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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 31

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  3. Capítulo 31 - 31 Capítulo 31 Cadenas de plata
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31: Capítulo 31: Cadenas de plata 31: Capítulo 31: Cadenas de plata Las cadenas de plata volaron bajo la lluvia como serpientes bendecidas.

No eran simples grilletes.

No eran hierro pulido ni instrumentos comunes de prisión.

Habían sido forjadas para otra clase de cautivos: herejes que hablaban con muertos, profetas que sangraban luz por los ojos, niños nacidos con marcas imposibles, mujeres que sobrevivían a hogueras y volvían con la noche en las manos.

Cada eslabón llevaba grabado un salmo diminuto.

Cada cierre tenía incrustada una astilla de hueso santo.

Cada extremo estaba unido a un disco de plata consagrada, donde un símbolo de la corona se mezclaba con el de la iglesia: espada y cruz, mandato y absolución, violencia y perdón en la misma mano.

Los soldados las lanzaron a la vez.

Morgana no corrió.

Eso fue lo primero que aterró al pueblo.

Permaneció de pie en el borde de la plaza, bajo la lluvia, con el cabello negro pegado al rostro y los ojos fijos en el pozo.

Las campanas de Veyrfall sonaban solas sobre ella, una tras otra, como si anunciaran no una captura, sino una boda fúnebre.

Las cadenas se cerraron alrededor de sus muñecas.

El primer contacto arrancó humo de su piel.

Morgana apretó los dientes.

No gritó.

Los soldados tiraron.

Seis hombres, fuertes, entrenados, con botas hundidas en el barro.

Las cadenas se tensaron, los eslabones brillaron con una luz pálida y el olor a carne quemada se mezcló con la lluvia.

Adrien dio un paso.

Isolde lo detuvo con una mano sobre el brazo.

—Espera.

Él la miró con furia.

—La están quemando.

—Lo sé.

—Isolde.

—Espera.

No era crueldad.

Eso lo hizo detenerse.

Isolde no miraba a Morgana como quien disfruta un castigo.

La miraba como una comandante midiendo el segundo exacto antes de que un campo de batalla se rompa.

Sus ojos iban de los soldados al pozo, del pozo a Morgana, de Morgana a la lluvia que golpeaba las cadenas y se evaporaba al tocarlas.

—Si intervienes ahora —dijo ella en voz baja—, Damas te acusará formalmente, los soldados atacarán y Morgana responderá.

Mira el pozo.

Adrien miró.

El humo negro subía en hilos desde la boca de piedra.

La voz de Evelyne había desaparecido, pero no el peligro.

Algo bajo la plaza respiraba con paciencia.

Capitán Damas levantó la mano.

—¡Rodilla al suelo!

Los soldados tiraron de las cadenas.

Morgana dio un paso hacia adelante.

No hacia ellos.

Hacia el pozo.

Los hombres resbalaron en el barro.

Uno cayó.

Otro maldijo.

Damas apretó la mandíbula.

—¡Anclajes!

Dos soldados clavaron estacas de plata en la tierra.

Otros pasaron las cadenas alrededor de ellas.

Los salmos grabados en los eslabones comenzaron a iluminarse, palabra por palabra, como brasas frías.

Morgana bajó la mirada hacia sus muñecas.

La piel alrededor de las cadenas estaba roja, humeante, abierta.

Entonces sonrió.

El pueblo retrocedió.

Adrien sintió el corazón golpearle las costillas.

No era una sonrisa de dolor soportado.

Era una sonrisa de reconocimiento.

—Qué decepción —dijo Morgana—.

Creí que traerían algo nuevo.

Damas caminó hacia ella, espada en mano.

—Morgana de Veyr, por orden de Su Majestad Odran III, quedáis bajo custodia real.

Resistirse aumentará el uso de fuerza.

Morgana levantó lentamente los ojos hacia él.

—Capitán, si esto es custodia, temo imaginar cómo corteja la corona.

Damas hizo una señal.

Un sacerdote real avanzó entre los soldados.

No era Elric.

Este hombre llevaba túnica gris, capa impermeable negra y una máscara de plata sobre la mitad inferior del rostro.

En sus manos sostenía un relicario abierto.

