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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 1

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  3. Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 La orden del rey
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1: Capítulo 1: La orden del rey 1: Capítulo 1: La orden del rey El amanecer aún no había tocado las torres de Aurelion cuando Sir Adrien Valen cruzó el patio interior del castillo.

La ciudad dormía bajo un velo de niebla azulada, envuelta en ese silencio breve que existe entre la muerte de la noche y el nacimiento del día.

Las antorchas del corredor real ardían con llamas bajas, temblorosas, como si incluso el fuego temiera despertar a los muros antiguos.

Sobre las piedras húmedas, las botas del caballero resonaban con un ritmo firme, disciplinado, casi solemne.

Adrien no caminaba deprisa.

Jamás lo hacía cuando era llamado por el rey.

Había aprendido desde joven que un caballero de la Orden del Alba debía presentarse ante la corona sin ansiedad, sin soberbia y sin miedo.

El deber no se perseguía como un hombre hambriento persigue el pan; se recibía como se recibe una espada: con ambas manos, con la cabeza inclinada y con plena conciencia de su peso.

Llevaba la armadura ceremonial de su orden, pulida hasta reflejar la luz anaranjada de las antorchas.

Sobre el pecho, grabado en plata, brillaba el emblema del sol naciente atravesando una espada.

La capa blanca caía desde sus hombros, aunque el viaje por los pasillos del castillo había comenzado a humedecer sus bordes.

Su rostro, joven todavía, conservaba la serenidad rígida de quienes han sido entrenados desde niños para no mostrar dudas.

Pero las tenía.

Las dudas, aunque pequeñas, vivían detrás de sus ojos.

La citación había llegado antes del alba, sellada con cera negra y el emblema personal del rey Odran.

No era el color habitual de los decretos militares ni de las convocatorias de consejo.

La cera negra se usaba para asuntos delicados: traición, herejía, pestes, rebeliones o cosas que la corona prefería no nombrar en voz alta.

Adrien había visto ese sello solo tres veces en su vida.

En ninguna de ellas hubo finales limpios.

Dos guardias reales abrieron las enormes puertas del salón del trono sin anunciarlo.

No hacía falta.

El rey ya lo esperaba.

El salón estaba casi vacío.

Las vidrieras altas, que de día bañaban el mármol con colores sagrados, permanecían oscuras.

Al fondo, sobre un trono de piedra negra y oro envejecido, se sentaba Odran III, rey de Caldria, protector de las provincias del este y dueño de un rostro que parecía tallado por inviernos sucesivos.

No era un hombre anciano, pero el poder lo había envejecido antes de tiempo.

Sus ojos grises miraban siempre como si calcularan el precio de cada vida dentro de la habitación.

A su derecha estaba el canciller Maeric, delgado como una vela consumida, con pergaminos entre los dedos.

A la izquierda, dos miembros del consejo militar permanecían de pie, rígidos, silenciosos.

Y junto a una columna, casi oculta por la sombra, una figura femenina observaba a Adrien con expresión contenida.

Lady Isolde.

Su prometida.

Adrien no esperaba verla allí.

Ella llevaba un vestido azul oscuro, sobrio, sin joyas llamativas.

El cabello rubio recogido con elegancia dejaba al descubierto un rostro sereno, más pálido de lo habitual.

Sus ojos se encontraron apenas un instante con los de Adrien.

No sonrió.

Eso bastó para confirmar que aquella reunión no tenía nada de ordinaria.

Adrien avanzó hasta la distancia marcada por el protocolo, se arrodilló con una rodilla en el suelo y bajó la cabeza.

—Mi rey.

—Sir Adrien Valen —dijo Odran.

La voz del monarca era grave, seca, sin adornos.

Una voz acostumbrada a dar órdenes que otros convertían en sangre.

—Alzaos.

Adrien obedeció.

—Habéis servido a la corona con fidelidad —continuó el rey—.

En la frontera norte, en las revueltas de Edras, en la purga de los cultos de ceniza.

Vuestros informes siempre han sido claros.

Vuestras decisiones, firmes.

Vuestra espada, limpia.

Adrien permaneció inmóvil.

No se dejó halagar.

El elogio de un rey rara vez era un regalo.

Casi siempre era el preludio de una carga.

—He cumplido con mi juramento, majestad.

—Precisamente por eso os he llamado.

El canciller Maeric desenrolló uno de los pergaminos.

El sonido del papel quebrando el silencio pareció demasiado fuerte en aquella sala enorme.

—Hace seis meses —dijo el canciller— comenzaron a llegar reportes desde Veyrfall, un pueblo aislado al oeste de la provincia de Lorn, cerca del Valle Muerto.

Adrien frunció apenas el ceño.

Conocía el nombre del valle.

Todos lo conocían, aunque casi nadie hablaba de él con gusto.

