Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Circo entomológico delirante - Capítulo 2

  1. Inicio
  2. El Circo entomológico delirante
  3. Capítulo 2 - 2 El baile de la normalidad
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

2: El baile de la normalidad 2: El baile de la normalidad Todo era negro, no solo la ausencia de luz, sino una presión palpable que le succionaba la mente.

Silas estaba en la oscuridad, sin sentir nada, ni sensación ni el eco de su mente intentando ejercer la menor fuerza.

El joven se preguntó si todo lo que había experimentado después de entrar en la oscuridad era un sueño febril que se había arremolinado en su cuerpo, un mecanismo de defensa para negar la total disolución de su ser.

¿Era esta negación lo que lo hacía soñar esporádicamente con una especie de realidad cruel para compensar su destino en el vacío total?

Sin embargo, un hedor pútrido se hizo presente.

No a muerte, sino a putrefacción dulce, a carne que se rinde.

Algo nauseabundo.

No podía moverse, pero sintió una sensación de malestar y un pánico primario por lo que estaba experimentando.

—Parece que eres un chico interesante.

Tienes una voluntad fuerte, pero es una voluntad estúpida.

Una voz dulce y juguetona resonó en su cabeza, una voz que acariciaba la base de su cerebro.

—¿Qué quieres?

¿Quién eres?

Silas intentó gritar, furioso, movilizando toda la rabia de un Hernández, pero no obtuvo sonido.

La voz femenina, un tanto aguda, se reía con ternura.

—Oh, tienes miedo, eres un chico malo.

Y yo soy quien te hará entender tu verdadera naturaleza.

Dijo la mujer burlonamente, como una madre regañando a su hijo con cariño.

El miedo regresó a Silas, inundándolo y anclándolo de nuevo al cuerpo, junto con sus emociones y la terrible sensación de que alguien le tocaba la espalda con una mano grande y huesuda.

—¿Y si yo también soy mala?

¿Y si lo malo te gusta, Silas?

Preguntó la mujer con un toque de sadismo juguetón en su voz.

La luz volvió con la violencia de un puñetazo.

Silas estaba en la habitación, durmiendo.

Pudo sentir el peso de un par de grandes cucarachas negras y lustrosas que se movían por su torso, mientras el eco de la voz seductora se disolvía.

—¿Qué demonios?

Mira, lo está haciendo de nuevo.

Está babeando y murmurando tonterías.

Gaspar refunfuñó, señalando al joven jadeante.

—¡¿Qué quieres que haga?!

Ya lo golpeé un par de veces pero no reacciona.

Es un desperdicio de músculo.

Randall bramó furiosamente, señalando al mocoso.

—Deberíamos soltar algunas de las moscas aquí para que se diviertan con el nuevo.

Tal vez después de que se lo coman, deje de soñar con cosas asquerosas.

Necesita una purga, no un sueño.

Gaspar comentó a Randall, quien sonrió emocionado ante la idea.

Los ojos de Randall se iluminaron con una malicia vacía, la única emoción que conocía.

—¡Qué gran idea!

¡Una obra de arte!

Dijo Randall, casi saltando de alegría por la broma.

—Conozco a una de las damas más viejas de las moscas que será perfecta para ese trabajo.

A diferencia de su compañero, a Gaspar no le gustaba la idea, ya que se meterían en problemas a pesar de que fuera divertido.

Se rascó torpemente su barba descuidada y sucia.

Su aversión no era moral, sino práctica: no valía el riesgo.

—No podemos hacer lo mismo que la última vez —comentó, señalando a su compañero con su mano grande y callosa.

Rufus nos arrancará las uñas.

—¡No pasará nada!

Será muy divertido.

Tengo la mosca adecuada para él.

La que le gusta besar.

Randall se rió con una amplia sonrisa que mostraba sus dientes podridos, estirando su piel blanca, sucia y seca al límite.

Gaspar sabía de quién estaba hablando.

Sería asqueroso, pero al menos le daría a la pequeña pulga de mar un buen recuerdo.

—Este lunático está más loco que un maldito pez espada.

Le dará un ataque al corazón a la pulga.

Pero mientras Rufus no se entere de que usamos su juguete, no habrá problemas.

Que sea rápido y limpio.

Comentó Gaspar.

