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El diario de un Tirano - Capítulo 190

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Capítulo 190: Consecuencias de acciones inesperadas (3)

Los ojos del Ministro se desplazaron con parsimonia hacia su flanco izquierdo, como si una voluntad ajena hubiese tirado de ellos sin prisa ni resistencia. Allí, más allá de la línea de hombres armados y del polvo aún suspendido en el aire, se alzaba una pequeña multitud. Permanecían a unos cincuenta metros, comprimidos unos contra otros, como si la cercanía pudiera ofrecerles una protección inexistente. Entre ellos destacaban los ancianos kat’os. Sus rostros eran máscaras tensas, difíciles de descifrar en su totalidad: un terror palpable, profundo, que parecía capaz de detener el palpitar de sus corazones… y, entrelazado con él, un enojo contenido, áspero, que vibraba apenas bajo la superficie, como una brasa que se niega a apagarse. Algunos apretaban los labios; otros mantenían la mandíbula rígida. Ninguno apartaba la mirada.

Una ligera ráfaga recorría el terreno con neutralidad, barriendo el olor de la sangre recién extraída.

Retomo su postura erguida, mientras observaba al pequeño infante de pie a su lado, su expresión fría permanecía, como una escultura finamente tallada en piedra.

—El había apelado al tratado…

—¡Silencio! —Levantó el tono, mientras hacia uso de su habilidad [Voz de mando], gotas de sudor perlaron su frente, su respiración se volvió irregular, hacer uso de tal habilidad consumía una parte importante de su reserva energética, y era la segunda vez que la ocupaba en un corto periodo de tiempo; sin embargo no lo sentía importante, ya que el bullicio que amenazaba con escalar fue cortado de tajo.

Astra elevó el tono y, con él, dejó caer el peso de su habilidad: [Voz de mando]. Una orden que atravesó el aire con una claridad implacable. El efecto fue inmediato. El murmullo incipiente murió antes de nacer. Las cabezas se inclinaron apenas, los cuerpos se tensaron, y el espacio entero pareció contraerse en torno a aquella única palabra.

El costo fue visible.

Pequeñas gotas de sudor comenzaron a perlar su frente, deslizándose con lentitud por su piel morena clara. Su respiración se volvió irregular, contenida en intervalos breves, como si cada inhalación tuviera que ser medida. Era la segunda vez que invocaba tal poder, y su reserva energética no era lo suficientemente vasta para pasar por alto tal arbitrariedad. Sin embargo, no hubo vacilación en su porte. Si el esfuerzo le pesaba, no le concedía importancia.

Astra desvió la mirada. Sus ojos encontraron a Pimon, el líder del temporal escuadrón.

El soldado se mantenía erguido, con la espalda recta y los hombros firmes, como si hubiese sido moldeado para ocupar ese lugar. Observaba a los vencidos con una dureza limpia, sin adornos. Había en su postura una mezcla de ufanidad y disciplina, de orgullo contenido en una estructura férrea.

Pero en cuanto percibió la atención de su superior, reaccionó, girando el cuello con calma respetuosa. Al observar los ojos cafés del que se rumoraba era la mano derecha del soberano de Tanyer, agradeció a sus padres por heredarle tan buenos instintos. Su expresión recuperó el servilismo, con la expectativa en su suave sonrisa.

—Lleva a los derrotados a los carros. Mata a cualquiera que se resista. —dijo, observando cada rostro de los vencidos, sin mueca de superioridad, pero si con una fuerte disposición de hacer cumplir su palabra.

Los cuerpos de los subordinados de Irvan tensaron los músculos; algunos desplazaron apenas el peso sobre las rodillas, otros elevaron mínimamente el mentón. El instinto de levantarse, de romper la posición impuesta, de arrojarse una vez más al combate, ardió en ellos como un reflejo imposible de extinguir. ¿Quién aceptaba la humillación sin oponer resistencia? Nadie.

