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El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 32

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Capítulo 32: Capítulo 31: Fuga de Datos y la Ingeniería Social

El Palacio de la Luz en la capital de Aethelgard había sido diseñado durante siglos para inspirar asombro, sumisión y fe inquebrantable. Sus colosales bóvedas de mármol blanco y sus inmensos vitrales, que narraban la victoria de la Diosa sobre la oscuridad, filtraban la luz del sol en halos dorados que normalmente bañaban el Salón del Trono con una calidez divina.

Pero hoy, la ilusión de divinidad se había quebrado. El salón no olía a incienso sagrado, ni a mirra, ni a gloria. Apestaba a ungüentos medicinales acres, a sangre seca y al sudor frío del pánico crudo.

En el centro de la inmensa sala, arrodillado sobre el piso pulido que reflejaba su miseria, estaba Sir Kaelith.

El ‘Sabio de la Llama’, el que hasta hace unas semanas era considerado el pináculo del poder humano, un Héroe Invocado intocable, era ahora una sombra temblorosa y rota. Le faltaba el brazo izquierdo por completo; el muñón estaba envuelto en gruesos vendajes empapados en tónicos coagulantes. La mitad de su ostentosa máscara de oro se había fundido literalmente con la carne de su rostro debido a la onda de choque supercalentada, dándole el aspecto de una gárgola grotesca y asimétrica.

Se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, abrazándose a sí mismo con su único brazo, murmurando palabras que para los clérigos presentes carecían de sentido.

—…no hubo cast, no hubo tiempo de casteo… el cielo simplemente se rompió… rompió la barrera del sonido… hitbox masiva… mi reliquia… no, mis privilegios… todo es polvo… polvo de píxeles…

En el Trono del Sol, elevado sobre diez escalones de oro puro, el Rey Aethelred apretaba los reposabrazos con tanta fuerza que la sangre había abandonado sus nudillos. Su corona de espinas doradas parecía pesarle toneladas. A su lado derecho, el Sumo Sacerdote de la Iglesia observaba a Kaelith con una frialdad gélida y analítica; su mente, lejos de rezar, estaba recalculando frenéticamente las variables del desastre.

—Treinta mil hombres… —susurró el Rey, su voz, normalmente un trueno autoritario, temblando por primera vez en treinta años de reinado ininterrumpido—. La flor y nata de nuestra caballería. Dos Reliquias del Génesis, artefactos que nos tomaron décadas despertar. Lord Thorne, el muro inamovible, aplastado como un insecto. Lady Seraphina, la tormenta viviente, destrozada. Y todo esto a diez kilómetros de distancia de esas malditas murallas grises.

El Rey levantó la mirada hacia el Sumo Sacerdote, con los ojos inyectados en sangre.

—¿Cómo le explico esto al pueblo, Eminencia? ¿A la alta nobleza que financió esta Cruzada? ¡Dirán que la Diosa nos ha abandonado! ¡Dirán que el mandato celestial se ha roto!

—La Diosa no nos abandona, Majestad. Simplemente nos somete a una prueba de fuego más rigurosa para purgar a los débiles —respondió el Sumo Sacerdote. Su tono era mecánico, una letanía ensayada mil veces que, en esta ocasión, carecía de la convicción habitual—. Sin embargo, si me permite ser pragmático, el problema inmediato no es teológico. Es puramente logístico, político y militar. Hemos perdido el setenta por ciento de nuestro poder disuasorio en una sola tarde.

El Ministro de Guerra, el General Vargon, un hombre viejo con el rostro surcado de cicatrices y el pecho cubierto de medallas de campañas pasadas, dio un paso al frente. Su rostro estaba rojo, hinchado por la indignación y el terror.

—¡No podemos ocultar esto debajo de la alfombra del altar! —bramó el general, señalando hacia las enormes puertas de roble del salón—. Los pocos miles de cobardes que sobrevivieron a la onda de choque están desertando y esparciendo el pánico en todas las tabernas de la capital. Hablan de un “Dios de Hierro” sentado en Oakhaven. Hablan de armas invisibles que escupen estrellas fugaces horizontales y parten la luz a la mitad. Si intentamos marchar de nuevo con lo que nos queda del ejército regular y los reclutas de las provincias, nos masacrarán. ¡Oakhaven ya no es una aldea rebelde, es una fortaleza inexpugnable con poder de artillería divino!

