El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 33
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Capítulo 33: Capítulo 32: La Nieve Negra y el Algoritmo de Avance
El invierno de Tártaro no era una estación; era una sentencia de muerte blanca.
Las llanuras que rodeaban Oakhaven estaban sepultadas bajo dos metros de nieve compacta y escarcha negra. Las temperaturas habían caído tan en picado que la savia de los árboles se congelaba hasta hacer estallar los troncos. Para cualquier ejército tradicional, marchar en estas condiciones era un suicidio logístico.
Esa era la regla fundamental de la guerra medieval. Y Caelen estaba a punto de descubrir que la física, aunque superior a la magia, también odia el frío extremo.
Las inmensas puertas de acero de la Fortaleza Estelar gimieron, sus bisagras bloqueadas por el hielo. Los zapadores de Bram tuvieron que golpearlas con mazos térmicos durante veinte minutos para lograr abrirlas.
De la garganta de Oakhaven emergió el Ejecutor V.1. El tanque superpesado.
La bestia de acero y oricalco medía quince metros de largo. En el papel y en el taller, su diseño era impecable. En la realidad a treinta grados bajo cero, la máquina protestaba con cada centímetro que avanzaba. Las inmensas orugas dentadas, forjadas con hematita, trituraban la nieve, pero el peso del chasis —casi cien toneladas— amenazaba constantemente con hundir el vehículo en los ventisqueros más profundos.
Detrás del Ejecutor, salieron cuatro Transportes Blindados de Personal (TBP), modificados con orugas y propulsados por motores rúnicos. En su interior viajaban las Divisiones de Defensa.
Bram, sentado a los mandos del TBP de vanguardia, maldecía entre dientes. El sistema de calefacción interna, alimentado por tuberías de vapor conectadas al motor, era irregular. Un lado del vehículo estaba a treinta grados, haciéndolos sudar, mientras que las paredes de estribor estaban cubiertas de escarcha.
—¡Mantengan la distancia de seguridad! —gritó Bram por el tubo acústico, luchando con las palancas de dirección que se sentían rígidas como piedra—. ¡Si el Ejecutor frena de golpe, nos estrellaremos contra su culo de acero!
Lyra, sentada frente a él, intentaba limpiar metódicamente las lentes de cuarzo de su rifle electromagnético. Sus manos temblaban ligeramente, no por el frío (su traje térmico funcionaba), sino por la vibración constante y nauseabunda del chasis.
—El Administrador dijo que esta suspensión absorbería el terreno —murmuró Lyra, mareada—. Creo que sus cálculos no incluyeron rocas congeladas del tamaño de ovejas.
En el puente de mando del Ejecutor, la atmósfera era de una concentración tensa y frustrante.
El interior estaba iluminado por el suave resplandor azul de los cristales y los paneles analógicos. Caelen estaba frente a la consola central. Su arnés de cristales fractales zumbaba, manteniéndolo levitando a un milímetro de la placa de metal. Sin embargo, el frío extremo estaba afectando la conductividad del cobre en su arnés; cada pocos minutos, la levitación fallaba una fracción de segundo, y sus casi doscientos kilos de masa biológica hiperdensa golpeaban el suelo del tanque con un CLANG que hacía rechinar los dientes de Vane.
—Las juntas de transmisión están perdiendo torque —informó Caelen, su voz plana ocultando la irritación de un ingeniero viendo su prototipo fallar en el entorno real—. El aceite alquímico se está volviendo viscoso. Velocidad máxima reducida a treinta kilómetros por hora.
Vane, envuelto en su capa de lobo y frotándose las manos enguantadas, miraba por el periscopio frontal. El cristal templado se empañaba constantemente por el contraste de temperatura, obligándolo a limpiarlo con un trapo cada diez segundos.
—A esta velocidad, la tormenta nos tragará antes de llegar a la ruta de suministros, chico —gruñó el veterano—. Y estamos haciendo un ruido que despertaría a los muertos. La sorpresa táctica se va al demonio si nos escuchan a diez kilómetros.
—Elianor, ¿lecturas de radar pasivo? —preguntó Caelen, ignorando el pesimismo de Vane para centrarse en los datos.
La recepcionista estaba sentada en la parte trasera, con los ojos completamente negros, extendiendo su miasma a través del casco. De repente, soltó un siseo de dolor y se llevó las manos a las sienes.
