El Circo entomológico delirante - Capítulo 1
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1: Voces olvidadas 1: Voces olvidadas A lo lejos, en el horizonte perpetuamente corrompido, se divisa el pueblo de Esperanza Dorada.
Su cielo es un negro rojizo antinatural, una cúpula de hollín y químicos oxidados que anula por completo la posibilidad de distinguir el día de la noche.
Es un eterno y enfermo crepúsculo.
El lugar, que aún conserva un grotesco esplendor de flora y fauna mutada, es un recordatorio constante de cómo la humanidad consume y devora hasta roer los huesos de sus propios hijos.
Desde esa distancia ilusoria, el paisaje es un efímero consuelo para las almas cansadas que, de alguna manera, lograron sortear el cementerio de naufragios que es el mar circundante.
Pero bajo esa belleza en descomposición, la belleza misma es una traición, y toda esperanza debe terminar.
Es aquí, al acercarse lo suficiente, al sobrevivir la pestilencia del viaje, que el instinto más profundo te hace desear haber sido consumido por la impiedad del mar envenenado.
Para entrar, hay que cruzar el gigante de cemento, un muelle que se arrastra hacia el mar, carcomido hasta la médula por la sal corrosiva y el óxido espeso.
Los ojos vacíos de vidas sin oportunidades se dirigen al único lugar que ofrece la ilusión de placeres y deseos para saciar el anhelo humano, siempre y cuando la bolsa pese lo suficiente y el alma no se arrepienta.
Los barrios marginales son una llaga abierta.
Aunque al igual que el resto del pueblo, se ahogan en un hedor a pescado muerto, orina fermentada y sudor rancio, una capa olfativa permanente que se pega a la ropa y a la memoria.
Las calles están inundadas de almas errantes en pena, espectros que se arrastran entre la basura.
Esta sección del pueblo, cínicamente administrada por la familia Hernández, está controlada y dividida por camarillas de la propia familia.
Son bandas de miembros armados, más que sanguinarios, profundamente aburridos, que no dudarían en cortar una garganta solo para escuchar el gorgoteo húmedo y sentir, por un instante, algo distinto al vacío.
Debido a una población aplastante, los barrios marginales se alzaron tanto como descendieron.
Son estructuras laberínticas, un sinfín de pisos apilados unos sobre otros, todos repletos de almas miserables y desesperadas.
Pero a estas masas se les tenía que dar una razón para existir y, aún más importante, una razón para temer.
Los pozos centrales son un precipicio de cemento agrietado, acero oxidado y basura humana condensada.
Hay pisos derrumbados y cadáveres olvidados, cuya presencia sigue pudriendo el aire y la moral, sin sepultura formal, pero a nadie le importa.
Los verdaderos deseos se encuentran abajo, muy abajo, no con los vendedores callejeros que ofrecen objetos para una ayuda superficial.
Más abajo aún estaban los salones del placer y el exceso, cientos de ellos repletos.
Pero la historia de Silas no comienza ni siquiera allí, sino más abajo todavía, en un abismo donde la luz natural nunca se atrevería a entrar, un lugar que teme al Sol como a un juicio.
Este laberinto subterráneo, oculto en las entrañas, era la respuesta a cada deseo que se atreviera a ir más allá de lo meramente mórbido.
—Ayuda, deténgase.
No más, ayuda… Un coro de lamentables voces se hace presente, filtrándose por los conductos de ventilación como una música disonante que armoniza la depravación circundante, una sinfonía de gritos amortiguados y gemidos de éxtasis macabro.
Había guardias con emblemas de cada una de las camarillas; había clientes con rostros cubiertos por máscaras de tela barata, un intento patético de preservar la dignidad mientras deseaban saciar no solo su libido, sino el aburrimiento existencial o una curiosidad que terminará matándolos.
—Realmente el negocio está prosperando, tu abuelo se mantuvo muy preocupado con cada detalle de la organización de estas estructuras.
Solomon nunca dejó nada al azar.
Habló Elías, un hombre viejo que caminaba con vigor.
Ambos presentaban un aspecto de ser audaces marinos, aunque el uniforme de Elías era una burla impecable del traje, mientras que el de Silas era una amalgama de remaches que trataban de simular una armadura de orgullo mal colocado.