Dentro había un dedo seco, ennegrecido por los siglos, envuelto en hilo dorado.

El padre Elric, desde los escalones de la iglesia, palideció.

—No… Adrien lo miró.

—¿Qué es?

—Una reliquia de supresión.

—¿Qué hace?

Elric tragó saliva.

—Obliga a un poder impuro a plegarse sobre sí mismo.

—¿Y si no es impuro?

El sacerdote no respondió.

Eso fue respuesta suficiente.

El hombre de la máscara comenzó a recitar en una lengua antigua de la iglesia.

No era un salmo común.

Las palabras parecían hechas para cerrar puertas, para apretar gargantas, para imponer silencio sobre cualquier cosa que no hubiera nacido dentro de un templo.

Morgana dejó de sonreír.

El relicario brilló.

Las cadenas se tensaron solas.

Morgana cayó sobre una rodilla.

La plaza contuvo el aliento.

Adrien intentó avanzar, pero Isolde apretó su brazo.

—Todavía no.

—La va a destruir.

—No.

La quiere viva.

—Eso no significa entera.

La frase hizo que Isolde lo mirara un instante.

En sus ojos hubo dolor.

Luego volvió al pozo.

—Lo sé.

El ritual avanzó.

El sacerdote real levantó el relicario.

—Por la luz que purga, por el santo hueso que no cedió ante la sombra, por la corona que guarda el orden… Morgana respiró con dificultad.

La lluvia caía sobre su rostro, pero no apagaba el humo de sus muñecas.

Los dedos se le crisparon.

Sus sombras intentaron extenderse por el barro, pero cada vez que tocaban el círculo de plata formado por los soldados, retrocedían como animales heridos.

Damas sonrió.

—Por fin.

Morgana levantó la vista hacia él.

Había sangre en su boca.

—No digas “por fin” antes de saber qué puerta estás abriendo.

Damas no contestó.

El sacerdote real cerró los ojos y alzó la voz.

—Que toda brujería sea reducida.

Que toda sombra sea nombrada.

Que toda voluntad contraria sea doblada bajo la luz.

Las cadenas brillaron con fuerza.

Morgana gritó.

Esta vez sí.

El sonido partió la plaza.

No fue un grito largo.

Fue breve, rabioso, arrancado de un lugar que ella habría preferido dejar intacto.

Adrien sintió el grito en su propia marca, como si la plata también le hubiera tocado el pecho desde dentro.

Cayó un poco hacia adelante.

Isolde lo sostuvo.

—Adrien.

Él apretó los dientes.

—Lo siento.

—¿Te duele?

—Sí.

Ella miró su pecho.

—El vínculo.

Adrien asintió.

Morgana levantó la cabeza de golpe.

A pesar del dolor, lo miró.

A él.

No a Damas.

No al sacerdote.

A Adrien.

Durante un segundo, la plaza desapareció entre ambos.

El grito que ella había contenido parecía seguir ardiendo en su boca.

La lluvia resbalaba por sus mejillas como si el cielo intentara darle lágrimas que ella se negaba a producir.

No intervengas.

La voz de Morgana apareció en su mente, cortante, difícil.

Adrien se quedó helado.

¿Qué?

No.

Intervengas.

Te están capturando.

No soy ciega.

Te llevarán al rey.

Y si saltas ahora, te llevarán a ti también.

Adrien apretó la empuñadura de la espada hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

No me importa.

La respuesta de Morgana llegó con una risa sin aire.

Mentira.

Te importa todo.

Ese es tu defecto más agotador.

El sacerdote real levantó el relicario más alto.

El dolor golpeó otra vez.

Morgana cerró los ojos, pero no cortó el vínculo.

Escucha, caballero.

La reliquia no solo me ata.

Está tocando la marca.

Si rompes el círculo mal, el retroceso irá hacia ti.

Entonces dime cómo romperlo bien.

Silencio.

Demasiado breve.

Demasiado revelador.

No lo sabes, entendió Adrien.

Morgana abrió los ojos.

Estoy improvisando.

Él casi rió de rabia.

Maravilloso.

Siempre lo ha sido.

Damas gritó: —¡Segundo anillo!

Otros cuatro soldados avanzaron.

