EL DESPERTAR DEL DRAGÓN EL INICIO DEL LEGAGO - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 El Río de las Lágrimas
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4: El Río de las Lágrimas 4: El Río de las Lágrimas Capítulo 4: El Río de las Lágrimas Mara se puso de pie y señaló hacia el horizonte, donde se divisaba una franja azul oscura entre las dunas.
“Allí está el río.
Pero no podéis cruzarlo como lo haríais con cualquier agua.
Cada gota contiene recuerdos de todos los que han luchado contra la oscuridad —sus alegrías, sus dolores y sus sacrificios”.
El grupo avanzó hasta la orilla.
El Río de las Lágrimas fluía con un murmullo suave, pero sus aguas eran tan oscuras como el ámbar, y en su superficie se reflejaban imágenes que no pertenecían al presente: guerreros antiguos luchando, curanderas sanando, niños jugando en aldeas ya desaparecidas.
“Para cruzarlo, debéis enfrentaros a un recuerdo que os aqueje”, explicó Mara, bajando la cabeza.
“Yo tuve que enfrentarme al día en que Naga destruyó mi aldea.
Solo así pude encontrar la fuerza para seguir adelante y proteger este camino”.
El duende fue el primero en adentrarse en el agua.
Al instante, su expresión juguetona se hizo seria, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
“Veo a mi familia…
cuando la oscuridad llegó a nuestra madriguera”, susurró.
Pero en segundos, su rostro volvió a iluminarse.
“Pero también veo cómo nosotros, los duendes, prometimos proteger los caminos secretos de Long Quốc.
Ese recuerdo me da fuerza”.
A continuación fue el gnomo.
Al tocar el agua, se detuvo, temblando ligeramente.
“Mis manos…
cuando construí el primer muro de protección para mi pueblo”, dijo con voz ronca.
“Pensé que no sería suficiente, pero ese esfuerzo inspiró a otros a unirse.
Ese es el poder de la comunidad”.
Kasel respiró profundo y dio un paso al río.
Las aguas se convirtieron en un espejo que reflejaba la imagen de Arden ardiendo, de los aldeanos gritando, de él siendo demasiado lento para salvar a algunos.
El dolor lo invadió, y sintió como sus piernas pesaban más cada vez.
Pero entonces vio a Eira, con sus lágrimas mágicas curando a los heridos, y a su padre, sonriendo desde el pasado como si le diera ánimo.
“No lucho solo”, dijo en voz alta, y sintió cómo la carga desaparecía, avanzando con firmeza hasta la otra orilla.
Finalmente fue el turno de Eira.
Al entrar en el agua, las visiones la inundaron: vio a su abuela enseñándole sobre las hierbas medicinales, vio la creación de Long Quốc, vio a Lyra en una torre de piedra, con los ojos cerrados pero con una llama de esperanza en su pecho.
También vio a Naga —no solo como un señor de la oscuridad, sino como un ser que alguna vez fue protector, hasta que el deseo de poder lo corrompió.
“Entiendo ahora”, dijo Eira, mientras avanzaba.
“La oscuridad no es solo un enemigo a derrotar —es un desequilibrio que debemos corregir”.
Cuando todos llegaron a la otra orilla, el río brilló con una luz suave, y sus aguas se tornaron claras por un instante antes de volver a su aspecto habitual.
“Has comprendido la verdadera lección del río, Elegida”, dijo Mara, que los había seguido caminando por la orilla.
“Ahora el camino hacia la Montaña de los Dragones está más claro.
Pero ten cuidado: Naga ya sabe que estás en camino.
Ha enviado a su mejor comandante, Kael, para detenerte”.
Mara les entregó unos panes de grano negro y unas pociones de hierbas que mantendrían su fuerza.
“A partir de aquí, el camino es más peligroso, pero también encontraréis a otros que se unirán a vuestra causa.
Los protectores de Long Quốc nunca han estado solos —solo hemos estado esperando el momento de levantarnos”.
El grupo agradeció a Mara y continuó su viaje.
Al fondo, se alzaban las montañas de los dragones, con sus cumbres cubiertas de nieve y un brillo misterioso en sus faldas.
El destino se acercaba, y con él, el enfrentamiento final con la oscuridad.
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