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El desconocido detrás de mi orgasmo - Capítulo 29

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  3. Capítulo 29 - 29 ALICIA DUKE
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29: ALICIA DUKE 29: ALICIA DUKE Abigail
Al universo le encantaba joderme la vida, ¿verdad?

—¡Hola!

Soy Alicia Duke.

La nueva Jefa de Relaciones Públicas.

¿Está el Sr.

Wolfe?

Miré la mano que me ofrecía y luego su cara.

De todas las mujeres del país que podían ser la nueva Jefa de Relaciones Públicas, ¿tenía que ser esta zorra?

No.

De ninguna manera.

¡El universo no podía hacerme esto, y menos un lunes por la mañana!

El universo ya me había quitado el trabajo, el prometido y, por lo visto, la capacidad de llegar al orgasmo por mi cuenta gracias a cierto cabrón sin corazón en el despacho de detrás, pero seguro que había un límite para la cantidad de caos que podía haber en mi vida, ¿no?

Pues al parecer no.

Porque, de pie frente a mi escritorio, estaba la rubia a la que mi exprometido se había estado follando el día de San Valentín en su actividad de grupo del Día de los Inocentes.

¿Acababa de decir que era la nueva Jefa de Relaciones Públicas?

¿Pero qué coño?

¿Por qué no me había enviado Charlie un informe sobre eso?

La jefa de recursos humanos y yo íbamos a tener una charla bien larga durante la hora del almuerzo.

La sonrisa en el rostro de la rubia vaciló y entonces supe que ella sabía quién era yo.

—No está disponible —forcé una sonrisa agradable e incliné la cabeza hacia un lado.

Ella inclinó la cabeza hacia los ventanales que tenía detrás.

—¿Sabes que puedo verlo sentado en su escritorio a través del cristal, verdad?

—¡Vaya!

¿Puedes ver?

—jadeé, llevándome una mano al pecho de forma dramática.

Mis tetas se rozaban contra el top de terciopelo rojo, escotado y desabrochado, que llevaba puesto y por un momento me imaginé sacándomelas y chupándomelas.

¡La zorra se escandalizaría tanto!

—Había pensado que te habías quedado ciega por infectarte con el semen de Drake.

Sé que esa mierda puede ser mortal.

Solo con ver su polla encogida basta para dejar ciega a cualquiera.

La sonrisa de Alicia se desvaneció y se aclaró la garganta con incomodidad.

—Nunca pensé que te encontraría aquí.

El mundo es un pañuelo, ¿no?

—Mmm —dije, cogiendo mi tableta—.

Realmente es tan pequeño que mi basura siempre tiende a acabar en los mismos sitios.

Deslicé un dedo por la agenda de la mañana y le dediqué otra sonrisa.

—¿Y sabes qué no encuentro en la agenda del Sr.

Wolfe para hoy?

Sostuve la tableta en alto para que pudiera ver la pantalla.

—Tu nombre.

Sus labios se curvaron en una mueca de desprecio.

—Por eso mismo te dejó Drake.

No hace falta que seas tan desagradable…

—Te equivocas, zorra —dije, dejando la tableta sobre mi escritorio con un chasquido y entrecerrando los ojos hacia ella.

—Yo dejé a Drake, no al revés.

Igual que tú vas a largarte de esta planta ahora mismo, o la Señorita Jefa de Relaciones Públicas pasará su primer día siendo arrastrada fuera por seguridad.

—Puedes hacer lo que quieras, eso no cambia el hecho de que ahora trabajo aquí.

Parecía tan enfadada que juro que se le habría puesto el pelo rojo si no hubiera resoplado, dado media vuelta y contoneado su vulgar culo fuera de mi vista.

¿Cómo coño trabajaba Alicia Duke aquí?

Oh, sin duda se lo iba a contar a Drake.

Ya era bastante malo haber visto las fotos de Drake en la lista de modelos que trabajaban con el Sr.

Wolfe, pero él todavía no sabía que yo trabajaba aquí.

Bueno, pues ahora lo sabría.

Había bloqueado todos sus números, pero el cerdo no cedía.

Si hubiera puesto todo este empeño cuando aún estábamos juntos…

Puaj, ¿sabes qué?

Me alegro de que no lo hiciera.

Si lo hubiera hecho, desde luego no me habrían follado hasta perder el juicio en el avión…

en el club, oh, sí, definitivamente en el club.

Miré por encima del hombro, a través del cristal, al hombre taciturno sentado tras su escritorio.

Finnegan estaba en su mesa, sin chaqueta y con las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos.

Tenía la cabeza inclinada sobre un documento, una mano apoyada en el escritorio y la otra haciendo girar un bolígrafo entre los dedos.

Esos dedos.

Dios, ¿cómo había metido sus cuatro gruesos dedos en mi coño?

Me había destrozado.

Llegué a casa el domingo por la mañana, desesperada por correrme, usando mi vibrador como si estuviera jodidamente poseída, pero nada podía darme alivio.

Solo él.

Apreté los muslos bajo el escritorio y un pequeño gemido escapó de mis labios ante la sacudida de placer.

Unos mechones de su pelo le cayeron sobre la cara, y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

¿Cómo podía parecer un puto santo cuando había sido un demonio y me había usado así…

solo para no hacerme correr?

¡Ese…

ese cabrón!

Bruto, molesto, santurrón y arrogante.

Ugh, podría agarrarlo del pelo y cabalgar su cara hasta correrme por todo su rostro, gritando como una posesa.

Se enderezó, levantó la cabeza y sus ojos verde esmeralda se clavaron en mí.

Mierda, me había pillado comiéndomelo con los ojos.

Me negué a apartar la mirada, sosteniendo la suya a través del cristal.

¿Qué vas a hacer, Wolfe?

Llámame a tu despacho, te reto.

Era una locura y probablemente estaba delirando, pero todavía tenía la garganta irritada por haberme tragado hasta el último centímetro de su polla hacía apenas dos días, mientras mi coño dolía y palpitaba; tenía todo el derecho a delirar.

Levantó una mano y me hizo una seña con el dedo índice para que me acercara.

Ven aquí.

Mis ojos se abrieron de par en par y una sacudida me recorrió el pecho.

¿Quería que fuera?

¿Me reconocía del club?

Mierda, si lo hacía, seguro que me despediría.

Pero me había ignorado prácticamente toda la mañana, así que no podía ser eso.

Reprimiendo todos mis pensamientos nerviosos, me levanté sobre mis tacones, perfectamente consciente de que sus ojos me observaban a través del cristal mientras abría la puerta de su despacho.

Su mirada se posó en los tacones que llevaba, mis zapatos de salón rojos a juego con la blusa, antes de recorrer mis medias de rejilla y la falda.

Una pequeña sonrisa asomó a mis labios cuando esos intensos ojos se posaron en mis tetas, y la reprimí rápidamente, deteniéndome justo delante de su escritorio.

—¿En qué puedo ayudarle, señor?

Yo solo estaba…

Aquellos ojos verdes se volvieron aún más fríos y me arrojó el documento que tenía en las manos sobre el escritorio.

—¿Qué coño es esto?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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