Llevaban varas de plata en forma de media luna.

Las colocaron alrededor de Morgana formando un círculo más estrecho.

En cuanto los extremos tocaron el barro, las varas encendieron un resplandor blanco.

Morgana cayó sobre ambas rodillas.

El humo de sus muñecas aumentó.

El pueblo miraba sin respirar.

Algunos aldeanos tenían lágrimas en los ojos.

No por compasión hacia ella.

Por miedo a que el castigo no bastara.

Bastian Rusk estaba de pie junto al pozo, con la mano vendada contra el pecho.

Su rostro era ceniza.

—No así —murmuró.

Mara lo oyó.

—¿Ahora te da pena?

Bastian negó con la cabeza.

—No pena.

Memoria.

Mara miró a Morgana, arrodillada bajo la lluvia, sujetada por cadenas de plata.

Por un instante, la imagen se superpuso con otra que no había visto, pero que el pueblo entero parecía llevar en la sangre: una niña atada, una madre encerrada, hombres alrededor convencidos de estar evitando algo peor.

Mara bajó la mirada.

—Entonces que la memoria sirva para algo.

El sacerdote real siguió recitando.

Morgana empezó a temblar.

No de miedo.

De contención.

Adrien lo notó.

Isolde también.

La bruja no estaba siendo derrotada sin más.

Estaba sujetando algo dentro de sí.

Algo que las cadenas comprimían.

Algo que, si salía, no distinguiría entre soldados, aldeanos o niños en la iglesia.

—Damas —dijo Isolde—, detenga el segundo anillo.

El capitán la miró como si hubiera esperado esa interferencia.

—No.

—Está reaccionando mal.

—Está funcionando.

—No, capitán.

Está acumulando presión.

—La presión quebrará su resistencia.

—O el pueblo.

Damas no respondió.

Isolde avanzó hacia él.

—Escúcheme.

Si Morgana pierde control junto al pozo… —Lady Isolde, su preocupación por la integridad de la bruja empieza a parecerse demasiado a la de Sir Adrien.

El golpe fue deliberado.

Adrien dio un paso.

Isolde levantó la mano sin mirarlo.

—No.

Damas continuó: —La orden es capturarla viva.

No cómoda.

Morgana, desde el suelo, soltó una risa rota.

—Al menos alguien dice la verdad.

El sacerdote real abrió los ojos.

—Silencio.

El relicario brilló.

Morgana arqueó la espalda.

El grito no salió esta vez.

Se quedó atrapado entre sus dientes.

Pero el pozo respondió por ella.

Un golpe desde abajo.

Luego otro.

La plaza tembló.

Los soldados miraron hacia la boca de piedra.

Damas gritó: —¡Mantengan formación!

El humo negro subió del pozo y se extendió por el suelo como niebla pesada.

Las cadenas de plata chisporrotearon al tocarlo.

El sacerdote real titubeó.

Morgana levantó la cabeza.

Sus ojos estaban negros.

No verdes.

Negros por completo.

—Demasiado tarde —susurró.

El pozo habló con la voz de Evelyne: —Hija… Morgana giró hacia la oscuridad.

—No eres ella.

La voz cambió.

Ahora era la de Tomás.

—Morgana… duele… Mara gritó desde la iglesia: —¡Tomás está aquí!

El niño, en la sacristía, empezó a llorar al mismo tiempo.

Dos voces de Tomás.

Una viva.

Una falsa.

Los soldados retrocedieron.

El relicario tembló en manos del sacerdote.

El pozo volvió a hablar, esta vez con muchas voces infantiles: —La plata abre.

La plata corta.

La plata separa.

Elric palideció.

—Detengan el ritual.

Damas lo ignoró.

—¡Continúen!

Adrien se soltó de Isolde y caminó hacia el círculo.

Ella lo siguió.

—Adrien.

—Ya no podemos esperar.

—Lo sé.

Damas lo vio acercarse.

—¡Sir Adrien, retroceda!

Adrien no obedeció.

—Capitán, ordene retirar el relicario.

—No.

—Va a romper el vínculo entre Morgana y el valle de forma violenta.

—Ese vínculo es precisamente lo que debemos suprimir.

Morgana rió, de rodillas, con sangre en los labios.

