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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 30

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  3. Capítulo 30 - 30 Capítulo 30 La orden de captura
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30: Capítulo 30: La orden de captura 30: Capítulo 30: La orden de captura La orden definitiva llegó con el amanecer.

No la trajo un cuervo.

No la susurró el pozo.

No apareció escrita en trigo podrido ni tallada sobre madera antigua.

Llegó por manos humanas, con sello real, escolta armada y tinta limpia.

Por eso resultó más peligrosa.

El mensajero entró en Veyrfall poco después de que la lluvia terminara.

Venía acompañado por doce jinetes de la guardia real, todos con capas negras, cascos cerrados y lanzas envueltas en tela encerada.

Sus caballos avanzaron por el camino principal levantando barro oscuro.

En otro lugar, aquella formación habría inspirado alivio: la corona llegando para imponer orden donde el miedo había echado raíces.

En Veyrfall, nadie salió a recibirlos.

Las puertas permanecieron cerradas.

Las ventanas se abrieron apenas.

Los aldeanos miraron desde la sombra, no con esperanza, sino con esa desconfianza enferma de quienes han aprendido que ninguna autoridad llega gratis.

Adrien los vio desde los escalones de la iglesia.

No había dormido.

La noche anterior había escrito el informe completo bajo la mirada de Isolde.

Había confesado la marca, las voces, las visiones, la cura, el vínculo, la omisión deliberada, el beso.

No lo había enviado.

Isolde lo guardaba consigo, doblado bajo su capa, como una prueba que podía salvarlo o destruirlo dependiendo de cuándo fuera revelada.

Desde entonces, ella no le había dirigido más que frases necesarias.

“Tomás bebió agua.” “Orelia sigue inconsciente.” “Damas quiere mover guardias hacia el pozo.” “Necesito la lista de los nombres.” Nada más.

No había reproches.

Eso era peor.

Adrien había descubierto que el silencio de Isolde no era vacío.

Era disciplina.

Una forma de dolor que se negaba a convertirse en espectáculo.

El padre Elric estaba dentro de la iglesia, organizando las tablillas de la capilla vieja con manos temblorosas.

Mara cuidaba a Tomás en la sacristía.

El niño estaba vivo, pero cada vez que dormía sus dedos se cerraban alrededor de una cuerda invisible.

Edda Wren permanecía encerrada en una habitación de la posada, vigilada por dos soldados.

Madre Orelia respiraba en el granero, rodeada de sal blanca, aunque a veces, incluso dormida, murmuraba recetas antiguas.

Morgana no había vuelto al pueblo.

No físicamente.

Pero su presencia estaba en todas partes.

En las flores blancas arrancadas junto al pozo.

En los campos podridos.

En el ardor del pecho de Adrien.

En el modo en que Isolde miraba las sombras antes de cruzar una puerta.

El capitán Damas salió a recibir al mensajero en mitad de la plaza.

Llevaba la armadura puesta y el rostro rígido de quien espera que la autoridad superior confirme su rabia.

El mensajero desmontó sin saludar al pueblo.

Sacó un estuche de cuero negro y lo abrió con solemnidad.

Dentro había un pergamino enrollado con tres sellos.

Cera roja.

Cera negra.

Cera dorada.

Adrien sintió que algo en el aire cambiaba.

Isolde apareció en la puerta de la iglesia y bajó los escalones lentamente.

Su capa azul estaba húmeda en los bordes, el cabello recogido, el rostro pálido pero sereno.

Sus ojos fueron al pergamino antes que a Adrien.

—Tres sellos —murmuró.

Él se acercó.

—¿Qué significa?

—Orden directa del rey, confirmación del consejo privado y autorización de uso extraordinario.

Damas tomó el pergamino.

Por una vez, no sonrió.

Incluso él entendía que una orden con tres sellos no era un simple refuerzo.

Era una declaración de intención.

Rompió la cera.

La plaza entera pareció contener la respiración.

Damas leyó en silencio al principio.

Sus ojos avanzaron rápido, luego más lento.

La satisfacción inicial de su rostro se convirtió en algo más complejo: triunfo, sí, pero también inquietud.

Isolde extendió la mano.

—Capitán.

Damas dudó.

—Esta orden va dirigida al mando militar.

—Y a la representante real presente.