En los mapas antiguos aparecía como una depresión boscosa entre colinas negras, una tierra difícil, húmeda y pobre.

Los mercaderes evitaban sus caminos.

Los sacerdotes decían que allí la luz tardaba más en llegar al suelo.

—Desapariciones —continuó Maeric—.

Primero ganado.

Luego viajeros.

Después niños.

Lady Isolde bajó la mirada.

Adrien sintió que algo frío se asentaba en su pecho.

—¿Cuántos niños?

—preguntó.

El canciller miró el pergamino como si la cifra pudiera ser menos terrible si la leía con cuidado.

—Siete confirmados.

Quizá más.

Los registros del pueblo son incompletos.

Uno de los consejeros militares hizo un gesto de fastidio.

—Pueblos como ese siempre tienen registros incompletos.

Ignorantes, supersticiosos, demasiado acostumbrados a ocultar sus miserias.

El rey no lo corrigió.

Adrien sí lo miró.

No con ira.

Con firmeza.

—La ignorancia de un pueblo no disminuye la vida de sus niños.

El consejero apretó la mandíbula, pero no respondió.

Odran observó a Adrien durante un instante.

Una sombra de aprobación, o tal vez de simple interés, cruzó su rostro.

—Por eso vais vos.

Maeric pasó al siguiente pergamino.

—Los habitantes de Veyrfall culpan a una mujer.

La llaman Morgana de Veyr.

El nombre cayó en la sala como una gota de veneno.

Adrien notó que incluso uno de los guardias junto a la puerta movió los dedos hacia el pomo de su espada, un gesto involuntario.

Isolde levantó la vista con lentitud.

—¿Una bruja?

—preguntó Adrien.

—Eso dicen los aldeanos —respondió el canciller—.

Hablan de sacrificios en el bosque, de pactos con criaturas antiguas, de enfermedades que nacen después de verla sonreír.

Dicen que los cuervos la siguen.

Que la tierra se pudre donde camina.

Que puede mirar a un hombre y hacerlo recordar pecados que jamás confesó.

El consejero militar soltó una risa breve.

—Cuentos de campesinos.

—Quizá —dijo el rey.

Esa palabra fue peor que una confirmación.

Adrien miró a Odran.

—Majestad, si se trata de una amenaza real, ¿por qué no enviar una compañía completa?

—Porque ya enviamos hombres.

El silencio regresó, más pesado.

El rey apoyó una mano sobre el brazo del trono.

—Hace dos meses mandé a cinco soldados y un inquisidor menor para verificar los rumores.

Solo regresó uno de los soldados.

Sin lengua.

Sin ojos.

Murió antes de llegar a la capital.

Adrien sintió que el aire del salón se volvía más frío.

—¿Y el inquisidor?

Maeric respondió: —Encontramos su anillo dentro de una caja enviada al obispado de Lorn.

Adrien no preguntó qué más había en la caja.

Lo supo por la forma en que Isolde cerró los ojos.

El rey se inclinó apenas hacia adelante.

—No necesitamos un ejército marchando hacia Veyrfall, no todavía.

Si los rumores son falsos, una fuerza armada causaría pánico innecesario.

Si son ciertos, una fuerza armada podría provocar una reacción que no estamos preparados para contener.

—Entonces queréis que investigue.

—Quiero que confirméis la naturaleza de la amenaza.

Quiero nombres, hechos, pruebas.

Quiero saber si Morgana de Veyr es una charlatana protegida por la superstición, una asesina común o algo peor.

Adrien asintió lentamente.

—¿Y si es algo peor?

Los ojos del rey no cambiaron.

—Entonces haréis lo que la Orden del Alba juró hacer.

Destruir el mal sin titubear.

Adrien había pronunciado esas palabras muchas veces.

En el patio de entrenamiento, siendo niño.

En la capilla de la orden, cuando recibió su primera espada.

En los campos de batalla, cuando la sangre enemiga se secaba sobre sus guantes.

Eran palabras simples.

Limpias.

Necesarias.

Pero aquella mañana, en aquel salón oscuro, parecieron menos una promesa que una sentencia.

Adrien bajó la cabeza.

—Si ha dañado inocentes, responderá ante la justicia.

—No he dicho justicia —replicó Odran.

Adrien levantó la mirada.

El rey sostuvo sus ojos con una calma implacable.

—He dicho que confirméis la amenaza.

Luego actuaréis según convenga al reino.

La diferencia era pequeña.

Y enorme.

—Majestad —dijo Adrien con cautela—, la justicia también conviene al reino.

El canciller Maeric respiró hondo, como si aquella frase fuera una imprudencia elegante.

Los consejeros intercambiaron una mirada.

El rey, en cambio, sonrió apenas.

No fue una sonrisa cálida.

—Eso espero, Sir Adrien.