—Idiota.

Damas la miró.

—Calladla.

El sacerdote real elevó el relicario para un golpe final de supresión.

Adrien sintió la marca del pecho abrirse como una herida.

Vio algo.

No una visión enviada por Morgana.

No exactamente.

Vio raíces bajo Veyrfall, negras y gruesas, atravesando la capilla vieja, los pozos, los campos, la casa quemada, el altar de San Aeron.

Vio esas raíces rodeando un núcleo oscuro bajo la tierra.

Y vio a Morgana, no como origen, sino como nudo.

Un nudo terrible, venenoso, lleno de espinas, pero nudo al fin.

Algo que contenía parte de la presión del valle.

Si la arrancaban sin romper las raíces… Todo subiría.

Adrien abrió los ojos.

—¡Deténganse!

Demasiado tarde.

El sacerdote real pronunció la última palabra.

La reliquia brilló como un relámpago.

Morgana gritó.

El vínculo estalló.

Adrien cayó de rodillas.

Isolde gritó su nombre.

Las cadenas se encendieron con fuego blanco.

Morgana se retorció, no intentando escapar, sino intentando no explotar.

Sus sombras salieron de su cuerpo en oleadas violentas, chocando contra el círculo de plata, retrocediendo, chocando otra vez.

Los soldados cayeron al barro.

Dos se quemaron las manos al sostener las cadenas.

El sacerdote real fue arrojado hacia atrás, pero no soltó el relicario.

El pozo lanzó una columna de humo negro.

Y de esa columna salieron manos.

Pequeñas.

Grandes.

Viejas.

No de carne.

De sombra mojada.

Tomaron a un soldado por el cuello y lo arrastraron hacia el borde.

El hombre gritó.

Damas corrió para sujetarlo.

Otro soldado clavó su lanza en el humo.

La lanza se pudrió desde la punta hasta el mango en un segundo.

—¡Formación!

—gritó Damas— ¡Formación!

Nadie sabía dónde formar cuando el enemigo salía del suelo.

Adrien intentó levantarse.

No pudo.

La marca ardía demasiado.

Morgana, dentro del círculo, levantó la cabeza hacia él.

Rompe el segundo anillo.

La voz llegó como un cuchillo oxidado.

Adrien jadeó.

¿Cómo?

La vara norte.

Sangre, no hierro.

Él miró.

La vara norte estaba a tres pasos de Morgana, protegida por el brillo blanco.

Isolde apareció junto a él.

—¿Qué necesitas?

Adrien señaló con dificultad.

—La vara norte.

Hay que romperla con sangre.

Isolde no dudó.

Sacó su daga.

Adrien la tomó del brazo.

—No.

Ella lo miró.

—No tenemos tiempo.

—No sabes qué puede hacerte.

—Tú tampoco.

—Isolde.

—Adrien, ya no estoy aquí para que no me hieran.

Le cortó la palma de la mano.

La sangre cayó sobre la lluvia.

Morgana la vio.

Algo cruzó su rostro.

No gratitud.

No celos.

Una atención feroz.

Isolde corrió hacia la vara norte antes de que Damas pudiera detenerla.

Un soldado intentó bloquearla, pero ella lo esquivó y cayó de rodillas junto al anillo de plata.

La luz blanca le quemó la piel antes de tocar el metal.

Aun así, apretó su mano sangrante sobre la vara.

El círculo siseó.

Isolde gritó, pero no soltó.

—¡Ahora!

—gritó Morgana.

Adrien reunió lo poco que le quedaba y empujó su voz por el vínculo.

No hacia Morgana.

Hacia la marca.

Hacia el punto donde la plata, el valle y la bruja estaban tensados como una cuerda a punto de cortar el mundo.

Suéltala.

No supo a quién hablaba.

A la plata.

Al valle.

A Morgana.

A sí mismo.

La vara norte se partió.

El segundo anillo se abrió.

La presión se liberó hacia el cielo.

Una columna de sombra y lluvia subió desde Morgana, atravesó el humo del pozo y explotó sobre la plaza en una lluvia de ceniza negra.

Las cadenas principales seguían en sus muñecas.

Pero el círculo había perdido fuerza.

Morgana cayó hacia adelante, apoyando las manos en el barro.