El capitán apretó la mandíbula, pero le entregó el pergamino.

Isolde leyó.

Adrien observó su rostro.

La vio endurecerse línea por línea.

Cuando terminó, no dijo nada.

Eso fue suficiente para que el miedo le subiera por la espalda.

—Isolde —dijo él.

Ella levantó la mirada.

No hacia él.

Hacia el bosque.

—El rey ya no quiere una investigación.

Damas recuperó el pergamino y leyó en voz alta: —“Por autoridad de Su Majestad Odran III, rey de Caldria, protector de las provincias del este, se ordena la captura viva de Morgana de Veyr, conocida como la bruja del Valle Muerto, para su traslado inmediato bajo custodia especial a la capital.” Los aldeanos murmuraron desde las ventanas.

Damas continuó: —“Se considera que la mencionada posee capacidades de alto valor estratégico, incluyendo manipulación de materia orgánica, alteración de memoria, control parcial de fenómenos rituales antiguos, vínculo mágico con individuos marcados y posible acceso a entidades o fuentes de poder subterráneas.” Adrien sintió que la sangre se le helaba.

Aquello no venía del informe oficial.

No del primero.

No del suyo.

Alguien había enviado más detalles.

Demasiados.

Damas siguió leyendo: —“Queda prohibida su ejecución salvo riesgo extremo e inmediato.

Debe evitarse daño letal en órganos vitales, especialmente corazón, médula, ojos y manos.

Se autoriza, en caso de resistencia, el uso de cadenas de plata consagrada, agujas de contención, reliquias de supresión, venenos paralizantes y fuego controlado.” Mara, desde la puerta de la iglesia, se cubrió la boca.

El padre Elric apareció detrás de ella, blanco como cera.

Adrien no podía apartar la mirada de la carta.

No era una orden de justicia.

Era una lista de instrucciones para conservar una herramienta.

Damas leyó la última parte con voz más baja: —“Todo conocimiento relacionado con su poder, marcas, vínculos, prácticas curativas, proyecciones de memoria o resistencia a reliquias deberá ser documentado y entregado al consejo privado.

Cualquier sujeto marcado por Morgana de Veyr será considerado posible fuente secundaria de información y deberá permanecer disponible para observación.” La plaza desapareció por un instante.

Adrien solo oyó esa frase.

Cualquier sujeto marcado.

Isolde cerró los ojos.

Elric murmuró: —Que la luz nos ampare.

Morgana habló dentro de Adrien.

No con burla.

No con sorpresa.

Con una calma helada.

—Te lo dije.

Adrien no se movió.

Damas bajó el pergamino y lo miró.

—Sir Adrien Valen, por disposición real, deberéis someteros a observación médica y ritual cuando la bruja sea capturada.

Isolde giró hacia él.

—Capitán.

—Está escrito.

—Eso no significa que vaya a hacerse ahora.

—No.

Pero se hará.

Adrien sintió que algo dentro de él se endurecía.

El rey no solo quería a Morgana.

Lo quería a él como extensión del fenómeno.

Como testigo.

Como experimento.

Como posible llave.

La corona había dejado de preguntarse quién era culpable.

Ahora preguntaba qué podía aprovechar.

—¿Quién envió información adicional?

—preguntó Adrien.

Damas sostuvo su mirada.

—No se especifica.

—La orden menciona detalles que no estaban en mi informe inicial.

—Quizá porque vuestro informe inicial estaba incompleto.

La frase golpeó, pero Adrien no reaccionó.

Isolde, en cambio, lo miró de reojo.

Ella sabía que el informe completo no había salido de sus manos.

Eso significaba que había otra fuente.

Elric.

Damas.

Un soldado.

O alguien en el pueblo.

O Morgana misma, si quería empujar el conflicto.

En Veyrfall, ninguna posibilidad podía descartarse sin sangrar primero.

El mensajero habló por primera vez: —Hay más, capitán.

Damas frunció el ceño.

—¿Más?

El mensajero sacó otro documento del estuche.

Más pequeño.

Sellado solo con cera negra.

—Para Lady Isolde de Veyrmont.

Isolde se quedó quieta.

Adrien la miró.

Ella tomó la carta.

La abrió.

Leyó.

Su rostro perdió un poco de color.

—¿Qué dice?