El resto de su monólogo se perdió en la densa atmósfera de este piso, donde la humedad y el olvido se fusionaban en la estructura profunda que era este pozo.

—Maldito idiota, nos has hecho perder el tiempo.

Gaspar refunfuñó, acercándose a Silas, que parecía un poco incómodo.

—Te daré una lección que no olvidarás.

No puedes escapar de nosotros.

Debes ser parte del espectáculo o ser el espectáculo.

Aquí todos somos actores o alimento.

Dijo con desprecio al joven que no entendía lo que estaba pasando en la habitación.

—¿Entiendes?

Pero sus amenazas fueron interrumpidas por un despertar abrupto de Silas, quien, antes que nada, solo logró soltar un puñetazo ciego, un instinto puro de autodefensa heredado.

Ambos gritaron por un breve instante, pero se detuvieron en seco cuando el puñetazo que había lanzado aterrizó en lo que tenía delante.

—¡Tienes menos cerebro que un pez luna!

¡Quítate de encima, asqueroso!

Gritó Silas furiosamente, tratando de levantarse rápido.

—¡Estás más loco que un pez espada!

¡Me rompiste la nariz!

Gaspar echó humo furiosamente, cubriéndose la cara, pero un espeso chorro de sangre corría entre sus dedos.

—Cállate, pareces un marinero de agua dulce.

El joven reprochó al hombre por ser tan sensible a algo tan leve.

La humillación de haber fallado a Solomon era mayor que el dolor físico de Gaspar.

—Me dice que me calle.

El maldito merluzo me dice que me calle.

¡No has visto nada aquí y ya eres el amo!

Respondió furiosamente, mirando a Silas mientras se ponía los dedos en la nariz.

—¡¿Qué demonios estabas tratando de hacer, cabeza de pepino de mar, al estar encima de mí?!

Silas protestó, acusando al hombre de actuar de forma extraña.

Con eso, Gaspar apretó y se volvió a colocar la nariz en su sitio, quejándose del dolor y respirando un poco.

—Ve a la de los Díaz, mocoso miserable.

Gaspar refunfuñó al chico, ajustándose un poco la nariz.

—Entonces.

¿Dónde está todo el mundo?

Silas preguntó, poniéndose un chaleco andrajoso.

—¿De verdad preguntas eso?

Pirata de poca monta, estás en nuestro grupo.

Por tu culpa, tenemos que hacer la limpieza y alimentar a los bichos.

El Maestre nos puso de castigo.

Dijo Gaspar indignado, señalando al joven.

Después de su protesta y al ver la indiferencia de Silas, se dio la vuelta y se dirigió hacia las jaulas.

Silas lo siguió, bastante sorprendido de que se molestaran en limpiar, ya que era una tarea extraña en el pueblo.

Una anomalía en la podredumbre.

Caminando por los pasillos, las paredes de hormigón sucias a su alrededor estaban cubiertas por el olvido del tiempo, más allá de lo que podría considerarse saludable.

Eran las entrañas de algo que nunca fue diseñado para durar.

—Esto…

¿Estaba aquí cuando se construyó el pueblo?

Se siente más profundo que eso.

Silas rompió el silencio que los acompañaba, provocando la mirada de desaprobación de Gaspar.

—Solo digo, esto parece viejo… Como si hubiera crecido.

Le comentó a Gaspar, señalando el techo que parecía más una cueva que un edificio.

—Eres molesto, mocoso.

Gaspar refunfuñó en voz baja, pensando un poco.

—Cuando empezamos, esto ya era así…

así que no sé.

Mucho menos cuánto tiempo lleva este basurero aquí.

Supongo que siempre ha estado aquí, esperando.

Comentó el hombre, divagando un poco mientras de vez en cuando miraba los espacios entre las paredes que conducían a la oscuridad.

Pero esta oscuridad era completamente diferente.

No era el vacío entumecedor, sino una oscuridad llena de vida retorcida.

Las extrañas figuras detrás de las barras oxidadas apenas eran visibles mientras se acercaban como bestias.

—¿Qué hay ahí?

Silas preguntó, señalando una figura alta.

Esto hizo que Gaspar mirara lo que se señalaba y ajustara un poco su visión para discernir a cuál se refería.

—El insecto alto es un mosquito… Se alimenta de la médula, no de la sangre.

