El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Capítulo 21 El Tratado del Lobo y la Biomecánica del Ki
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22: Capítulo 21: El Tratado del Lobo y la Biomecánica del Ki 22: Capítulo 21: El Tratado del Lobo y la Biomecánica del Ki El sonido de la pesada cabeza del hacha cayendo sobre la tierra roja y metálica del campamento resonó como un trueno apagado.
El Alfa Garm miró el mango astillado que aún sostenía en sus enormes manos.
Su cerebro, regido por décadas de instintos de depredador y batallas territoriales, intentaba procesar lo imposible.
No había habido un destello cegador de magia, ni un cántico sagrado, ni un escudo translúcido de energía.
El humano, delgado y carente de pelaje protector, simplemente había levantado el brazo y había roto el arma del Alfa de Ferox con su propia inercia.
Los cientos de Hombres Bestia que rodeaban la escena guardaron un silencio sepulcral.
Varios bajaron las orejas, confundidos.
En la jerarquía de los Lobos de Sangre, la fuerza bruta era la única ley.
Y el humano acababa de demostrar una fuerza que desafiaba su tamaño.
Caelen bajó el brazo izquierdo.
Bajo la manga oscura y el brazalete de aleación de Oakhaven, su radio y cúbito palpitaban con un dolor punzante, producto de microfracturas por el impacto, pero su expresión no varió ni un milímetro.
—Como dije, tu vector de ataque estaba desequilibrado —repitió Caelen, ajustando el cuello de su capa con su mano sana—.
La fuerza sin un punto de apoyo adecuado es solo desperdicio de energía.
Garm arrojó los restos del mango al suelo.
Sus ojos inyectados en sangre escrutaron al ingeniero.
Olfateó el aire.
No olió el clásico hedor a incienso y miedo de los clérigos de Aethelgard.
Olió sangre fresca humana, sudor frío, hierro quemado y una total ausencia de pánico.
Lentamente, una sonrisa cargada de colmillos afilados se dibujó en el hocico del Alfa.
—Tienes agallas, máquina —gruñó Garm, su voz perdiendo la hostilidad asesina y adoptando una curiosidad áspera—.
Y tus huesos son más densos que los de los cerdos de la Inquisición.
Risha dijo que querías hablar de negocios.
Los Lobos de Sangre no comercian con humanos.
Pero escucharemos al guerrero que rompió mi hacha.
Habla.
Risha exhaló un suspiro de alivio imperceptible.
Caelen, por su parte, avanzó un paso hacia el centro del círculo, convirtiendo el espacio en su propia sala de conferencias.
—Mis sensores indican que su tecnología armamentística está estancada en la Edad del Hierro temprana y el uso de hueso de monstruo —comenzó Caelen, paseando la mirada por las hachas y espadas melladas de los guerreros cercanos—.
Su fuerza física es abrumadora gracias a la condensación de su energía interna, su Ki.
Pero una fuerza extrema aplicada a través de una herramienta deficiente resulta en la destrucción de la herramienta.
Lo acaban de comprobar.
Garm frunció el ceño.
—¿A dónde quieres llegar, humano?
—Me dirijo al Valle de los Ecos Metálicos.
Al Laberinto de las Bestias de Hierro —declaró Caelen.
Los murmullos estallaron de inmediato entre la manada—.
Risha me informó que ese valle está bajo el control de la Tribu del León Dorado, sus enemigos jurados.
El Alfa gruñó profundamente, un sonido que hizo vibrar las piedras volcánicas del campamento.
—Los malditos Leones —escupió Garm con asco—.
Se creen los reyes de Ferox porque controlan la entrada a la cicatriz del mundo.
Sus melenas no son de pelo; están hechas de hebras de oricalco natural que crecen de su piel.
Nuestras garras y espadas rebotan contra ellos.
Hemos intentado tomar el valle durante tres generaciones.
Caelen asintió.
Un problema clásico de blindaje.
—Tengo la solución a su problema de penetración de armadura —dijo Caelen, cruzándose de brazos—.
Soy el Administrador de Oakhaven.
Mi especialidad es el diseño y la manufactura de muerte a escala industrial.
Les ofrezco un parche para su arsenal.
Si me proporcionan una forja que alcance temperaturas de fundición y acceso al mineral de este bosque, rediseñaré las armas de su vanguardia.
Armas capaces de perforar el oricalco de los Leones.
Garm entrecerró los ojos.
La propuesta era tentadora, el sueño de cualquier Alfa que quisiera expandir su territorio.