—preguntó Adrien.

Isolde dobló la carta lentamente.

—El rey me ordena regresar a la capital una vez confirmada la captura de Morgana.

—¿Por qué?

Ella sostuvo su mirada.

—Para informar personalmente sobre tu estado.

La frase cayó entre ellos como hielo.

Damas observó con una satisfacción contenida.

—Su Majestad es prudente.

Adrien lo miró.

—No llame prudencia a esto.

—Lo es cuando un caballero marcado por una bruja peligrosa ha demostrado conducta errática y vínculos emocionales comprometidos.

La plaza volvió a murmurar.

Isolde cerró los ojos un instante.

No por sorpresa.

Por dolor.

Adrien sintió que cada palabra de Damas arrastraba el beso bajo la lluvia hasta el centro de la plaza, aunque nadie más supiera los detalles.

—Mi conducta ha mantenido vivo a Tomás Wren —dijo Adrien.

—Con ayuda de la bruja.

—Con información necesaria.

—Con complicidad.

Adrien dio un paso.

Isolde se interpuso.

—No.

Él se detuvo.

Ella no lo miró.

—No le des lo que quiere.

Damas apretó la mandíbula.

—Lo que quiero es cumplir la orden real.

Isolde giró hacia él.

—Lo que quiere es que la orden le dé permiso para hacer lo que ya deseaba.

—Capturar a una amenaza.

—Poseer una victoria.

La tensión entre ambos se volvió visible.

Damas bajó la voz.

—Lady Isolde, no olvide su posición.

—La recuerdo muy bien.

Por eso sigo hablando.

El mensajero se aclaró la garganta.

—La orden exige movimiento inmediato.

Llegan más hombres al anochecer.

Una unidad de contención con relicarios.

Adrien sintió que el tiempo se cerraba alrededor de todos.

Más hombres.

Más plata.

Más cadenas.

Más fuego controlado.

Más manos queriendo tocar lo que no entendían.

Morgana volvió a hablar en su pecho: —Ves la jaula.

Adrien apretó los dientes.

—Silencio.

Isolde lo miró.

Sabía que no hablaba con ellos.

Damas también lo notó.

—¿Está comunicándose con ella ahora?

Adrien no respondió.

Damas levantó la voz: —Sir Adrien, ¿Morgana de Veyr está comunicándose con vos ahora?

La plaza quedó muda.

Adrien sintió que cada mirada se clavaba en él.

Isolde habló antes que él: —No responderá interrogatorios públicos sobre una condición mágica no estabilizada.

Damas la miró con furia.

—Está interfiriendo.

—Estoy evitando que convierta la plaza en tribunal improvisado.

—La orden del rey me autoriza… —La orden del rey no le autoriza a actuar como un necio delante de un pozo activo, un niño recién rescatado y un pueblo al borde del motín.

Damas dio un paso hacia ella.

Adrien se movió al mismo tiempo.

Pero Isolde levantó una mano sin mirarlo.

—No, Adrien.

Él se detuvo.

Ella sostuvo la mirada del capitán.

—Si quiere cumplir la orden, empiece por no destruir el terreno donde debe ejecutarla.

Necesitamos saber dónde está Morgana, qué pretende hacer con la maldición del trigo y cómo evitar que el valle responda a la violencia.

Damas apretó los dientes.

—La bruja está en el bosque.

—La bruja sabe que vendrán.

—Entonces huirá.

Adrien habló: —No.

Todos lo miraron.

—No huirá.

Damas entrecerró los ojos.

—¿Cómo lo sabe?

Adrien no respondió de inmediato.

Porque la respuesta no era simple.

Porque Morgana se lo había dicho.

Porque la conocía lo suficiente.

Porque el beso bajo la lluvia había dejado una verdad incómoda: Morgana no estaba escapando del conflicto.

Lo estaba esperando.

—Porque Veyrfall es su escenario —dijo al fin—.

Y porque el rey acaba de darle un enemigo más digno que este pueblo.

La marca en su pecho ardió.

Morgana rió suavemente en su mente.

—Casi poético.

Adrien la ignoró.

Damas miró hacia el bosque.

—Entonces la rodearemos antes del anochecer.

—Si la rodea, atacará.

—Por eso llevamos contención.

—No bastará.