Gaspar guió la mano de Silas hacia la figura alargada, cuyas extremidades parecían huesos envueltos en trapos.

—¿Cómo puede moverse esa cosa?

¿Está viva?

Gaspar se detuvo a escuchar la duda del joven, lo que le divirtió.

—Claro que sí.

Siempre están en lo alto.

Estirándose, tratando de recordar la forma humana.

Gaspar comentó casualmente, de una manera actuada y juguetona.

Esto disgustó a Silas, pero le permitió continuar, y Gaspar le tomó la mano para guiarlo a las sombras.

—Esos de allí son las moscas.

Si te pillan distraído, te pulularán como una infestación en un pescado rancio.

Te despojarán de todo, incluso de tu nombre.

Comentó con humor.

Silas se acercó, ya que se movían rápidamente a cuatro patas.

—Parecen perros grandes.

¿Cuál es su propósito?

Silas comentó, viendo lo que parecía más un cuadrúpedo o una bestia en movimiento.

—Para mí son una molestia, pero son buenos para meterse con las cosas.

Como dije, no te confíes demasiado con su estupidez.

Son salvajes, pero no tontos.

Dijo con una expresión de desprecio que no podía ocultar a las figuras que parecían arremolinarse a su alrededor.

Sin embargo, antes de que pudiera continuar, Silas señaló a otra; esta parecía moverse con gracia.

—Esa no…

Ella es diferente.

Ambos se quedaron en silencio.

Silas estaba seducido, hipnotizado por la gracia inhumana.

Gaspar, por otro lado, estaba disgustado, pero en el fondo estaba asustado, como un niño al que le habían contado una historia de terror y la ve hecha realidad.

—Hola, es un placer.

Silas sonrió tontamente, saludando a la esbelta figura femenina con la piel inusualmente tersa y los ojos muy grandes.

La figura se acercó, pero mantuvo su distancia.

Era una mujer que parecía dotada generosamente, haciendo movimientos suaves pero notables que los invitaban a acercarse, haciendo gestos dulces.

Una seducción pura, desprovista de emoción, un mecanismo de depredación.

—Ya es suficiente.

¡Aléjate!

No confíes en la garrapata.

Gaspar tiró del chico, quien le hizo un gesto a la figura, despidiéndose tímidamente.

—Si ves a la garrapata, nunca le des la espalda.

Su ataque viene cuando te sientes seguro.

Gruñó Gaspar empujando a Silas para que se enfocará por donde iban.

—¿Por qué le pusieron ese nombre?

Silas preguntó, confundido, mirando a Gaspar, pero por el rabillo del ojo hizo lo que no debería haber hecho: miró por encima de su hombro.

—Porque si te descuidas, se te pegará y te comerá lentamente.

Te drenará hasta que seas un caparazón vacío.

Gaspar dijo molesto, pero su expresión cambió cuando vio al mocoso palidecer y luego congelarse.

—Eres un idiota y ni siquiera es tu primer maldito día.

Doblaron una esquina en uno de los pasillos, llegando al borde del pozo, que era un pasillo con casi la misma escasa luz que el anterior.

—Mocoso.

¿Sigue ahí?

Gaspar preguntó nerviosamente sin detenerse, empujando a Silas un poco más, con un solo pensamiento en la cabeza.

Avanzar un poco más.

Sobrevivir.

—Bien, trataré de salvarte, no porque me agrada la idea, es porque tendré que explicar porque te deje morir y aquí no tengo excusas.

Habló, solo para aliviar su pesar, justificando el hecho que si la Garrapata los atrapaba, lo dejaría completamente solo.

Sin embargo, al ver que el chico balbuceaba incoherencias mirando fijamente, vio la cara de la mujer casi al lado de ellos, apoyada en la pared como si no pesara nada, abriendo suavemente sus babosas fauces y extendiendo su lengua.

Le parecía raro que no lo comiera de inmediato; cada Garrapata tenía su forma de actuar.

—Sigamos adelante.

Randall estará aquí pronto.

Al menos alguien me verá que traté de salvarte.

Habló, ignorando lo que los acompañaba, ya que estaba enfocado en ser excusado por la muerte de un Hernández o al menos verse como un héroe al esforzarse en salvar a un Hernández.

—Estoy rodeado de incompetentes peores que un pez luna.

