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El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 34

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Capítulo 34: Capítulo 33: El Cortafuegos Orbital y el Ángel de Solaria

========================================= [REGISTRO DEL SERVIDOR CENTRAL – SOLARIA] Directiva: Mantenimiento de Biosfera y Control de Usuarios. Estado de Nodos Terrestres (Reliquias): 02/02 DESTRUIDAS. Anomalía Detectada: Evento cinético clase Extinción (Mach 7+) en el Sector Oakhaven. Alerta Crítica: Extracción no autorizada de [Núcleo Primordial 03]. Evaluación de Amenaza: El sujeto “Caelen” ha excedido los parámetros de un “Virus” estándar. Clasificación actualizada a [Malware Nivel Administrador]. Resolución: Desplegar Dron de Purga Autónoma (Clase: Serafín). Protocolo de Fuego Cruzado Autorizado.

A mil kilómetros de altura, en la órbita geosincrónica de Tártaro, una inmensa estación espacial en forma de anillo despertó de su letargo milenario. Un compartimento blindado en su casco inferior se abrió en silencio, liberando una cápsula de tungsteno puro que comenzó su violento descenso a través de la atmósfera, envuelta en fuego y fricción.

Bosque Congelado de Hierro – Tres días después de la emboscada

El sonido de un soplete alquímico cortando metal era el único ruido en el campamento improvisado.

El Ejecutor descansaba bajo la cobertura de pinos petrificados por el frío. La oruga dañada estaba extendida sobre la nieve manchada de aceite. Caelen, con las gafas de cuarzo bajadas para proteger sus ojos de las chispas, soldaba una nueva placa de hematita sobre el eslabón destrozado.

Cada movimiento de su brazo era un recordatorio físico de sus propios límites. Sus dos costillas fracturadas durante la colisión con la trinchera palpitaban con un dolor sordo y agudo. Su pasiva [Gestión de Daños Internos] trabajaba incansablemente, consumiendo su maná estático como si fuera combustible de aviación, pero los huesos densificados de Ferox eran tan duros que soldarlos tomaba el triple de tiempo que un esqueleto humano normal.

«El dolor es solo un proceso en segundo plano consumiendo ancho de banda», se repitió Caelen, apretando los dientes y ajustando la llama del soplete. «Ignorar advertencias de hardware no críticas. Priorizar movilidad del chasis».

Vane caminaba por el perímetro, sus botas crujiendo en la nieve dura. —Los exploradores de la Alianza del Norte deben estar buscándonos, Administrador —dijo el mercenario, deteniéndose junto a la enorme mole de acero—. Hemos cortado el suministro del Imperio, pero la Alianza tiene sabuesos mágicos. Olerán la sangre y el humo de los motores tarde o temprano.

—El motor de ciclo cerrado ahora cuenta con supresores de firma térmica —respondió Caelen, apagando el soplete y poniéndose de pie con rigidez. Su arnés de levitación zumbó débilmente, compensando su peso—. Y la sangre enemiga ya está congelada. Son ciegos. Estamos operando en modo incógnito.

Bram se acercó cargando una pesada caja de munición de arbalesta como si fuera una almohada. —Los hombres están nerviosos, Administrador. Hemos matado a miles sin sufrir apenas bajas, sí, pero estamos a cientos de kilómetros de Oakhaven. En medio de ninguna parte. Sienten que la Diosa nos está mirando.

Caelen se quitó los pesados guantes de cuero. —La Diosa es un programa de software, Bram. No tiene ojos, tiene sensores. Y nosotros acabamos de destruir sus dos antenas principales. Estamos fuera de su radar.

Pero Caelen se equivocaba. Un software no necesita antenas si decide enviar un antivirus en formato físico.

Lyra, que estaba de guardia en la copa de un árbol alto, dejó caer su cantimplora. El recipiente de metal golpeó el suelo, pero nadie le prestó atención, porque el cielo entero acababa de gritar.

No fue un trueno. Fue un aullido ensordecedor, agudo y continuo, como si el propio tejido del cielo estuviera siendo rasgado por la mitad.

Caelen giró la cabeza bruscamente hacia arriba, activando su [Comprensión Nvl. 9].

A plena luz del día, una “estrella fugaz” envuelta en un halo de plasma incandescente atravesaba las nubes de ceniza en un ángulo de cuarenta y cinco grados, dirigiéndose directamente hacia su posición.

—¡Cobertura! —rugió Caelen, su voz mecánica amplificada al máximo—. ¡Impacto balístico inminente!

Vane y Bram no hicieron preguntas. Se arrojaron debajo del espeso blindaje del Ejecutor, arrastrando a los soldados más cercanos. Caelen ni siquiera intentó correr con su pesada masa; simplemente forzó su arnés fractal para arrojarse detrás de la gruesa oruga de hematita que acababa de soldar.

El impacto ocurrió a quinientos metros de distancia, en el centro de un lago congelado.

La onda de choque fue apocalíptica. No levantó nieve; la vaporizó instantáneamente. Un cráter de vidrio fundido se formó donde antes había hielo de tres metros de grosor. Una ola de calor asfixiante barrió el bosque, prendiendo fuego a los pinos petrificados a pesar de la temperatura bajo cero. El Ejecutor de cien toneladas se sacudió violentamente sobre sus ejes.

Cuando el estruendo cesó y el vapor comenzó a disiparse, un silencio absoluto cayó sobre el bosque en llamas. Ni siquiera el viento se atrevía a soplar.

Vane se asomó lentamente por debajo de la oruga, con la mano en la empuñadura de su espada. —¿Qué en el nombre del infierno fue eso? ¿Un meteorito? ¿Magia de asedio a larga distancia?

Caelen se incorporó, ignorando el dolor punzante en sus costillas fracturadas. Su visión analítica estaba bombardeada por alertas rojas que no había visto desde su descenso al Laberinto.

========================================= Alerta de Entidad Hostil: Clasificación: [Antivirus de Purga Orbital – Dron Clase Serafín]. Nivel de Amenaza: Omega (Extinción Local). Señales de Vida: Negativas. Emisión de Energía: Fusión Cuántica.

De entre el vapor hirviente del cráter, una figura emergió, flotando lentamente a diez metros de altura.

Para Vane, Bram y los soldados de Oakhaven, la visión fue paralizante. El terror religioso se apoderó de sus mentes medievales.

Allí, suspendido en el aire, estaba un Ángel de la Diosa.

Tenía forma vagamente humanoide, cubierto de lo que parecía una armadura de oro blanco inmaculado que no tenía uniones ni remaches. Seis alas de luz pura y cegadora se extendían desde su espalda. No tenía rostro, solo una visera lisa y espejada. Sobre su cabeza, un halo de energía dorada giraba lentamente. Irradiaba un aura de santidad tan opresiva que varios soldados cayeron de rodillas en la nieve, llorando y soltando sus armas, convencidos de que el Día del Juicio había llegado por sus pecados.

—La Diosa… —murmuró Bram, su voz temblando por primera vez en su vida—. Nos ha encontrado.

Pero a través de las gafas de cuarzo de Caelen, la realidad era clínicamente terrorífica.

No era un ángel. Era un dron de combate autónomo.

Su “armadura” era una aleación orbital de geometría variable, sin costuras. Sus “alas” no eran plumas de luz sagrada, sino propulsores vectoriales de luz sólida (hard-light) diseñados para maniobrar en atmósfera. Su “halo” era una matriz de sensores y un bloqueador de radar que emitía interferencia en todas las frecuencias mágicas y mecánicas.

El Serafín giró su “cabeza” lisa directamente hacia el Ejecutor.

—Infección biológica detectada. Entidad “Caelen” identificada —La voz no provino de una boca, sino que se proyectó telepáticamente en las mentes de todos los presentes. Era una voz andrógina, desprovista de emoción, un frío reproductor de texto a voz—. Directiva de purga iniciada. Que la luz purifique la escoria.

El Dron levantó su mano derecha. El aire a su alrededor colapsó, formando una lanza de plasma hiperdenso que brillaba con la intensidad de un soplete industrial cortando titanio.

Caelen no rezó. Computó.

—¡No es un dios, es una maldita máquina! —rugió Caelen, rompiendo el trance de sus hombres—. ¡A los vehículos! ¡Artilleros a las arbalestas! ¡Vane, arranca el motor del tanque!

El Serafín arrojó la lanza de plasma.

Viajó a una velocidad vertiginosa. No apuntó a Caelen, apuntó a la mayor firma térmica: el TBP (Transporte Blindado) que estaba estacionado a la izquierda.

El impacto no generó una explosión. La lanza de plasma atravesó el blindaje de acero del transporte como si fuera papel de seda húmedo, fundiendo el motor rúnico y saliendo por el otro lado. Segundos después, el metal supercalentado del vehículo cedió y el TBP colapsó en un charco de escoria hirviente, matando instantáneamente a los tres zapadores que estaban cerca.

—¡Fuego de cobertura! —gritó Lyra, superando su miedo al ver a sus compañeros morir.

