólogo El Eco de Dos Vidas
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1: Prólogo: El Eco de Dos Vidas 1: Prólogo: El Eco de Dos Vidas El frío en la frontera norte del Reino de Aethelgard tenía la costumbre de calar hasta los huesos, pero para el pequeño Caelen, de apenas cuatro años, el verdadero frío no provenía de la nieve que caía fuera de su cabaña de madera.

Venía del charco carmesí que se extendía lentamente por el suelo de roble.

La puerta de la cabaña, reforzada con gruesas vigas de hierro, no había sido simplemente derribada; había sido triturada.

Las astillas se mezclaban con el hielo y la sangre.

Frente a él, la criatura respiraba con un estertor húmedo y gutural.

No era un monstruo común de los bosques.

Era un Demonio Menor.

Su piel era de un tono cenizo, casi rocoso, y sus extremidades eran desproporcionadamente largas, terminadas en garras que goteaban un líquido oscuro y corrosivo.

Los demonios de Tártaro no atacaban por hambre; atacaban por un instinto arraigado y sádico de erradicar a la humanidad.

A los pies de la bestia yacía su madre.

Minutos antes, ella lo había empujado debajo de las pesadas tablas de la cama, interponiendo su propio cuerpo frágil entre las garras del demonio y su hijo.

Sus ojos, antes llenos de la calidez con la que le cantaba por las noches, ahora miraban al techo, vacíos y sin vida.

Caelen quiso gritar.

Quiso llorar.

Pero el terror era un puño de hierro que le aplastaba la garganta.

La criatura giró su cuello con un crujido antinatural, sus ojos amarillentos clavándose en la sombra bajo la cama.

Había olido el miedo del niño.

En el momento en que la garra del demonio destrozó la madera de la cama para alcanzarlo, algo dentro de la mente de Caelen se quebró.

La sobrecarga emocional, el pánico absoluto y la proximidad de la muerte actuaron como un martillo golpeando un cristal.

Y de las grietas de su conciencia infantil, brotó un torrente de información ajena.

De repente, Caelen ya no solo veía las garras de la bestia.

Veía estructuras, cálculos de tensión, circuitos impresos, líneas de código, pantallas brillantes y el zumbido de una ciudad de cristal y acero.

Recordó una vida bajo luces fluorescentes, estudiando a altas horas de la madrugada, resolviendo problemas de ingeniería en sistemas computacionales en un mundo sin magia llamado Tierra.

Dos existencias, la de un universitario agotado y la de un niño aterrorizado en un mundo de fantasía, colisionaron con una violencia abrumadora.

El cerebro del niño amenazaba con apagarse ante la incompatibilidad de las dos vidas.

En ese instante preciso, la cabeza del demonio estalló.

Sangre negra y espesa salpicó el rostro de Caelen.

El cuerpo decapitado de la bestia se desplomó pesadamente, revelando en la entrada a un hombre alto, cojeando severamente de su pierna izquierda, sosteniendo un mandoble que irradiaba una tenue luz azulada.

Era su padre.

Un aventurero retirado al que una herida en la mazmorra había alejado de las líneas del frente.

El hombre soltó el arma al ver el cuerpo de su esposa.

Cayó de rodillas, soltando un grito desgarrador que sacudió la tormenta de nieve afuera.

Caelen salió de debajo de los restos de la cama, temblando, con la mente zumbando por la fusión de sus dos identidades, y abrazó a su padre.

Esa noche, el frío de Tártaro se instaló para siempre en su alma.

Los años siguientes fueron un letargo teñido de gris.

La mente de Caelen se estabilizó lentamente.

Los conocimientos técnicos de su vida pasada se asentaron en el fondo de su conciencia, una biblioteca latente esperando ser utilizada, pero su corazón seguía siendo el del niño que había perdido a su madre.

Su padre, roto por la culpa de no haber llegado a tiempo, comenzó a deteriorarse.

La vieja herida de su pierna se infectó con el miasma residual de su época de aventurero, atándolo a una silla junto a la chimenea.

Para evitar que la tristeza consumiera por completo a su hijo, el anciano empezó a hablar.

Le contó historias de cuando la humanidad no se acobardaba tras las murallas.

—Los aventureros no son solo mercenarios que matan por monedas, Caelen —decía su padre, con la voz ronca pero llena de una chispa de orgullo perdido, mientras el viento aullaba—.

Los verdaderos aventureros son el escudo de los que no pueden sostener uno.

Son aquellos que se adentran en la oscuridad para que los débiles puedan dormir en la luz.

Hay héroes por ahí, hijo.

Gente increíble.

El niño de seis años escuchaba, fascinado.

Las historias de valentía se convirtieron en su refugio.

En su mente de ingeniero, Caelen comenzó a procesar una ecuación simple pero absoluta: Debilidad = Muerte.

Si los inocentes morían porque no podían defenderse, entonces alguien tenía que convertirse en la variable que cambiara el resultado.

Él quería ser esa variable.

Él quería ser útil.

Cuando Caelen cumplió siete años, el invierno finalmente se llevó a su padre.

Lo enterró junto a su madre, bajo el gran roble detrás de la cabaña, usando una pala que era casi tan alta como él.

De pie frente a las dos tumbas de piedra tosca, el niño limpió el sudor y la tierra de su frente.

No lloró.

Sus lágrimas se habían secado años atrás.

Cerró los ojos y dejó que su mente se enfocara.

Una tenue pantalla semitransparente, algo que solo él podía ver, parpadeó en su campo de visión.

Era el sistema básico que todo habitante de Tártaro poseía de nacimiento, aunque rudimentario hasta que se realizara la Ceremonia de Estado.

========================================= Nombre: Caelen Edad: 7 Clase: [Aún no asignada] Habilidades Pasivas: [Comprensión Nvl.

1] ========================================= Caelen miró esa única habilidad.

Comprensión.

No sabía cómo la había obtenido, tal vez producto de la fusión de sus mentes y sus recuerdos universitarios, pero sentía sus efectos.

Cada vez que observaba un fenómeno, su cerebro lo desarmaba en piezas, analizando cómo funcionaba el mundo, cómo fluía la energía en el aire, cómo se conectaban las cosas.

Era un multiplicador de aprendizaje, un motor de análisis.

—No dejaré que nadie más muera frente a mí —susurró el niño al viento helado, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos—.

Aprenderé todo.

Entenderé cómo funciona este mundo…

y lo desarmaré si es necesario.

A sus siete años, el huérfano con la mente de un ingeniero y el dolor de una tragedia, comenzó a empacar sus escasas pertenencias.

Su viaje hacia la capital para recibir su clase estaba por comenzar, y Tártaro no estaba preparado para el engranaje que acababa de ponerse en movimiento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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