Por vuestro bien.

Lady Isolde dio un paso al frente antes de que el silencio terminara de asentarse.

—Majestad, ¿puedo hablar?

Odran le concedió permiso con un leve movimiento de dedos.

Isolde miró primero al rey y luego a Adrien.

—Si la situación es tan peligrosa como parece, enviarlo solo es innecesariamente arriesgado.

Sir Adrien es valioso para la orden, para la corona y… Se detuvo apenas.

Para mí, decía el silencio.

Adrien sintió una punzada incómoda.

Su compromiso con Isolde había sido dispuesto por conveniencia política entre su familia y una casa menor aliada a la corona.

No era un matrimonio nacido de pasión, pero tampoco de rechazo.

Isolde era inteligente, digna, paciente.

Con el tiempo, Adrien había llegado a respetarla profundamente.

Quizá, en otra vida más sencilla, ese respeto habría podido convertirse en amor.

Pero los caballeros no elegían primero su vida.

Elegían su deber.

—Lady Isolde —dijo el rey—, vuestra preocupación os honra.

Pero precisamente porque Sir Adrien es valioso, lo envío a él.

Otros hombres llevarían miedo, codicia o fanatismo.

Él llevará disciplina.

Isolde apretó las manos frente a su vestido.

—Incluso la disciplina puede quebrarse, majestad.

El rey la miró con una fijeza que hizo que nadie más se atreviera a respirar fuerte.

—Entonces rogad para que no ocurra.

Adrien quiso decir algo, pero no encontró palabras que no sonaran inútiles.

Isolde no lo miró esta vez.

El canciller se acercó con una caja estrecha de madera oscura.

La abrió frente al caballero.

Dentro había un documento sellado, una pequeña cruz de plata, un frasco con agua bendita y un medallón de hierro grabado con runas de contención.

—Llevaréis autorización real para interrogar, requisar y arrestar si lo consideráis necesario —explicó Maeric—.

La cruz fue bendecida por el arzobispo de Caldria.

El agua, tomada de la fuente de San Aeron.

El medallón… —No ha sido probado —interrumpió uno de los consejeros.

Maeric lo miró con molestia.

—El medallón fue diseñado para resistir influencias menores de hechicería.

—¿Menores?

—preguntó Adrien.

—Si los rumores sobre Morgana son exagerados, bastará.

—¿Y si no lo son?

Nadie respondió.

Adrien tomó primero el documento, luego la cruz y el frasco.

Finalmente levantó el medallón.

Era más pesado de lo que parecía.

El hierro estaba frío, tan frío que dolía sostenerlo demasiado tiempo.

—Padre Elric, sacerdote local de Veyrfall, será vuestro contacto —dijo el rey—.

Ha enviado cartas pidiendo ayuda.

Dice que el pueblo está atrapado entre el miedo a la bruja y la necesidad de sus favores.

—¿Favores?

El canciller consultó otra nota.

—Cosechas salvadas.

Fiebres curadas.

Partos difíciles resueltos.

Amantes recuperados.

Enemigos enfermados.

Bendiciones y maldiciones, según quién cuente la historia.

Adrien sintió disgusto.

—La odian, pero acuden a ella.

—Los desesperados rara vez son coherentes —dijo Odran.

—O quizá el pueblo no es tan inocente como afirma.

El rey lo observó con atención.

—Averiguadlo.

Adrien guardó los objetos en una bolsa de cuero que llevaba al costado.

Después apoyó una mano sobre el pomo de su espada.

—Partiré antes del mediodía.

—Partiréis al amanecer —corrigió el rey.

Adrien parpadeó una vez.

—Majestad, el amanecer está a menos de una hora.

—Entonces no perdáis tiempo.

La orden estaba dada.

Adrien inclinó la cabeza.

—Como ordenéis.

El rey se recostó en el trono, dando la audiencia por terminada.

Los consejeros comenzaron a retirarse.

El canciller enrolló los documentos con manos cuidadosas.

Los guardias abrieron las puertas.

Adrien giró para marcharse, pero la voz de Odran lo detuvo.

—Sir Adrien.

El caballero volvió el rostro.

—Una última cosa.

El rey habló más bajo, pero cada palabra llegó con claridad.

—Si Morgana de Veyr posee el poder que se rumorea, no permitáis que muera antes de que yo lo ordene.

Adrien se quedó quieto.

Muy quieto.

—Creí que mi misión era proteger al pueblo.

—Vuestra misión es servir al reino.

—¿Y si ambas cosas entran en conflicto?

La mirada de Odran se endureció.

—Entonces descubriréis qué clase de hombre sois.

Adrien no respondió.

No porque no quisiera.

Sino porque, por primera vez en muchos años, temió que su respuesta no fuera la que un caballero debía dar.

Salió del salón con el peso del medallón golpeándole el costado a cada paso.

