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EL DESPERTAR DEL DRAGÓN EL INICIO DEL LEGAGO - Capítulo 77

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Capítulo 77: El Gran Espejo del Eterno Retorno

Capítulo 81: El Gran Espejo del Eterno Retorno

A medida que la Alianza Interuniversitaria florecía y el Nido de las Estrellas Nacientes cumplía su propósito de dar vida a nuevas realidades, los sabios y guardianes comenzaron a notar patrones fascinantes en el tejido del tiempo y el espacio. No se trataba de ciclos simples de día y noche, o de estaciones, sino de resonancias mucho más profundas que parecían conectar el inicio de los tiempos con el futuro infinito.

Finn, junto con Astra, la guardiana del tiempo, y Theo, el guardián de la memoria, descubrieron la existencia de una dimensión oculta que llamaron “El Gran Espejo”. No era un objeto físico, sino una convergencia de energías donde el pasado, el presente y el futuro coexistían como si fueran reflejos simultáneos de una sola verdad. Se decía que quien se mirara en el Gran Espejo no vería su propia imagen, sino el flujo eterno de la existencia: cómo todo lo que comienza tiene un final, y cómo todo final es, a su vez, un nuevo comienzo.

“Es la ley del Eterno Retorno”, explicó Astra durante una reunión del consejo supremo, sus ojos reflejando nebulosas distantes. “El universo no es una línea recta que avanza hacia un punto final, sino un ciclo sagrado que se expande y se contrae, que crea y disuelve, que recuerda y olvida, para volver a crear con renovada sabiduría. Hemos llegado a un punto donde debemos comprender esta verdad para asegurar que nuestra unión perdure más allá de cualquier era”.

La idea de viajar hasta el Gran Espejo llenó de expectativa y respeto a todos los reinos. No era una misión de combate, ni de construcción, sino una expedición filosófica y espiritual de la máxima importancia. El grupo elegido para esta travesía sería el más completo jamás reunido: Eira y Kasel, representando el equilibrio y la autoridad; Luna, Sol, Viento y Tierra, portadores de los elementos fundamentales; Valerius y Marcus, que conocían la oscuridad y la redención; Finn y Astra, para guiar el camino a través del tiempo y el conocimiento; y finalmente, Lyra, la dragona ancestral, cuya existencia abarcaba milenios.

El viaje hacia el Gran Espejo los llevó más allá de las fronteras conocidas de la Alianza, atravesando regiones del espacio donde las leyes de la física parecían escribirse y reescribirse constantemente. Atravesaron “mares de probabilidad” donde podían ver versiones alternativas de sus propias vidas, “bosques de probabilidades entrelazadas” y “ríos de tiempo con corrientes opuestas”. Cada paso requería una concentración absoluta y una fe inquebrantable en la unidad que habían construido.

Finalmente, llegaron a un lugar que no tenía forma ni nombre, un vacío luminoso donde la realidad se manifestaba como agua tranquila en un estanque inmenso e infinito. Allí estaba el Gran Espejo: una extensión infinita de superficie perfectamente lisa que no reflejaba el entorno, sino que mostraba el flujo de la historia cósmica.

Al acercarse, los guardianes vieron imágenes que los dejaron sin aliento. Vieron el momento exacto en que los Primeros Nacidos pusieron pie en Long Quốc, pero también vieron una imagen de ese mismo momento repetido millones de veces en diferentes rincones del cosmos, con diferentes rostros pero con el mismo corazón valiente. Vieron la batalla contra el Ecosistema Vacío, pero también vieron cómo esa batalla se libraba una y otra vez en diferentes eras, siempre con el mismo dilema: la elección entre el aislamiento y la unión.

“Mirad”, susurró Finn, señalando una sección del espejo. Allí vieron el futuro. Vieron un tiempo donde la Alianza Interuniversitaria parecía desvanecerse, sus mundos separándose nuevamente, olvidando los lazos forjados. Pero luego, tras un largo período de oscuridad y aprendizaje, vieron cómo nuevas luces se encendían, cómo nuevos héroes surgían y cómo la llama de la unión se reavivaba con más fuerza que antes.

“¿Significa esto que todo nuestro esfuerzo es en vano?”, preguntó Sol, con una nota de tristeza en su voz. “Que eventualmente seremos olvidados y tendremos que empezar de cero?”

Marcus, quien había aprendido a encontrar sentido en el dolor y el tiempo, negó con la cabeza. “No, joven guardián. Mira más profundamente. No es lo mismo. Cada ciclo, la luz es un poco más intensa, la comprensión es un poco más profunda. Es como forjar una espada: se calienta, se golpea, se enfría y se repite, pero cada vez el metal se vuelve más puro y resistente. Nosotros somos parte del proceso de pulido del universo”.

Eira extendió su mano y tocó la superficie del espejo. Al instante, una conexión se estableció. No solo veía el pasado y el futuro, sino que podía “hablar” con ellos. Envió un mensaje hacia atrás en el tiempo, lleno de gratitud hacia los Primeros Nacidos y todos los que vinieron antes. Y envió un mensaje hacia el futuro, lleno de esperanza y conocimiento, depositando la sabiduría de su era en el “banco de memoria” del cosmos para que estuviera allí cuando fuera necesaria nuevamente.

“Nosotros somos el eslabón”, dijo Eira con voz firme y serena. “No somos el principio ni el fin. Somos el puente. Lo que construimos hoy no desaparece; se convierte en la semilla, en la memoria, en la vibración que guiará a quienes vendrán después. El Eterno Retorno no es una condena, es una oportunidad de perfeccionar la armonía una y otra vez”.

El grupo comprendió entonces su lugar en la inmensidad. Sintieron una paz inmensa al saber que, aunque sus nombres individuales pudieran borrarse con el paso de las eras, su obra, su amor y su sacrificio permanecerían grabados en la estructura misma de la realidad, resonando en la Primera Canción por toda la eternidad.

Al abandonar el lugar del Gran Espejo, regresaron transformados. Ya no había prisa, ya no había miedo al futuro. Sabían que formaban parte de un baile infinito, hermoso y eterno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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