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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 Camino al valle
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2: Capítulo 2: Camino al valle 2: Capítulo 2: Camino al valle El camino hacia el oeste no era un camino hecho para los hombres que deseaban regresar.

Durante las primeras horas, Adrien cabalgó bajo un cielo limpio, casi piadoso.

La luz del sol caía sobre los campos dorados de Caldria con una belleza serena, acariciando los trigales, los molinos y las pequeñas casas de piedra que se levantaban junto a los arroyos.

Campesinos madrugadores detenían su labor al verlo pasar, inclinaban la cabeza ante el emblema de la Orden del Alba y luego continuaban trabajando, como si la presencia de un caballero real fuese apenas otro signo de que el mundo seguía obedeciendo sus leyes.

Allí, entre tierras fértiles y campanas lejanas, parecía absurdo hablar de brujas.

Parecía absurdo imaginar niños desaparecidos, animales destripados, hombres regresando sin lengua ni ojos.

La mañana era demasiado clara para permitir tales pensamientos.

Incluso el caballo de Adrien, un corcel negro llamado Brann, avanzaba con paso tranquilo, respirando el aire frío con la confianza de un animal acostumbrado a los viajes largos.

Adrien, sin embargo, no se permitió olvidar.

Había recibido una orden sellada con cera negra.

Eso bastaba.

Llevaba la carta del rey guardada bajo la pechera, junto al medallón de hierro y la cruz de Isolde.

La primera pesaba como deber.

El segundo, como advertencia.

La tercera, como recuerdo.

Tres objetos distintos, tres cadenas invisibles.

A media mañana dejó atrás las últimas granjas cercanas a la capital.

El camino principal se estrechó y empezó a curvarse entre colinas bajas cubiertas de hierba húmeda.

De vez en cuando encontraba pequeños altares de piedra al borde de la ruta, dedicados a santos olvidados por casi todos salvo por los viajeros desesperados.

En uno de ellos, alguien había dejado flores frescas.

En otro, una vela apagada y una manzana mordida por aves.

Adrien desmontó junto a un viejo roble para beber agua.

Mientras lo hacía, sacó de su bolsa el informe entregado por el canciller Maeric.

Lo había leído antes de partir, pero volvió a repasarlo con la paciencia de quien busca una grieta entre palabras cuidadosamente elegidas.

Veyrfall.

Población estimada: ciento cuarenta y tres habitantes.

Ubicación: oeste de Lorn, frontera del Valle Muerto.

Actividad principal: cultivo de trigo negro, crianza menor de ovejas y comercio ocasional de resina medicinal.

Autoridad civil: anciano Bastian Rusk.

Autoridad religiosa: Padre Elric.

Estado actual: aislamiento parcial.

Rumores de prácticas heréticas.

Desaparición de menores.

Posible presencia de hechicería.

La escritura del canciller era impecable.

Demasiado impecable.

Los informes verdaderamente limpios solían esconder suciedad.

Adrien dobló el documento y lo guardó.

—Un pueblo pequeño —murmuró.

Brann agitó las orejas, indiferente.

—Demasiado pequeño para tantos secretos.

El caballo resopló, como si estuviera de acuerdo o simplemente molesto por la demora.

Adrien sonrió apenas, montó de nuevo y continuó.

Alrededor del mediodía, el paisaje comenzó a cambiar.

No de golpe.

Las cosas enfermas rara vez anuncian su llegada con ruido.

Primero fue el silencio de los insectos.

Adrien no lo notó hasta que un viento frío cruzó las colinas y se dio cuenta de que no escuchaba grillos, abejas ni moscas.

Luego, la hierba perdió color.

No estaba seca del todo, pero sí opaca, grisácea, como si alguien hubiese lavado el mundo con ceniza.

Más adelante, los árboles aparecieron torcidos, con ramas demasiado largas y hojas manchadas de negro en los bordes.

Adrien frenó a Brann.

El animal se inquietó bajo la silla.

—Calma —dijo el caballero, acariciándole el cuello.

Pero su propia voz sonó menos firme de lo que esperaba.

El camino descendía hacia una arboleda oscura.

Los troncos, altos y estrechos, se inclinaban unos hacia otros formando un túnel natural.

No era todavía el Valle Muerto, según el mapa, pero debía de ser una de sus entradas menores.

El aire olía a tierra mojada, madera podrida y algo más: un olor agrio, parecido a carne olvidada bajo el sol.

Adrien apoyó una mano sobre el pomo de su espada.

No desenvainó.

Todavía no.

Brann avanzó con resistencia, golpeando el suelo con los cascos como si cada paso fuera una discusión.

