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El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 24

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  3. Capítulo 24 - 24 Capítulo 23 Oricalco y la Fricción del Orgullo
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24: Capítulo 23: Oricalco y la Fricción del Orgullo 24: Capítulo 23: Oricalco y la Fricción del Orgullo El Valle de los Ecos Metálicos no era un capricho geográfico; era la herida abierta de un dios muerto.

A medida que la horda de los Lobos de Sangre avanzaba por el desfiladero, el cielo se oscurecía, bloqueado por nubes perpetuas de tormenta magnética.

Las paredes del valle estaban compuestas de una roca negra y estriada que no parecía natural, sino más bien como metal fundido que se había enfriado bruscamente.

Y en el centro de la vasta depresión, a kilómetros de distancia, se abría un abismo insondable de kilómetros de diámetro: la entrada al Laberinto de las Bestias de Hierro.

Caelen caminaba junto a Garm y Risha.

Cada uno de sus pasos, a pesar de la asistencia del exoesqueleto, dejaba una huella profunda en la grava basáltica.

Su nueva densidad celular lo anclaba a la tierra como un bloque de plomo.

El zumbido constante de los servomotores en su espalda era el único indicio del tremendo esfuerzo mecánico requerido para mantener su movilidad.

«Consumo del núcleo al catorce por ciento en cuarenta horas de marcha», calculó Caelen, observando un indicador rúnico en su antebrazo.

«Tasa de agotamiento aceptable, pero en combate sostenido, la temperatura de las juntas de mithril será un problema».

Un aullido agudo e inconfundible cortó sus pensamientos.

No era un lobo.

Era el rugido de un gran felino, amplificado por la acústica del valle metálico.

En la garganta del desfiladero, bloqueando el camino hacia el abismo, los aguardaba la Tribu del León Dorado.

Eran una visión aterradora de la majestuosidad bárbara de Ferox.

Más altos y voluminosos que los lobos, los guerreros león estaban formados en una línea defensiva de falange abierta.

Su piel era de un tono cobrizo, pero su rasgo definitorio era la inmensa melena que caía sobre sus hombros y espaldas.

No era pelo; eran hebras finas, entrelazadas y brillantes de un metal dorado inalterable.

Oricalco biológico.

El metal mágico más resistente conocido en Tártaro, crecido naturalmente desde sus propios folículos.

A la cabeza de los leones estaba Zarok, un Alfa cuya melena dorada era tan espesa que le servía de armadura completa para el torso y el cuello.

Empuñaba un inmenso pilar de piedra tallada como si fuera un simple bastón.

—¡Garm, perro sarnoso!

—rugió Zarok, su voz haciendo eco en las paredes del valle—.

¿Has venido a romperte los dientes contra nuestra barrera otra vez?

¡Vuelve a tus bosques antes de que use tus huesos para afilar mis garras!

Garm, el Alfa de los lobos, no se inmutó.

Levantó la mano y la horda se detuvo en perfecto orden.

—¡Hoy no venimos a morder, Zarok!

—respondió Garm, su hacha descansando sobre su hombro—.

¡Hoy venimos a perforar!

Garm bajó el brazo.

La vanguardia de cincuenta guerreros, liderada por Risha, avanzó al trote.

No hubo gritos de guerra desordenados.

Habían sido instruidos por la fría táctica del humano: el silencio conserva oxígeno, y la formación conserva la inercia.

Zarok soltó una carcajada que fue secundada por los cientos de leones a sus espaldas.

—¡Miren sus armas!

—se burló el Alfa de los leones—.

¡Traen palos sin filo!

¡Creen que pueden derrotarnos con agujas de tejer!

¡Formación de Muro de Oro!

Los guerreros león de la primera línea se encogieron ligeramente, cruzando los brazos sobre sus pechos y dejando que sus melenas de oricalco cayeran hacia adelante, creando una barrera de hebras metálicas impenetrables.

Durante tres generaciones, esta táctica había destrozado las espadas, hachas y garras de los lobos.

Esperaban el familiar impacto sordo y los huesos rotos de sus enemigos.

Risha, a la cabeza de la cuña de ataque, aferró la Pica de Perforación forjada por Caelen.

Apretó la gruesa base del arma contra su cadera, canalizando su Ki hacia sus piernas para maximizar la velocidad, tal y como le había enseñado el ingeniero.

—¡Contacto!

—gritó Risha.

La línea de lobos chocó contra el Muro de Oro.

Pero no hubo rebote.

No hubo espadas melladas.

La física de la presión localizada dictó su implacable ley.

Toda la masa de los guerreros lobo, multiplicada por su velocidad sobrehumana, convergió en el área microscópica de las puntas cónicas de las picas.

Las agujas de acero biológico revestido de obsidiana no intentaron cortar el oricalco.

