El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 1
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1: Desgracia en la esperanza 1: Desgracia en la esperanza Las olas, de un negro obsidiana, embestian contra los acantilados, arrojando una espuma pestilente y esmeralda contra los grandes cayos y acantilados que daban la bienvenida a los barcos comerciantes desde las cumbres adornadas con los infortunados, era en estas mismas donde se formaban estructuras rudimentarias.
Estas ruinas se erguían como torreones llenos de almas viles y crueles que manejaban el mercado marítimo.
Aquellos que no seguían las normas eran colgados como peces al sol.
Aquí ocasionalmente la muerte del mar aparecía para golpear a los infortunados que no logran cubrirse, arrastrando y consumiendo todo para regresarlos al abismo del que nacimos.
Llegando al único lugar seguro a miles de millas náuticas a la redonda.
Este era un pueblo que se mostraba como un oasis de salvación hasta la putrefacción y la terrible imagen del pueblo alzándose en horrible hacinamiento.
El muelle era colosal al igual que las fábricas y viviendas que se alzaban una sobre otra, tratando de respirar con dificultad entre el hormigón y acero que dominaba sobre el resto de materiales, que a su vez eran degradados por el aire marino.
El burdel Dama Dorada daba la bienvenida a los incautos como un lugar tranquilo para descansar y disfrutar pero el horror que escondía estas puertas eran atroces, sobre todo lo que ocultaba debajo de sus cimientos.
Por otro lado el comercio y las fábricas eran repartidas entre los una de las primeras familias con su deseo de control, estos con el poder en sus manos llevaban a cabo sus maquinaciones para traicionar a todos como apoyar a los mismos.
Pese a tener la joya de la burocracia en ruina, cada acto estaba pre demeritado con el fin de ganar algo, salvo una familia que resaltaba con su sádica corrupción, donde el juez supervisaba que cada alma sufriera una eternidad de calvarios hasta más allá de la muerte, este pese a su deterioro, seguía dirigiendo pese a que su hija fuera una heredera mucho peor que su padre.
—¡Sepan sobre la junta de comercio!
¡Se presentarán los patriarcas secundarios a la reunión!
Gritó una niña sacudiendo el papel en sus manos.
—Mocosa.
¿Qué es lo que ocurre?
¿A que llaman junta de comercio?
Expresó una figura sombría, la cual se mostraba en un uniforme verde oliva, con una capucha beige para evitar quedar empapado con la llovizna que humedece la suciedad de las calles.
—No lo sé, pero es algo que tenía al amo exaltado… Murmuró la pequeña, tratando de no mirar tanto al oficial que tenía una mirada helada.
—Deberíamos solucionar esos problemas de memoria.
Expresó el hombre sombrío, dándole la sensación de que la pequeña estaba ante un momento crucial en su corta vida.
—Pero se que el amo lo supo de un boticario en la calle de la ahorcada.
La pequeña se apuró en responder, temerosa a que estos le hicieran algo, pero el hombre sacó su garrote listo para castigar a la mocosa por hablar fuera de lugar.
—¡No pedí que me hablaras!
La pequeña empalideció, solo pudo cubrirse con sus delgados brazos.
—¡Ya basta!
¡Ya basta!
Gritó una voz de forma imponente desde atrás, está detuvo incluso a los transeúntes temerosos de ser señalados por los oficiales.
No obstante este luego de gritar pareció aclararse la garganta para volver a comunicarse de forma más civilizada.
—Ya basta… Esto es prometedor, al juez le encantará saber que alguna familia está tramando cosas, aunque claro.
Primero debemos asegurarnos de que sea cierto.
El hombre se detuvo un instante viendo a su compañero, tratando de captar si estaba haciendo alguna broma o no.
—No puedes estar hablando en serio… Ambos se observaron un instante, la mirada de un hombre que parecía ser el más afortunado observando una escultura de hielo.
—…
Lo dices de verdad…Tobías, en alguno de estos días harás que te cuelguen… Este soltó una bocanada de incredulidad que se desvaneció en el húmedo aire viciado.
—Tienes que ser más realista y buscar un enfoque que nos de más ganancias.
Expresó otro oficial, quien pese a sonar terrorífico, resultaba ser una bendición para la niña, la cual sabía que una golpiza más sería la última para ella.
—¡No sé arrepentirán!
¡Lo que digo lo escuché claramente desde mi único oído!
