EL DESPERTAR DEL DRAGÓN EL INICIO DEL LEGAGO - Capítulo 34
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34: Los Primeros Signos de un Nuevo Peligro 34: Los Primeros Signos de un Nuevo Peligro Capítulo 36: Los Primeros Signos de un Nuevo Peligro Seis meses después de la renovación, Long Quốc vivía su mayor prosperidad en siglos.
Las nuevas cosechas habían superado todas las expectativas, los mercaderes recorrían rutas que habían estado cerradas por décadas, y en la Ciudad de las Estrellas se había inaugurado una nueva academia de magia donde jóvenes de todas las razas aprendían a controlar sus poderes en armonía con el equilibrio.
Pero Eira no podía sacudirse una sensación de inquietud que la acompañaba desde hacía semanas.
Cada noche, mientras estudiaba en el templo subterráneo del Valle de los Primeros Nacidos, notaba que algunas de las antiguas inscripciones comenzaban a desvanecerse, como si algo estuviera borrando la memoria del reino.
Un día, mientras enseñaba a sus alumnos en la academia del Claro de los Ancestros, uno de ellos corrió hasta ella con los ojos llenos de miedo: “Maestra Eira, ¡los árboles del bosque han dejado de susurrar!
No responden cuando les hablamos”.
Eira corrió hacia el Bosque de los Susurros junto a Finn y Bren.
Lo que encontraron los dejó paralizados: los árboles centenarios que antes hablaban con voces antiguas ahora estaban silenciosos, sus hojas perdían el brillo y en sus troncos aparecían marcas negras en forma de espiral —las mismas que habían visto en el altar del valle antes del despertar de la oscuridad antigua.
Mientras examinaban el lugar, llegaron noticias de otros puntos del reino: en el Lago Cristalino, las Naiades habían desaparecido sin dejar rastro; en las cavernas del norte, el Fuego Sagrado comenzaba a debilitarse, ardiendo con una luz pálida; y en la Ciudad de las Estrellas, los astros habían dejado de mostrarse en el cielo, incluso en las noches más claras.
Kasel y Rian regresaron del Desierto de las Sombras con noticias aún más preocupantes: las ruinas antiguas que habían permanecido cerradas por siglos ahora estaban abiertas, y en su interior se encontraban inscripciones que hablaban de un “Retorno del Vacío” —una entidad que no solo buscaba destruir el reino, sino borrarlo completamente del tiempo y el espacio.
“Según estos textos”, explicó Finn, que había pasado días estudiando las inscripciones encontradas en el desierto, “el Vacío no es la oscuridad antigua que enfrentamos antes.
Es algo más antiguo —una fuerza que existía antes incluso de la creación de Long Quốc, y que ve todo lo creado como una aberración que debe ser eliminada”.
Mientras el grupo se reunía en el Valle de los Primeros Nacidos para discutir qué hacer, Aria llegó con un rostro serio y un pergamino en la mano.
“He encontrado algo en los archivos más antiguos”, dijo, extendiendo el pergamino sobre la mesa de piedra.
“El Vacío fue sellado por los Primeros Nacidos usando la propia memoria del reino como ancla.
Pero ahora, esa memoria está siendo borrada poco a poco —y cuando no quede nada de lo que recordar, el Vacío se hará con el control completo”.
Lyra se adelantó, con las manos temblando ligeramente: “Mis antepasados dragones dejaron una advertencia sobre esto.
Decían que el Vacío solo puede ser detenido si alguien está dispuesto a convertirse en el ‘Guardian de la Memoria’ —a cargar con todos los recuerdos de Long Quốc en su alma, para que el Vacío no tenga nada que borrar”.
El silencio se instaló en el valle.
Ser el Guardian de la Memoria significaría vivir atrapado entre el pasado y el presente, no pudiendo avanzar ni retroceder, solo manteniendo viva la historia del reino.
Nadie quería proponer a nadie para esa carga, pero todos sabían que no había otra opción.
Mientras discutían, un joven mago de la academia se acercó tímidamente al grupo.
Se llamaba Theo, y había sido uno de los mejores alumnos de Finn.
“Yo puedo hacerlo”, dijo con voz firme.
“He estudiado la historia de Long Quốc con pasión, he aprendido todas las canciones y los rituales.
Mi abuela me enseñó que la memoria es lo que nos hace ser lo que somos —y estoy dispuesto a cargar con ella para proteger al reino”.
Nadie supo qué decir.
Theo tenía solo dieciocho años, con toda una vida por delante.
Pero en sus ojos había una determinación que nadie podía negar.
“La decisión no es fácil”, dijo Eira, colocando una mano sobre su hombro.
“Serás el guardián de todo lo que Long Quốc ha sido y ha sido capaz de ser.
Pero también estarás solo en ese camino”.
Theo sonrió con tristeza pero con valentía: “No estaré solo —llevaré a todos conmigo en mis recuerdos.
Ese será mi regalo al reino que me ha dado tanto”.
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