El Sumo Sacerdote golpeó el mármol con la base de su báculo rúnico, un sonido seco que cortó los gritos del general y los balbuceos de Kaelith.

—Si marchamos solos, sí. Sería un suicidio táctico inaceptable —admitió el prelado, sus ojos grises brillando con una astucia venenosa que nada tenía que ver con la santidad—. Oakhaven ha desarrollado una defensa y un armamento que nuestra doctrina actual no comprende. Por lo tanto, no seremos nosotros quienes intenten romper de nuevo sus espadas contra esos muros de concreto gris. Dejaremos que otros hagan el trabajo sucio.

El Rey frunció el ceño, enderezándose en su trono. —¿A qué se refiere, Eminencia? Somos Aethelgard. Somos el reino más poderoso del continente. El Imperio de Hierro al oeste nos odia, la Alianza del Norte codicia nuestras tierras de cultivo, y las Repúblicas Mercantes del Sur solo adoran al oro. Nadie nos enviará tropas por caridad.

—No apelaremos a su caridad, Majestad. La caridad es para los mendigos —El Sumo Sacerdote comenzó a caminar lentamente por los escalones del estrado, esbozando una sonrisa desprovista de toda moralidad. Era la sonrisa de un manipulador de datos dispuesto a alterar el código social de la realidad—. Apelaremos a su avaricia, a su codicia desenfrenada y, sobre todo, a su terror primario.

Se detuvo frente al mapa estratégico de Tártaro que colgaba en una pared cercana.

—Prepararemos despachos diplomáticos y reportes de inteligencia esta misma noche. Filtraremos información clasificada, pero altamente adulterada. Haremos que nuestros propios espías de la División de las Sombras “descubran” estos documentos en los archivos de la corte y los vendan a los embajadores de los reinos vecinos a un precio que los haga parecer auténticos.

El General Vargon entrecerró los ojos, intentando seguir la retorcida lógica. —¿Qué dirán esos documentos falsos?

—Diremos que la rebelión de Oakhaven no es una simple herejía de campesinos descontentos. Diremos que ese joven ingeniero, Caelen, y la ramera de cabello blanco, han excavado en las ruinas geológicas de la Primera Era debajo de la ciudad. Diremos que han descubierto una veta masiva e infinita de Adamantita Primordial, Oricalco y Núcleos Estelares puros. Afirmaremos que con esos materiales construyeron el arma que nos derrotó.

Vargon abrió los ojos desmesuradamente, horrorizado por la magnitud de la mentira. —¡Sacerdote, estás loco! Si las Repúblicas Mercantes creen que hay oro y adamantita infinita en Oakhaven, contratarán a todos los ejércitos mercenarios del hemisferio sur para saquear la ciudad. ¡Y si el Imperio de Hierro huele debilidad en nuestras fronteras y un botín de esa magnitud, cruzarán nuestras líneas alegando que vienen a “ayudarnos” a purgar la herejía, pero en realidad anexarán todas nuestras provincias del norte en el proceso!

—¡Exactamente, General! ¡Ese es precisamente el objetivo! —siseó el Sumo Sacerdote, levantando un dedo largo y huesudo—. Enviaremos embajadores oficiales para rogar patéticamente por su ayuda, exagerando nuestro propio pánico para alimentar su ego. A nivel público, diremos que Oakhaven ha invocado a un Rey Demonio que devora la luz y amenaza con consumir todo Tártaro si no se le detiene ahora. Usaremos el miedo al fin del mundo para movilizar a la Alianza del Norte, y la codicia por los minerales primordiales para movilizar al Imperio y a los Mercenarios.

El Rey Aethelred se recostó en su trono. El silencio regresó a la sala mientras la oscura y despiadada genialidad del plan se asentaba en su mente.

