El Circo entomológico deliranteII - Capítulo 2
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2: Los telones desgastados.
2: Los telones desgastados.
El estrépito metálico comenzó como un lamento lejano, un eco de artillería atrapado en las entrañas de la ciudad.
La presión en las tuberías aumentó hasta que el hierro pareció jadear, llamando la atención de cada habitante de los niveles inferiores.
Más allá de la miseria cotidiana, aquel sonido traía consigo un nombre que se propagaba como un escalofrío.
—…El Enredador… El Enredador… El pensamiento se instaló en la mente de cada criatura capaz de percibir la vibración de los tubos centenarios.
No era una llamada, era una advertencia.
Los susurros, cargados de un remordimiento antiguo, se aglomeraron en las esquinas de los pasillos húmedos.
—Nos escuchó… viene a por nosotros… El silencio que siguió fue más pesado que el ruido.
Fue una eternidad de pulmones contenidos para quienes conocían la leyenda.
El simple concepto de esa maraña de cabellos revolviéndose sobre los desafortunados era suficiente para asfixiar cualquier atisbo de esperanza.
Pero la llegada de la criatura no ocurrió; al menos, no en ese instante de agonía suspendida.
Desde los dormitorios plagados de parásitos hasta los mercados negros que florecían en el salitre del alcantarillado, nada se movió.
Incluso en los túneles sellados por la plaga, la vida se detuvo.
Todos compartían un pesar unánime; un instinto de supervivencia que les dictaba que era preferible morir de mil formas antes que terminar envueltos en esa densa y húmeda mata de pelo.
Los sonidos del drenaje volvieron a golpear, amenazando la frágil estabilidad de los conductos que solo parecían mantenerse unidos por capas de sarro y óxido.
La fuerza del descenso atravesó niveles más profundos de lo que cualquier alma cuerda desearía habitar.
El eco en las alcantarillas, vastas como avenidas subterráneas, hizo que algún mercader ocasional detuviera una venta.
No por miedo al comprador, sino por una curiosidad teñida de pavor ante aquello que inquietaba a las almas que pronto serían de su deleite.
El golpeteo siguió bajando, más allá de los barrios bajos donde las familias se hacinaban en cubículos minúsculos, hasta alcanzar los pozos organizados por los Hernández, cuyo nuevo liderazgo aún era una herida abierta.
De pronto, una tubería cedió con un estruendo gutural.
Miles de galones de residuos fueron vomitados con violencia, y junto a ellos, nació una masa amorfa que cayó bruscamente sobre el concreto corroído.
La forma, en un principio blanda y carente de estructura, comenzó a agitarse con un patrón errático, buscando desesperadamente un eje sobre el cual erguirse.
El lodo se escurrió de su superficie, revelando una piel que recordaba al cuero de un gran animal ahogado, una textura pálida y curtida por el arrastre.
—Creo que tendré que usar menta aplastada para aliviar mi aliento.
Comentó una voz que parecía brotar de las grietas de la figura.
La masa terminó de moldearse en algo vagamente humanoide mientras se sacudía los restos de suciedad —Percebes, es cierto.
¡No tengo boca!
Silas, ahora en pie, dejó que su propia naturaleza terminará el trabajo de limpieza.
Una viscosidad corrosiva brotó de sus poros, quemando cualquier rastro de basura externa hasta quedar reluciente en su palidez enfermiza.
—Adoro bañarme, lástima que tenga que probar lo que toco… Este río junto a su máscara que tenía una expresión de sonrisa intimidante.
—Tardaste mucho.
¿Dónde estabas?
Preguntó la voz infantil de una niña, está era una pequeña de los pisos inferiores conocida como la Araña saltarina, quien estaba bajando desde algún lado de la oscuridad del piso, sus múltiples ojos observaban al gusano.
—Veo que tenemos un reloj sin freno, donde el ojo de la migraña es su único cerrojo.
Respondió Silas entre risas desquiciadas.
—Deberías tomar tu medicamento… Debemos recuperarte, eres inútil así.
Dijo la pequeña caminando a la oscuridad, por lo que Silas la siguió con un caminar cómico, casi saltarín en lo que su cuerpo terminaba de cuajar.
—Será que el medicamento para todo dolor no es más que el charco de las lágrimas de las plantas cuando… El monólogo de Silas se vio interrumpido por una figura humanoide alargada que actuaba de manera bestial, cruzó su camino como una tormenta de cólera y desesperación.
—¡Hambre!
¡Hambre!
No ha caído… ¡Nada!
¡Hambre!
Gritaba la Langosta, subiendo hacia los pisos superiores con las fauces abiertas de par en par, buscando desgarrar cualquier cosa que llenara su estómago inexistente.
—¡No resisto más!
¡Hambre!
¡No resisto más el hambre!
En un arrebato de locura, la criatura de carne deformada se lanzó sobre Silas.
A pesar de que el contacto con la piel del gusano le quemaba la carne, la Langosta maniató a Silas con una fuerza bruta, suplicando en su delirio por algo que saciara su malestar.
