El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capítulo 1 Código Abierto y el Veredicto de los Dioses
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2: Capítulo 1: Código Abierto y el Veredicto de los Dioses 2: Capítulo 1: Código Abierto y el Veredicto de los Dioses El viaje desde la frontera norte hasta la capital del Reino de Aethelgard le tomó a Caelen casi un año.
A sus ocho años, el mundo era un lugar vasto, frío y terriblemente peligroso.
No viajó por los caminos principales; su padre le había advertido que los bandidos y los nobles aburridos eran a menudo más letales que los monstruos errantes.
En su lugar, Caelen siguió las rutas de los comerciantes desde la maleza, moviéndose como una sombra diminuta, envuelto en una capa que le quedaba grande y cargando una mochila con raciones secas y las pocas monedas de plata que su padre había ahorrado.
Fue durante este viaje que su habilidad pasiva, [Comprensión], comenzó a mostrar su verdadera naturaleza.
No era una voz en su cabeza ni un manual de instrucciones mágico.
Era una lente a través de la cual su mente de ingeniero procesaba la realidad.
Al observar las huellas de un carro, no solo veía tierra aplastada; deducía el peso de la carga, la velocidad a la que viajaba y el tiempo que había pasado desde que pasó por allí.
Al mirar el flujo de un río, su mente dibujaba instintivamente líneas de corriente y puntos de presión.
El mundo de Tártaro se estaba traduciendo, poco a poco, al idioma de la física, la lógica y la mecánica que recordaba de su vida pasada en la Tierra.
Cuando finalmente las imponentes murallas de piedra blanca de Aethelgard se alzaron ante él, el sol se reflejaba en las cúpulas doradas de la ciudad interior.
La capital era un leviatán de riqueza y desigualdad.
En las puertas, guardias con armaduras pulidas cobraban peajes exorbitantes a los semi-humanos, tratándolos con un desdén palpable, mientras los carruajes de la nobleza pasaban sin revisión.
Caelen pagó su peaje en silencio, con el rostro oculto bajo la capucha, y se adentró en el vientre de la bestia.
El objetivo de Caelen era la Gran Catedral de la Luz, el único lugar donde los plebeyos podían someterse a la “Ceremonia de Estado”.
En Tártaro, a los ocho años, el maná del cuerpo se estabilizaba lo suficiente como para que el Sistema del Mundo asignara una Clase.
El interior de la catedral era asfixiante.
El olor a incienso era tan espeso que mareaba, y los vitrales proyectaban luces de colores sobre estatuas de deidades con rostros severos.
Un clérigo de alto rango, vestido con túnicas de seda bordadas en hilo de oro, miraba con aburrimiento a la fila de niños huérfanos y plebeyos.
—Siguiente —anunció el clérigo con voz monótona.
Caelen dio un paso al frente.
El clérigo apenas lo miró antes de empujar hacia él una losa rectangular de un metal grisáceo que zumbaba con una energía latente.
Era una Placa de Estado, forjada con acero y polvo de mithril.
—Pon una gota de sangre en el centro.
Rápido, niño, no tengo todo el día.
Caelen sacó un pequeño cuchillo de caza que perteneció a su padre, se pinchó el pulgar con precisión clínica y dejó caer una sola gota sobre la losa.
El metal absorbió la sangre como si estuviera sediento.
Un instante después, líneas de luz azulada recorrieron la superficie, formando caracteres que flotaron ligeramente en el aire.
========================================= Nombre: Caelen Edad: 8 Clase: Aventurero Nivel: 1 Atributos Básicos: Fuerza: 5 Vitalidad: 6 Agilidad: 7 Magia: 12 Resistencia: 8 Habilidades Activas: [Ninguna] Habilidades Pasivas: [Comprensión Nvl.
2] ========================================= El clérigo bufó, una risa cruel escapando de sus labios.
—¿Clase Aventurero?
—dijo en voz alta, asegurándose de que los demás en la fila lo escucharan—.
Qué absoluto desperdicio de mithril.
Caelen no apartó la vista de la placa.
—¿A qué se refiere?
—preguntó, su voz neutra y sin rastro de la intimidación que el clérigo esperaba.
—Significa que eres un inútil, niño.
El Sistema del Mundo nos bendice con Caminos.
Un ‘Espadachín’ aprende técnicas de espada con solo sostener una; su cuerpo se adapta.
Un ‘Mago de Fuego’ absorbe el maná elemental del aire de forma natural.
Las clases te guían.
Pero la clase ‘Aventurero’…
no tiene Camino.