—Hay demasiada… interferencia —jadeó Elianor, la ilusión de su humanidad parpadeando—. La tormenta de nieve está cargada de maná ambiental errático. Es como intentar escuchar un susurro en medio de una avalancha. Solo capto firmas de calor difusas. Están a tres kilómetros. O tal vez a cuatro. Se mueven lento.
Caelen ajustó sus gafas de cuarzo. La fricción de la realidad estaba destrozando el plan perfecto. —Tres kilómetros. Viraje a babor. Lyra, posición de francotirador. Compensación de viento cruzado estimada en cuarenta nudos.
Paso de Escarcha – Territorio del Imperio de Hierro
El Comandante Boros odiaba la nieve. Su convoy de doscientos carros y tres mil soldados de la infantería pesada del Imperio avanzaba agónicamente. Los mamuts de guerra bramaban, agotados, mientras los clérigos menores apenas daban abasto para derretir el hielo del camino con hechizos de fuego mediocres.
De repente, a través de la tormenta blanca, un rugido mecánico ahogó el viento.
No hubo sorpresa perfecta. Boros escuchó el rechinar de las orugas oxidadas y los motores forzados del Ejecutor un minuto antes de verlo.
—¡Emboscada! —rugió Boros, desenvainando su espada brillante—. ¡Formación de picas al este! ¡Magos de tierra, rompan el hielo frente a nosotros!
Los soldados imperiales, veteranos endurecidos, no entraron en pánico. Se movieron con una disciplina brutal. Los magos de tierra clavaron sus bastones en el suelo, y una trinchera de tres metros de ancho se abrió en el hielo, exponiendo roca viva y barro congelado justo en la trayectoria del ruido.
A dos kilómetros de distancia, la escotilla del tanque se abrió. Lyra asomó la cabeza, el viento cortándole el rostro. Apoyó su Rifle de Bobina, apuntó al hombre de la armadura más brillante y apretó el gatillo.
El proyectil hipersónico rasgó el aire.
Pero el frío extremo había ralentizado los capacitores del rifle apenas unos milisegundos, y las ráfagas de viento cruzado eran caóticas. El proyectil de tungsteno no impactó el pecho de Boros. Pasó a diez centímetros de su cuello, pulverizando la cabeza del sargento que estaba a su lado en una explosión de niebla roja, y decapitó al caballo del comandante.
Boros cayó a la nieve, vivo y furioso. —¡Tiradores enemigos! ¡Levanten escudos de luz!
En el puente del Ejecutor, Caelen vio la falla a través de su propia pantalla. —Asesinato fallido. El nodo de mando sigue activo. Impacto contra línea defensiva en cinco segundos. Prepárense para colisión.
El tanque gigante irrumpió a través de la cortina de nieve. Los soldados imperiales gritaron al ver la monstruosidad de acero, pero mantuvieron la línea.
El Ejecutor chocó contra la trinchera mágica que los magos habían abierto. Las inmensas orugas frontales cayeron en el foso. El chasis de cien toneladas se inclinó violentamente hacia adelante con un estruendo metálico aterrador.
Dentro, Vane fue arrojado contra el panel de control, rompiéndose el labio. El arnés de Caelen sufrió un pico de voltaje por la sacudida y se apagó. Los ciento cincuenta kilos de densidad biológica del ingeniero se estrellaron contra el suelo del puente, abollándolo profundamente y fracturando dos costillas de Caelen en el proceso.
—¡Nos estancamos! —gritó Vane, escupiendo sangre—. ¡Las orugas patinan en el barro del fondo!
Afuera, Boros se puso de pie, cubierto de la sangre de su sargento. —¡La bestia de hierro está atrapada! ¡Fuego concentrado! ¡Alabarderos, destrocen esas ruedas!
Los magos de fuego del Imperio desataron una tormenta de bolas de plasma contra el tanque inmovilizado. El blindaje facetado resistió la mayoría de los impactos, desviándolos, pero el calor comenzó a asar el interior del vehículo. Los soldados imperiales se abalanzaron, metiendo sus alabardas entre los engranajes de las orugas, intentando trabarlas con fuerza bruta y magia de refuerzo.
Detrás del tanque, los cuatro TBP frenaron bruscamente. Uno de ellos patinó en una placa de hielo creada inadvertidamente por los hechizos enemigos y se estrelló de costado contra un árbol congelado. Gritos de dolor resonaron desde el interior del transporte averiado.
La “guerra relámpago” se había convertido en una pelea de barro en cuestión de segundos.