—Quieres usar a los ejércitos extranjeros como carne de cañón —murmuró el monarca—. Un escudo de carne y acero pagado por otros.

—Un firewall político, si queremos usar términos modernos —sonrió el Sacerdote, deleitándose en su estrategia—. Que el Emperador de Hierro estrelle a sus famosos Cien Mil Inmortales contra las máquinas incomprensibles de ese hereje. Que los mercenarios mueran a miles intentando escalar esos muros inclinados. Y cuando todas las partes estén absolutamente exhaustas, cuando el arsenal de Oakhaven se haya vaciado tras semanas de masacrar a nuestros vecinos… entonces, y solo entonces, el verdadero Ejército de Aethelgard, con nuestras reservas secretas, barrerá los restos. Recuperaremos Oakhaven, lavaremos nuestro honor en sangre extranjera y, de paso, habremos paralizado militarmente a los reinos rivales durante una década.

Vargon apretó los puños, sudando frío. Era una táctica sucia, cobarde, y requería sacrificar el orgullo nacional temporalmente. —¿Y si te equivocas, Eminencia? ¿Y si las armas de Oakhaven destruyen al Imperio de Hierro y a la Alianza por completo?

El Sacerdote miró a Kaelith, quien seguía llorando en silencio en el suelo, inútil y roto. —Entonces, General, habremos perdido a todos nuestros enemigos molestos a la vez, y la herejía habrá hecho nuestro trabajo sucio de forma gratuita. Es una victoria matemática de cualquier manera. Preparen los cuervos mensajeros y a los falsos traidores. Quiero que el continente entero crea que en Oakhaven reside el fin del mundo… y el tesoro más grande de la historia de la humanidad.

Bastión de Ingeniería Subterránea – Oakhaven (Dos semanas después)

El invierno había caído sobre la frontera con una brutalidad inusual. La tierra alrededor de la Fortaleza Estelar se había congelado hasta volverse tan dura como la piedra. Las cenizas negras de las piras funerarias ahora se mezclaban con metros de nieve pura, creando un paisaje de camuflaje grisáceo, deprimente y letalmente frío.

Lejos de las maquinaciones políticas, las conspiraciones de palacio alfombrado y los engaños diplomáticos de la capital de Aethelgard, Caelen estaba sentado en su amplia mesa de trabajo en el sótano del gremio, operando en absoluta, clínica y silenciosa tranquilidad.

A él no le importaba la política. La política era simplemente un malware social transitorio. Una serie de variables subjetivas, emocionales y corruptibles que, al final del día, no podían alterar la constante gravitacional, la termodinámica, ni la implacable Fuerza de Lorentz.

Caelen, vistiendo una camisa negra ajustada y su arnés de levitación fractal incrustado con los cristales azules de los Cazadores del Laberinto, estaba calibrando el cañón de una versión drásticamente miniaturizada del Acelerador de Masas. Un “Rifle de Bobina” (Coilgun) portátil y ergonómico, diseñado específicamente para la anatomía y los reflejos de la francotiradora Lyra. Su zumbido magnético llenaba la sala con un tono bajo y constante que mantenía a Caelen levitando a un milímetro del suelo, negando el aplastante peso de sus propios músculos densificados.

Las puertas pesadas del búnker se abrieron con un crujido de escarcha. Vane entró, sacudiéndose la nieve de su inmensa capa de piel de lobo negro. Su rostro, normalmente sereno y teñido de una arrogancia veterana, mostraba ahora una línea de tensión severa que le marcaba la mandíbula.

—Tus exploradores en las rutas del sur tenían razón, Administrador —dijo Vane, acercándose a la gran mesa central y dejando caer un mapa topográfico masivo marcado con docenas de fichas de madera tallada—. Las redes de información de Elianor (sus sombras y cuervos) acaban de interceptar comunicaciones diplomáticas cruzadas. Tanto del Imperio de Hierro como de la Alianza del Norte y los Príncipes Mercaderes.

Caelen no levantó la vista de la bobina de cobre que estaba ajustando con un destornillador de precisión que él mismo había forjado. —Reporte. Excluye la retórica y dame números.

