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El diario de un Tirano - Capítulo 191

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Capítulo 191: Consecuencias de acciones inesperadas (4)

Trunan permanecía inmóvil con una expresión de absoluto control sobre sus emociones. Cada instante que transcurría lo alejaba más de la quietud. Su figura se alzaba con cierta lentitud medida, como si la tierra misma cediera bajo sus pies o el espacio se distendiera para acomodar lo que estaba por venir. La tela de su vestimenta susurraba su dolor, tensándose sobre hombros que se ensanchaban.

Primero fue el color. Un tono cobrizo, profundo como la tierra remojada por la tormenta, comenzó a brotar de sus poros. No como pintura, sino como un brote silvestre, como musgo reclamando una roca. El pelaje se extendió en oleadas por su piel, tupido y áspero, devorando la palidez humana. Se oyó el sonido húmedo y seco al mismo tiempo, de fibras deslizándose unas sobre otras, de carne reconfigurándose bajo el mandato de una voluntad antigua.

Su rostro transmutó en sincronía. Los pómulos se ensancharon, empujando contra sí mismos, mientras la mandíbula se proyectaba hacia adelante, cargada de promesas de violencia. La nariz se aplanó, negruzca y húmeda; los ojos, aunque reconocibles, se hundieron bajo pómulos salientes, adquiriendo una luminosidad amarillenta que no pertenecía al reino humano. La esencia del hombre no huyó, permanecía en un hibridaje perfecto.

En ojos externos, aquello fue el terror absoluto, robándose el aliento vital que alimentaba sus pulmones, pensamientos de racionalidad incapaces de surgir por lo inexplicable.

Cuando la metamorfosis cesó, lo que quedó allí no tenía nombre en los dialectos civilizados. Un híbrido de oso y hombre, sí, pero esa descripción resultaba de alguna forma insultante para la singularidad que ocupaba el espacio. La criatura se erguía como un monolito de carne y pelaje. Cada aliento que tomaba; profundo, gutural, daba la ilusión de hacer vibrar el suelo bajo sus pies descalzos, ahora garras negras que se hundían en la tierra como si reclamaran dominio sobre ella.

Trunan alzó el hocico hacia el cielo, las fosas nasales dilatándose para captar el viento que traía el olor a hierba y a sangre reciente. Y rugió.

El sonido no fue simplemente un grito de bestia. Fue el desgarro del aire mismo, cargado de una voluntad de acero, de una promesa irrompible. El sonido cesó, temeroso de contradecir la poderosa presencia del islo con la sangre despierta.

La montaña de pelaje oscuro no esperó a que el silencio se asentara. Con un movimiento que arrancó el aire de los pulmones de quienes lo observaban, se abalanzó sobre el hombre regordete. La embestida fue simple, casi despectiva: un hombro que emergía de la masa de pelo encontró el pecho de Brabos, derribándolo como un niño que tropieza con una raíz de roble. El cuerpo del Brir golpeó la tierra con un sonido sordo, levantando una nube de polvo dorado que quedó suspendida en el aire, como si ni ella se atreviera a dispersarse con prisa.

Trunan se posicionó sobre él. No hubo prisa en el gesto, ni crueldad intencionada, solo la certeza primitiva de un depredador que sabe que su presa no escapará. Su bestial cuerpo se distribuyó de manera que cada intento de Brabos por incorporarse encontrara resistencia imposible. El regordete hombre jadeaba, pero el aire no parecía llegarle completo; sus pulmones funcionaban, los músculos del pecho se elevaban y caían, y sin embargo algo en su mente había dejado de procesar el mandato de respirar. El terror había colonizado su cuerpo tan completamente que el instinto de supervivencia concedió su absoluta derrota.

La bestia inclinó el hocico. El movimiento fue lento, ceremonial, como si el olor del miedo mereciera ser saboreado. Las fosas nasales se dilataron sobre el rostro del postrado, aspirando algo más que sudor: la esencia misma de la sumisión, el químico de la dominación absoluta. Entonces, desde esa proximidad donde el aliento caliente empapaba la piel de Brabos, rugió.