Gruñó ante la risita de Silas acompañada de besos que este arrojaba a la cosa que tenían detrás.

Aunque quiso ver con odio al chico, vio algo extraño, ya que está Garrapata movía la lengua en la cara de Silas, como si lo acariciara.

Este ocasionalmente le daba algunos besos.

—¿Qué demonios…?

Te está besando, mocoso.

¿Ahora te gustan los jóvenes, o qué?

Esto es… Antinatural.

Gaspar estaba confundido, pero sobre todo asustado, ya que la Garrapata no se lo había tragado.

Pero ante lo raro no quiso decir lo asqueroso que se veían, no quería ser la cena de esta.

—¿Qué están haciendo ustedes?

La voz de Randall vino de adelante.

Estaba desconcertado al ver a Gaspar empujando a Silas con una mirada estúpida en su rostro, la cara de un hombre a punto de colapsar.

—¿Qué diablos le pasó a…?

Randall preguntó, dejando caer algo al suelo.

—¡Miserable tonto!

¿Dónde estabas?

¡¿Esa cosa todavía nos sigue?!

Gaspar dijo, eufórico, sin miedo a atraer la atención de una araña o una mantis religiosa.

—No hay nada, solo sigan…

Randall comentó, no queriendo mirar hacia atrás, ya que todos tenían experiencia, sabiendo bien lo que significaba que no se viera quien seguía a alguien.

La Garrapata se había ido cuando Randall se acercó.

—Era la Garrapata.

No debería estar por aquí.

Al escuchar a su compañero, Randall resopló, sabiendo que su imaginación no le había jugado una mala pasada.

—Había encontrado algo más adelante, pero no sabía lo que podría haber pasado.

Randall comentó, señalando detrás de él.

Pero entonces Silas recuperó los sentidos, tocándose la mejilla donde la mujer lo había tocado.

La piel se sentía fría y resbaladiza.

—Felicidades, mocoso, has encantado a una sirena, o como nos gusta llamarlas…

garrapatas.

Randall comentó, temiendo lo que Gaspar estaba pensando.

—Mira nada más, eres todo un don Juan, cuando te diga algo, haz caso o estarás muerto, y peor, me tendré que hacer responsable.

Dijo Gaspar mostrándose significativamente molesto con lo ocurrido.

—¿No se supone que las sirenas están en el agua?

Silas preguntó, confundido.

Los hombres tenían una expresión de incomodidad sobre cómo explicar lo que sabían.

En este lugar, los mitos cambiaban y se pudrían.

—Oye.

¿Qué tienes en los pies?

Gaspar preguntó, viendo una figura con cabello blanco y que era muy delgada.

Esto hizo que Randall suspirara y levantando un cuerpo como si fuera solo basura.

—La mosca favorita de Rufus murió.

Le tocó una mala noche.

Esto hizo que Gaspar soltara algunas maldiciones.

—¿Las moscas son mujeres viejas?

Silas preguntó, confundido, viendo que las sombras estaban más cerca, atentas a los hombres, pero sobre todo a las moscas, que estaban paradas, expectantes.

—No, idiota, pero la favorita de Rufus era esa vieja desdentada.

Gaspar comentó para luego hacer un gesto vulgar con la boca, los guardias no dijeron nada más al ver la expresión del otro, ya que cada uno de los antiguos estaba pensando en cómo fingir que aún no habían encontrado el cuerpo.

—¿Quieres que la tire al pozo o la devuelva a la jaula?

Randall preguntó, sosteniendo su cabeza como si fuera un muñeco de trapo.

Pero eso no duró mucho, ya que ninguno de ellos notó los ojos claros, ahora abiertos y fijos, de la anciana, que estaban en Randall, de pronto está se vio en una fracción de segundo empujándolo.

—Cuidado…

¡No está muerta!

Solo eso salió de la voz de Silas cuando la mujer saltó, acortando la distancia entre ellos en gran medida a pesar de su edad.

Su velocidad era antinatural, sus movimientos, puros espasmos depredadores.

Randall cayó, golpeando las barras de la jaula, que estaban comidas por el tiempo y el moho.

Silas, en un abrir y cerrar de ojos, apenas logró esquivar a la anciana, aunque notó que unas manos finas y fuertes le sujetaban la pierna.

—¡Es una trampa!

¡Ella no quería besarte, quería usarte!