La pequeña levantó su maraña de cabello como paja con estiércol, mostrando una oreja sucia, con la otra mutilada.
—Veo que estás confiando en una chismosa… Expresó el hombre de hielo, dando unos golpecitos con el garrote a su compañero, este hizo una mueca de despreció, que a su vez transmitía una sensación de superioridad.
—¡No soy chismosa!
El hombre que nos recogió se la comió.
Pero cuando estaba atrapando más niños escapé del saco.
La niña respondió, solo para recibir una cachetada sonora que si bien le dolió, la pequeña no lloró por el golpe.
—¿Ahora me crees?
Los oficiales sabían de los flautistas y sus negocios, pero por lo general no se metían en los asuntos de esos locos.
—No.
Y aunque me traigas al propio flautista, no confiaría en ti… Expresó el hombre, dando un golpecito en la cabeza a la niña con el bastón.
—Tobías, no seas así con la informante.
Además si logró huir de uno de los flautistas, es una buena señal.
Expresó con una sonrisa segura.
—¡En efecto!
Soy alguien muy competente.
La niña respondió afirmando ser un elemento valioso.
Este se acercó a la pequeña, aplazando con la mano Tobías a un lado con un movimiento despectivo.
—No trates de tocarme, asqueroso esclavista narigon.
Expreso Tobías, quien solo recibió una risa.
—De verdad me resulta algo hilarante que trates de igualar mi nivel.
Pero bueno, debo estar aquí con ustedes… Por un momento el hombre se frotó el cabello negro con rulos que salían por debajo del sombrero.
—No actúes como si fueras especial.
Respondió Tobías a su compañero tan problemático por su altanería.
— Asumo que el quitarme las patillas nunca fue suficiente.
¿Acaso estuviste viéndome en las duchas?
El hombre pareció tímido, en lo que la niña recibía una moneda sucia por uno de los diarios.
—Solo cállate Amram.
No es fácil averiguar tus gustos.
Además tu hocico y deseos de tener un puesto mayor son demasiado peligrosos para alguien como tú.
La respuesta de Tobías resultó como un puñal para Amram quien parecía querer responderle ante su falta de visión y deseos de comodidad entre seres iguales.
Aunque según términos que ellos mismos habían establecido, los esclavistas eran superiores en todo.
—No vuelvas a hablarme como si trataras de hablar con un igual, o pretender… Esbozó una respuesta agresiva a su compañero pero fue callado a la brevedad.
—A quien tratas de engañar pequeño mestizo de pacotilla, tus genes están sucios y no tienen por donde entrar en un lugar con el resto.
Hasta los puros no son más que restos endogámicos enfermos.
Tobías no esperó, habló fuerte y se acercó a su compañero firme pero por sobretodo amenazante.
—Mejor… es… Este dijo, volteandose y respondiendo con silencio a su compañero, solo para mirar de cerca a la pequeña, quienes estaba enfrascada en un desafío de miradas con una niña leprosa.
—Señorita informante… ¿Estás bien?
¿Acaso es un amigo o algo más?
El hombre habló amable, tratado de sonar algo dulce dentro de lo pesada que era su voz.
—Si, es solo uno de esos mocosos de la otra imprenta.
No confíen en ellos, son chismosos y mentirosos.
La niña advirtió al hombre quien pareció incomodarse bajo su sonrisa falsa.
—Hagamos un trato.
No te daré oro o alguna moneda sucia, pero puedo darte salud.
Propuso el hombre calmadamente para que la niña entendiera lo que le quería ofrecer, aunque de fondo más allá del ruido de la calle concurrida, el compañero refunfuñaba como un burro enojado por las palabras de su compañero.
—Bueno, es algo simple.
Si vas a los torreones… La niña se apartó al instante de escuchar sobre los torreones de piedra.
Sin embargo no fue suficientemente rápido y Amram la sujetó de su pequeña pierna desnutrida.
—No quiero terminar en ese lugar, no he hecho nada.
Se mostraba horrorizada, su mirada se llenaba de lágrimas y su voz trataba de quebrarse acompañada de la enfermedad.
— No terminarás en los torreones de piedra.
Expresó este aflojando un poco su agarre.
—Recibirás recompensas.
Dulces y sabrosas recompensas.
Comentó esté dejando que la pequeña tuviera un brillo en su mirada.
—¿Me darán comida por noticias?