—Aun no puedo creer que los cabecillas de las camarillas no parecieran estar a favor de esto.
Ahora deben de lamentarse por estar en contra del gran Solomon… tan solo si el viejo hubiera tenido un hijo que no fuera un mero desecho alcohólico incapaz de mantener un plan.
El hombre se expresa con fluidez, cambiando de expresiones por cada uno de los recuerdos que le traía la astucia de Solomon.
Si bien el hijo de Solomon era un adicto inútil que solo se dedicó a tener hijos, había algunos que destacaban.
Cómo lo era Silas, el nieto predilecto, un joven que había sacado casi todo parecido a su abuelo, especialmente la obstinación.
Fácilmente se le podría confundir con su hijo, pero por el estado de Solomon, todos estaban enfocados en los nietos.
Quién sería el próximo cabecilla de la familia Hernández.
—Deténganse.
Expresó un hombre que tenía los dientes negros por la podredumbre y una expresión de hostilidad permanente, un rostro tallado por la desconfianza.
A lo que varios individuos aparecieron tras cortinas desteñidas, estos portaban elementos corto punzantes similares.
—Digan su… Sin aviso, el anciano aplastó los dientes del hombre que se desprendieron sin dificultad, usando como elemento contundente un sello toscamente grabado con un diseño intrincado.
—Nos manda Solomon.
Además, te hice un favor con esa boca de pez cornuta.
Te ahorraré el viaje al matasanos.
El hombre, escupiendo sangre y restos dentales, podía ver los fragmentos adheridos al sello con el emblema característico de los Hernández.
Al ver que sus compañeros se habían marchado, dejándolo solo y sangrando, solo pudo apartarse para que estos siguieran su camino.
—Creo que las generaciones de ahora se han vuelto más feas e inútiles … Elías se mofó, protestando contra la decadencia.
Continuaron descendiendo por la escalera con el joven detrás.
Al descender por las escaleras, la poca luz que se usaba luchaba inútilmente contra el abismo frente a sus ojos.
Los ojos azules de Silas, tan inútilmente claros y expuestos como se rumoreaba que era el cielo en los delirios de los locos.
—Ese familiar ni siquiera es de sangre, ni siquiera es tío… Es una cucaracha que se arrastra con un título, y Solomon se lo permite.
El odio de Silas era un nudo apretado y frío en su estómago.
Rechinó los dientes con asco ante la idea que esa sabandija tuviera peso para traerle problemas luego de no lograr hacer algo simple durante tanto tiempo.
—¡¿Tan callado por algo tan ridículo?!
Se expresó algo sorprendido pero disgustado Elías al darse cuenta que no le había prestado atención.
Silas había estado tan absorto en el sabor amargo de la humillación, en la sensación punzante de haber fallado a la única persona que importaba, que había bloqueado el mundo exterior.
Sabía que había arruinado el plan para capturar a la extraña mujer pelirroja.
Si bien esta no parecía ser rápida ni astuta en el sentido ordinario, era elusiva de una forma casi sobrenatural, como si el destino la protegiera.
Demostraba todo lo contrario, haciendo que su tío la persiguiera sin descanso por más de un año.
Fue en ese lugar, los mercados de las cloacas, donde Silas no logró atraparla al bloquear la entrada.
Por un instante la tuvo en sus manos, y fue culpa de aquel cabello rojizo, visible en la penumbra, que lo delató al perder a una mujer que no solo su tío, sino los ancianos de su propia familia, parecían obsesionados con poseer.
—¡Silas!
¿Me oyes?
Por un percebe, Silas…
¡Deja de rumiar tu fracaso como si fuera un manjar!
La voz seca de Elías era irritante para los oídos de Silas, casi tan irritante como el eco constante de su propia debilidad.
—Sabes que mi banda se estaba manejando muy bien en los mercados de las cloacas, esa extraña mujer solo fue un… un desliz táctico…
Elías se llevó la mano a la frente con exasperación.
—Pequeño bucanero, debes saber que las cosas no se ven tal como son.
Tu abuelo quería que sus nietos se lograrán desenvolver con normalidad y lograrás mejorar las ganancias.
Pero en cambio las estableciste con una supervisión de unos matones sin mayor compromiso.
Cada uno tiene sus fallos y aún no pueden ser llamados miembros de las camarillas.