—¿Qué ha sido eso?
¿Fue por casualidad el eco de mi trompeta?
Protestó Silas mientras se incorporaba, pero fallando en el proceso de forma ridícula.
—¡Les dije que nadie debía bajar a esta habitación hasta que supiera cómo encontrar al zapatero!
Vio con fastidio que la Langosta se había llevado una de sus piernas en el forcejeo.
Del muñón vacío brotaba una bilis negra que burbujeaba al contacto con el suelo, carcomiendo el concreto.
—El día de hoy me he encontrado con ratones y está rata, tal vez tenga que llamar a un plomero para solucionar las faltas de ortografía.
Habló con la risa entre dientes que no provenían de el mismo, gateando para alcanzar a la niña que se desvanecía como su mente.
—Recuerda agradecer al carroñero por cuidarte.
Eres un terrible líder.
Se pronunció la voz de la niña flotando desde la lejanía, como si estuviera cuestionando a Silas por su actuar.
—Moveremos los mares cuando el gallo cante para almorzar, es ahí donde debo saltar el fideo del que cuelgan los conejos.
Silas respondió imperturbable a lo que la pequeña niña solo suspiro, surgiendo desde la oscuridad como un sueño lúcido y señaló hacia al frente.
—Eres raro cuando estás así.
Los moscos están más adelante.
Desapareció por completo la imagen de la niña cómo de la misma forma espectral que había aparecido para indicarle de forma breve.
Silas solo se movió obedeciendo y se adentró hacia las grietas profundas de las murallas carcomidas.
Allí, el paisaje cambiaba, para ojos externos seguía siendo igual pero para quienes vivían en los pisos inferiores, era un sitio de gran diferencia.
sutiles brillos de setas luminiscentes nacían de la podredumbre, creando un contraste onírico con el resto del basurero que alberga horrores.
— Veo que la luz resplandece a mi alrededor, sin reparo alguno.
La cuenta saldrá cara luego de tanto tiempo… Silas murmuró en lo que extendió una mano para arrancar una seta, pero una garra poderosa le sujetó la muñeca.
El apretón fue acompañado de un intenso chisporroteo que rompió el silencio del lugar, acompañado por una sensación fría que recorrió su cuerpo al contacto.
El Mosco que le ganaba en altura por varias cabezas frente a él gruñó, un sonido cargado de un odio puro hacia el invasor que trataba de robar su preciado tesoro en su jardín fúngico.
—Vengo a hurtadillas a recolectar tomates donde la tía de la saltarina.
Balbuceo al ser descubierto, pero no recibió palabra alguna como respuesta.
Como respuesta, fue arrojado violentamente contra el suelo.
Se incorporó con un movimiento inhumano, como un muñeco de trapo cuyos hilos han sido tensados de golpe.
Los Moscos eran figuras imponentes, con máscaras brillantes de colores variados y una presencia que sometía el aire a su alrededor.
Un bastonazo impactó de lleno en su rodilla de la pierna sana.
Si Silas tuviera huesos, el sonido habría sido un coro de astillas rotas; en su lugar, el golpe esparció fluido corrosivo por el suelo.
—Menos mal que siempre tengo un neumático de repuesto.
Sin mucha emoción dijo, viendo cómo su pierna perdida empezaba a regenerarse mientras la otra se deshacía como un trapo húmedo.
De pronto, un polvo brillante fue espolvoreado sobre él.
—¡No!
¡Por el Caleuche!
¡No me tiren esa basura encima!
Silas se retorció como una babosa a la que se le arrojó sal, luchando contra una náusea que no debería sentir.
—Para la próxima, denme la bolsita con medicamento.
Es degradable que me lo arrojen así.
Este reprochó sin titubear al Mosco que le lanzó los polvos fluorescente, recuperando poco a poco la lucidez y la consciencia de sí mismo.
Los Moscos, como era su costumbre, se retiraron sin mediar palabra.
—Son unas cabezas de pez luna.
Gruñó Silas.
Asegurándose de que nadie lo viera, se escabulló un poco más allá para ocultar rápidamente varias setas fluorescentes entre los pliegues de su piel, que ahora dejaba de consumir todo lo que tocaba.
—No me vendrán a vender merluza por albacora… Detesto actuar como un pez espada.
Guardó el botín y lanzó una última mirada a las grietas, preguntándose qué secretos permitían aquel cultivo en mitad del abismo.
Al oír un ruido tenue, huyó de allí con brincos torpes.
Tenía lo necesario para volver al circo.
—Debo volver.
No puedo perder más tiempo, está por llegar.
Se esforzó en sanar sus extremidades mientras sentía los mil ojos de la oscuridad observando su retirada.
El futuro era una sombra incierta, pero algo era seguro.
Pronto habría comida fresca, pues los nuevos integrantes estaban en camino e independiente el espectáculo necesitaba reanudarse si incluso debía hacerlo tan solo una persona.
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