Pero en Ferox, nada era gratis.
—¿Y qué pides a cambio, Caelen de Oakhaven?
¿Que nuestros guerreros mueran despejándote el camino hacia las Bestias de Hierro?
—Esa es la primera condición, sí.
Me escoltarán hasta la entrada y asegurarán el perímetro exterior contra la tribu enemiga mientras yo desciendo —respondió Caelen—.
Pero esa es la condición menor.
El pago real que exijo es información.
Caelen señaló el musculoso brazo del Alfa, donde las venas latían oscuras bajo la piel peluda.
—Quiero el código fuente del Ki.
Quiero que me enseñes la mecánica fisiológica exacta de cómo absorben el maná estático de este continente y lo condensan en sus células musculares sin reventar de adentro hacia afuera.
El silencio volvió a apoderarse de la horda.
Risha, que estaba a unos metros, abrió mucho los ojos.
—¡Estás demente!
—ladró Garm, soltando una carcajada áspera—.
El Ki no es un hechizo humano.
Es biomecánica pura.
Requiere que rompas tus propios músculos miles de veces y fuerces a la energía de la tierra a llenar las grietas.
Tu cuerpo biológico humano es blando.
Si intentas el rito de condensación, tus huesos se volverán polvo y tus órganos estallarán.
—Mis límites de tolerancia al dolor y la regeneración celular forzada no son de tu incumbencia, Alfa —replicó Caelen con frialdad—.
Solo dame el manual de instrucciones.
El hardware es mío para romperlo.
Garm observó al chico durante un largo minuto.
Vio la misma obsesión autodestructiva que tenían los guerreros más letales de su tribu, mezclada con una inteligencia fría que le ponía los pelos de punta.
—Bien —sentenció Garm, clavando su mirada en Caelen—.
Te daremos acceso a los hornos de magma en las cavernas inferiores.
Tienes siete días, humano.
Si al final del séptimo día tus armas no pueden perforar una placa de acero rúnico en la prueba de fuerza, te despellejaremos y te comeremos en el banquete de la luna nueva.
Si lo logras, te enseñaré a respirar el hierro de Ferox.
—Trato hecho —dijo Caelen.
Y sin perder un solo segundo, se giró hacia Risha—.
Necesito cincuenta kilos de carbón de hueso, una tonelada de mineral de hematita cruda, crisoles de arcilla volcánica y a tus diez guerreros más fuertes para que actúen como martillos pilones hidráulicos.
El tiempo de producción comienza ahora.
Día 3 del Tratado – Cavernas Inferiores del Campamento El calor en las cavernas subterráneas de los Lobos de Sangre era infernal, iluminado por ríos de magma natural que fluían lentamente por la roca viva.
Caelen se había despojado de su pesada capa y de la camisa, trabajando únicamente con sus pantalones tácticos y sus gafas de cuarzo para protegerse los ojos del resplandor abrasador.
Su torso, surcado de cicatrices recientes de las batallas en Oakhaven, brillaba de sudor.
No intentó construir Arbalestas de Torsión.
Los Hombres Bestia no tenían la disciplina balística para mantener una línea de fuego; su instinto era el combate cuerpo a cuerpo, la embestida brutal.
Darles rifles de francotirador a bárbaros era un desperdicio de recursos.
Necesitaba potenciar su estilo de combate natural.
Si los Leones Dorados usaban sus propias melenas como mallas de oricalco, las espadas de corte ancho y las hachas pesadas distribuirían la fuerza del impacto en un área demasiado grande, fallando en penetrar.
«Presión es igual a Fuerza sobre Área», calculó Caelen, golpeando una pieza incandescente de metal sobre un yunque de basalto.
«Necesito reducir el Área a cero.
Armas de penetración puras.
Picas y estoques pesados».
Pero el acero o la hematita normal se partirían si un hombre lobo embestía con toda su fuerza contra el oricalco.
—¡Más calor en el horno tres!
—ordenó Caelen, su voz resonando en la caverna.
Diez guerreros lobo, que inicialmente lo habían mirado con desprecio, sudaban a mares mientras bombeaban unos inmensos fuelles de cuero de monstruo, alimentando las llamas.
Habían empezado a respetar al humano; él no dormía, apenas comía, y martillaba el metal con una cadencia perfecta, incansable.
Caelen estaba desarrollando un proceso de forja compuesta.
Utilizó acero biológico extraído de los jabalíes y lo plegó sobre sí mismo miles de veces para crear un núcleo flexible.