Pero no se hicieron. No porque dudasen de la amenaza del hombre delgado, sino porque su cálculo era otro. En sus mentes habían comprendido que actos innecesarios podría arrebatarles la posibilidad de supervivencia, y aquella residía en el heredero de la familia Trehon. Sin él respirando, no habría ninguna probabilidad de un pago por rescate. Por lo que bastaba un gesto, una señal equivocada, para que el delgado hombre ejecutara sin titubeo lo que había insinuado.

El peso de esa certeza los mantuvo inmóviles. Sus miradas, endurecidas, se cruzaron en silencios breves. Algunos apretaron los dientes; otros bajaron la vista hacia la tierra, donde la sangre comenzaba a oscurecer el polvo. Y cuando sintieron el fuerte agarre de manos sobre sus cuellos al hacerlos levantar y caminar, ellos obedecieron.

—Ahora eres un hombre —dijo Astra con cierto sentido de orgullo, ver a un descendiente kat’o responder como lo había hecho el niño, le daba esperanza, tal vez en unos años la nueva generación podría elevarse y combatir.

El pequeño —ya no tanto niño, no después de lo que había hecho— levantó la mirada. Sus ojos se encontraron con los de Astra sin prisa, sin indicio de arrogancia que tanto daña a los jóvenes, sin la servilidad que envenenaba a los viejos. Solo un respeto nato, el que se otorga en silencio a quienes han demostrado con hechos, no con palabras, que lo merecen.

—No fue suficiente —murmuró, tan bajo que las palabras se confundieron con el viento que agitaba la hierba cercana.

Astra inclinó la cabeza, frunciendo el ceño. No había entendido del todo, o quizás no quería entender. Se volvió hacia el muchacho, notando la oscuridad que se había apoderado de su rostro, el ceño profundo que surcaba su frente, la mirada dura como el acero recién templado, perforando el aire con una carga de sentimientos que el niño no sabía nombrar pero ya comprendía portar. Asintió, lentamente. Entendía. Había visto esa misma sombra en el reflejo del agua cuando se acercaba. Sabía que la venganza, aunque dulce en el momento de la hoja que corta, no siempre desataba el nudo de dolor que algunos llevaban atado en las entrañas, ese nudo que se aprendía a disimular hasta que se confundía con la propia respiración, y el niño comenzaba a ser experto en esto último.

Colocó su mano en su hombro.

—Los humanos pagarán —prometió, con una dureza y resolución poco mostrada.

El niño bajó el rostro. Sintió que aquellas palabras deberían ser suficientes, que deberían calmar el fuego que le consumía el pecho, apaciguar el latido desbocado de su corazón. Y por un instante, un solo latido de esperanza, lo fueron. Pero entonces negó con la cabeza, casi imperceptiblemente. No lo era.

Apretó la empuñadura del cuchillo, pero entonces recordó su procedencia.

—Su cuchillo, señor.

Levantó el arma, fallando al intentar mostrar la debida ceremonia, pero eso a Astra poco le importó.

Estiró la mano para sujetar el afilado objeto, de simple manufactura, pero con un enorme significado al ser algo otorgado por su amado señor, no obstante reconocía el hecho de que al pequeño le podría ser de mayor utilidad al recordar lo realizado, para así calmar sus tristes pensamientos.

—Te lo obsequio. —Le tembló la voz, su confianza sobre la acción no era absoluta—. Recuerda tu fuerza y voluntad. Y graba en tu corazón que mientras respires, nadie podrá hacerle daño a los tuyos, o la consecuencia será fatal —dijo, recuperando las palabras enseñadas por los ancianos de su antiguo pueblo, en un intento de conservar aquello que las llamas le habían arrebatado.

El pequeño asintió, su rostro había perdido otro retazo de infantilismo, tornándose serio y rígido, con unos ojos que ningún niño debía poseer.