Isolde lo siguió antes de que llegara al corredor exterior.

—Adrien.

Él se detuvo.

La luz gris del amanecer comenzaba a filtrarse por las ventanas estrechas del pasillo.

En aquella claridad fría, Isolde parecía menos una dama de la corte y más una mujer cansada de fingir fortaleza.

—No deberías aceptar esto sin escolta —dijo ella.

—Es una orden del rey.

—Las órdenes del rey también pueden matar.

Adrien la miró con suavidad.

—Lo sé.

Esa respuesta pareció herirla más que tranquilizarla.

—No me refiero solo a morir —susurró Isolde—.

Hay lugares que no matan el cuerpo.

Matan otra cosa.

Adrien no pudo evitar una leve sonrisa triste.

—Hablas como los sacerdotes de mi orden.

—Quizá porque por una vez tienen razón.

El silencio entre ambos no fue incómodo, pero sí pesado.

Estaba lleno de cosas que ninguno había aprendido a decir.

Isolde bajó la mirada hacia la bolsa donde Adrien guardaba los objetos entregados por el rey.

—¿Crees en esos rumores?

—Creo que hay niños desaparecidos.

—No te pregunté eso.

Adrien miró por la ventana.

Más allá de los muros, la ciudad empezaba a despertar.

Un carro cruzaba lentamente la calle principal.

En alguna casa cercana, alguien encendía una chimenea.

La vida común continuaba, ignorante de los nombres oscuros pronunciados en el salón del trono.

—No sé qué creer todavía —admitió—.

Pero si una mujer está haciendo daño a inocentes, la detendré.

—¿Y si no es tan simple?

Adrien volvió a mirarla.

Isolde no era ingenua.

Tal vez por eso aquella pregunta le resultó inquietante.

—El mal siempre intenta parecer complejo cuando desea sobrevivir.

—Y los hombres justos a veces llaman mal a todo aquello que no comprenden.

Adrien guardó silencio.

Ella respiró hondo, como si se arrepintiera de haber hablado tan francamente.

—Perdóname.

No intento sembrar dudas en ti.

—Quizá las dudas no siempre son enemigas.

Isolde levantó los ojos.

Durante un momento, Adrien pensó que ella iba a tocarle el rostro.

No lo hizo.

En lugar de eso, tomó la pequeña cruz que colgaba de su propio cuello y se la quitó.

Era sencilla, de plata clara, más gastada por el uso que por los años.

—Llévala.

—Ya me dieron una.

—Esa pertenece a la corona.

Esta no.

Adrien recibió la cruz con cuidado.

—Isolde… —No prometas volver —lo interrumpió ella—.

Los hombres que prometen volver antes de una misión peligrosa suelen hacerlo para consolar a otros, no porque puedan cumplirlo.

Adrien cerró los dedos alrededor de la cruz.

—Entonces ¿qué quieres que diga?

Isolde intentó sonreír.

No lo consiguió del todo.

—Di que recordarás quién eres.

Aquellas palabras, sencillas y severas, le atravesaron el pecho con más fuerza que cualquier bendición.

Adrien inclinó la cabeza.

—Lo recordaré.

Isolde sostuvo su mirada un instante más.

Luego dio un paso atrás, recuperando la compostura de dama noble, de futura esposa, de figura decorosa en una corte que devoraba debilidades.

—Que la luz del Alba te acompañe, Sir Adrien Valen.

Él respondió con el saludo de la orden.

—Y que guarde tu corazón, Lady Isolde.

Cuando ella se alejó, Adrien permaneció inmóvil hasta que sus pasos desaparecieron por el corredor.

Después fue a preparar su caballo.

La ciudad despertó por completo mientras él cruzaba las puertas de Aurelion.

El cielo se había teñido de un dorado pálido, y por un momento las torres del castillo ardieron con la luz del sol naciente.

Los estandartes blancos de la Orden del Alba ondeaban sobre la muralla como promesas limpias.

Adrien miró hacia atrás una sola vez.

Vio la capital.

Vio el castillo.

Vio la vida que conocía.

Luego espoleó a su caballo y tomó el camino hacia el oeste.

Hacia Lorn.

Hacia Veyrfall.

Hacia el Valle Muerto.

No sabía entonces que cada paso lo alejaba de la claridad que había jurado proteger.

No sabía que el nombre de Morgana de Veyr, pronunciado aquella mañana como una advertencia, terminaría convirtiéndose en herida, deseo y condena.

No sabía que algunas sombras no se vencen con una espada, porque no atacan desde fuera, sino desde aquello que un hombre cree más noble dentro de sí.

El sol subió lentamente detrás de él.

Y aun así, mientras el camino descendía hacia las tierras grises del oeste, Adrien tuvo la extraña sensación de que avanzaba hacia la noche.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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