EL DESPERTAR DEL DRAGÓN EL INICIO DEL LEGAGO - Capítulo 78
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Capítulo 78: La Coronación de la Luz Eterna
Capítulo 82: La Coronación de la Luz Eterna
El regreso de la expedición al Gran Espejo marcó el inicio de la era más dorada y serena que Long Quốc y la Alianza Interuniversitaria jamás habían conocido. Comprendieron que su labor no era gobernar o controlar, sino inspirar y preservar. Era el momento de consolidar todo lo aprendido, de elevar la consciencia colectiva a un plano donde la existencia misma se convirtiera en una celebración constante.
Se decidió entonces realizar la ceremonia más grandiosa y significativa en la historia de los reinos: La Coronación de la Luz Eterna. No sería la coronación de un rey o una reina, sino la coronación del espíritu de unidad, justicia y amor que habitaba en cada ser vivo. El evento se llevaría a cabo en el Valle de los Primeros Nacidos, pero este se transformaría temporalmente para albergar a representantes de cada planeta, cada estrella y cada dimensión conectada.
Los preparativos duraron una década entera, pero no fueron años de trabajo arduo, sino de alegría y creación compartida. Los Hijos de la Tierra Profunda esculpieron estructuras que parecían crecer naturalmente desde el suelo, fusionándose con la flora existente. Los seres del Reino del Cielo teñían las nubes de colores iridiscentes que cambiaban según la melodía que sonaba. Los del Reino Submarino desviaron cursos de agua cristalina para que serpenteasen entre las multitudes, llevando mensajes de paz y prosperidad. Y los seres de mundos lejanos trajeron sus más preciados tesoros: no oro ni joyas, sino obras de arte, conocimientos científicos, poemas vivientes y semillas de mundos exóticos.
El día de la ceremonia amaneció con un cielo que no era de un solo color, sino un arcoíris permanente que abrazaba el firmamento. Millones de naves y seres llegaron, flotando, caminando o teletransportándose, llenando el valle y las montañas circundantes hasta el último rincón. La energía en el aire era palpable, una vibración de pura felicidad y gratitud.
En el centro del escenario, sobre un pedestal hecho de cristal puro y luz estelar, se encontraba el Cáliz de las Eras. En su interior no había líquido, sino una luz concentrada que contenía las memorias de todos los capítulos vividos: desde la fundación, pasando por las batallas, las pérdidas, los reencuentros, la unión con otros reinos, la comprensión de la Primera Canción y la sabiduría del Eterno Retorno.
Aria, cuya luz se había vuelto etérea y brillante, casi como la de un ser de pura energía, fue la encargada de iniciar la ceremonia. Se levantó lentamente, y su voz, suave pero inmensamente poderosa, llegó a cada rincón del universo conectado:
“Hemos recorrido un largo camino, hijos de las estrellas y de la tierra. Hemos conocido el miedo y la esperanza, la guerra y la paz, la soledad y la unión. Hoy no celebramos el final de un viaje, sino la plenitud de haber llegado a entender quiénes somos realmente. No somos dueños del universo; somos sus guardianes, sus artistas y sus amados hijos”.
Luego, Eira y Kasel avanzaron hacia el Cáliz. Detrás de ellos iban Luna, Sol, Viento y Tierra, seguidos por Valerius, Marcus, Finn, Astra, Lyra y todos los líderes de los reinos. Uno a uno, colocaron sus manos sobre la superficie luminosa del cáliz.
“Que esta luz”, dijo Eira, “que es la suma de todas nuestras experiencias, brille para siempre como un faro. Que cualquier ser que se sienta perdido, cualquier mundo que se sienta solo, pueda mirar hacia este punto y encontrar el camino de regreso a casa”.
En ese momento, el Cáliz de las Eras se elevó hacia el cielo y estalló en mil millones de puntos de luz. Cada partícula de luz salió disparada hacia todos los rincones del cosmos, viajando más rápido que el tiempo y el espacio. Al tocar cada mundo, cada estrella y cada corazón, depositaba un sentimiento de pertenencia, una chispa de sabiduría y la promesa inquebrantable de que nunca estarían solos.
La “Coronación” no tuvo un rey, porque todos fueron coronados ese día. Cada ser sintió en su interior la autoridad de su propia conciencia y la humildad de su conexión con el todo.
La celebración duró cien días y cien noches, llenos de música, danza, conocimiento y amor. Fue la culminación de una historia épica que comenzó con unos pocos valientes y se expandió hasta abarcar la infinitud.
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