El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Capítulo 20 Termodinámica Celular y la Vía del Ki
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21: Capítulo 20: Termodinámica Celular y la Vía del Ki 21: Capítulo 20: Termodinámica Celular y la Vía del Ki El silencio regresó al bosque de hierro, interrumpido solo por el siseo del exoesqueleto de Caelen, que liberaba vapor de agua para enfriar los servomotores sobrecalentados.
Risha de los Lobos de Sangre se puso en pie lentamente.
La poción alquímica de Oakhaven había cerrado la herida de su costado dejando apenas una cicatriz rosada, pero el agotamiento muscular era evidente en el ligero temblor de sus piernas.
Miró el cadáver del Jabalí de Hematita, una bestia que habría requerido a todo un escuadrón de caza de su tribu para ser abatida, y luego miró al humano.
—Los humanos de Aethelgard que intentan cruzar el Mar de Cenizas suelen morir en las dunas —dijo Risha, su voz ronca pero recuperando la firmeza autoritaria de su raza—.
Los pocos que logran llegar aquí lo hacen cantando plegarias y envueltos en escudos de luz que se rompen con el primer golpe de un jabalí.
Tú…
tú no usas la luz.
Caelen se arrodilló junto al cadáver de la bestia masiva.
Sacó un cuchillo de caza de su cinturón.
No era un cuchillo ordinario; la hoja estaba acoplada a un pequeño núcleo de maná que la hacía vibrar a alta frecuencia.
—La luz es un fotón.
Sirve para iluminar, no para transferir energía cinética eficiente contra un blindaje de mineral pesado —respondió Caelen de manera pragmática, encendiendo el cuchillo.
Un agudo zumbido llenó el aire—.
Los escudos de Aethelgard son estáticos.
Si la fuerza de impacto supera el umbral de tolerancia del escudo, este se rompe y el usuario muere porque su cuerpo biológico es frágil.
Yo prefiero no depender de barreras invisibles.
Risha observó, con una mezcla de fascinación y horror instintivo, cómo Caelen deslizaba el cuchillo vibratorio por el vientre acorazado del jabalí.
La hoja cortaba la carne y el cartílago reforzado como si fuera mantequilla caliente, separando limpiamente las placas de hematita intactas.
—Eres un artesano de la muerte extrañamente meticuloso, sin-pelo —comentó Risha, acercándose con cautela—.
El Laberinto de las Bestias de Hierro no está cerca.
Se encuentra en el Valle de los Ecos Metálicos, en el corazón del territorio de la Tribu del León Dorado.
Son nuestros enemigos jurados.
Caelen extrajo el núcleo mágico del jabalí.
Era denso, pesado y de un color rojo óxido.
Lo evaluó con su [Comprensión Nvl.
9].
«Baja radiación mágica, alta densidad mineral.
Perfecto para aleaciones de impacto, inútil para conductividad de datos», pensó Caelen, guardándolo en su mochila junto a varias placas del blindaje del monstruo.
Se puso de pie y miró a la guerrera lobo.
—Si la Tribu del León controla el acceso al servidor…
al Laberinto, y ustedes están en guerra con ellos, entonces nuestros vectores de interés se alinean —dijo Caelen—.
Me guiarás hasta tu tribu.
Analizaremos sus fronteras y encontraremos un punto ciego en las defensas de los leones.
Risha soltó una carcajada seca, enseñando sus caninos.
—¿Llevar a un humano al campamento de los Lobos de Sangre?
El Alfa te arrancará la cabeza antes de que puedas encender esa espada de hierro que zumba.
Odiamos a los humanos de Aethelgard tanto como odiamos a los Leones.
—Yo también odio a Aethelgard —replicó Caelen sin inmutarse, limpiando la sangre de su cuchillo—.
Acabo de aniquilar a cien de sus Inquisidores y a un Comandante.
Técnicamente, soy el enemigo público número uno de la humanidad.
Eso me convierte, por definición política básica, en un aliado circunstancial de Ferox.
Llévame con tu Alfa.
Yo me encargaré de la diplomacia.
Risha cruzó los brazos, sus orejas moviéndose para captar cualquier sonido en el bosque.
El olor a sangre fresca pronto atraería a más depredadores metálicos.
—Tienes una lógica retorcida, máquina —gruñó ella, dándose la vuelta y comenzando a caminar con paso rápido—.
Sígueme.
Pero si intentas alguna brujería humana por la espalda, te morderé la garganta.
El viaje a través del bosque de hierro fue una clase magistral de biología evolutiva para Caelen.
Mientras avanzaban, el ingeniero no despegaba los ojos de Risha.
La guerrera lobo no caminaba; fluía.