El hombre asintió, mientras a su lado la figura helada de Tobías se acercaba y arrojaba un paquete sobre la niña.
—Esto es un adelanto, pero más te vale seguir trayendo noticias buenas.
Amram se vio molesto por la intervención de su compañero, quien se levantó para seguir a este.
Entre el bullicio de la vida de la calle quedó la niña, escuchando la aterradora voz del hombre ahora más amenazante con su compañero, que al final parecía no ser tan malo.
La pequeña se levantó y observó el paquete, pensando que había recibido un tesoro a cambio de nada, dio el primer mordisco a algo que jamás había pensado llegar a probar.
La mirada de los transeúntes era cruel y llena de sádica envidia, pero al ver a los oficiales con esa niña, nadie se quería meter.
Por su parte los oficiales avanzaron como imponentes entre el mar de gente que se empujaban para ni siquiera lograr ser vistos por estos hombres, entre ellos hablaban del método para hacer hablar al boticario, solo esperaba no encontrarse con la ahorcada.
Las familias secundarias o menores como los estaban encargados de algunas áreas comerciales y artesanales se veían como panales de avispas agitadas por la varilla con la que les trataban otras familias principales este último tiempo, pero el conflicto del municipio provocó un ambiente mucho más tenso entre las familias.
Un poco más lejos del encuentro, una jovencita vendada observaba atenta como una de las alimañas de la competencia había tenido suerte.
Tras aguardar que alguien no la estuviera buscando, se apuró en salir de su escondite y regresó con su hermano mayor, este a sus avanzados doce años gritaba fuerte pese a la enfermedad.
—¡Averigue sobre el escándalo!
¡Sea el primero!!
Gritó la voz chillona que estaba consumida por la tuberculosis que aún no le quitaba todas las fuerzas.
El joven delgado, un poco más bajo que la altura promedio sintió un movimiento a su costado, en eso se dio cuenta de su hermana pequeña, está consumida en gran medida por la lepra.
—¿Has conseguido algo?
Preguntó de forma seria, tratando de asegurarse de no ser escuchado por nadie.
—¿Parezco alguien que consiga monedas de todos estos muertos de hambre?
Parecía la niña disgustada con la pregunta, la cual fue respondida con una amarga y cortante pregunta que no provocó al joven, quien solo parecía morderse la lengua por preguntar tan ridícula pregunta.
—Pero he conseguido algo de información y por otro lado la mocosa del periódico de la imprenta Windsor… Sin embargo la conversación fue apagada por un rugido anormal que nada orgánico podía provocar.
Algunos transeúntes viejos y más enfermos parecían padecer dolores con los repentinos sonidos.
—¡Condenadas máquinas infernales!
No entiendo porque las siguen permitiendo.
Esbozó el joven tosiendo un poco, luego de que una de las máquinas de metal pasará por la calle.
Estas eran inventos de una familia nueva proveniente de la capital.
—No me gustan esas cosas pero ayuda a cubrir los escapes.
Comentó la niña de forma positiva ante aquellas cosas no vivientes.
A su vez el joven pese a odiar las debía aceptar ese beneficio que tenían.
Estas bestias de metal era una idea traída de una extraña familia que ofrecía servicios de mensajeria, como también logistica por dos hermanos de la capital que vieron la oportunidad para establecer en el pueblo más longevo para establecer las fábricas automotrices como un método innovador para el transporte de recursos y ganado, lo cual los enemistad con las familias Ramírez y Sepúlveda por querer quitarles su inversiones en el transporte de recursos.
Pero había un detalle amargo para las familias que trataba sobre los barrios bajos, estos siempre con inconformes y rezagados que se negaban a morir rápidamente como terminar ensuciando las preciadas calles en vez de las cloacas o callejones llenos de basura.
Por lo que estaba la familia de los Hernández, grupo segmentado de camarillas ruines y despiadadas que martirizaban contra toda alma que se descuidara al estar cerca de ellos.
En lo profundo de gigantes construcciones hacia las profundidades conocidas como pozos, en estas las vidas estaban perdidas y asediadas por innumerables ojos que supervisan que el ganado cumpliera con las peticiones de sus clientes al pie de la letra.
A lo largo de las marañas de viviendas estaban asediados por innumerables pasillos y callejones que generaban una red de tráfico como transacciones maliciosas.