La plata siguió quemándola.

Su respiración era áspera.

Sus ojos volvieron a ser verdes, aunque más oscuros que antes.

Isolde se apartó, sosteniéndose la mano quemada y sangrante.

Adrien logró ponerse de pie y corrió hacia ella.

—Isolde.

—Estoy bien.

—Tu mano… —Después.

Damas, cubierto de barro, se levantó con furia.

—¡Arresten a Valen también!

Tres soldados dudaron.

No querían acercarse a Adrien.

No después de lo que había pasado.

El sacerdote real recuperó el relicario y se puso de pie tambaleándose.

—La bruja está debilitada.

Debemos completar la contención.

Elric gritó desde los escalones: —¡Si lo hacen, el pozo se abrirá!

Damas señaló a Morgana.

—¡Sujétenla!

Los soldados tiraron otra vez de las cadenas.

Morgana jadeó, pero esta vez su sonrisa regresó.

Pequeña.

Peligrosa.

—Ahora sí —susurró.

Las sombras bajo ella no salieron hacia los soldados.

Salieron hacia las cadenas.

No intentaron romperlas.

Las envolvieron.

Adrien entendió demasiado tarde.

—Morgana, no.

Ella alzó la vista hacia él.

—Demasiado tarde, caballero.

Las sombras treparon por las cadenas hacia los soldados que las sostenían.

Los hombres soltaron al instante, pero no todos fueron rápidos.

Uno cayó de rodillas, gritando mientras veía algo que no estaba allí.

Otro empezó a llamar a su madre muerta.

Un tercero se quedó quieto, con los ojos abiertos, susurrando nombres de niños que no conocía.

Morgana se puso de pie lentamente.

Las cadenas seguían en sus muñecas, pero ahora colgaban sueltas, humeantes.

Damas levantó la espada.

—¡Bruja!

Ella lo miró.

—Capitán.

Un solo gesto.

La espada de Damas se cubrió de óxido.

No se deshizo, pero perdió brillo, filo, orgullo.

Damas retrocedió.

Morgana dio un paso.

Adrien se interpuso.

—No.

Ella lo miró.

Había dolor en su rostro.

Y furia.

Y algo más que no estaba dispuesta a nombrar.

—Se aparta una cadena y aparece otra.

—No matarás a Damas.

—¿Eso decides?

—Sí.

Morgana miró a Isolde, que sostenía su mano herida.

—Tu prometida acaba de sangrar para salvarme.

Adrien no respondió.

—Qué escena tan incómoda para todos —continuó Morgana—.

Ahora si la mato, pareceré ingrata.

Isolde habló con frialdad: —No esperaba gratitud.

Morgana la miró.

Durante un segundo, el odio entre ambas se suspendió en algo más complejo.

Isolde había roto el anillo que la mantenía sometida.

No por amor.

No por perdón.

Por necesidad.

Morgana lo entendía.

Eso quizá lo hacía peor.

—Bien —dijo la bruja—.

Porque no la doy fácilmente.

El pozo golpeó de nuevo.

La falsa voz de Evelyne volvió: —Hija… Morgana cerró los ojos.

La plaza pareció inclinarse hacia ella.

Las cadenas en sus muñecas ardieron con una luz débil, todavía activas.

La reliquia del sacerdote real no había sido destruida.

Solo interrumpida.

Damas seguía vivo.

Los soldados, aunque aterrados, aún rodeaban la plaza.

La captura había fallado, pero no terminado.

Y Morgana estaba herida.

Más de lo que quería admitir.

Adrien la vio tambalearse apenas.

Solo apenas.

Pero la vio.

—Tienes que irte —dijo él en voz baja.

—Otra vez esa sugerencia.

—Ahora.

—¿Vienes?

La pregunta regresó.

Isolde la escuchó esta vez.

Adrien también supo que Isolde la escuchó.

El mundo pareció volverse pequeño.

La lluvia caía entre los tres.

Adrien miró a Morgana.

Luego a Isolde.

Isolde no dijo nada.

No suplicó.

No ordenó.

Solo lo miró con una calma herida que pedía, por una vez, que él eligiera sin esconderse detrás de la niebla.