—Me desprendo de algo preciado —continuó Astra—, más no es mi alma ni mi corazón, pero, cubierto estan de su esencia…

—Atesoro el… el regalo, y prometo ante los ojos divinos de… E’el que mientras siga respirando, un hermano tendrá mi gratitud —dijo el niño, con el nerviosismo evidente en su rostro, un nervio crecido por la responsabilidad de un juramento que jamás había pensado que llevaría a cabo.

—Bien hecho, niño —dijo Astra, sorprendido y satisfecho de que las costumbres se mantuvieran vivas—. Ahora vuelve con los tuyos.

—Le agradezco.

Se alejó, su expresión fue perdiendo aquella breve luz que había recuperado en la conversación con el Ministro. Deseaba ver a su padre, quería su ayuda y la de los mayores, porque su corazón estaba decidido.

Astra observó su espalda por última vez, siguiendo con la mirada la silueta de quién sabía guardaría en su memoria por un largo tiempo. Permaneció inmóvil hasta que el muchacho estuvo a mitad de camino. Entonces, y solo entonces, volvió su atención hacia la pareja que aguardaba en silencio: sirviente y guardián, dos figuras que la luz del sol impactaba de lleno. Caminó hacia ellos con calma.

Ambos estaban vigilados por Trunan. La imponente figura del hombre se erguía como un monolito contra el cielo dorado, sus manos descansando con aparente negligencia sobre el pomo de una espada que Astra apreciaba como letal en su simplicidad. No había amenaza explícita en su postura, solo la promesa contenida de que cualquier movimiento inadecuado sería el último.

Irvan levantó la vista cuando Astra se aproximó. En sus ojos ardía el deseo salvaje de manifestar su inconformidad, de proclamar con gestos o palabras que no aceptaba la situación que se le imponía. Pero contuvo ese impulso. No por temor, sino porque la verdadera venganza nunca debe ser anunciada. Debe gestarse en silencio, alimentarse de paciencia, esperar su momento como la semilla espera la primavera oculta bajo la nieve. Asintió para sí mismo, un movimiento casi imperceptible. Comprendía que su vida acababa de bifurcarse irrevocablemente.

Sin embargo, aquella seriedad que había erigido en su rostro como muralla contra el porvenir se resquebrajó antes de que pudiera sostenerla. Sus ojos captaron tres siluetas que se aproximaban por el sendero principal. La tríada, aunque lejana, despertó a su memoria. Su pecho se contrajo. El aire que contenían sus pulmones escapó en una pesada exhalación.

—¡Aléjese, señor Brir! —Dejó escapar de su boca con el aire comprimido en su pecho.

El hombre regordete observó al vencido Irvan, y sintió una indescriptible emoción florecer en su corazón, aunque su astucia y experiencia le ayudó a mantener su expresión sin cambio. Sus ojos rápidamente se posaron sobre el delgado hombre, y por la forma en como lo miraba, comprendió que su actuación debía ser perfecta, sintiendo que el haber permitido que su hijo le acompañase podía resultar en un grave error.

Irvan apagó por un momento sus pensamientos, como quien sopla una vela para que la oscuridad le otorgue claridad. Calmó aquellos instintos que pugnaban por escapar de su cuerpo, los impulsos de protección que le tensaban los hombros y aceleraban la sangre. Permaneció inmóvil, respirando con la lentitud de quien aprende a bucear en aguas profundas. Entonces la observó. La mujer que, desde el instante en que sus miradas se cruzaron por primera vez, le había arrebatado el aire de los pulmones con la misma eficacia de un golpe preciso. Recordó la promesa silenciosa que se había hecho entonces, el juramento interior de que la haría suya, y que hasta unos segundos antes de la reyerta había tenido plena confianza de aquel destino no distaba demasiado.

Belian Horson volteó la mirada. Sus ojos —que él había soñado detalladamente, que había llegado a conocer mejor que los suyos— se desviaron con premura, negándose a encontrarse con los suyos, a sostener incluso la cortesía de una mirada compartida. Y en ese gesto mínimo, en esa evasión que duró apenas un latido pero pesó siglos, Irvan comprendió que había estado leyendo equivocadamente el libro de la situación. No sabía aún la profundidad de su ignorancia, no podía calcular cuántas páginas había saltado o malinterpretado, pero no era estúpido, podía notar que no estaban, ni nunca estuvieron en peligro.

Su corazón golpeó con dureza su pecho, robándole el aire de sus pulmones. Quiso hablar —formular la pregunta que le quemaba la garganta, exigir explicaciones que nunca llegarían— pero entonces sintió la mirada del alto y robusto hombre. Irvan cerró la boca. Ahora que entendía que el amor que había creído de su propiedad no le era correspondido, valoraba mejor su vida.

El primogénito del Brir observó a Irvan desde su posición al lado de su padre. Era el único de los tres recién llegados que verdaderamente sintió el impulso de intervenir, de cruzar la distancia que los separaba y ofrecer algo más que la comodidad de una mirada neutral. Lo había tratado en tiempos pasados. Lo consideraba un buen hombre, y entre jarras de alcohol que habían sido testigos de confesiones nocturnas, había ganado también su respeto y algo que se parecía peligrosamente al cariño. Pero supo contenerse. Los sermones recientes de su padre resonaban aún en sus oídos, las duras reprimendas habían hecho mella en su fina armadura, en su arrogancia e ignorancia que durante mucho tiempo su madre había alimentado.

—Señor Ministro —dijo Brabos con sincero respeto.

Acompañó el saludo con una reverencia ejecutada con la precisión de quien ha practicado el gesto ante espejos y ojos críticos. Sus hijos la replicaron, aunque la menor destreza de sus movimientos —la inclinación algo excesiva del primogénito, la precipitación de Belian— delataba que aún no habían comprendido que la formalidad es armadura tan necesaria como el acero.

Astra le observó, y aunque en su mirada se apreciaba el frío de un eterno invierno que aún no conocía la primavera, sus labios dibujaron una sonrisa, una que se escapó de manera involuntaria, como si el asco de los juegos de los expertos mentirosos le hubiera mellado el honor ganado durante las últimas temporadas al lado de su soberano.

—¿Es usted estúpido, señor Brabos? —inquirió con una mirada firme.

Brabos se quedó mudo de forma momentánea, las palabras ya preparadas en el camino abandonaron su garganta, debiendo de reunir toda la fortaleza interior que muy pocas veces había necesitado para que en su rostro no se mostrara una expresión de desagrado y molestia por la falta de respeto.

Sus dos hijos supieron guardar silencio, aunque era notoria la dificultad por la que estaban pasando.

—No, señor Ministro —respondió Brabos, y su voz salió nivelada, controlada, aunque las manos que ocultaba tras la espalda se habían cerrado en puños.

—Piense bien al responder, señor Brabos —dijo, y se olvidó que aquel hombre era un aliado, sus ojos le miraban como villano, un objetivo de su arco.

Brabos tragó saliva. Sintió el nudo que se formaba en su garganta, una repentina sequía que aguardaba en su boca. Buscó en los recovecos de su astucia, en los laberintos donde habitaban las respuestas que salvaban vidas, pero no encontró nada que correspondiera a la pregunta. Algo había sucedido, algo que se le había escapado en su concentración por los asuntos de su casa, o tal vez era una prueba, tal como el Barlok había ejecutado.

—Ante la Luz Divina que toca mi mente, y Madron que ilumina mis pensamientos, acepto mi error, mi incompetencia, señor Ministro, pero la estupidez nunca ha sido parte de mi.

Astra asintió, y Brabos suspiró internamente ante el gesto, sintiendo que su astucia nuevamente le había salvado.

—Trunan, tienes mi permiso. Demuéstrale el verdadero miedo.

—Sí, señor Ministro —dijo con un tono seco y profundo.

Dio un paso al frente, quitando el cinturón de su cintura, y con un actitud ceremonial, se lo acercó al delgado hombre, quién aceptó el arma.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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