El camino Del último primordial - Capítulo 1
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1: El sacrificio que no ardió 1: El sacrificio que no ardió La noche estaba equivocada.
No era una noche de lluvia ni de tormenta, pero el viento gemía como si el mundo supiera que algo imperdonable estaba a punto de ocurrir.
Las antorchas iluminaban el altar de piedra con una luz temblorosa, proyectando sombras alargadas que parecían retorcerse con culpa.
En el centro del círculo, de rodillas y con las manos atadas, estaba Seraphyne.
No lloraba.
Nunca lo hacía cuando más lo esperaban.
Su cabello oscuro caía como un velo silencioso sobre sus hombros, y sus ojos —rojo carmesí— observaban el cielo nocturno con una calma que incomodaba a todos.
No había rabia en ellos.
Tampoco odio.
Solo una resignación suave, peligrosa, como la de alguien que había sido juzgada demasiadas veces.
—Es un demonio —susurraban—.
—Miren su aura… —Es por su culpa que el ganado murió… —La calamidad comenzó cuando nació… Seraphyne cerró los ojos.
No porque creyera en esas palabras, sino porque dolía menos no escucharlas.
Desde pequeña había aprendido que el miedo de los demás era más fuerte que cualquier verdad.
Su aura —oscura, densa, antinatural— nunca había sido una maldición para ella.
Era simplemente… lo que era.
Pero para el mundo, eso bastaba para señalarla.
El sacerdote levantó el cuchillo ceremonial.
Sus manos temblaban, aunque fingía convicción.
—Con este sacrificio —proclamó—, pedimos a los dioses que nos libren del mal.
Mentía.
No pedía salvación.
Pedía alivio.
Un chivo expiatorio.
El cuchillo descendió.
Y el mundo se detuvo.
No hubo sangre.
No hubo grito.
No hubo muerte.
El aire se quebró.
El altar se cubrió de grietas luminosas, como si la realidad misma estuviera siendo rasgada desde dentro.
Un pulso antiguo recorrió la tierra, haciendo que todos cayeran de rodillas.
Las antorchas se apagaron al mismo tiempo.
Y entonces… algo despertó.
Desde lo profundo del vacío, desde un lugar anterior a los nombres y las oraciones, una conciencia abrió los ojos.
Aethernox.
El último primordial.
No descendió del cielo.
No emergió del suelo.
Simplemente estuvo ahí, como si siempre hubiera ocupado ese espacio y el mundo hubiera olvidado notarlo.
Su presencia aplastaba.
No por violencia, sino por antigüedad.
Era una existencia que no necesitaba imponerse; la realidad se acomodaba a él por instinto.
El sacerdote dejó caer el cuchillo.
—¿U… un dios…?
—balbuceó alguien.
Aethernox no respondió.
Sus ojos —profundos, insondables— se fijaron en una sola cosa.
La chica del altar.
La observó con curiosidad.
No con deseo.
No con compasión.
Con interés.
Una aura aterradora rodeaba a Seraphyne, negra y carmesí, pulsando como un corazón vivo.
No era demoníaca.
Era pura.
Sin intención maligna.
Solo… intensa.
—No es un demonio —dijo Aethernox al fin.
Su voz no fue fuerte, pero resonó en cada mente como un eco imposible de ignorar.
—Entonces… ¿por qué…?
—murmuró alguien entre sollozos.
Aethernox inclinó ligeramente la cabeza.
—Porque temen lo que no entienden.
Se acercó al altar.
Cada paso hacía crujir la piedra como si el mundo se inclinara ante él.
Con un simple gesto, las ataduras de Seraphyne se deshicieron, cayendo al suelo como ceniza.
Ella lo miró por primera vez.
Y por primera vez… no sintió miedo.
—Puedes quedarte aquí —dijo él, con absoluta neutralidad—.
Serás juzgada.
Perseguida.
Ofrecida de nuevo cuando el miedo regrese.
Luego extendió la mano.
—O puedes venir conmigo.
Los murmullos estallaron en pánico.
—¡No la escuches!
—¡Es una trampa!
—¡Ese ser no es humano!
Aethernox no los miró.
—No te prometo bondad —continuó—.
No te prometo felicidad.
Sus ojos se suavizaron, apenas.
—Pero te prometo esto: seguridad.
Aceptación.
Y jamás serás obligada a pedir perdón por existir.
Seraphyne dudó.
No porque no quisiera… sino porque tenía miedo.
Miedo a no ser necesaria.
Miedo a decepcionarlo.
Miedo a que, algún día, incluso él la abandonara.
Pero cuando tomó su mano, algo dentro de ella se encendió.
—…Iré contigo —susurró.
Aethernox asintió.
Y así, sin explosiones ni castigos divinos, el sacrificio terminó.
El mundo no fue salvado esa noche.
Pero algo mucho más peligroso comenzó.
Un primordial había elegido proteger.
Y una chica acusada de demonio… había encontrado un lugar al que pertenecer.
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