EL DESPERTAR DEL DRAGÓN EL INICIO DEL LEGAGO - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 El Camino Hacia la Montaña de los Dragones
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3: El Camino Hacia la Montaña de los Dragones 3: El Camino Hacia la Montaña de los Dragones Capítulo 3: El Camino Hacia la Montaña de los Dragones Después de que Eira explorara sus nuevos poderes —convirtiendo una rama seca en un tallo verde y creando una barrera de luz que repelía la maleza del bosque—, el gnomo comenzó a contar la historia del Claro de los Ancestros mientras preparaban provisiones para el camino.
“Muchos siglos atrás”, dijo con su voz grave, mirando hacia el altar, “los primeros protectores unieron sus fuerzas para construir este lugar.
Aquí es donde sellaron a Naga por primera vez, pero sabían que su oscuridad volvería.
Por eso dejaron la profecía de la Elegida y prepararon el camino hacia la Montaña de los Dragones, donde Lyra está retenida”.
Kasel, que había estado afilando la espada de su padre —ahora con un brillo sutil en su hoja, como si la magia del claro la hubiera fortalecido—, levantó la vista.
“¿La Montaña de los Dragones?
He oído hablar de ella en las historias de los ancianos, pero siempre creí que era un mito”.
“Es más real de lo que imaginas”, respondió el duende, saltando de un pie a otro.
“Pero el camino hasta allí no es fácil.
Pasaremos por el Desierto de las Sombras y atravesaremos el Río de las Lágrimas —lugares donde la oscuridad de Naga tiene más poder”.
Mientras el hada les explicaba cómo usar las flores luminiscentes del claro como linternas mágicas que no se apagan con el viento, Eira sintió que el amuleto de su abuela vibraba contra su pecho.
Al mirarlo, vio que uno de los símbolos ancestrales brillaba con intensidad.
“El amuleto nos está mostrando el camino”, dijo Eira, señalando hacia el norte.
“También me ha revelado que en el Desierto de las Sombras encontraremos a alguien que nos ayudará a cruzar el río”.
Los cuatro emprendieron su viaje al amanecer.
El bosque ahora parecía diferente a Eira: podía ver los hilos de magia que conectaban los árboles, oír los susurros de los espíritus del bosque que les deseaban suerte.
Kasel, por su parte, notó que su agilidad y fuerza habían aumentado, como si la energía del claro hubiera dejado una marca en él también.
Al llegar al límite del bosque, se encontraron con el inicio del Desierto de las Sombras —un paisaje árido donde el sol parecía menos brillante y las formas de las dunas parecían moverse como seres vivos.
Los soldados de Naga patrullaban a lo lejos, sus armaduras oscuras destacando contra el suelo amarillento.
“Tenemos que movernos con cautela”, advirtió el gnomo, agachándose detrás de una roca.
“Naga ha extendido su influencia por todo este territorio, y sus guardias están entrenados para detectar cualquier rastro de magia”.
Eira cerró los ojos y concentró su nueva magia, creando un velo de bruma suave que envolvió al grupo.
Mientras se movían sigilosamente entre las dunas, vio a lo lejos una figura sentada bajo la sombra de una roca gigante —una mujer vestida con túnicas de colores tierra, con ojos que parecían ver más allá de lo físico.
“Ese es nuestro aliado”, susurró Eira a Kasel.
“Es una buscadora de caminos, guardiana del Río de las Lágrimas”.
Mientras se acercaban, la mujer levantó la cabeza y sonrió, como si los hubiera estado esperando todo el tiempo.
“La Elegida y su protector”, dijo con voz cálida.
“He estado esperando vuestra llegada.
Me llamo Mara, y si queréis llegar a la Montaña de los Dragones, primero deberéis aprender a cruzar las aguas que guardan los secretos del pasado”.
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