Necesitas más que músculo, necesitas subtexto.
Reflexionó Elías, marcando las comisuras de sus labios.
Siempre había sido la voz de la sensatez y el látigo paterno con Silas, tratando de guiarle para ser mejor.
—Sabes que luego de ser un adulto puedo actuar como me dé la gana, no necesito que me protejan como un marino de agua dulce.
Silas dijo ofuscado, sacando pecho con un orgullo que Elías sabía que era frágil y hueco, una pose que no engañaba a nadie.
—Debes aprender a manejarte mejor, no sirve pensar solo con la rabia o la testosterona, ni ser guiado por la vanidad.
Debes considerar trabajar usando todo de ti, especialmente la cabeza fría.
Le comentó Elías, tratando a este joven que había sido casi un hijo para él.
—Pero que conste que no trato de ablandarme contigo, solo no arruines las cosas para mí.
El anciano apuntó a Silas con fuerza y determinación tanto en su mirada como en sus gestos, una advertencia que cortó la pesada atmósfera.
—Como digas vieja tortuga de mar, solo no trates de morirte a mi lado.
Expresó con rechazo Silas a Elías, quien parecía rabiar con la actitud del muchacho.
—Es exactamente a eso que me refiero, a esa insolencia que te va a costar la vida, no puedes actuar como si fueras capitán si tan solo eres un huérfano que limpia cubierta.
Gruñó el viejo, quien se veía molesto como siempre sobre las acciones del joven.
La palabra huérfano era una estaca que siempre encontraba el punto más débil en el orgullo de Silas.
Estaba frustrado de que lo hubieran dejado con un cuidador, como si no tuviera la edad suficiente a sus quince años para estar en el territorio de su familia.
Con un movimiento rápido, tiró del pañuelo del anciano para silenciarlo, un acto de pura, infantil y desesperada rabia.
—Rata de… me… sorprendiste… El anciano comenzó a ahogarse con un gesto extrañamente orgulloso, una sonrisa sombría, en su rostro.
Esto desagradó a Silas.
El anciano comenzaba a cambiar de color, sin mostrar arrepentimiento, todo menos su delicada nariz, ya que era postiza porque había perdido la verdadera hace años.
La nariz, el único punto de vulnerabilidad visible en su dura fachada, era una burla a su dureza.
En eso parecía que el hombre mayor era incapaz de soportarlo por mucho más tiempo.
—¿Quién te dijo que vinieras conmigo?
¿Te crees mi sombra, mi niñera?
Eres un anciano frágil, puedo cuidarme solo donde quiera.
Silas se burló, mirando a su compañero con desprecio.
—Porque eres el idiota más grande de tus hermanos, te pareces demasiado al tarado de tu padre, por eso tu abuelo te mandó para este lugar, ya que lo sabe muy bien.
Elías habló avanzando, mirando de reojo por si alguien les seguía.
Pero en esas escaleras, ellos eran lo único que se movilizaba.
—En cuanto a mí, debo asegurarme que tú trasero esté seguro, ya que conozco este lugar mejor que la palma de mi mano, así que no es necesario que hagas preguntas estúpidas.
El anciano vociferó cada palabra, señalando al joven audaz pero inexperto.
—Que insolente eres viejo pepino de mar, inútil.
Insultó Silas a regañadientes al anciano que se detenía para hacerle frente.
—Cierra la boca, eres más idiota que cualquiera de los idiotas en todo este cardumen de peces.
Respondió con firmeza el anciano sujetando a la vez a Silas.
Ambos listos para pelear.
Su contienda, ruidosa y agresiva, era en el fondo un ritual amargo, la única forma que tenían de expresar el afecto disfuncional y la profunda frustración que no podían nombrar.
—Viejo lobo de mar.
¿A quién llamas idiota?
Derroté a cuatro rivales yo solo.
¡Tú ni siquiera puedes ponerte de pie!
Bramó Silas con notorio enfado, este golpeó el pecho pero el anciano no retrocedió.
—A tu edad podía acabar con diez marineros sin problema, no como tú que apenas puedes con cuatro muertos de hambre.
Alzó su voz el anciano pegándose contra el joven.
—¡¿Pretendes engañarme con ese truco barato?!