El clérigo se inclinó sobre el altar, mirándolo con desprecio.
—Puedes intentar aprender magia, puedes intentar empuñar una espada o forjar hierro.
El Sistema no te lo prohíbe.
Pero como no tienes la afinidad de una clase especializada, te costará diez, o veinte veces más esfuerzo y tiempo aprender la habilidad más básica.
Eres un aprendiz de todo y maestro de nada.
Un error del Sistema.
Toma tu placa y lárgate.
Terminarás muriendo como carne de cañón para los goblins en alguna zanja.
Caelen tomó la placa metálica.
Estaba fría.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida masiva de la catedral.
Cualquier otro niño de ocho años habría llorado al ver sus sueños de fuerza destrozados.
Pero mientras Caelen caminaba por las calles adoquinadas de la capital, su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa.
Su pasiva, [Comprensión Nvl.
2], zumbaba en su cerebro.
«Un Espadachín está obligado a usar espadas.
Un Mago de Fuego no puede curar ni forjar armaduras», analizó Caelen, recordando las limitaciones de los sistemas de software cerrados de su vida pasada.
«El Sistema de Tártaro impone firewalls y restricciones a las personas para facilitar su desarrollo en un área específica.
Los ‘Caminos’ de los que habla el clérigo son códigos preescritos».
Se detuvo en un callejón, mirando su reflejo en un charco.
«Mi clase no tiene restricciones.
No tengo afinidad, es cierto.
El ancho de banda de mi aprendizaje es ridículamente bajo, pero no tengo bloqueos de hardware.
Es código abierto.
Si me esfuerzo lo suficiente…
si encuentro la forma de optimizar el proceso, puedo integrar módulos de combate, magia médica y forja en un solo usuario».
Una sonrisa gélida, casi imperceptible, se dibujó en el rostro del niño.
No era una maldición.
Era el lienzo en blanco más difícil y exigente que los dioses de Tártaro podían haberle dado.
Y él, como ingeniero, amaba resolver problemas complejos.
Durante los siguientes dos años, Caelen no abandonó la capital.
Necesitaba datos.
Necesitaba ver cómo funcionaba el mundo antes de aislarse para reprogramarse a sí mismo.
A los nueve años, consiguió un trabajo limpiando las escorias en los talleres del Distrito de los Enanos.
Allí, bajo el calor infernal de las fraguas, observó a los maestros Sinergistas.
Usando su [Comprensión], se dio cuenta de que no solo golpeaban el metal; inyectaban su maná en el acero en frecuencias específicas, alterando la estructura molecular del hierro para hacerlo más duro y ligero.
Anotó cada patrón rítmico, cada temperatura, traduciendo el arte mágico de la herrería en termodinámica y ciencia de materiales.
A los diez años, trabajó como lavandero en una pequeña clínica administrada por clérigos menores.
Observó los encantamientos de Sanación.
Vio cómo el maná puro estimulaba la división celular acelerada para cerrar heridas.
También vio el costo: si se aplicaba mal, el paciente sufría necrosis porque el maná no seguía las vías nerviosas y sanguíneas correctas.
Caelen memorizó la anatomía humana, mapeando las venas y arterias como si fueran circuitos impresos.
Entendió que la magia en Tártaro fluía como la electricidad.
Necesitaba una fuente (el núcleo de maná en el pecho), conductores (las venas de maná en el cuerpo) y una resistencia controlada para no quemar el circuito interno.
Pero la capital lo estaba asfixiando.
Las intrigas de los nobles, los impuestos abusivos, el maltrato constante a los débiles…
era un entorno tóxico donde no podía entrenar sus teorías sin llamar la atención o ser reclutado como esclavo por alguna facción.
La noche de su décimo cumpleaños, Caelen miró su placa de aventurero.
No había subido ni un solo nivel, ni había desbloqueado una sola habilidad oficial, porque el trabajo manual no generaba la “experiencia” que daba el combate.
Pero su mente era ahora una biblioteca de teorías letales y mecánicas arcanas.
Empacó su mochila, ahora con herramientas robadas de las fraguas que habían sido desechadas por los enanos, algunos libros de anatomía desgastados y vendas limpias.
Miró hacia las montañas nevadas en el horizonte, donde la cabaña de sus padres aún lo esperaba, oculta del mundo y de las miradas indiscretas de los poderosos.
Era hora de dejar la teoría.
Era hora de someter su cuerpo al límite absoluto de la ingeniería humana y mágica.
Era hora de ir a casa y comenzar a forjar al monstruo.
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