—Aethelgard está filtrando datos intencionalmente —explicó el mercenario, golpeando el mapa con su dedo acorazado—. Están exagerando nuestras capacidades demoníacas para asustar a los devotos, y mintiendo sobre recursos mineros primordiales bajo nuestros cimientos para volvernos el botín más codiciado del mundo. Han convencido a la Alianza y al Imperio de que si no nos destruyen a todos antes del deshielo de primavera, nosotros lideraremos un ejército de máquinas y demonios que los destruirá a ellos.

Vane deslizó tres grandes fichas rojas sobre el mapa, marcando tres rutas de avance diferentes que convergían directamente hacia Oakhaven.

—Nos están triangulando, chico. El Sumo Sacerdote está jugando a la geopolítica. Aethelgard no va a venir sola esta vez. Quieren que los Cien Mil Inmortales del Imperio de Hierro, la infantería pesada del norte y los mercenarios del sur asedien nuestras murallas en oleadas incesantes para agotar nuestra munición y nuestro núcleo. Nos están usando de cebo para desgastar a sus propios rivales políticos sin derramar una sola gota de sangre aethelgardiana. Si este movimiento sigue su curso, en tres meses no tendremos a treinta mil Paladines en la puerta. Tendremos a ciento cincuenta mil soldados veteranos marchando bajo tres banderas distintas.

El silencio cayó en el taller de forja. Solo el burbujeo de un crisol lejano rompió la quietud.

Era una condena a muerte matemática. Caelen lo sabía mejor que nadie. Incluso con el inmenso Acelerador de Masas en el bastión principal y los rifles electromagnéticos, Oakhaven no tenía la logística humana, el tungsteno, ni el agua limpia para mantener un asedio continuo contra las superpotencias de tres naciones unidas. Podían matar a cien mil, pero los últimos cincuenta mil entrarían caminando sobre montañas de cadáveres.

Caelen terminó de apretar el último tornillo de calibración del rifle electromagnético de Lyra. Lo levantó, verificó el equilibrio perfecto de la aleación ligera, la alineación de las miras telescópicas de cuarzo y asintió, satisfecho con su trabajo. Lo dejó sobre un paño de terciopelo.

Recién entonces, se giró lentamente para mirar a Vane.

Sus gafas de cuarzo reflejaron la fría luz azul de los cristales de maná del sótano. No había ni una sola gota de pánico en su postura. Su cuerpo, hiperdenso y sostenido por electromagnetismo, exudaba la calma aterradora de un ordenador procesando un algoritmo de solución.

—La ingeniería social de la corte y la Inquisición es patéticamente predecible —analizó Caelen, su voz fría y metálica cortando la justificada preocupación de Vane—. Han optado por un ataque de saturación (DDoS) utilizando botnets extranjeros. Saturar el servidor objetivo con tantas peticiones basura que colapse por falta de memoria.

—Llámaalo como quieras en tu idioma extraño de otro mundo, ingeniero, pero el resultado práctico en la tierra es el mismo: nos van a asfixiar con carne, acero y flechas —gruñó Vane, apoyando las manos en la mesa—. No podemos matar a ciento cincuenta mil hombres antes de quedarnos sin virotes o sin comida.

—Tienes razón, Vane —Caelen apoyó ambas manos sobre el mapa, levitando imperceptiblemente—. Si nos quedamos estáticos. Pero dime, estratégicamente hablando… si el inmenso Imperio de Hierro y la gran Alianza del Norte movilizan a sus ejércitos completos y regulares hacia nuestra remota frontera en pleno invierno… ¿qué sucede con sus propias capitales, sus centros de mando y sus rutas de suministro logístico en la retaguardia?

Vane parpadeó. Su mente táctica, entrenada para la guerra medieval de asedios y defensas de castillos, dio un vuelco repentino al adaptarse a la amplitud de la pregunta. —Sus territorios quedan… desprotegidos. Con la abrumadora mayoría de sus tropas de asalto marchando hacia Aethelgard para cruzar la frontera en primavera, sus núcleos urbanos y palacios estarán al mínimo de seguridad histórica. Solo guardias de la ciudad y milicias locales.