—¿Sabe eso por experiencia o por intimidad?

La pregunta fue venenosa.

Adrien dio otro paso, pero esta vez Isolde no lo detuvo.

Mara lo hizo.

Su voz salió desde los escalones de la iglesia.

—¡Basta!

Todos giraron.

Mara bajó lentamente, con los ojos hundidos por la falta de sueño.

—Mi hija murió.

Tomás casi muere.

Los campos están podridos.

Orelia está viva, Edda está encerrada y ustedes siguen midiendo quién manda mientras lo de abajo escucha.

Damas abrió la boca.

Mara lo señaló con un dedo tembloroso.

—Usted quiere capturar a la bruja para el rey.

El caballero quiere evitar que la usen.

Lady Isolde quiere que nadie haga estupideces.

El padre quiere que su culpa no termine de devorarlo.

Y Morgana… Morgana quiere que todos paguemos hasta el último grano.

Su voz se quebró.

—Pero los niños siguen en medio.

La plaza quedó en silencio.

Mara miró a Adrien.

—Si esa orden provoca otra batalla, ¿cuántos Tomás van a quedar debajo de la tierra?

Nadie respondió.

No había respuesta.

Desde la sacristía, Tomás comenzó a llorar.

No fuerte.

Pero todos lo oyeron.

El sonido atravesó la plaza con una fragilidad insoportable.

Isolde fue la primera en moverse.

Subió los escalones y entró a la iglesia.

Adrien quiso seguirla, pero Damas habló: —Sir Adrien, hasta nueva instrucción, quedáis relevado del mando operativo en lo referente a la captura de Morgana de Veyr.

Adrien se volvió lentamente.

—No tiene autoridad para eso.

Damas levantó el pergamino.

—La tengo.

—No sobre la investigación del valle.

—La captura de la bruja es ahora prioridad real.

El padre Elric habló con voz baja: —Entonces el rey ha elegido mal su prioridad.

Damas lo miró.

—Padre, cuide sus palabras.

Elric, que había temblado ante tantos hombres durante tantos años, no bajó la mirada.

—He cuidado demasiado mis palabras.

Mire lo que creció bajo ellas.

La frase sorprendió incluso a Adrien.

Damas no respondió.

El mensajero aguardaba incómodo, con los jinetes detrás.

El pueblo seguía mirando.

La lluvia había dejado de caer, pero el cielo permanecía oscuro.

Adrien bajó la voz: —Capitán, si intenta capturar a Morgana antes de resolver la maldición del trigo y asegurar el pozo, lo consideraré una amenaza para la población.

Damas sonrió sin alegría.

—¿Eso es una advertencia?

—Sí.

—Entonces la incluiré en mi informe.

—Hágalo completo.

La palabra quedó entre ellos.

Completo.

Isolde salió de la iglesia poco después, con Tomás calmado en brazos.

El niño estaba despierto, envuelto en una manta.

Su mirada iba del pozo a los soldados, de los soldados al bosque.

—Quiere hablar —dijo ella.

Adrien se acercó.

Damas también.

Isolde retrocedió un paso.

—Sin presión.

Tomás miró a Adrien.

—La señora vieja cantaba.

—Orelia —dijo Adrien.

El niño asintió débilmente.

—Pero había otra voz.

Elric se santiguó.

—¿Qué voz?

Tomás miró hacia los campos.

—Decía que si la bruja se iba, el hambre saldría.

Mara palideció.

—¿El hambre?

Tomás apretó la manta.

—El hambre de abajo.

Morgana habló en la mente de Adrien: —Interesante.

Adrien cerró los ojos.

—No.

Damas lo vio.

—Está pasando otra vez.

Isolde miró a Adrien, luego al niño.

—Tomás, ¿esa voz quería que Morgana se quedara o que se fuera?

El niño tardó.

—Quería que la llevaran.

La plaza quedó helada.

Adrien sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies.

—¿Que la llevaran?

Tomás asintió.

—Decía que si los hombres del rey se la llevaban, la puerta quedaría abierta.

Morgana dejó de hablar dentro de él.

Ese silencio fue terrible.

Damas frunció el ceño.

—Un niño traumatizado no puede determinar estrategia real.

Adrien lo miró.

—No entiende lo que acaba de decir.