Mi abuelo fue quien te sacó del seno de tu madre y te tuvo que salvar en cada una de las peleas que tenías, porque tú no eras lo suficientemente hombre para pelear.
Respondió Silas, acompañando con un empujón, pero el anciano arrojó un puntapié que hizo inclinar al muchacho entre maldiciones.
El anciano antes de caer de trasero trató de levantar su pierna para darle un certero golpe a Silas.
—¡Vamos, pequeña rata de muelle, eres imbécil como tu padre.
Pero esta vez te golpearé lo suficiente para que no seas como él!
Los dos caminaron hasta que la escalera se abrió a la entrada de tamaño completo de una habitación.
Estaba completamente oscura, y una sensación extraña emanaba de las profundidades, como el aliento frío y húmedo de una bestia que no necesitaba ojos para ver a su presa.
Era el vacío.
—Muy bien entonces, tonto cara de bacalao, dijiste que conocías…
Silas murmuró suavemente, mirando a su alrededor en caso de que fuera una trampa tendida por sus hermanos.
Pero el anciano le dio una palmada en la cabeza.
—Es increíble que seas sangre de Solomon.
Eres un pez payaso asustado, y no importa cuánto mires o escuches.
Solo tienes que sentir.
Cierra los ojos y camina.
Elías refunfuñó ante el comportamiento del joven, que contradecía su ser anterior.
—Realmente te odio.
Eres molesto.
El joven caminó detrás del anciano, que estaba desapareciendo en la oscuridad.
La sombra lo engulló con una facilidad escalofriante.
La vista del joven fue tragada por el velo de la sombra siniestra, dejando atrás al anciano que había conocido desde niño, quien, como una ilusión, se desvaneció en la nada.
Con cada paso que daba, el sonido de sus botas desgastadas se desvanecía, convirtiéndose en ecos que morían antes de nacer.
El silencio no era la ausencia de ruido; era un peso tangible, denso como el lodo más profundo, que se posaba sobre sus hombros y lo consumía en una breve eternidad.
El frío vino después, pero no era el frío que sientes en tu piel.
Era un frío que venía de dentro, el miedo destilado, el pánico de un ahogado en agua helada.
Era una ausencia de sensación que se extendía desde él, convirtiéndose en él.
Podía percibir cómo su cuerpo se estaba desdibujando, sus extremidades sintiéndose como pilares de niebla que ya no obedecían sus órdenes.
Sus manos eran sombras que no podía sentir.
Luego, lo más aterrador, sus pensamientos y emociones comenzaron a disolverse.
La rabia que sentía hacia Elías, el miedo de que fuera una traición de sus hermanos, el resentimiento habitual que lo consumía.
Todo se escurría de él como agua sucia de una esponja, dejando solo la fibra vacía.
Su mente no se quedó vacía; en cambio, se volvió un borrón, un lienzo en blanco.
Su furia se convirtió en una paz terrible, una aceptación inerte.
Su miedo se convirtió en un extraño y frío consuelo, porque si no tenía miedo, no tenía nada que perder.
Un último pensamiento logró perforar la niebla en la que se estaba convirtiendo.
—¡Viejo lobo de mar!
¿Dónde diablos estás?
Dijo el joven, dándose cuenta de que carecía de voz o de cualquier cosa que pudiera probar su existencia.
Era una voz sin sonido, un pensamiento sin mente.
—¡Viejo!
Viejo tonto cabeza de pepino, si puedes oírme…
Sigue tú…
Tengo sueño.
No hay razón para seguir luchando contra la nada.
Silas comentó, sintiendo cómo su forma amorfa, lo que alguna vez fue su cuerpo, finalmente se disolvía.
Ya no podía ser nada en la oscuridad.
La calma del vacío fue destrozada por un golpe violento, un empujón brutal que lo impulsó hacia adelante.
Su conciencia, o lo que quedaba de ella, fue arrastrada por la fuerza hasta que un punto lejano se formó en la distancia.
La forma comenzó a crecer; era muy brillante y lo absorbió.
Chocar con ella era inevitable.
—¡Vamos, marinero de agua dulce!
Rugió Elías, furioso con Silas.
—Viejo, te lo dije.
Comentó Rufus, un hombre peludo y corpulento, con una sonrisa amplia y estúpida.
