El camino Del último primordial - Capítulo 2
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2: Donde el mundo ya no grita 2: Donde el mundo ya no grita El mundo no terminó cuando Aethernox se marchó.
Eso fue lo primero que Seraphyne notó.
Esperaba fuego, cielos cayendo, castigos divinos… algo.
Pero no.
El bosque simplemente volvió a respirar.
Los grillos cantaron de nuevo.
El viento siguió su camino como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
Como si rescatar a una sacrificada y caminar junto a una entidad primordial fuera… normal.
Ella caminaba a su lado en silencio.
No porque no tuviera preguntas —tenía demasiadas— sino porque no sabía por dónde empezar.
Sus pasos eran ligeros, casi tímidos, como si temiera dejar huellas en un mundo que aún no sentía suyo.
Aethernox avanzaba sin esfuerzo.
No miraba el camino; el camino parecía acomodarse a él.
Los árboles se inclinaban apenas, las raíces no estorbaban, las sombras se apartaban con respeto inconsciente.
—¿Siempre es así?
—preguntó ella al fin, rompiendo el silencio.
Aethernox giró levemente la cabeza.
—¿Así cómo?
Seraphyne dudó.
—El mundo… tranquilo cuando estás cerca.
Él se detuvo.
La observó como si esa pregunta no tuviera una respuesta inmediata.
Como si jamás se la hubieran hecho.
Como si jamás se la hubiera hecho él mismo.
—No lo sé —respondió con honestidad—.
El mundo siempre ha sido… obediente.
Ella bajó la mirada, pensativa.
No había arrogancia en su voz.
No había orgullo.
Solo un hecho.
Eso, de algún modo, lo hacía más intimidante.
Caminaron un poco más hasta que llegaron a un claro.
La luna iluminaba el lugar con suavidad, y una pequeña fogata apareció cuando Aethernox chasqueó los dedos, como si el fuego hubiera estado esperando esa orden desde el inicio de los tiempos.
Seraphyne se sentó con cuidado frente a las llamas.
—Gracias —dijo de pronto.
Aethernox la miró.
—No hiciste nada para merecer gratitud —añadió ella rápido, nerviosa—.
Lo sé.
Pero… aun así.
Él inclinó la cabeza, gesto que empezaba a repetir cuando algo no encajaba del todo en su comprensión.
—No fue un acto de bondad —dijo—.
Fue una decisión.
Eso debería haber dolido.
Pero no lo hizo.
Seraphyne sonrió levemente.
—Aun así… nadie había decidido por mí antes sin miedo.
El silencio volvió a caer, pero esta vez no fue incómodo.
Ella observó sus manos.
Eran normales.
Demasiado normales para alguien que podía quebrar la realidad.
No temblaban.
No parecían manchadas de sangre antigua ni de gloria.
—¿Qué eres exactamente?
—preguntó con cuidado.
Aethernox miró el fuego.
—Un primordial.
Ella esperó más.
—Éramos cuatro —continuó—.
Conceptos fundamentales.
No dioses.
Algo anterior.
—¿Y los otros…?
—Desaparecieron.
No tristeza.
No rabia.
Solo constatación.
Seraphyne sintió un pequeño nudo en el pecho.
—Entonces… estás solo.
Aethernox frunció el ceño.
—La soledad es un concepto humano.
Ella lo miró fijamente.
—No del todo.
Él no respondió.
Las llamas crepitaron.
Seraphyne se acercó un poco más al fuego, estirando las manos.
Era un gesto simple, cotidiano… humano.
Aethernox lo observó con curiosidad genuina, como si estuviera estudiando un ritual extraño.
—¿Te agrada el calor?
—preguntó.
—Me recuerda que estoy viva —respondió ella sin pensarlo.
La frase se quedó flotando entre ambos.
Aethernox la miró entonces con más atención.
No como una anomalía.
No como un fenómeno.
Sino como algo frágil.
Temporal.
Y esa idea… le resultó incómoda.
—No necesitas demostrar nada —dijo de pronto—.
No a mí.
Seraphyne parpadeó, sorprendida.
—¿Cómo…?
—Temes decepcionar —continuó—.
Temes ser innecesaria.
Ella sintió que el aire se le iba de los pulmones.
—Yo… —No comprendo por qué —admitió—.
Pero lo percibo.
Seraphyne apretó los puños.
—Toda mi vida me dijeron que existía por error —susurró—.
Que algo estaba mal en mí.
Así que… si alguien me acepta… quiero ser útil.
Quiero que no se arrepienta.
Aethernox guardó silencio.
No sabía qué decir.
No sabía qué se decía cuando alguien ofrecía algo tan frágil como su miedo.
Eso lo inquietó más que cualquier guerra pasada.
—No te necesito —dijo al fin.
Ella sintió el golpe… y luego— —Pero te elegí.
Levantó la vista de inmediato.
Aethernox la observaba con una seriedad absoluta.
—Y no deshago mis decisiones.
Algo dentro de Seraphyne se quebró.
No fue dolor.
Fue alivio.
Sonrió, pequeña, sincera, con lágrimas amenazando con caer.
—Entonces… intentaré enseñarte algo —dijo, secándose los ojos—.
—¿Qué cosa?
Ella lo miró, con una ternura que no encajaba con su aura aterradora.
—Cómo se siente estar vivo.
Aethernox no entendió del todo.
Pero por primera vez en una eternidad… Sintió curiosidad por aprender.
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