Adrien volvió a mirar a Morgana.

—No.

Morgana sonrió.

Pero aquella sonrisa no ocultó por completo el golpe.

—Qué constante eres en los momentos menos convenientes.

—Vete.

—¿Y tú?

—Me quedaré.

—Con ella.

—Con el pueblo.

Con Tomás.

Con las consecuencias.

—Qué lista tan noble.

—Y con ella —dijo Adrien.

El silencio cayó.

Isolde bajó la mirada un instante.

Morgana lo observó con una intensidad que parecía querer atravesarle la piel.

—Bien —dijo.

La palabra fue suave.

Demasiado suave.

—Morgana… —No.

No endulces lo correcto después de hacerlo.

Es una falta de respeto.

Adrien sintió el golpe.

Ella dio un paso atrás.

Los cuervos descendieron desde los tejados, formando una nube oscura entre Morgana y los soldados.

Damas gritó: —¡No la dejen escapar!

Nadie se movió lo bastante rápido.

Morgana levantó las manos encadenadas.

Las cadenas de plata seguían quemándola, pero ella las usó como si fueran adornos.

—Capitán Damas —dijo—.

Dígale a su rey que si quiere mi corazón, tendrá que venir con manos propias.

El humo del pozo se enroscó hacia ella, pero Morgana lo rechazó con una mirada.

—Y tú —susurró hacia la oscuridad— deja de usar la voz de mi madre, o te arrancaré todos los nombres que te alimentan.

El pozo calló.

Por primera vez, el pozo calló.

Morgana miró a Adrien una última vez.

Luego a Isolde.

—Cuide esa mano, Lady Isolde.

Las heridas hechas por plata recuerdan mejor que los hombres.

Isolde sostuvo su mirada.

—También las decisiones.

Morgana sonrió.

—Entonces todos estamos llenos de memoria.

Los cuervos la envolvieron.

No desapareció en un estallido.

Simplemente el aire se llenó de alas, lluvia y sombras, y cuando las aves se dispersaron, Morgana ya no estaba en la plaza.

Solo quedaron las cadenas rotas en el barro.

No todas.

Un eslabón seguía cerrado, quemando lentamente la tierra donde había caído.

Damas se abalanzó hacia él y lo levantó con un paño.

—Rastreadla.

Nadie obedeció de inmediato.

Los soldados miraban el pozo, el cielo, a Adrien, a Isolde, al sacerdote real que seguía temblando con el relicario en las manos.

Adrien se acercó a Isolde.

—Déjame ver tu mano.

Ella se la mostró.

La palma estaba quemada en forma de media luna, con líneas negras en los bordes.

—No fue profundo —dijo.

—No mientas.

—Aprendí de los mejores.

La frase no tuvo veneno.

Solo cansancio.

Adrien bajó la mirada.

—Gracias.

Isolde lo observó.

—No lo hice por ella.

—Lo sé.

—Tampoco por ti solamente.

—Lo sé.

Ella cerró la mano con dolor.

—No estoy segura de que sepas nada, Adrien.

Él no respondió.

Damas gritaba órdenes al fondo.

El padre Elric atendía a los soldados heridos.

Mara salió de la iglesia para ayudar a arrastrar a uno de los hombres que lloraba con voz de niño.

Bastian recogía los restos de una cadena rota con manos temblorosas, como si temiera que la plata aún pudiera llamar fuego antiguo.

La captura había fracasado.

Pero la orden seguía vigente.

La corona no se retiraría.

Morgana había escapado herida, encadenada en parte, furiosa.

El pozo había revelado que ella era más que una bruja del valle: era un nudo, una guardiana no aceptada, una prisión viviente o una consecuencia tan profunda que arrancarla podía abrir lo enterrado.

Adrien miró hacia el bosque.

La marca en su pecho ardía, pero Morgana no habló.

No esta vez.

Ese silencio dolió más que su voz.

Porque en él Adrien escuchó algo que no quería admitir: la había dejado ir otra vez.

Pero esta vez, frente a Isolde, frente al rey, frente a los soldados, frente al pueblo y frente al pozo, también había elegido quedarse.

Y en Veyrfall, cada elección incompleta tenía la costumbre de cobrarse como traición por ambos lados.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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