A pesar de estar en un entorno lleno de maleza afilada como cuchillos y raíces de metal retorcido, no hacía el menor ruido.
Podía saltar tres metros en el aire desde un punto muerto para alcanzar una rama y explorar el terreno, aterrizando sin que el impacto resonara.
Caelen activó su [Comprensión Nvl.
9] al máximo, fijando su análisis en el cuerpo de Risha durante uno de sus saltos.
La pantalla translúcida de su mente se llenó de datos que desafiaban lo que había aprendido en Aethelgard.
En los magos y caballeros humanos, el maná era un fluido.
Caelen lo veía como electricidad corriendo por venas mágicas (los canales de maná) desde un núcleo central hacia el exterior para conjurar un hechizo o reforzar un arma.
Pero en Risha, no había canales de maná fluyendo.
Su núcleo interno era diminuto, casi inexistente en términos mágicos.
Sin embargo, su cuerpo entero emitía calor y energía.
«No está canalizando maná», dedujo Caelen, sus ojos oscuros estrechándose detrás de las lentes de cuarzo.
«Está alterando la densidad de su propia estructura celular.
El maná estático del ambiente lo absorbe directamente a través de la respiración y la piel, y lo almacena dentro de las propias fibras musculares».
En Aethelgard, lo llamaban Aura de forma despectiva.
Los Hombres Bestia lo llamaban Ki.
Caelen se detuvo en seco, una epifanía golpeando su mente de ingeniero con la fuerza de un rayo.
«La Magia fluye.
El Ki se condensa», pensó Caelen, su ritmo cardíaco acelerándose.
«Cuando usé mi ‘Sobrecarga del Núcleo’ en Oakhaven, mis huesos casi estallan porque estaba forzando demasiada ‘corriente’ a través de canales estrechos.
Pero si logro aprender a condensar la energía en mis células musculares como ella…
mi cuerpo biológico se densificaría.
Actuaría como un superconductor de base de carbono.
Podría soportar la fricción electromagnética del Cañón de Riel sin derretirme».
Había venido a Ferox buscando un núcleo de Guardián, pero la fauna local acababa de ofrecerle la solución al problema de la sobrecarga de hardware.
—Risha —llamó Caelen, reanudando la marcha para alcanzarla.
La guerrera lobo se detuvo sobre una gruesa raíz de cobre oxidado, mirándolo por encima del hombro.
—¿Qué pasa, máquina?
¿Necesitas aceite?
—Tus músculos…
cuando saltas, no usas magia para empujarte.
Alteras la densidad de tus fibras para multiplicar la energía cinética almacenada, y la liberas en el despegue —dijo Caelen, señalando las piernas atléticas de la chica—.
Lo llaman Ki.
¿Puede un humano aprenderlo?
Risha soltó una carcajada burlona, saltando de la raíz al suelo.
—El Ki no es un truco de magia que se lee en los libros de sus sacerdotes engreídos, Caelen.
Es la sangre de la tierra de Ferox.
Nosotros nacemos con cuerpos forjados por este entorno hostil.
Los humanos sois blandos.
Vuestros músculos son esponjas.
Si intentaras absorber Ki puro de la tierra y condensarlo en tu carne, tus células reventarían como bayas podridas.
—Ya he reventado mis células antes —respondió Caelen, con una naturalidad clínica que borró la sonrisa del rostro de Risha—.
Tengo una técnica de respiración hiperbárica que regenera el tejido dañado de manera forzada.
Si el problema es la densidad muscular inicial, es solo una cuestión de adaptación mediante micro-fracturas y curación bajo estrés.
Enséñame la teoría de la condensación.
Risha lo miró fijamente.
Los ojos del humano no tenían la arrogancia de un caballero, ni el fanatismo de un inquisidor.
Eran dos agujeros negros de pura obsesión lógica.
Estaba dispuesto a destruir su propio cuerpo de forma calculada solo para obtener una mejora de rendimiento.
Un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del bosque recorrió la espina dorsal de la mujer lobo.
—Estás enfermo, humano —murmuró ella, dándose la vuelta—.
Pero si insistes en suicidarte, puedes preguntarle al Maestro de Caza cuando lleguemos a la aldea.
Si es que el Alfa no te arranca los pulmones primero, claro.
El anochecer en Ferox no trajo estrellas, sino un cielo teñido de un púrpura enfermizo.
El aire se volvió dolorosamente gélido.
Acamparon en una cueva natural de basalto, lejos de las rutas de patrulla de las bestias metálicas.
Caelen encendió un fuego sin usar pedernal ni magia elemental; extrajo un pequeño cartucho de polvo alquímico y lo friccionó contra una placa de hierro.
Risha, que estaba asando un trozo de carne del jabalí en un palo, lo observó con el ceño fruncido.
—Todo lo que haces es antinatural —dijo ella, masticando un pedazo duro de carne cruda y pasándole el palo a Caelen—.
¿Por qué te vistes con partes de máquinas?
¿Por qué tu espada necesita hacer ruido para cortar?
Si fueras un verdadero guerrero, dejarías que tu propia fuerza hablara.
Caelen tomó la carne.
Estaba dura como el caucho, llena de minerales pesados que destrozarían los dientes de un humano normal.
Caelen aplicó una ráfaga microscópica de maná en sus propios maxilares mediante la Respiración Áurea y masticó con fuerza mecánica, triturando la carne y tragando.
Su pasiva [Gestión de Daños Internos] se encargaría de procesar los minerales tóxicos.
—La fuerza pura de un individuo es estadísticamente insignificante a gran escala —explicó Caelen, mirando las brasas—.
Tú eres fuerte, Risha.
Podrías matar a diez hombres normales.
Pero si yo diseño una arbalesta de torsión, puedo darle esa misma capacidad letal a cien campesinos asustados.
La máquina es el ecualizador definitivo.
Permite que el débil destruya al fuerte.
Risha bajó las orejas.
Esa filosofía iba en contra de todo el credo de los Hombres Bestia, donde la supervivencia del más apto y el poder físico dictaban la jerarquía.
—Si el débil puede matar al fuerte sin esfuerzo, entonces el mundo pierde su orden —gruñó ella—.
Ferox nos enseña que solo la fuerza real, ganada con sangre, merece respeto.
—El esfuerzo está en el diseño, no en jalar el gatillo —corrigió Caelen, ajustando los engranajes de su muñequera—.
Y hablando de orden, háblame del Laberinto.
¿Qué hay exactamente en el fondo?
¿Qué son las Bestias de Hierro?
Risha suspiró, arrojando un hueso al fuego.
Las llamas parecieron lamerlo con dificultad.
—Las leyendas dicen que Ferox no siempre fue de hierro.
Dicen que antes del Mar de Cenizas, este lugar era verde.
Pero en la Guerra del Génesis, las deidades arrojaron una “semilla” maldita desde el cielo.
Esa semilla se enterró profundamente en la tierra y comenzó a consumir el mundo, convirtiendo la carne en metal y los árboles en espadas.
El Laberinto es la cicatriz que dejó esa semilla al caer.
La guerrera lobo miró a Caelen con seriedad.
—Las Bestias de Hierro no son animales, Caelen.
Son Golems.
Entes primordiales forjados con el mineral de esa semilla.
No necesitan comer.
No necesitan dormir.
No tienen sangre que derramar.
Solo matan a lo que intenta descender.
Y el Guardián…
el Alfa del laberinto…
dicen que es del tamaño de una montaña y que su núcleo es un fragmento de la estrella que cayó.
Caelen asintió lentamente.
Fragmento de estrella.
Mineral primordial.
Fuente de energía absoluta.
Las especificaciones encajaban perfectamente con las necesidades de su Cañón Acelerador de Masas.
========================================= Alerta del Sistema: Objetivo de Misión Principal Confirmado: [Núcleo Primordial de la Semilla Caída].
Riesgo Estimado: Catastrófico.
Caelen cerró la alerta mental con frialdad.
El riesgo era aceptable si el premio era la capacidad de borrar la capital de la faz de la tierra.
—Mañana llegaremos a mi aldea —dijo Risha, rompiendo el silencio—.
El campamento Colmillo Sangriento.
Te lo advierto una última vez, humano.
Oculta esa armadura tuya.
No hables a menos que se te pregunte.
Y, por los ancestros, si el Alfa te reta, no uses la palabra “estadística”.
Lo ofenderás.
Caelen asintió, entrando en modo de hibernación ligera, su cerebro reduciendo los ciclos para conservar energía.
El hardware estaba listo.
El software de Ferox estaba a punto de ser decodificado.
A la mañana siguiente, el denso bosque de metales pesados se abrió, dando paso a un valle encajonado entre altas montañas de granito rojo.
El campamento de la Tribu del Lobo no estaba hecho de madera y tela, sino de piedra volcánica y huesos colosales de monstruos muertos.
El olor a carne asada, humo y almizcle llenaba el aire.
Centenares de hombres y mujeres bestia entrenaban en el barro, afilaban armas o desollaban presas.
Caelen caminaba un paso detrás de Risha.
Su exoesqueleto estaba completamente apagado, oculto bajo su pesada capa alquímica.
Su placa de estado estaba inactiva.
Mantenía sus signos vitales y su respiración al mínimo, ocultando su presencia.
Pero era inútil esconderse de los sentidos caninos.
En el momento en que pisaron la entrada del valle, todos los entrenamientos se detuvieron.
Cientos de ojos amarillos, verdes y ámbar se clavaron en él.
Un gruñido sordo, colectivo y aterrador comenzó a elevarse desde el campamento, vibrando en el pecho de Caelen.
Desde lo alto de una atalaya de hueso, cinco guerreros inmensos, cubiertos de cicatrices y armados con enormes hachas de doble filo, saltaron.
Aterrizaron a veinte metros de Risha y Caelen, rompiendo la roca bajo sus pies descalzos.
El más grande de ellos, un hombre lobo de dos metros de altura con el pelaje del pecho teñido de un blanco grisáceo, avanzó.
Sus ojos eran inyectados en sangre y una cicatriz profunda le cruzaba el hocico.
—Risha —gruñó el Alfa, su voz como dos rocas de molino triturándose—.
Saliste a cazar carne para la manada.
Y en su lugar, traes el olor asqueroso de Aethelgard a mi territorio.
Risha no retrocedió.
Golpeó su pecho con el puño cerrado en señal de respeto, pero mantuvo la mirada alta.
—Alfa Garm.
Este humano salvó mi vida del Jabalí de Hematita que devastaba el sector este.
Ha pedido asilo temporal a cambio de un tributo de sangre.
El Alfa Garm soltó una carcajada burlona, escupiendo al suelo.
Sus guerreros se rieron con él, mostrando los colmillos.
—¿Un humano sin magia salvando a uno de los nuestros?
Hueles a cobardía y a mentiras, Risha.
Este escuálido sin-pelo no podría ni sostener el escudo de un cachorro —Garm señaló a Caelen con su hacha—.
Es un espía de la Inquisición o un comerciante de esclavos.
Su vida termina aquí.
Los cinco guerreros se prepararon para saltar.
Risha se interpuso, blandiendo su inútil espada de hueso.
—¡Tiene una deuda de sangre, Garm!
¡Es contra la ley de Ferox!
—gritó ella.
Caelen procesó la inminente escalada de violencia.
Su exoesqueleto seguía en modo de reposo.
No quería malgastar el maná de la reserva en una escaramuza política.
Y, sobre todo, no podía permitirse matar a la facción que necesitaba como frente de choque contra los Leones del Laberinto.
«Diplomacia cinética requerida.
Nivel de daño: No letal.
Demostración de superioridad estructural: Máxima», evaluó Caelen.
Caelen apartó a Risha suavemente con el brazo derecho.
El Alfa Garm, ignorando a Risha, rugió y se lanzó hacia adelante con una velocidad que superaba a cualquier Paladín humano.
Levantó su enorme hacha de doble filo, impulsada por Ki condensado en sus brazos masivos, apuntando a partir al humano por la mitad desde la cabeza hasta la ingle.
Caelen no activó el exoesqueleto.
No desenfundó la Espada V.2.
No usó la Respiración Áurea.
Simplemente levantó su brazo biológico izquierdo, protegido solo por el brazalete de aleación de Oakhaven y su propia [Gestión de Daños Internos], y esperó el impacto en un ángulo matemáticamente perfecto de cuarenta y cinco grados.
El hacha chocó contra el antebrazo del ingeniero.
El sonido no fue el de la carne cortándose.
Fue el repique metálico de un impacto seco, seguido de un crujido sordo.
El hacha de Garm no penetró.
De hecho, la fuerza cinética masiva del golpe de Garm, al encontrarse con una resistencia inamovible y perfectamente angulada, rebotó hacia el arma misma.
El mango de acero y hueso del hacha vibró con tal violencia que se partió en dos en las manos del Alfa.
Garm se tambaleó hacia atrás, mirando el mango roto en sus manos con absoluta estupefacción.
Todo el campamento de los Lobos de Sangre quedó sumido en un silencio de muerte.
Caelen bajó el brazo.
Su hueso cúbito estaba fisurado, y la carne bajo el brazalete magullada, pero la [Gestión de Daños Internos Nvl.
3] ya estaba inyectando maná sanador para sellar las microfracturas.
Su rostro permaneció tan inexpresivo como una estatuilla de mármol.
—Tu vector de ataque estaba desequilibrado.
Pusiste todo tu peso en el arco descendente, dejando tu centro de gravedad expuesto —dijo Caelen, su voz calmada y plana resonando en el silencio del valle—.
Alfa Garm.
Soy el Administrador de Oakhaven.
Y si querías probar la integridad estructural de mis defensas, te sugiero que uses un martillo más grande.
Ahora, ¿podemos hablar de negocios, o necesito desmantelar al resto de tu vanguardia?
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