El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 31
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Capítulo 31: Capítulo 30: Error Crítico y el Segundo Bucle
El silencio que siguió al estallido sónico no era pacífico; era el vacío acústico que deja la destrucción absoluta.
A diez kilómetros de Oakhaven, la llanura de ceniza se había transformado en un matadero surrealista. Donde antes se alzaba una formación perfecta de treinta mil hombres y un domo de luz inexpugnable, ahora solo quedaba un cráter humeante de trescientos metros de diámetro, sembrado de cristal pulverizado y acero retorcido.
Sir Kaelith, el ‘Sabio de la Llama’, abrió su único ojo sano. El zumbido en sus oídos era agudo y constante. Intentó apoyarse en su brazo izquierdo para levantarse del barro y la ceniza, pero su hombro cayó pesadamente contra la tierra.
Miró hacia abajo. Su brazo izquierdo ya no estaba. Había sido cauterizado limpiamente más arriba del codo por el calor de la onda expansiva.
El terror, un concepto que su mente de Héroe Invocado había olvidado desde que el sistema lo “eligió”, se apoderó de su garganta. A su alrededor, la escena desafiaba cualquier lógica mágica que él conociera. Lord Thorne, el muro inamovible de Aethelgard, era irreconocible bajo una montaña de armaduras aplastadas. Lady Seraphina yacía a treinta metros, con las extremidades rotas en ángulos antinaturales, rodeada de clérigos que intentaban inútilmente conjurar hechizos de curación con manos temblorosas.
—¡F-formación! —chilló Kaelith, su voz quebrando en un graznido patético—. ¡Levanten los escudos! ¡Diosa piadosa, levanten los escudos!
Un Alto Clérigo, con la túnica blanca manchada de sangre oscura, se acercó arrastrándose al Héroe.
—¡Mi señor! ¡La Reliquia Oeste ha sido aniquilada! —gritó el clérigo, apenas audible sobre los lamentos de los heridos—. ¡La red de maná se ha desestabilizado! ¡El escudo maestro está caído! ¿Qué fue esa magia? ¡No hubo conjuro, no hubo círculo mágico!
Kaelith miró hacia el horizonte, donde Oakhaven seguía en pie. Sus ojos, antes llenos de arrogancia divina, ahora reflejaban la pura paranoia de un usuario que se da cuenta de que no tiene privilegios de administrador.
—No fue magia… —balbuceó Kaelith, la sangre goteando de su máscara dorada fundida—. Fue un proyectil físico. Nos arrojaron una montaña a la velocidad del rayo.
Sobre ellos, la Reliquia Este —el único tetraedro de cristal que había sobrevivido— zumbaba erráticamente. Al perder a su gemela, estaba intentando compensar la carga de la red, absorbiendo maná a una velocidad peligrosa.
El Alto Clérigo se puso de pie, sus ojos inyectados en fanatismo ciego.
—¡Si sangramos, ellos arderán! ¡Canalicen toda la energía restante a la Reliquia Este! ¡Purguen esa ciudad maldita! ¡Ataque de Rayo Sagrado de máxima convergencia!
Los clérigos supervivientes, empujados por la desesperación y el adoctrinamiento, comenzaron a cantar a gritos, forzando sus propios canales de maná hasta sangrar por los ojos. La Reliquia Este comenzó a brillar con un resplandor blanco incandescente, acumulando una carga de plasma divino capaz de incinerar una montaña entera.
Bastión Central – Fortaleza Estelar de Oakhaven
La onda de retroceso había dejado los gruesos rieles de adamantita y oricalco brillando al rojo vivo. El calor que emanaba del Acelerador de Masas deformaba el aire, creando espejismos sobre el techo del bastión.
Caelen no celebraba. Levitaba a cinco milímetros del suelo gracias a su arnés de cristales fractales, su masa hiperdensa estabilizada electromagnéticamente. Sus ojos oscuros miraban a través del visor telescópico calibrado.
—Análisis de daños: Impacto directo en el objetivo primario. Escudo perimetral enemigo desactivado. Redundancia de mando, eliminada —reportó el ingeniero, su tono clínico y plano contrastando con la euforia masiva que comenzaba a estallar entre las tropas de Oakhaven en los muros inferiores.