Gaspar gritó, sacando un garrote y lanzando un golpe por detrás de la espalda de Silas.

Aun así las moscas se negaban a perder una presa fácil.

—¡Qué rayos!

¿Acaso ustedes no tienen experiencia en esto?

Expresó Silas disgustado, esforzándose en su liberación.

Este vio como la anciana volvía a la carga.

—¡Aquí viene!

Expresó Silas, logrando esquivar un intento de ser mordido con las encías infectadas de la anciana, a cambio logro dar un par de golpes a la octogenaria que no cayó con facilidad hasta que Gaspar la golpeó.

La anciana no dijo nada, solo un gemido antes de caer al suelo y colapsar contra el piso, pero el hombre experimentado no esperó a ver si se movía y asestó varios golpes repetidos hasta que fue evidente que no se movería de nuevo.

—Está muerta…

Se acabó…

Gaspar comentó, mirando a sus compañeros.

Las mujeres que sostenían a Silas parecieron dudar en seguir con su presa.

En cambio, comenzaron a girar hacia el otro.

Randall.

—¡Bestias indeseables!

¡Basura!

Randall rugió con el enjambre encima de él.

Lo sujetaron y lo comprimieron contra el acero, poniendo a prueba la resistencia del hombre y las barras, mientras que desde el otro lado, le tiraban de las piernas como caballos furiosos.

—Eso resolverá el problema con la anciana.

Ahora es culpa de Randall.

Comentó Gaspar con una sonrisa tras el esfuerzo, lo que enfureció a Randall, este gritó y maldijo a todos, aunque sabía que él habría hecho lo mismo con cualquiera en esta situación.

—¿Vas a encubrir la muerte de esa mosca con este idiota?

Silas comentó, algo confundido, pero parecía que esta mosca era algo importante por aquí.

—Me sorprendes.

Pensé que no tenías cerebro, pero no es el caso.

Comentó Gaspar mirando de reojo al muchacho para enfocar su vista en una de las moscas que cuidadosamente recogía algunas pertenencias que se le habían caído al muchacho.

—Gracioso.

Es raro aquí, pero mantiene el estilo del puerto.

¿Hacemos algo con la anciana?

¿O elegimos otra para reemplazarlo?

El joven comentó, tratando de demostrar que, pasara lo que pasara, estaba acostumbrado a lidiar este tipo de situaciones.

Los gritos de fondo fueron reemplazados por el sonido de las barras doblándose y Randall siendo arrastrado en cada dirección que la oscuridad ofrecía.

—¿Viste a la del flequillo?

Bueno…

¿Deberíamos arreglar eso?

Silas añadió a lo que estaba diciendo, aunque cambió de tema debido a las barras dobladas.

—Ese no es nuestro problema.

El anfitrión, el Maestre de ceremonias y el resto organizará el enjambre de insectos.

Gaspar comentó, acercándose y teniendo cuidado de no resbalar, mirando las barras.

Por su lado Silas se percató que sus bolsillos y cinturón desaparecieron, junto a su garrote, a lo que discretamente recogió el que había dejado Randall.

—Qué molestia.

Pero podría haber sido peor.

Hay herramientas más adelante.

Después de hacer los preparativos, lo arreglaré.

Gaspar siguió caminando sin preocuparse, con el joven guardia detrás.

—Claro…

¿Por qué no?

El joven siguió a su compañero, mirando a su alrededor, con el sonido del destino de Randall de fondo, una exquisitez que rara vez se obtiene entre la inmundicia y la putrefacción.

—Supongo que la parte de alimentarlos ya está resuelta, ¿verdad?

Silas añadió al silencio de su caminata, lo que hizo reír a Gaspar por una cierta ingenuidad.

—Eso fue divertido.

La verdad es que harás la tarea de Randall.

Siempre la hacíamos ya que tengo algunas diferencias con algunos insectos.

No me gusta la forma en que me miran los mosquitos.

La actitud tranquila y sospechosa de Gaspar hizo que Silas se sintiera incómodo, quien sintió que sería más un problema.

—Cálmate, pirata de poca monta, no pongas esa cara.

Recuerda que encantaste a la garrapata.

Eso te hace especial.

Pero no indestructible.

Añadió, lo que lo hizo reír hasta que llegaron a la puerta de metal contra una pared.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo