El desconocido detrás de mi orgasmo - Capítulo 88
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Capítulo 88: La oferta
Abigail
—¿Señora?
Enarqué una ceja ante el completo desconocido que estaba de pie frente a mí, preguntándome si me habían transportado de vuelta a los años sesenta, porque ¿quién demonios usaba ya la palabra «Señora»?
«O siquiera tenía un bigote rizado», pensé, observando el bigote rubio y ensortijado que lucía sobre sus labios.
—Sí, si fuera tan amable de acompañarme —extendió la mano, señalando hacia el aparcamiento.
—¿Eh, no? El peligro de los desconocidos, mi abuelita me lo grabó a fuego. Si su señora quiere conocerme, bien podría acercarse ella misma.
¿Sería esto una especie de treta de Alicia? ¿Estaba intentando tenderme una trampa? Ah, mierda, ahora me había convertido en una paranoica de mierda.
Ni de coña iba a seguir a un tipo de aspecto raro a un aparcamiento lleno de coches. Nadie se daría cuenta si me dejaba inconsciente y se llevaba mi cadáver a un río cualquiera.
—Le aseguro que no tengo malas intenciones…
—No me interesa, señor —dije, haciendo un gesto de desdén—. Ahora, si me disculpa —o no, me da igual—, tengo cosas importantes que hacer.
Abrió la boca para hablar, pero el sonido de un teléfono vibrando lo interrumpió. Se metió la mano en el bolsillo para coger la llamada mientras yo me daba la vuelta para marcharme rápidamente, porque estaba claro que no quería conocer a la señora de nadie.
Cuando volví a la oficina, Finnegan estaba reunido con sus abogados discutiendo qué hacer con Alicia y cómo demandar a Carlton Gayle. Al parecer, Drake también iba a pillar cacho porque las pruebas demostraban que era cómplice de Alicia.
Bien merecido se lo tenían los dos. A Drake le gustaba organizar orgías, ¿no?
También podría organizar una en la cárcel. Apostaría a que sus compañeros de celda estarían más que dispuestos a ayudarle a mejorar sus habilidades para chupar pollas.
Una risa malvada se escapó de mis labios ante la idea. Oh, estaba deseando contárselo a Annette. Quizá hasta asistiríamos al juicio, con palomitas, porque no habría nada más cinematográfico que ver las caras de Drake y su rubita.
Finnegan insistió en que me largara a casa y, la verdad, me dolía un poco la cabeza por el tortazo que me había dado Drake antes. Ese capullo, iba a vengarme sin duda, de una forma u otra.
Aunque, en serio, ¿no íbamos a hablar para nada de lo de anoche?
Aparte de unas cuantas miradas acaloradas que me había lanzado, era difícil saber que anoche me la había metido hasta el fondo en el coño. Ni siquiera estaba segura de cómo comportarme, sobre todo porque cada vez que lo miraba solo podía ver la expresión de su cara cuando me preguntó si había visto su paquete.
No debería desear que pasara nada entre nosotros. Cada vez que nos besábamos, cada vez que nos tocábamos, sus manos sobre mí, su boca, su polla…, estaba destinado a descubrir que era yo.
Finnegan Wolfe era listo. La única razón por la que aún no lo había descubierto era, probablemente, porque no tenía ningún motivo para ello. Nunca habría adivinado que la mujer del avión y Afrodita, la del club, éramos la misma persona.
Joder, si hasta había llegado a cambiarme el color del pelo y tantas otras cosas solo para que no supiera que era yo, porque tenía miedo de que no volviera a tocarme.
Ahora me tocaba. Y tenía miedo de algo completamente distinto: que descubriera que lo había estado engañando.
Que le había mentido.
Salí de la empresa una hora más tarde, arrastrando los pies, después de organizar el viaje a Boston de mañana. Él se había ido antes.
¿Cómo se suponía que iba a mantenerme alejada de él si teníamos que estar juntos los próximos tres días en el puto Boston? ¿Quizá podría confesarlo todo?
Ni hablar. No solo despidió a Alicia y rescindió el contrato de Drake con Wolfe, sino que Finnegan hizo que los arrestaran. Tendría suerte si solo me despidiera a mí cuando descubriera la verdad. Me temblaban los dedos mientras intentaba abrir el coche cuando oí pasos detrás de mí. El hombre del bigote rizado había vuelto.
—No se rinde, ¿verdad? —gruñí, girándome sobre los talones para encararlo.
—Mi señora debe hablar con usted —respondió con esa misma voz monótona y molesta que me sacaba de quicio.
—Usted y su señora pueden irse a…
—No me había dado cuenta de que la asistente de mi hijo fuera tan malhablada.
Gina Wolfe salió de detrás del bigotudo, sus fríos ojos verdes brillando con leve diversión. Llevaba el pelo gris recogido en un moño apretado y vestía un traje de falda y chaqueta gris.
¿Ella era la señora? Qué gracia. ¿Qué necesidad había de tanto misterio?
—Señora Wolfe. —Esbocé la sonrisa más falsa que pude, con los labios apretados en una línea—. Qué agradable sorpresa.
—Puedes dejar el numerito —resopló, levantando la nariz con esa familiar actitud snob suya.
—Lo haría, pero mis padres me enseñaron a ser educada con las ancianas.
Sus ojos centellearon de ira ante el insulto. —Cuidado con lo que dices, jovencita.
—Me disculpo, ¿necesitaba algo?
Nunca había intercambiado más de una o dos frases con esta mujer, pero su descarado desprecio por su hijo era suficiente para que se me helara la sangre cada vez que la veía.
¿Por qué coño me estaba buscando?
En el fondo, sabía que no sería nada bueno.
Pero vamos a escucharla, ¿no?
Dio unos pasos hacia delante y luego se detuvo, midiendo el espacio entre nosotras como si fuera a transformarme en un alienígena y quisiera estar a salvo por si acaso.
Qué gracia, si alguien de los dos parecía un alienígena, era ella y su novio robótico… o mayordomo, o lo que coño fuera.
—Tengo una tarea urgente para ti. —Me tendió un teléfono. Fruncí el ceño al ver la cantidad de seis cifras que me guiñaba un ojo—. Todo lo que tienes que hacer es lo que yo diga y te transferiré esto de inmediato.
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