Entre todas, una figura se movía ágil, con su pequeño porte, está se escabulle como una rata por cada rendija, entregando y recibiendo paquetes dudosos.
Bolsas de dinero, cartas, paquetes que gotean y mucho más.
Pese a su audacia y ser más rápida que su hermano, llegaba tarde a la reunión con un cliente especial.
—…
La mujer ingresó sin ser vista ni por las propias criaturas que se habían adueñado de este callejón inmundo.
—¿Estas?
Oye… Murmuró la mujer, en una voz apenas audible, fácilmente confundida con el suspiro del denso viento viciado.
—…Qué rayos… Dijo la mujer para sí misma cuando tocó el suelo como algo pulposo bajo sus zapatos con tela.
—Agnes.
¿Y el cliente?
Dime.
¿Acaso llegaste tarde?
Expresó una voz familiar desde atrás.
—Calla hermano.
Fue por unos minutos, hice todas las entregas antes de llegar hasta aquí.
Expresó está aún en voz baja, tratando de defenderse, mientras su hermano, un hombre de aspecto similar se frotaba las grasosas sienes.
—No seas tan dramático.
Es solo un demente que… Expresó la mujer con firmeza, tratando de hacer recapacitar a su hermano al tratar de seguir los consejos de un loco.
—No es solo un loco.
Ese demente tuvo razón en todo lo que nos dijo, cada cosa que parecía imposible o extraña el lo mencionaba con antelación.
—¡Escuchate!
Hablas más desvaríos que ese propio loco, si que acierta.
Pero es ridículo… todo, la forma en que lo dice, no quiero que caigamos en una trampa.
Expresó Agnes, ambos ante su discusión silenciosa, no se percataron de lo que se arrastraba y formaba a partir de cuero húmedo a sus espaldas.
—Se que es ridículo pero, debes entender que es importante que estemos no solo a un paso adelante del resto.
El nos da la oportunidad de movernos antes de que piensen que hay alguien cerca.
Murmuró este que se distrajo un instante.
Su hermana respondió, tratando de ser lo más realista posible, pero sus palabras fueron ignoradas por su hermano que distinguió algo frente a sus ojos, solo inclino su cabeza y trato de ver que una silueta grotesca bajo trapos rasgados estaba de pie tras de ella.
—Bueno, llegó nuestro cliente… Este habló, solo para ver cómo su hermana se giraba y daba un grito callado al tener a aquello tan cerca, dejando sentir su hedor a putrefacción.
—No hagas… Hablo Agnes con apenas un hilo de aire que recuperaba, pero fue interrumpida por la silueta que se asemejaba más a un fantasma.
—Ratoncillos en una rueda, no ven que se acaba el tiempo mientras que juegan pensando que llegarán lejos.
Expresó este con brusquedad mientras una risa extraña y siniestra nacía de el.
—No somos ratas.
Además… ¿Acaso no puedes decir nada sensato?
Expresó la mujer, cuestionando al cliente.
Donde su hermano pese a ver que el cliente no se ofendio.
Se mantuvo un poco menos asustado por lo que hizo su hermana.
—Si mal no recuerdo el barco que zarpó debía olvidar la canasta.
Expresó este de forma inquietantemente tranquila.
—Vamos, no puedes decir que no manejo la información, por tan solo un descuido de la hora acordada Dijo una mujer con una silueta con el aspecto de ratera, era baja y encorvada, lo que le hacía verse más pequeña a diferencia de lo que tenía frente suyo que era una silueta movediza que trataba parecer humana hasta cierto punto.
—Tu información era del color de un calcetín sin pareja.
El hombre encapuchado por harapos peores que los de un jirón de carne, dio algunos golpes en su cabeza, como si tratara de solucionar algo.
—Yo estaba parloteando con las gaviotas sobre quién robaba los huevos.
No puedo… trataré de.
Por eso, mi regalo es este conocimiento… Si pones una zanahoria en tu oreja izquierda, puedes oír los pensamientos de las estatuas de jardín…
pero solo si la Luna está pensando en queso cheddar.
No te culpes si no funciona, a veces la Luna es muy reservada.
El hombre expresó sus palabras con rima, lo cual trajo una serie de risas confusas provenientes de él.
—Válgame.
Suspiró Agnes, frotando su cabello, que soltó una nube de caspa.
—De verdad debo encontrar mejores clientes… Esta comentó para tratar de entender lo que decía el loco que tenía delante.