Luego, revistió ese núcleo con una capa de obsidiana fundida y escoria de hematita tratada con su propia Sinergia Estructural y Mecánica Nvl.
5.
El resultado fue lo que él denominó Picas de Perforación de Punta de Aguja.
Eran lanzas de dos metros de largo, sin filo en los laterales.
Toda la masa y el peso del arma convergían en una punta cónica increíblemente afilada, diseñada específicamente para encontrar los micro-espacios entre las hebras metálicas y separar la malla en lugar de intentar cortarla.
En la base de la lanza, Caelen diseñó gruesos topes de impacto para evitar que las manos de los guerreros se deslizaran por la fuerza del choque.
Día 7 del Tratado – El Círculo de Pruebas El campamento entero se reunió alrededor de un círculo de arena roja.
En el centro, Garm había clavado un inmenso peto de acero rúnico (botín de un Inquisidor muerto años atrás) sobre un poste de madera petrificada.
Caelen salió de las cavernas, su piel cubierta de hollín y quemaduras menores, cargando un fardo envuelto en pieles.
Lo dejó caer frente a Garm con un ruido metálico sordo.
Desenrolló las pieles, revelando veinte Picas de Perforación.
El metal negro y rojizo absorbía la luz del sol de Ferox.
Garm frunció el ceño.
Tomó una de las picas.
—No tienen filo —gruñó el Alfa, sopesando el arma—.
Parecen agujas de tejer gigantes, Caelen.
Mis hombres necesitan tajar cuellos, no pinchar como mosquitos.
—La fuerza de un mosquito es insignificante, pero su aguja penetra la piel de un elefante —respondió Caelen estoicamente—.
El oricalco no se puede tajar con su nivel tecnológico actual.
Asignen a su guerrero más fuerte y rápido.
Que embista el peto con su hacha tradicional, y luego con la pica.
Dejen que el método científico hable.
Risha, ansiosa por probar las creaciones de Caelen, se ofreció voluntaria.
Tomó primero su vieja y pesada hacha de hierro y hueso.
Tomó distancia, exhaló, y condensó su Ki.
Sus músculos se hincharon ligeramente, sus venas resaltaron y salió disparada hacia el poste.
Golpeó el peto de acero rúnico con un rugido ensordecedor.
El hacha rebotó violentamente.
El peto apenas se abolló unos milímetros, pero la hoja del arma de Risha se melló gravemente, casi desarmándola por la vibración.
Caelen le tendió una de las nuevas Picas de Perforación.
—No balances los brazos.
Apoya la base de la pica contra tu cadera.
Deja que tus piernas y tu inercia hagan el trabajo.
Concentra todo el vector de fuerza en la punta —instruyó Caelen.
Risha asintió.
Se colocó a diez metros, apuntó la lanza como un jinete de caballería sin caballo, y corrió.
Su Ki inundó sus piernas.
El impacto no sonó a metal chocando contra metal.
Sonó como un papel siendo atravesado por un bolígrafo.
La punta cónica de la pica perforó los tres milímetros de acero rúnico Inquisitorial como si no existiera.
La inercia del peso de Risha clavó la lanza limpiamente a través del peto, atravesando también el grueso poste de madera petrificada que estaba detrás, hasta que el tope de la empuñadura frenó el golpe.
El silencio cayó sobre la horda de Lobos de Sangre.
Garm se acercó lentamente al poste.
Tocó el agujero perfecto y limpio en el acero inquebrantable de la Inquisición.
Luego miró a Caelen, sus ojos amarillos brillando con una sed de conquista brutal.
—Forjaste veinte de estas —murmuró el Alfa.
—Suficientes para armar a la punta de lanza de tu vanguardia.
Suficientes para abrir agujeros del tamaño de un puño en los cráneos de los Leones Dorados —confirmó Caelen.
Garm soltó una carcajada profunda que retumbó en las montañas.
Levantó la pica perforadora en el aire, y los cientos de guerreros lobo aullaron al unísono, un sonido ensordecedor que prometía guerra y sangre.
El Alfa se giró hacia el ingeniero humano.
—Trato cumplido, Caelen de Oakhaven —declaró Garm, sus colmillos destellando—.
Prepara tu cuerpo.
Mañana al amanecer, comenzará tu tortura.
Te enseñaré a forjar el Ki en tus propias células.
Y te aseguro que maldecirás el día en que decidiste no ser blando.
Caelen asintió, mirando sus propias manos.
El hardware estaba a punto de recibir su actualización más letal.
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