Al internarse bajo los árboles, la luz del día se quebró en fragmentos delgados.

Las sombras se alargaban en direcciones incorrectas.

Algunas parecían caer hacia el camino; otras se trepaban por los troncos, densas, espesas, casi vivas.

Adrien había conocido bosques peligrosos antes.

Bosques con lobos.

Bosques con bandidos.

Bosques donde los hombres morían por confiar demasiado en la belleza del musgo y del canto de los pájaros.

Pero aquel lugar no parecía peligroso.

Parecía ofendido.

Como si la presencia de un hombre armado fuera una grosería contra algo antiguo que dormía allí desde antes de los reyes, antes de las órdenes sagradas, antes incluso de los nombres.

Entonces vio el primer cuervo.

Estaba posado sobre una rama baja, inmóvil, negro contra la corteza gris.

Miraba a Adrien con un ojo brillante, demasiado atento.

El caballero sostuvo su mirada un instante.

El ave no se movió.

Ni siquiera ladeó la cabeza.

Más adelante apareció otro.

Luego tres.

Luego una docena.

No graznaban.

No agitaban las alas.

Solo observaban.

Adrien sintió una presión leve detrás de los ojos.

—Aves carroñeras —se dijo.

Era una explicación simple.

Razonable.

Los cuervos seguían la muerte porque la muerte les daba alimento.

No había misterio en eso.

Pero mientras avanzaba, más cuervos surgieron entre las ramas.

Algunos estaban en los árboles.

Otros, sobre piedras.

Uno caminaba en medio del camino con pasos lentos, torpes, negándose a apartarse hasta que Brann estuvo a punto de pisarlo.

Entonces levantó el vuelo y pasó junto al rostro de Adrien con un aleteo frío.

El caballo se encabritó.

Adrien tiró de las riendas y sostuvo el equilibrio con dificultad.

—¡Brann!

El animal lanzó un relincho nervioso.

Adrien lo dominó con fuerza, aunque sin violencia, hablándole en voz baja hasta que consiguió calmarlo.

Cuando miró hacia atrás, el cuervo se había posado sobre una roca.

En la piedra había algo tallado.

Adrien desmontó.

Se acercó despacio, con la mano aún en la espada.

La roca sobresalía del suelo como un diente antiguo.

Sobre su superficie alguien había grabado un símbolo circular: tres líneas entrelazadas alrededor de un ojo sin pupila.

Las marcas parecían viejas, pero en los surcos quedaba una sustancia oscura, seca, que no era musgo.

Adrien pasó un dedo enguantado cerca del grabado.

No lo tocó.

La cruz de Isolde, guardada bajo su túnica, pareció enfriarse contra su pecho.

—Runas —susurró.

No conocía aquel símbolo.

La Orden del Alba enseñaba a sus caballeros lo suficiente sobre marcas heréticas para reconocer peligros comunes: círculos de invocación, sellos de posesión, signos de cultos menores y pactos de sangre.

Pero aquello no pertenecía a ninguna enseñanza oficial.

O tal vez pertenecía a una demasiado antigua para haber llegado a los manuales.

El cuervo graznó.

Adrien levantó la vista.

El ave lo observaba desde la roca, a menos de un brazo de distancia.

—¿Es suyo?

—preguntó Adrien, sin saber por qué.

El cuervo inclinó la cabeza.

Luego picoteó una vez sobre el símbolo.

El sonido fue seco.

Tac.

Adrien retrocedió.

El ave abrió las alas y voló hacia la espesura.

Al hacerlo, otros cuervos levantaron el vuelo entre los árboles.

No todos.

Solo algunos.

Los suficientes para producir una oleada negra que cruzó el camino y desapareció más adelante.

Como si señalaran una dirección.

Adrien volvió a montar.

—No voy a seguir a los cuervos —dijo.

Brann no pareció convencido.

El camino, por desgracia, iba hacia donde ellos habían volado.

Continuaron.

La arboleda se hizo más densa.

Adrien encontró otros símbolos tallados en piedras y troncos.

Algunos eran variaciones del ojo sin pupila.

Otros tenían forma de espiral, de garra, de media luna invertida.

Todos estaban colocados de manera irregular, sin el orden propio de un ritual formal.

Parecían advertencias dejadas por manos temblorosas… o por manos que disfrutaban confundiendo a quien intentara leerlas.

En un tronco seco, descubrió una inscripción más reciente.

No estaba tallada con cuchillo, sino quemada.

NO LA MIRES CUANDO SONRÍA.

Adrien permaneció frente a las palabras largo rato.

El fuego había ennegrecido la corteza alrededor de cada letra.

Quien lo escribió había necesitado tiempo.

Intención.

Miedo.

—Morgana —murmuró.

El nombre parecía extraño en su boca.

Bello y oscuro a la vez.

Un nombre que habría podido pertenecer a una dama de corte, a una canción antigua, a una santa o a una condenada.

Siguió cabalgando.

Poco después encontró los animales.

Al principio creyó que eran piedras.

Pequeños bultos grises amontonados junto a una zanja.

Luego el olor llegó con una fuerza tan repentina que Brann se detuvo y sacudió la cabeza, desesperado.

Adrien bajó del caballo y cubrió su nariz con el borde del guante.

Eran ovejas.

Cinco, quizá seis.

Difícil contarlas porque sus cuerpos estaban abiertos de una manera que no correspondía a lobos ni a bandidos hambrientos.

No habían sido devoradas.

No del todo.

Las costillas asomaban como dedos blancos entre la carne oscura, pero los órganos principales estaban intactos, colocados alrededor de los cadáveres en un círculo torpe.

Las lenguas habían sido arrancadas.

Los ojos, vaciados.

Adrien sintió náuseas.

No apartó la mirada.

Un caballero podía sentir horror, pero no debía permitir que el horror decidiera por él.

Se arrodilló junto a la zanja, examinando la tierra.

No había huellas claras, solo marcas confusas, como si varios animales hubieran girado alrededor del lugar durante horas.

Encontró también algo parecido a ceniza mezclada con sangre seca.

En medio del círculo de órganos había otro símbolo: el ojo sin pupila, dibujado con barro rojo.

O no barro.

Adrien tragó saliva.

—Esto no fue hambre.

Una rama crujió detrás de él.

Adrien desenvainó en un solo movimiento.

La hoja brilló bajo la poca luz.

Nada.

Solo árboles.

Solo sombras.

Solo cuervos.

Pero entonces oyó una risa.

Baja.

Lejana.

Tal vez de mujer.

Tal vez del viento atravesando ramas huecas.

Duró apenas un segundo, lo suficiente para helarle la espalda y encenderle la sangre.

—¡Mostraos!

—ordenó.

Su voz resonó entre los troncos y volvió deformada.

Mostraos… traos… aos… Brann relinchó.

Adrien giró sobre sí mismo, atento a cualquier movimiento.

La espada permanecía firme en su mano.

Su respiración se volvió lenta, medida, como le habían enseñado.

La fe contra el miedo.

El acero contra la sombra.

Nada salió del bosque.

Nadie respondió.

Solo uno de los cuervos dejó caer algo desde una rama.

El objeto cayó cerca de las botas de Adrien con un golpe húmedo.

Era una lengua.

Pequeña.

Humana.

Adrien sintió que el mundo se estrechaba.

Por un instante, toda disciplina, todo entrenamiento, toda doctrina sagrada se redujo a una sola sensación brutal: rabia.

Rabia contra quien hubiese hecho aquello.

Contra el bosque que parecía esconderlo.

Contra los hombres de la corte que hablaban de amenazas y poder mientras niños desaparecían en lugares como ese.

Se inclinó, no para tocar la lengua, sino para mirarla mejor.

Era vieja.

Seca en los bordes.

Cortada limpiamente.

La imagen del soldado que había regresado sin lengua ni ojos atravesó su mente.

Adrien cerró los dedos alrededor del pomo de la espada hasta que los nudillos le dolieron.

—Si estás aquí —dijo en voz baja—, escúchame bien.

Los cuervos guardaron silencio.

—No vine a temerte.

Una ráfaga de viento cruzó el bosque.

Las ramas se movieron con un crujido largo, parecido a un suspiro.

Entonces, desde algún lugar entre los árboles, llegó una voz.

No fue clara.

No fue completa.

Pareció una palabra arrastrada desde muy lejos.

—Todavía.

Adrien levantó la espada.

—¿Quién habla?

No hubo respuesta.

El viento se apagó.

Los cuervos siguieron observando.

Durante varios minutos, Adrien permaneció inmóvil, esperando un ataque que no llegó.

Finalmente envainó la espada, aunque la mano le quedó cerca del arma.

Volvió junto a Brann, que temblaba de manera apenas perceptible bajo la silla.

—Lo sé —murmuró, apoyando la frente un instante contra el cuello del caballo—.

Yo también lo sentí.

El animal soltó aire por las fosas nasales.

Adrien no se permitió más demora.

Marcó mentalmente el lugar, recogió una pequeña piedra manchada con el símbolo usando un paño y la guardó como prueba.

Después continuó su camino.

La tarde avanzó sin calidez.

El sol quedó oculto detrás de nubes bajas.

El bosque comenzó a aclararse, pero no porque hubiera más luz, sino porque los árboles estaban muertos.

Troncos secos se levantaban a ambos lados del camino, blancos y desnudos como huesos plantados en la tierra.

Algunos conservaban ramas torcidas hacia arriba, en posiciones casi humanas.

Otros habían sido partidos por rayos o fuego antiguo.

En varios de ellos colgaban cintas.

Tiras de tela roja, blanca y negra, atadas con nudos complicados.

Algunas estaban sucias de barro.

Otras tenían pequeños objetos sujetos: dientes, mechones de cabello, monedas oxidadas, huesos de aves.

Adrien reconoció aquello.

Ofrendas.

No necesariamente a una bruja.

Los pueblos aislados solían mezclar superstición con religión, miedo con costumbre, pecado con necesidad.

Una madre podía rezar a un santo por la mañana y dejar leche bajo un árbol por la noche para no ofender a aquello que creía vivir en el bosque.

El problema no era que los aldeanos creyeran.

El problema era que algo parecía responder.

Al salir de la zona de árboles muertos, Adrien vio las primeras colinas del Valle Muerto.

No eran altas, pero sí abruptas, cubiertas de roca oscura y vegetación escasa.

Entre ellas descendía una neblina espesa, demasiado baja, demasiado inmóvil.

Más allá, en el fondo de la depresión, se extendía una mancha de casas pequeñas, techos inclinados y chimeneas apagadas.

Veyrfall.

Adrien detuvo a Brann en lo alto del camino.

El pueblo parecía hundido en la tierra.

No había humo de hogares, aunque el frío empezaba a caer.

No se oían campanas, ni perros, ni niños.

Solo el viento descendiendo entre las colinas y el graznido lejano de los cuervos.

A un lado del camino, antes de la bajada, había un arco de piedra medio derrumbado.

Tal vez en otro tiempo marcó la entrada a las tierras del pueblo.

Ahora estaba cubierto de musgo negro y símbolos tallados.

En el centro del arco colgaba un cuerpo.

Adrien bajó del caballo lentamente.

No era humano.

Era un ciervo.

Grande, de astas hermosas, suspendido por las patas traseras con una cuerda de cáñamo.

Le habían abierto el pecho desde la garganta hasta el vientre, pero no había sangre bajo él.

Ni una gota.

Como si lo hubieran vaciado en otro lugar y luego colgado allí para ser visto.

Entre sus astas, alguien había colocado una corona hecha de ramas secas.

Y sobre el lomo, escrito con cortes precisos, había una frase: BIENVENIDO, CABALLERO DEL ALBA.

Adrien sintió que el frío le entraba por debajo de la armadura.

No había informado a nadie fuera del castillo sobre su ruta exacta.

No llevaba estandarte desplegado.

Su armadura indicaba su orden, sí, pero no su misión.

Aquella bienvenida no era una casualidad.

No podía serlo.

Brann retrocedió con nerviosismo.

Adrien levantó la mirada hacia las colinas.

Los cuervos estaban allí.

Decenas de ellos, posados sobre rocas, ramas y postes viejos.

Todos mirando hacia él.

Entonces, desde el fondo del valle, llegó el sonido de una campana.

Una sola campanada.

Lenta.

Profunda.

Luego otra.

Y otra.

No sonaban como campanas de bienvenida.

Sonaban como campanas de entierro.

Adrien tomó la cruz de Isolde bajo su túnica y la apretó entre los dedos.

Luego miró el cadáver del ciervo, los símbolos tallados, el pueblo silencioso y el camino descendente que parecía abrirse como una garganta.

El deber le ordenaba avanzar.

La prudencia le aconsejaba regresar con refuerzos.

La fe le susurraba que ninguna oscuridad era invencible.

Pero algo más, algo que no era miedo ni valor, le dijo que el valle ya sabía su nombre.

Y que lo había estado esperando.

Adrien montó de nuevo.

No apartó la vista de Veyrfall.

—Vamos —dijo a Brann.

El caballo obedeció con un estremecimiento.

Descendieron hacia el pueblo mientras las campanas seguían doblando en la distancia.

Sobre sus cabezas, los cuervos levantaron el vuelo uno tras otro, formando una sombra negra que cruzó el cielo gris.

Adrien Valen, caballero de la Orden del Alba, entró en el Valle Muerto con la espada al costado, la fe en el pecho y una pregunta oscura creciendo en su corazón: si Morgana de Veyr era realmente la autora de todo aquello… ¿por qué sentía que esas señales no eran una amenaza?

¿Por qué parecían una invitación?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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