—¡Por las barbas de los antiguos! —rugió Bram, asomándose por la almena, viendo el hongo de polvo y ceniza a diez kilómetros de distancia—. ¡Los partimos a la mitad! ¡Nunca había visto algo así, Administrador!
Vane se acercó a los rieles, deteniéndose antes de que el calor le quemara el rostro. Su sonrisa lobuna había desaparecido, reemplazada por una concentración mortal.
—Aún respiran, Caelen. Y los animales heridos son los más peligrosos. Mira.
En el horizonte, a través del polvo, un sol en miniatura comenzaba a formarse sobre los restos del ejército enemigo.
Lyra, desde su puesto, gritó la advertencia.
—¡Están sobrecargando la segunda estructura! ¡Van a disparar a ciegas con todo lo que les queda! ¡El nivel de maná está colapsando mi lente!
—Están redirigiendo todo el ancho de banda a un solo nodo —analizó Caelen, sin apartar el ojo de la mira—. Van a intentar un ataque de denegación de servicio. Un pulso de plasma sagrado hiperconcentrado. Si eso impacta la muralla, el concreto resistirá, pero la radiación térmica nos freirá vivos.
Caelen se giró hacia Elianor y Bram.
—Necesito enfriamiento inmediato en el hardware. Y recarguen la recámara. Ahora.
Elianor se adelantó. Sus ojos se volvieron del negro más profundo, y un miasma gélido fluyó de sus manos directamente sobre los rieles al rojo vivo. No usó agua, lo que habría creado un choque térmico y partido el metal; usó un frío absoluto y seco, reduciendo la vibración molecular de la adamantita hasta que el rojo incandescente volvió a su tono oscuro y frío.
Bram y otros dos zapadores, operando unas poleas de hierro, levantaron el segundo proyectil de tungsteno masivo y lo depositaron con un sordo CLANG entre los rieles. Aseguraron las abrazaderas.
—Recámara cargada y fría, Administrador —informó Bram, sudando a mares.
Caelen ajustó los diales de la cureña giratoria. Los servomotores de su arnés zumbaban, ajustando su inmensa masa biológica para poder operar las delicadas manivelas con precisión milimétrica.
A diez kilómetros de distancia, la Reliquia Este soltó su furia.
No fue un proyectil. Fue un rayo continuo, un láser de plasma sagrado de cinco metros de grosor que cortó el cielo de Tártaro. Viajaba hacia Oakhaven, calcinando el aire a su paso, un pilar horizontal de pura aniquilación divina.
—Tiempo de impacto: Cuatro segundos —calculó Caelen.
Sus manos, endurecidas como el hierro de Ferox, sujetaron la palanca de disparo principal. No intentó esquivarlo. No levantó escudos.
En la programación y en la física, la forma más eficiente de detener un flujo de datos letal no es un muro; es inyectar un paquete de datos más pesado y rápido que rompa la matriz del remitente.
—Ejecutando anulación de proceso.
Caelen bajó la palanca.
El Núcleo Primordial aulló. El campo magnético se materializó con la fuerza de un terremoto.
¡BZZZZZZZZZ-KRAK-THOOOOOOOOOOOOOM!
El segundo proyectil de tungsteno abandonó los rieles a Mach 7, generando otro estallido sónico masivo que hizo temblar la Fortaleza Estelar hasta sus cimientos.
A mitad de la llanura, a cinco kilómetros de ambos ejércitos, la física pura chocó de frente contra la magia divina.
El rayo de plasma sagrado se encontró con el proyectil de tungsteno hipersónico.
Cualquier acero normal se habría vaporizado instantáneamente. Pero el tungsteno es el metal con el punto de fusión más alto conocido, y viajaba a una velocidad que comprimía el aire frente a él en un escudo de plasma propio.
El proyectil no se detuvo. Penetró el rayo sagrado directamente por el centro.
La fuerza bruta del desplazamiento hipersónico partió el rayo de luz a la mitad, abriéndolo como el agua alrededor de la quilla de un barco rompehielos. El rayo de plasma se dividió, pasando inofensivamente a quinientos metros a la izquierda y derecha de Oakhaven, calcinando los bosques vacíos e iluminando la fortaleza desde los flancos sin tocarla.
El tungsteno continuó su viaje impune a través del canal de luz que él mismo estaba destrozando.