Caelen esbozó una leve y asimétrica sonrisa. No era una sonrisa de alegría o arrogancia. Era la fría confirmación de que una vulnerabilidad sistémica crítica acababa de ser expuesta por el enemigo.

—Aethelgard cree que nos ha puesto a la defensiva permanente. Creen que el “Dios de Hierro” se acobardará detrás de sus recién construidas murallas de sesenta grados a esperar que la horda llegue para disparar desde la seguridad de un bastión —Caelen señaló hacia el techo, en dirección al inmenso Acelerador de Masas montado arriba—. Piensan en términos de castillos y catapultas. Tratan a Oakhaven como una dirección IP estática.

Caelen se alejó de la mesa y caminó hacia el fondo del inmenso taller subterráneo. Había una sección que los zapadores de Bram habían mantenido bajo estricta cuarentena durante las últimas dos semanas. Una gran lona de lino pesado, manchada de aceite y hollín, cubría un objeto colosal que abarcaba casi la mitad de la sala.

—Pero ya no somos una entidad pasiva de software. Oakhaven ya no es un simple punto defensivo en su mapa. Es nuestra plataforma de ensamblaje logístico.

Con un movimiento rápido impulsado por sus densos músculos, Caelen tiró de la pesada lona. El sonido de la tela cayendo al suelo levantó una nube de polvo.

Vane, el hombre que no se había inmutado al ver a una Lord Demonio aniquilar inquisidores, abrió los ojos de par en par, y su mandíbula cayó ligeramente, incapaz de procesar el vehículo de pesadilla que tenía enfrente.

No era otro cañón estático. No era una carreta glorificada.

Eran inmensas orugas mecánicas, formadas por eslabones dentados de un metro de ancho, forjadas en acero rúnico y recubiertas de escamas de hematita. Estas orugas estaban acopladas a un chasis acorazado del tamaño de un pequeño galeón terrestre. La armadura del vehículo era gruesa, angular, diseñada para desviar la magia de la misma manera que las murallas de la ciudad.

En el centro de la estructura, un motor termodinámico de ciclo cerrado, un laberinto de tuberías de cobre, pistones y cilindros de contención, esperaba ser alimentado por la energía gélida del Núcleo Primordial. Y sobre el chasis principal, una inmensa cureña y plataforma giratoria diseñada específicamente para soportar el retroceso de la artillería electromagnética pesada mientras estaba en movimiento.

Era el antepasado brutal, mágico y despiadado del tanque de guerra moderno. El Landkreuzer de Tártaro.

—Si quieren engañar y enviarnos a ciento cincuenta mil hombres a asediar nuestra ciudad, Vane… dejaremos que congelen sus traseros asediando una ciudad vacía —declaró Caelen, acariciando el frío blindaje de la máquina de guerra—. Desmontaremos el Acelerador de Masas del techo y lo subiremos a esta plataforma motriz. Motorizaremos a nuestras brigadas de asalto ligero.

Caelen se giró para mirar al veterano Rango Adamantita. Sus ojos oscuros bajo las lentes de cuarzo brillaban con la promesa de un apocalipsis mecanizado que Tártaro jamás había concebido en su milenaria historia.

—No vamos a atrincherarnos y a esperar a que la nieve se derrita en primavera, Vane. Vamos a salir de Oakhaven la próxima semana, en medio del invierno más crudo. Abriremos camino a través de la nieve con estas orugas. Cortaremos sus líneas de suministro antes de que siquiera logren reunirse en la frontera.

Caelen golpeó el blindaje del tanque con su puño denso, un sonido sordo que resonó como un tambor de guerra en el sótano.

—Vamos a ejecutar una guerra relámpago. Una Blitzkrieg termodinámica. Vamos a aplastar y bombardear sus capitales desprotegidas mientras sus gigantescos ejércitos se mueren de frío y hambre marchando hacia un fantasma. La cacería de reyes acaba de empezar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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