—Bien, zanahoria, caballos… Caballos los Ramírez… estatua del jardín.
La mujer murmuró con frustración.
—Es simple Agnes, él está diciendo la ubicación de algo valioso sólo cuando la noche revele su secreto.
Agnes volvió la vista para ver a su hermano, quien tenía su mismo aspecto salgo por ser más gordo.
La figura rió estrepitosamente mientras ambos trataban de callarlo, sintiendo la máscara de metal fría, de la que babeaba una sustancia viscosa.
—¡Los Rattue sin dudas son los mejores buscando queso!
Este celebró dando pasos chistosos, en lo que los hermanos se miraron, intrigados a la decadencia mental que este solía aparecer.
Ya que en otras era un cliente que proporciona buena información a cambio de otra.
Pero está no era la ocasión en particular.
—Hace un tiempo que eres un cliente de información.
Pero no has dado dinero, en cambio das información hasta que soltamos algo.
Robert se rasco las manos que mostraban uñas gruesas y sucias por mugre que desprendían trozos de piel muerta proveniente de la urticaria mal tratada.
—Mi hermano quiere saber si darás una solicitud de información con mayor peso… ¿No quieres saber algún secreto de las familias?
Expresó Agnes mirándose con su hermano para saber si este hombre estaba realmente interesado en algo útil de ellos.
—Digo, cuestan pero… cuando se trata de negocios se suele hacer ciertos intercambios… ¿Comprendes?
Esta añadió diciendo algo que en la historia de su familia jamás diría, ya que eran conocidos más como embusteros de renombre.
—Los agujeros son profundos y los bichos anidan en estos, pero los malcriados se ponen a jugar, olvidándose de su lugar el cual… Mientras esté hablaba incoherencias que no podían descifrar, prefirieron hablar un poco entre ellos.
—¿Has logrado entenderlo?
Creo que ha dicho incoherencias de nuevo.
Sin embargo es curioso, es como si tratara de contar algo… Expresó su inquietud Robert.
—Robert, no puedes creer las cosas de este loco.
Además se trata de los Ramírez… Murmuró su hermana, algo incómoda.
Este sujeto… esta cosa nos dijo que la mayoría de las cosas cuando se vuelven incoherentes, las tenemos que ignorar… El hombre trató de pensar en lo que le decía su hermana.
—Lo sé, pero pese a los jinetes y monstruos… piensa en el oro, la riqueza que esconden.
Ambos parecían indecisos en tomar la decisión, aunque el hombre que les revelaba esto solo estaba quieto mirando contra la muralla.
—Claro… pero son religiosos, nos perseguirán.
Y tratarán de poner como advertencia… Respondió la hermana, alejando por un momento su codicia ante el peligro que esto significaba.
—…Pero el oro… El hermano parecía estar enfocado en las riquezas que obtendrían.
—Sabes… tú, hombre o cosa.
¿Sabes algo sobre el tesoro o queso que esconden?
Preguntó Agnes con preocupación, lo que detuvo el monólogo hilarante de la criatura.
—…
Las sales alejaron a las bestias y el corazón lleno de hambre condujo a las ratas a su premio en el laberinto… de la fe… del Gouda.
El cliente envuelto en trapos dijo dando un delicado movimiento de manos.
—Esto… creo que se refiere al queso… Esto confundió a los hermanos con inseguridades pero aguardaban atentos por lo que podría ser un indicio.
—Mi zapato izquierdo que usó el miércoles, es el que supo cuando las nubes revelan que no son de algodón, y los pájaros temen a que el gato aproveche de encontrar sus nidos.
Pero el gato dejará solo su almohada.
Otras palabras salieron sin sentido de la boca del hombre.
—Entonces el miércoles es cuando hay que ir… Es cuando los gatos salen a cazar y nosotros robamos el queso de su almohada.
Hablo Agnes como si logrará quitarse un peso de encima, logrando comprender lo que decía el loco, descifrándolo antes que su hermano, pero ella se avergonzó al decirlo.
—Aguarda y… ¿Qué hay de esa sal?
¿Que lleva?
Rápidamente preguntó el hombre impaciente, con algo de sudor en la frente, viendo un tenue brillo en los ojos del cliente que eran canicas negras en cuencas dentro de una máscara que parecía una atroz burla de metal y hueso comprimidos.