Caelen, ignorando el dolor punzante en su pecho, se puso en pie con pura fuerza muscular. Reinició su arnés a golpes, obligando a los cristales a encenderse.
—El arma principal no tiene ángulo de depresión. Están demasiado cerca —murmuró Caelen, la lógica fría anulando el pánico—. Purga térmica de emergencia.
Caelen agarró una palanca roja que no había documentado a sus compañeros.
—¡Cierren los ojos y tápense la boca! —gritó.
Tiró de la palanca.
El motor de ciclo cerrado del Ejecutor, que estaba acumulando calor por los impactos de fuego externos, abrió sus válvulas de ventilación inferiores. No disparó vapor hacia arriba, sino directamente hacia los laterales del chasis.
Chorros de vapor de agua supercalentado, presurizado por la energía del Núcleo Primordial, estallaron hacia la infantería que intentaba trabar las orugas. Cientos de soldados del Imperio fueron hervidos vivos dentro de sus propias armaduras de hierro en una fracción de segundo. Sus gritos fueron ahogados por el silbido ensordecedor de la máquina.
El hielo en la trinchera se derritió instantáneamente, convirtiéndose en agua hirviendo.
—¡Máxima tracción atrás! —ordenó Caelen, engranando la reversa.
Las orugas, ahora liberadas de las alabardas fundidas, mordieron la roca viva bajo el agua. El inmenso tanque rugió, retrocediendo y saliendo de la trinchera con un salto agónico de la suspensión.
Aprovechando el caos y el vapor ardiente que cegaba al enemigo, las rampas de los TBP restantes cayeron. Bram lideró la carga de los Ingenieros de Combate. No hubo formaciones limpias. Fue una matanza sucia en la nieve negra y derretida. Las Picas de Perforación atravesaban los petos imperiales, mientras las arbalestas de cavitación disparaban a quemarropa.
Lyra, habiendo ajustado su mira tras el primer fallo, no volvió a perdonar. Desde la escotilla, disparó tres veces. El Comandante Boros y sus dos magos principales cayeron con agujeros del tamaño de un puño en el pecho.
Sin oficiales, hervidos por el vapor del tanque y flanqueados por la infantería de Oakhaven, los “Inmortales” del Imperio de Hierro se rompieron.
Quince minutos después, el combate cuerpo a cuerpo había terminado.
La nieve estaba teñida de un fango rojo, negro y gris. Los doscientos carros de suministros estaban intactos en la retaguardia, pero el precio no había sido cero.
Caelen salió por la escotilla lateral, su arnés zumbando erráticamente. La brisa gélida no calmó el dolor de sus costillas fracturadas. Miró a su alrededor.
El Ejecutor tenía una oruga gravemente abollada que requeriría horas de reparación con soldadura de campo. El TBP estrellado estaba siendo evacuado; cinco soldados de Oakhaven tenían fracturas severas, y uno había muerto por el impacto del choque.
Bram se acercó, cojeando, con un corte superficial en la mejilla. —Convoy asegurado, Administrador. Pero perdimos a un hombre en el transporte. Y la máquina madre está herida.
Vane salió detrás de Caelen, limpiándose la sangre del labio roto. Miró los cadáveres imperiales y luego el tanque dañado.
—La guerra nunca funciona como en los planos, ingeniero —dijo Vane, su tono libre de burla, solo lleno de la cansada verdad de un soldado veterano—. El frío, el miedo, la desesperación del enemigo… no puedes meter todo eso en una ecuación.
Caelen miró el TBP destrozado. Su mente analítica procesó el fallo. No había subestimado al enemigo; había subestimado el entorno y la variabilidad humana. Su diseño era demasiado rígido.
—Tienes razón, Vane —Caelen ajustó sus gafas, sacando un pequeño cuaderno encuadernado en cuero y un trozo de grafito de su bolsillo—. La ingeniería no es adivinación. Es iteración. Detectamos el fallo, parcheamos la vulnerabilidad y compilamos la siguiente versión.
El chico de otro mundo anotó febrilmente en el papel: Rediseño de tracción para fango termal. Refuerzo de inercia en cabinas de transporte. Compensación climática en capacitores balísticos.
Guardó el cuaderno y miró al veterano. —Reparen la oruga. Curen a los heridos con las pociones de Elianor. Hemos amputado la línea de suministro del Imperio. Ahora, vamos a hacer que la Alianza del Norte se desangre antes de que noten que el bisturí está suelto.
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