—Entiendo que la bruja puede haberle sembrado esas palabras.

Morgana susurró al fin: —No fui yo.

Adrien creyó que decía la verdad.

Eso lo asustó más.

Isolde abrazó a Tomás con cuidado.

—Capitán, hasta que entendamos esa advertencia, no se ejecutará la captura.

Damas soltó una risa incrédula.

—No tiene autoridad para suspender una orden de tres sellos.

—No la suspendo.

La condiciono tácticamente.

—Eso es un juego de palabras.

—La política de la corona se construye sobre juegos de palabras.

No finja despreciarlos ahora.

El capitán se acercó a ella.

—Lady Isolde, si no colabora, informaré que su juicio está comprometido por su relación con Sir Adrien.

El golpe fue bajo.

La plaza lo sintió.

Adrien también.

Isolde palideció apenas, pero no retrocedió.

—Hágalo.

Damas pareció sorprendido.

—¿Perdón?

—Hágalo.

Y yo informaré que usted intentó ejecutar una captura sin evaluar advertencias rituales de una víctima rescatada, poniendo en riesgo un pueblo bajo investigación real.

Veremos cuál informe llega con más cadáveres adjuntos.

El silencio fue largo.

Damas entendió que no ganaría esa batalla en la plaza.

Todavía no.

—Tendré a mis hombres listos al anochecer —dijo al fin—.

Si Morgana aparece, será capturada.

Adrien respondió: —Si Morgana aparece, nadie actuará sin mi señal.

Damas sonrió.

—Ya no manda.

Adrien sostuvo su mirada.

—Pruebe eso cuando llegue el momento.

La amenaza quedó sin resolver.

Damas se retiró con el mensajero y los jinetes hacia la posada, donde establecería un puesto de mando.

Los soldados se dispersaron por el pueblo.

Algunos aldeanos empezaron a llorar en silencio.

Otros discutían junto a las puertas.

La noticia de la orden de captura no había traído alivio.

Había traído una pregunta nueva: ¿Qué ocurriría si la bruja era arrancada del valle?

Adrien se quedó junto al pozo.

Tomás había dicho que la puerta quedaría abierta.

Morgana había callado.

Eso significaba que no sabía si era mentira.

O que temía que fuera verdad.

Isolde se acercó a Adrien cuando Tomás volvió a dormirse en brazos de Mara.

—Tenemos un problema peor de lo que pensé.

Adrien miró el bosque.

—Sí.

—El rey no quiere salvar el pueblo.

—No.

—Quiere a Morgana.

—Sí.

Isolde guardó silencio.

Luego dijo: —Y si la captura abre la puerta de la capilla vieja, quizá el valle también la quiere fuera de su propio control.

Adrien la miró.

—¿Crees que lo de abajo usó al rey?

—No.

Creo que el rey se usó solo.

Pero algo aquí sabe aprovechar ambiciones.

Adrien miró los campos podridos.

—Morgana decía que el hambre no piensa como nosotros.

—Quizá no necesita hacerlo.

La frase quedó entre ambos.

Por un instante, no hablaron como prometida herida y hombre culpable, sino como dos personas intentando sostener el borde de una catástrofe.

Aquello trajo una tristeza distinta.

Más madura.

Más irremediable.

Adrien bajó la voz.

—Isolde.

Ella no lo miró.

—No ahora.

—Necesito decir… —No ahora.

Él cerró la boca.

Ella respiró hondo.

—Si Morgana aparece, ¿podrás actuar contra ella si es necesario?

Adrien no respondió de inmediato.

Isolde lo miró entonces.

Sin rabia.

Con una seriedad que exigía algo más difícil que promesa.

—No te pregunto si podrás entregarla al rey.

Te pregunto si podrás detenerla si intenta destruir el pueblo, matar a Damas, dañar a los soldados, usar a Tomás o abrir el valle para vengarse.

Adrien sintió el peso de cada posibilidad.

Vio el beso bajo la lluvia.

Vio a Morgana diciendo: No me pidas mañana que me arrepienta de esto.

Vio a Lysa envejecida.

A Orelia gritando nombres.

A Corven con la mano rota.

A los campos muertos.

—Sí —dijo.

Isolde sostuvo su mirada.

—Quiero creerte.

—Lo sé.