—Cállate, idiota.
Apenas sobrevivió la entrada.
Elías respondió, molesto por la vergüenza que el joven le estaba causando frente a los guardias de este lugar.
El joven, aturdido, apenas podía distinguir a los guardias debido a la extraña experiencia que acababa de tener.
Sus sentidos y el dolor regresaron con una violencia abrumadora, lo que le hizo vomitar el poco contenido de su estómago, una bilis amarga.
—¡Vamos!
¡Les dije que lo iba a vomitar por completo!
Estalló el gran hombre en carcajadas.
Los guardias estaban vestidos igual que él, con harapos y un símbolo bordado toscamente de un periquito y una simple forma de mar bordada en ellos.
La risa del hombre fue interrumpida por un golpe de uno de los guardias.
—¡No le pegaste a nada!
Rufus, eres un maldito mentiroso, fue Gaspar quien dijo que iba a vomitar.
¡Tú dijiste que el mocoso iba a vomitar y a cagarse en los pantalones!
El hombre gritó, pero luego fue silenciado por un revés que lo arrojó al otro lado de la habitación.
La habitación tenía un aspecto terrible, pero estaba equipada con papel tapiz que había sufrido años de humedad.
—¡Más te vale no llamarme mentiroso!
¡Nadie lo hace!
Rufus rugió como una bestia descontrolada.
—Pero tienes razón, me equivoqué, creo.
Añadió, dejando caer su actitud furiosa.
Silas solo miró a su alrededor, dándose cuenta de que a pocos pasos estaba la escalera, y se sintió confundido.
La cercanía lo hacía dudar de su experiencia.
¿Fue real o solo su mente colapsando?
—Te estás preguntando qué fue eso.
¿Verdad?
Elías comentó, tratando de levantar a Silas con una brusquedad que era más indiferencia que maldad.
—Eso fue como la iniciación.
Luego, cada vez que pasas, te acostumbras.
Es parte de la rareza de estos pisos, es un filtro psicológico, pero es algo por lo que solo nosotros tenemos que pasar cuando cruzamos.
Elías comentó, tratando de sonar serio.
—¿Entonces tendré que pasar por eso cada vez?
¿Perder mi mente, mi yo, mi rabia, solo para bajar unos cuantos metros?
Silas preguntó, limpiándose la boca, tratando de asimilarlo todo.
El pánico comenzaba a reemplazar al entumecimiento, un miedo más profundo que el miedo a Solomon.
—¿No lo entiendes, cabeza de esponja?
El anciano respondió, molesto.
—¡Es la única forma segura!
La otra te da alucinaciones que nunca terminan.
Te devuelve la locura pero sin la calma.
Es por donde va el ganado, pero eso simplemente arruina tu mente.
Refunfuñó, insatisfecho, señalando una puerta entreabierta que conducía a un pasillo oscuro.
Algo se movía dentro.
—La próxima vez que te diga que camines y no pienses en nada, solo tienes que seguir.
¿Entiendes?
Deja que el vacío te limpie y te use como un mero instrumento.
Elías todavía estaba molesto con Silas, pero a pesar de que le daba vueltas la cabeza, logró levantar la vista y mirarlo con desprecio.
—Pero no me dijiste eso, no dijiste nada.
Me abandonaste en el vacío.
Viejo idiota.
Dijo el joven, y la expresión del anciano cambió, revelando un relámpago de culpabilidad.
—De todos modos, no es nada…
¡Tú sabes!
El anciano trató de eludir su culpa adoptando una actitud relajada mientras hablaba, pero Silas lo ignoró.
Una voz que seguía dudando se formó en su cabeza.
—¿Quién es?
¿Es nuevo?
Preguntó alguien a la distancia.
—Creo que morirá pronto, no le veo futuro.
Cállate, tengo que prepararme.
Dijo otra voz.
Era seria y divagante, como si fueran cosas molestas.
—Es adorable…
un cordero.
Se ve dulce a pesar de venir de arriba.
Su corazón está roto.
La voz era dulce y armoniosa, pero cubierta de una putrefacción desquiciada, como si la belleza estuviera carcomida por dentro.
Le susurraba directamente a su alma.
—…El cordón se rompe…
El niño se olvida…
Algo sonó, era un ruido extraño pero no se detenía, al igual que el resto.