Desde la escotilla del Ejecutor, disparó su Rifle de Bobina electromagnético. El proyectil hipersónico de tungsteno se dirigió directo a la cabeza espejada del Dron.

¡CLINK!

El sonido fue agudo y metálico. El Serafín no esquivó. Uno de los propulsores de sus “alas” de luz sólida se movió a una velocidad imperceptible, interponiéndose en la trayectoria del proyectil. El tungsteno se estrelló contra el escudo de hard-light y se fragmentó en mil pedazos, disipando la energía cinética inofensivamente.

Caelen apretó los dientes. «Sistemas de defensa activa automáticos. Sus sensores son más rápidos que nuestros proyectiles ligeros».

—¡Arma principal! —gritó Vane, encendiendo el motor del tanque con un rugido que sacudió el bosque—. ¡Administrador, gira la torreta!

Caelen se arrojó al interior del puente, sus botas pesadas abollando el suelo mientras se aferraba a los controles de la cureña giratoria.

El Acelerador de Masas gigante sobre el techo del tanque comenzó a girar con un chirrido agónico.

El Dron Serafín procesó la amenaza. Identificó el inmenso cañón de riel que había destruido sus nodos. En lugar de retroceder, las seis alas del “ángel” pulsaron con energía, y la máquina se lanzó en picada directamente hacia el tanque a una velocidad mach 2.

—Tracking ineficiente —murmuró Caelen, sudando frío. Los engranajes de la pesada torreta giraban demasiado lento para seguir a un objetivo aéreo tan rápido y pequeño. El Acelerador de Masas estaba diseñado para destruir fortalezas estáticas y escudos a kilómetros de distancia, no para el combate antiaéreo cerrado.

El Dron aterrizó con una fuerza brutal directamente sobre el cañón del Acelerador de Masas. Sus garras de aleación se hundieron en el oricalco macizo.

Desde el periscopio, Caelen y Vane miraron hacia arriba, encontrándose frente a frente con la visera lisa y sin rostro de la máquina asesina. El calor que irradiaba el Dron comenzó a derretir la escarcha del blindaje del tanque.

El Ángel levantó su puño, cargándolo con una nueva carga de plasma, listo para atravesar el puente de mando y vaporizar a Caelen y a Vane en sus asientos.

«El escudo activo de sus alas intercepta balística de alta velocidad… pero los escudos cinéticos suelen tener una debilidad fundamental contra masas biológicas lentas y pesadas», pensó Caelen en una fracción de milisegundo, recordando la física de los fluidos no newtonianos.

—¡Vane, acelera a fondo hacia los árboles! —ordenó Caelen, abriendo de golpe la escotilla superior.

—¡Chico, estás loco, te va a carbonizar! —gritó Vane, pero obedeció, empujando las palancas de empuje al máximo. El Ejecutor rugió, lanzándose hacia adelante.

Caelen no desenvainó su espada. No usó explosivos. Impulsado por su arnés fractal y la inmensa fuerza de sus piernas densificadas, saltó directamente desde la escotilla hacia el pecho del Serafín.

El Dron, preparado para interceptar un disparo hipersónico, no reaccionó con la misma eficiencia ante un ataque cuerpo a cuerpo de una entidad tan densa. Su escudo de luz intentó repeler a Caelen, pero la inmensa masa del ingeniero —ciento cincuenta kilos de densidad biológica multiplicados por el impulso del salto— atravesó la barrera de luz sólida a baja velocidad, tal como un cuchillo atraviesa la tensión superficial del agua si se mueve despacio.

Caelen chocó contra la armadura orbital del Ángel.

Su puño derecho, imbuido de todo el Ki estático que pudo extraer de su propio cuerpo roto, se estrelló directamente contra la visera lisa del Dron.

No rompió el metal alienígena, pero la fuerza bruta del impacto desestabilizó los giroscopios del Serafín. La máquina perdió el equilibrio sobre el cañón del tanque justo en el momento en que Vane estrellaba el Ejecutor contra una arboleda de pinos petrificados.

El frenazo brusco del choque arrojó tanto a Caelen como al Dron de Combate por los aires, cayendo en un revoltijo de hierro, carne densa y armadura alienígena sobre la nieve ennegrecida.

Caelen rodó pesadamente, el dolor de sus costillas amenazando con apagarle el cerebro. Se puso en pie, jadeando vapor, mirando a la máquina de purga que se levantaba a diez metros de él. Sus alas de luz parpadeaban erráticamente, recalibrándose.

La era de la herejía se había terminado. La verdadera guerra hombre-máquina acababa de empezar, y el servidor no perdonaría un solo error de compilación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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