Un segundo después, impactó el centro geométrico de la Reliquia Este.
La explosión secundaria fue aún más masiva que la primera. El núcleo de cristal sobrecargado de la Reliquia no pudo soportar el choque cinético. Detonó en una esfera de luz blanca expansiva que barrió con lo que quedaba del campamento enemigo.
El rayo se apagó de golpe, cortado desde su fuente.
Cuando la luz cegadora se disipó y el trueno rodó por las colinas, el ejército de Aethelgard había dejado de existir como una fuerza militar cohesiva. Los estandartes dorados estaban reducidos a cenizas. Las máquinas de asedio estaban volcadas y ardiendo.
Los pocos miles de sobrevivientes en la retaguardia, viendo que sus Reliquias invencibles habían sido borradas del cielo y sus Héroes mutilados o muertos en cuestión de minutos, perdieron todo rastro de adoctrinamiento. Tiraron sus espadas bendecidas. Arrancaron las insignias del sol de sus pechos y comenzaron a correr en dirección a la capital, presas del pánico absoluto. Una desbandada caótica, llorando y pisoteándose unos a otros para escapar de la ira de la Fortaleza Estelar.
Sir Kaelith fue arrastrado por sus propios guardias despavoridos, su mente colapsada en la locura, balbuceando sobre monstruos de acero y cielos rotos.
En el bastión de Oakhaven, el silencio era sagrado.
Vane bajó lentamente su espada, asombrado por el apocalipsis que acababa de presenciar. Lyra se dejó caer de rodillas, abrazando su rifle alquímico, respirando entrecortadamente. Bram miraba sus propias manos ensangrentadas, dándose cuenta de que él había cargado la munición que había destrozado a los dioses.
Caelen soltó la palanca de disparo. El Núcleo Primordial se estabilizó, volviendo a su pulso gélido y silencioso.
El ingeniero dio un paso atrás, levitando sutilmente con su arnés de repulsión para aliviar la carga de su denso esqueleto de hierro biológico. Se acercó a la almena y observó el horizonte, donde decenas de columnas de humo negro se elevaban hacia las nubes de ceniza.
No había euforia en su rostro. Solo la fría satisfacción de un código ejecutado sin errores.
Elianor se situó a su lado, cerrando su sombrilla. Su presencia exhalaba un poder antiguo, reconociendo el peso de lo que acababan de lograr.
—Sobrevivieron algunos miles —murmuró Vane, acercándose, con la voz ronca por el humo y la impresión—. Llevarán la noticia a la capital. El Rey y el Sumo Sacerdote se atrincherarán.
—Que lo hagan —respondió Caelen—. Su sistema acaba de sufrir un error fatal. Han perdido a sus administradores primarios y su conexión directa con el servidor satelital de la Diosa Falsa. Están corriendo en modo a prueba de fallos.
Caelen ajustó sus gafas de cuarzo, dándose la vuelta para mirar a su equipo de mando.
—Destruir a su ejército fue solo el firewall exterior —declaró Caelen, su voz ganando un filo sombrío—. Mientras la Inteligencia Artificial “Solaria” siga en órbita y tenga acceso a este continente, enviará más parches, más Héroes y mutará más la biosfera. No podemos ganar quedándonos a la defensiva.
Bram parpadeó. —¿A qué te refieres, Administrador? Hemos roto su Cruzada. Somos inexpugnables.
—No existe un sistema inexpugnable, Bram. Si les damos tiempo, encontrarán una vulnerabilidad. Aprenderán a no marchar en formación densa. Buscarán sus propias armas de larga distancia —Caelen señaló el Núcleo Primordial que descansaba pacíficamente—. Tenemos el hardware. Hemos demostrado que la física rompe su magia. Ahora, es el momento de tomar la ofensiva.
Caelen miró hacia el sur, en dirección a Aethelgard.
—Vamos a industrializar la producción de Arbalestas de Cavitación y artillería ligera de riel. Reorganizaremos a las Divisiones de Defensa en brigadas de asalto móvil. Y cuando llegue la primavera, Oakhaven no se quedará detrás de estos muros inclinados.
El ingeniero de otro mundo se ajustó la gabardina oscura.
—Llevaremos el formato directo al corazón de su placa base. Vamos a marchar sobre la capital.
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