Era un sonido que parecía descoser la realidad, un rasgar de la tela del espacio.
—¿Quién está hablando?
Silas intentó suponer que era una segunda prueba para algo así.
—¿De qué hablas, muchacho?
Cálmate, no hay nadie más.
Deja de escuchar.
Preguntó Elías, perplejo por la actitud de Silas.
—Sabes a lo que me refiero, es de quienes hablan de nosotros.
¿Entiendes?
Silas miró a su alrededor, viendo al resto que parecía exactamente igual, sin inmutarse de las voces.
Estaban sordos a la realidad.
—No me digas que terminaste como un pez espada mocoso, no fue para tanto la experiencia.
Elías se mostró incómodo por la actitud del muchacho.
—…La puerta…
está abierta…
Nos mira…
Una voz emergió del sonido, compuesta por muchas más.
—¿La puerta?
El joven repitió confundido, mirando de donde habían venido pero no había nada especial desde el otro lado de la habitación.
—Exageras muchacho, no hay nada.
Debe ser que tus ideas siguen alteradas.
El anciano expresó para relajar la situación, haciendo gestos con la mano.
Estaba mintiendo, y la mentira era visible en la tensión de su mandíbula.
—¡¿Qué?!
¡¿No es una prueba, viejo idiota?!
¡Me estás volviendo loco a propósito!
Silas gritó al anciano, que parecía molesto mientras el joven buscaba algo con la mirada.
—Tu serás quien tenga mal los pensamientos, yo sé lo que están hablando… Silas habló con fuerza, apuntando con nerviosismo a Elías, este cambió su expresión de irritación a un miedo contenido y sombrío, sabiendo en todo momento a lo que el muchacho se refería.
—Debe haber un…
Fue entonces cuando la vio.
La puerta, una puerta que nunca había estado ahí antes, cuidadosamente trabajada en un tétrico color rojizo, como sangre coagulada y piel estirada.
—¿Estás contento?
Podían haber esperado pero veo que quieren hacer todo más rápido… Son impacientes.
El anciano esbozó un comentario desganado.
Desde esta puerta, el abismo observaba.
Era en esta que se encontraba una figura mirando algo más allá, sin dejar ver por completo su forma ni comprensión alguna.
No tenía forma definida, sino la apariencia de una amalgama de carne, piel, y huesos que se ensamblaban y se separaban en un ciclo imposible.
Su rostro era un remolino de desesperación y éxtasis, y sobre él flotaban otros tres esbozos de rostros, todos a la vez.
No era algo que él quisiera ver, pero parecía feliz de que ambos lo vieran.
—¿Qué es eso?
Esa cosa está… viendo dentro de mí.
Lo sabe todo.
Silas preguntó, asustado, señalando la puerta.
—Maldita sea, era una sorpresa.
Un idiota dejó la puerta abierta.
Te presento a los organizadores del circo.
Se encargan de animar y reunir el entusiasmo del público para la actuación.
Son la razón por la que pagas por estar aquí.
Respondió, un poco molesto pero satisfecho con la reacción del chico, ya que la mayoría, incluidos otros en la habitación, lloraban o terminaban volviéndose locos ante la figura de estos horrores cuando tomaban un descanso.
—¿Son más de uno?
¿Cómo empieza y termina cada uno?
¡Explícame qué estoy viendo o saldré corriendo!
El chico le preguntó a Elías, sin siquiera entender que, si bien había un rostro, era una amalgama.
—Verás muchacho, hay cuentos que hablan de cómo el héroe venció a la bestia del laberinto.
Pero todo esto fue una mentira, ya que nunca existió tal héroe, solo un sinfín de bestias en laberintos que llenaban este mundo.
La única forma de ganar es no jugar.
Expresó de forma pausada, mirando los ojos de Silas con calma.
Sus palabras eran una sentencia, el fin de toda inocencia, la confirmación de su pesadilla.
Con un movimiento sutil y rápido, detrás del muchacho, Rufus se acercó y dio un fuerte golpe en la nuca del joven.
El impacto no dolió tanto como la traición.
Su mundo se hizo añicos, y la última cosa que vio Silas fue la sonrisa terrible, pero extrañamente triste, de Elías.
Esto hizo que cayera al instante.
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