Esto le trajo un terrible escalofrío que le recorrió el alma.
— El cocinero que tiene el burdel hizo una sopa del día del mes pasado fue la que trajo consigo la indigestión del Charun que devolvió a los muertos que torturaba, este enfurecido jalo sus orejas puntiagudas y graznó con su nariz de buitre.
Robert se golpeó la frente al perder la idea de lo que hablaba, asumiendo que fue mala idea preguntar.
—¡Supe de ese chisme!
¡El mes de los vómitos!
La mujer exclamó emocionada al oír eso.
Olvidándose de su ansiedad y la delicadeza del trabajo que estaban llevando a cabo que debía mantener el sigilo.
—Creo que puedo conseguir los ingredientes con el cocinero si es que aún no lo liquidaron por intoxicar a los clientes… Agnes comentó pensando bien cómo conseguiría que este revelará ese accidente.
Robert solo le miró confundido, aliviado que su hermana fuera igual de astuta que él y pudiera compensar sus defectos.
—Correcto.
Expresó el cliente misterioso, dando unas risas sobrenaturales que ahuyentaba a las ratas que estaban a su alrededor.
Haciendo que los hermanos sintieran un poco de envidia de esas pequeñas alimañas.
—Entonces debo decirte que los Morandé y Balmaceda son familias extrañas, vienen de la capital sobre sus ideas y con sus supuestos doctores que son mejor que los matasanos… Agnes habló con determinación para soltar algo de información que debía servirle de algo a esta especie de cliente, mientras este parecía moverse con el sutil sonido del deslizamiento.
Ambos vieron a este retroceder sin darles la espalda.
—¡Aguarda!
Debes tener cuidado con estos.
Los pacientes dejan de ser humanos.
Pueden hacer que el inválido camine pero la unión de carne y metal no trae buenos augurios… La mujer habló rápido, pero no pudo terminar ya que aquel que le revelaba la información se disolvió por una alcantarilla.
—Eso es… Extraño.
Raro.
Terrorífico.
Murmuraron ambos al unísono sin saber que decir, pero sus agudos ojos se clavaron en lo que quedó al borde del alcantarillado.
—¿Debería tocarlo?
Expresó el hombre sintiendo sudor frío, a lo que la hermana viéndolo se veía más pálida y enferma de lo que se pudo ver en mucho tiempo.
—Tal vez… sea algo valioso… Expresó ella, respirando profundo y dando el primer paso.
Era una pequeña bolsa sucia, estaba cubierta de residuos de alcantarilla como de una sustancia viscosa que evitaba que la suciedad atravesará la tela de la bolsa que se sentía algo pesada.
Ella lo movió sutilmente antes de pensar en abrirlo, escuchando un pequeño tintineo familiar que adoraba tanto.
—¿Qué es?
Deberías tener cuidado… Dijo su hermano a la nada, ya que ella estaba absorta tratando de abrir la bolsa.
—Debemos preparar todo para el miércoles… Esta arrojó algo brillante a su hermano sin dejar de ver la bolsa.
La cual apretó con emoción.
Este era un mapa húmedo y grasiento contra el forro de su chaqueta.
El tintineo de las monedas que le había arrojado a Robert era el sonido más dulce que había oído en meses, una promesa de peso real en un mundo de promesas podridas.
El loco o lo que fuera esa cosa les había dejado una oportunidad, pero su regalo y su acertijo habían anclado mucho más profundo en la codicia de los Rattue de lo esperado.
—¡No tires algo tan valioso!
¡¿No ves el valor de estas piezas?!
Este se olvidó de mantener un perfil bajo cuando expresó su molestia a su hermana quién se volteo con una gran sonrisa en su rostro.
—Te los regalo, una vez que consigamos esto.
¡Nuestra familia nos bordará en el emblema familiar!
Esta se veía envuelta en una fantasía ambiciosa que dejaba en claro cuando Robert vio el mapa.
Perdiéndose en sus sueños de riqueza, aunque estos sabían que se metían con fuego, pero esta oportunidad que les dio esa cosa con la cabeza ida, compensaba el peligro con la recompensa.
Además que de formas misteriosas había acertado en múltiples ocasiones sobre las incoherencias.
Sabían que en un pueblo lleno de horrores, lo más seguro era trabajar con los monstruos, ya que eran irónicamente lo más humano que los habitantes de este lugar.
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