Se deslizaron violentamente por los micro-espacios entre las hebras metálicas de las melenas, separándolas a la fuerza.

El sonido en el valle fue el de docenas de gargantas siendo perforadas simultáneamente.

Risha sintió cómo la pica atravesaba la “armadura invulnerable” del león frente a ella, hundiéndose profundamente en el pecho del guerrero dorado hasta que el tope de la empuñadura chocó contra la melena.

El león abrió los ojos, su burla ahogada por un torrente de sangre que brotó de su boca.

Cincuenta leones de la primera línea cayeron muertos o gravemente heridos en el primer segundo de combate.

El Muro de Oro se había roto.

La conmoción y el terror puro se apoderaron de la tribu felina.

La invulnerabilidad de la que habían dependido durante siglos había sido hackeada por un simple principio de aerodinámica y concentración de masa.

—¡Rompan filas y masacren!

—rugió Garm, lanzándose él mismo al combate a través de la brecha abierta por las picas.

La batalla se convirtió en un caos sangriento.

Los lobos, eufóricos al ver caer a sus odiados enemigos, empujaban hacia adelante.

Caelen caminaba detrás de la línea principal.

No estaba allí para ganar la guerra de Ferox; estaba allí para supervisar el rendimiento de sus herramientas y asegurar su propia ruta hacia el abismo.

De repente, los sensores de su pasiva [Comprensión Nvl.

9] lanzaron una alerta crítica.

«Firma de Ki masiva detectada.

Vector de flanqueo.

Ángulo ciego: Cuatro en punto».

Caelen giró la cabeza.

Tres leones de la guardia de élite de Zarok, dándose cuenta de que el humano envuelto en hierro oscuro era el único que no encajaba en la manada, habían rodeado el combate principal y cargaban directamente hacia él.

Eran rápidos.

Absurdamente rápidos.

Sus cuerpos relampagueaban con la energía dorada de su Ki.

El instinto forjado en Caelen durante años le ordenó pivotar sobre su pie izquierdo y evadir la trayectoria usando su vieja agilidad.

Su cerebro envió la señal eléctrica a sus músculos.

«Esquiva de cuarenta y cinco grados, tiempo de ejecución estimado: 0.2 segundos».

Pero su cuerpo no respondió a tiempo.

Su nueva masa muscular hiperdensa se resistió al cambio brusco de inercia.

Fue como intentar girar el timón de un barco de carga a toda velocidad.

El retraso biológico fue de apenas medio segundo, pero en un combate de alto nivel, medio segundo era una eternidad.

—¡Alerta de latencia!

Forzando hardware mecánico —murmuró Caelen entre dientes.

Obligó al exoesqueleto a asumir el mando.

Los servomotores violetas aullaron en protesta, forzando físicamente a las piernas y la cintura de Caelen a girar, arrastrando su pesada carne con un chirrido metálico espantoso.

Apenas logró levantar el brazo izquierdo.

Las garras del primer león chocaron contra el brazalete de aleación de Caelen.

La Deuda Técnica había mostrado su rostro.

Antes, Caelen era agua fluyendo alrededor de las rocas; ahora, él era la roca, y estaba obligado a absorber el impacto.

La fuerza del golpe fue titánica, suficiente para lanzar un carruaje por los aires.

Pero Caelen no se movió ni un centímetro hacia atrás.

Su tremenda masa biológica, anclada por el exoesqueleto, actuó como un yunque perfecto.

Las garras del león se astillaron contra el acero de Oakhaven y los huesos inamovibles de Caelen.

El felino abrió los ojos, estupefacto al ver que el humano pálido había absorbido su embestida como si fuera una montaña de granito.

Caelen no perdonó la apertura.

Ya no podía depender de fintas rápidas, pero ahora tenía algo mucho más destructivo: momentum implacable.

Levantó su puño derecho, aferrando la Espada V.2 aún en su vaina pesada.

No usó la detonación interna de inmediato.

Dejó que el exoesqueleto inyectara energía en su hombro e impulsó un gancho ascendente directo a la mandíbula del león.

El impacto de la masa hiperdensa de Caelen contra el cráneo del Hombre Bestia sonó como un estallido de artillería.

La mandíbula del guerrero león se desintegró, y su cuerpo fue lanzado hacia el cielo, con el cuello partido antes de empezar a caer.

Los otros dos leones de élite vacilaron una fracción de segundo al ver a su compañero destrozado por un simple puñetazo humano.

«La evasión es ineficiente con este chasis.

El nuevo protocolo es el choque frontal», concluyó el ingeniero.

Caelen avanzó, sus botas destrozando la grava.

Su falta de agilidad lo obligaba a ser un depredador de línea recta.

El segundo león lanzó un zarpazo a su pecho.

Caelen simplemente lo recibió, dejando que las garras rasgaran su capa y chocaran contra la caja torácica densificada, que apenas sintió un dolor sordo.

Con su mano izquierda, Caelen agarró al león por el cuello, su agarre potenciado por los servos y su nueva fuerza biológica, levantándolo del suelo como a un muñeco de trapo.

El tercer león rugió, saltando desde atrás para apuñalar a Caelen en la nuca, buscando el núcleo de la máquina.

Caelen apretó el gatillo de desenvaine en su mano derecha a la máxima presión.

¡CLACK-BOOOM!

La hoja de mithril salió expulsada hacia atrás, impulsada por la detonación termodinámica.

Sin siquiera mirar, guiado puramente por el análisis espacial de su pasiva, la espada supersónica atravesó el pecho del león saltarín en pleno vuelo, matándolo en el acto.

Caelen miró al león que aún sostenía por el cuello con su mano izquierda.

El guerrero dorado jadeaba, aterrorizado al ver el abismo oscuro e insondable en los ojos del humano detrás de las gafas de cuarzo.

—Su tecnología biológica basada en blindaje pasivo ha sido declarada obsoleta —susurró Caelen.

Apretó el puño, fracturando el cuello del león, y soltó el cadáver.

La escaramuza apenas había durado cuatro segundos.

Caelen exhaló un poco de vapor denso, el dolor en sus articulaciones orgánicas silenciado por la [Gestión de Daños Internos].

Su nuevo estilo de combate era sucio, brutal y dependiente de la máquina, pero era innegablemente devastador.

A pocos metros, el sonido de piedra rompiéndose y gritos agonizantes indicaba que la batalla principal estaba concluyendo.

Zarok, el Alfa de los Leones, yacía de rodillas, su orgullosa melena de oricalco manchada de sangre propia y de sus guerreros.

Garm estaba frente a él, su hacha goteando escarlata.

La moral de la Tribu del León se había quebrado por completo al ver su invulnerabilidad desmantelada por veinte picas de acero forjado.

—El valle es nuestro, Zarok —gruñó Garm, levantando su arma—.

Dile a los supervivientes de tu manada que corran a las montañas del sur.

Si veo una sola hebra dorada cerca de este cráter, los extinguiré.

Zarok escupió sangre, lanzando una mirada cargada de odio puro hacia Caelen, quien se acercaba lentamente con su capa rasgada y su andar pesado y zumbante.

—Han traído a un demonio de hierro a Ferox, Garm —babeó el león derrotado—.

Creen que han ganado…

pero ese humano ha venido a despertar a las Bestias del foso.

Morirán todos.

Zarok se puso en pie a duras penas y, seguido por los remanentes de su destrozada tribu, comenzó la humillante retirada hacia los cerros.

Los Lobos de Sangre rugieron de victoria.

El botín de la guerra era inmenso, y el control del Valle de los Ecos Metálicos los elevaba a la cima de la jerarquía continental.

Pero Caelen ignoró los vítores.

Ignoró los cadáveres de oricalco que le habrían servido de excelente material de forja.

Caminó más allá del campo de batalla ensangrentado, deteniéndose en el borde mismo del inmenso abismo que dominaba el centro del valle.

La cicatriz geológica.

La tumba de las leyes de la física de Tártaro.

El cráter no tenía paredes de roca normal.

Estaban forradas de un metal liso y oscuro que descendía en una espiral perfecta, perdiéndose en una oscuridad absoluta.

Desde el fondo, ráfagas de viento cálido subían cargadas de un maná tan denso, antiguo y corrompido que hacía que la gravedad se sintiera como si tironeara de Caelen hacia abajo.

La Placa de Estado de Caelen comenzó a emitir un pitido de advertencia.

========================================= Alerta Crítica del Sistema: Entrando en Zona No Registrada: [El Laberinto de las Bestias de Hierro – Capa Superficial] Advertencia: Las leyes de la Termodinámica y el Flujo de Maná estándar están alteradas.

Garm se acercó, parándose a un metro del borde, su instinto animal obligándolo a mantener una distancia de seguridad de aquella fosa primigenia.

—Hasta aquí llega nuestro tratado, Administrador —dijo el Alfa, señalando la oscuridad con un leve temblor en su voz que intentó ocultar—.

Mis guerreros asegurarán el perímetro del valle.

Nadie bajará a molestarte.

Pero nadie bajará a salvarte.

Caelen miró hacia el abismo.

El zumbido de su exoesqueleto parecía armonizar con las vibraciones que emanaban de las profundidades de la tierra.

—El sistema está esperando su parche, Alfa —respondió Caelen, ajustando las gafas de cuarzo sobre sus ojos oscuros—.

Volveré cuando haya descargado el núcleo.

Sin dudarlo un solo segundo, el ingeniero dio un paso al frente y se dejó caer hacia el interior del cráter oscuro, desapareciendo en las fauces de hierro del mundo.

La verdadera auditoría de Tártaro acababa de comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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