—Pero ya no puedo hacerlo solo porque seas tú.

Adrien asintió.

—Lo sé.

La distancia entre ellos se volvió casi física.

Entonces el pozo golpeó.

Una vez.

Todos se detuvieron.

Otro golpe.

El humo blanco comenzó a subir de nuevo, lento, formando una columna delgada.

Los soldados levantaron armas.

Mara abrazó a Tomás.

Elric salió de la iglesia con una cruz y el rostro desencajado.

La voz que emergió del pozo no fue de niño.

Tampoco de Evelyne.

Fue la voz de Madre Orelia, aunque la anciana seguía inconsciente en el granero.

—El rey quiere el corazón de la bruja… El humo se retorció.

Los aldeanos retrocedieron.

—El valle quiere la puerta sin guardiana… Adrien sintió que la marca en su pecho se helaba.

Isolde susurró: —Guardiana.

La voz del pozo continuó: —La niña de ceniza ató lo que otros alimentaron.

Si la arrancan, lo enterrado subirá.

Damas apareció desde la posada, espada en mano.

—¡No escuchen!

¡Es manipulación!

Morgana habló dentro de Adrien al mismo tiempo, baja y tensa: —No sabía que lo sabía.

Adrien cerró los ojos un instante.

—¿Que tú eres guardiana?

Silencio.

Luego: —No soy guardiana de nada.

Pero sonó a mentira.

O a verdad odiada.

El humo del pozo se volvió negro por un segundo.

La voz cambió.

Ahora era la de Evelyne.

Suave.

Maternal.

Terrible.

—Morgana… El nombre atravesó el pueblo.

Los cuervos levantaron vuelo.

Desde el camino del bosque, entre la niebla, apareció una figura.

Morgana.

Venía sola.

Bajo el cielo gris, con el vestido oscuro y el cabello movido por el viento, parecía una sombra que había decidido aceptar una invitación.

No corría.

No se escondía.

Caminaba hacia la plaza como si cada soldado, cada aldeano, cada orden real y cada voz del pozo hubieran estado esperándola desde su nacimiento.

Los soldados formaron línea.

Damas gritó órdenes.

Isolde se tensó.

Adrien sintió que el mundo se cerraba alrededor de esa imagen.

Morgana se detuvo al borde de la plaza.

Miró el pozo.

Luego a Damas.

Luego a Isolde.

Por último, a Adrien.

Sus ojos no pidieron ayuda.

No pidieron perdón.

No pidieron amor.

Solo ofrecieron una certeza oscura: ella sabía que todos la querían por razones distintas.

El pueblo, para culparla.

El rey, para usarla.

El valle, para liberarse de ella.

Adrien, para detenerla sin perderse.

Morgana sonrió.

—Bueno —dijo—.

Parece que por fin todos dejaron de fingir que buscaban justicia.

Damas levantó la mano.

Las cadenas de plata se tensaron.

Adrien desenvainó.

Isolde hizo lo mismo.

No contra Morgana.

No todavía.

Contra el primer hombre que cometiera un error.

La voz de Evelyne siguió saliendo del pozo: —Hija… Morgana no miró abajo.

—No eres mi madre.

El pozo rugió.

Los campos podridos crujieron.

Las campanas de Veyrfall comenzaron a sonar solas.

Una.

Otra.

Otra.

La orden de captura había llegado.

Pero ya no era solo el rey quien reclamaba a Morgana de Veyr.

Y mientras los soldados avanzaban, Adrien comprendió que el segundo arco de su misión terminaba allí: con la verdad del pueblo revelada, su fe quebrada, Isolde herida, Morgana desenmascarada como víctima y verdugo, y la corona mostrando por fin sus dientes.

Ya nadie buscaba salvar Veyrfall limpiamente.

Todos querían algo.

El rey quería poder.

El valle quería una puerta.

Morgana quería venganza.

Isolde quería evitar la caída.

Y Adrien, con la espada en la mano y la marca ardiendo sobre el pecho, ya no sabía si quería justicia, redención, castigo o simplemente un modo de impedir que todo lo que tocaba se convirtiera en ceniza.

Morgana dio un paso hacia la plaza.

Las cadenas volaron.

Y el cielo, como si el valle hubiera estado esperando ese instante, volvió a abrirse en lluvia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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