El sonido no fue el desgarro gutural de antes. Fue más terrible por ser íntimo: una vibración que resonó en el esternón del Brir, que viajó por su columna vertebral y encontró su vejiga antes de que su voluntad pudiera interponerse. El calor humillante se extendió entre sus piernas, líquido que la tierra bebió con avidez, y Brabos no pudo sentir vergüenza porque el terror había ocupado cada rincón donde otra emoción pudiera anidar.

—Suficiente, Trunan —dijo Astra con la autoridad marcada en cada sílaba, pero la montaña de pelo no se movió; los ojos amarillentos de la criatura permanecían fijos en su presa—. ¡Suficiente!

El híbrido volteó. En ese giro se pudo ver la guerra interior: la racionalidad como llama, minúscula pero persistente, luchando contra la marea de sensaciones que la forma bestial traía consigo. Fue aquella chispa, no la orden en sí, lo que permitió que las mandíbulas se relajaran, que el peso se redistribuyera, que el cuerpo comenzara su retirada hacia lo que había sido.

El regreso fue doloroso de contemplar. La masa de pelo se contrajo, se retorció sobre sí misma, emitiendo sonidos que no eran rugidos ni gemidos sino algo intermedio y más desgarrador. La piel que se revelaba bajo el pelaje que caía —no se desprendía, se reabsorbía, se fundía como cera en una vela recién apagada— aparecía enrojecida, marcada por la violencia de la transición. Pero el verdadero sufrimiento se leía en la postura: la bestia que se encogía, que se empequeñecía sobre sí misma como quien se despoja de una armadura querida. Era su piel verdadera, su identidad. Para Trunan, la forma humana era la jaula.

Cuando el proceso cesó, lo que quedó fue un hombre alto, desnudo, sin modestia ni vergüenza. Caminó hacia Astra con paso tranquilo, los pies descalzos sigilosos sobre la tierra que aún conservaba la huella térmica de su otra forma. Astra no desvío la mirada, ni los presentes recuperaron aún la capacidad de comentar. El terrorífico espectáculo mantenía sus lenguas atadas, sus ojos fijos en el punto donde la bestia había estado. Era como si la imagen persistiera en la retina, un espectro de pelaje oscuro superpuesto al hombre de carne que ahora se acercaba a su superior.

Con un gesto respetuoso, el que se le otorga al camarada que comparte labor, Astra extendió el cinturón que había recibido momentos antes. El cuero oscuro colgaba de sus manos, pesado con la espada y el cuchillo. Trunan lo aceptó con ambas manos, inclinando la cabeza con respeto, mientras sujetaba la vaina en una posición que le permitiese el rápido desenfunde.

—Mi misericordioso Señor —Comenzó a decir con calma, mientras se acercaba a Brabos—, en congruencia con su divina esencia, le perdonó la vida. Y le permitió gozar de un título, que hasta ahora ha mostrado su incapacidad para poseer. —Le observó, y el regordete hombre, con el temblor en todo su cuerpo, se forzó a mirarle, con el terror visible en sus ojos—. Pero, sobretodo, su acción de omitir la llegada de estos miserables ha condenado a toda su sangre.

Trunan, que había permanecido inmóvil a la izquierda de su superior, desenvainó. El sonido del metal al abandonar la funda fue seco, breve, casi discreto; pero el gesto habló con la elocuencia que las palabras habrían empequeñecido. Un acto que se apetecía completamente innecesario.

Los ojos de Brabos lo percibieron, lo comprendieron, pero el terror persistente impidió que el mensaje llegara completo a los centros donde se fabrican las respuestas.

—Ya afirmó no ser estúpido —continuó el Ministro, con una afirmación irrefutable—, por lo que considero entonces que usted piensa que yo, Astra Del Bosque, Ministro de asuntos internos y externos y fiel subordinado del divino Orion, es idiota.

La afirmación no esperaba respuesta. Era una trampa, una espada de doble filo que Brabos reconoció incluso en su estado de aturdimiento. Algo —algún residuo de la astucia que había gobernado su vida hasta esa tarde— revivió en su mirada. No lo suficiente para formular escapatoria, pero sí para comprender la profundidad del precipicio.

—He fallado —dijo, su tono temblaba. Con extrema dificultad se colocó de rodillas, falto de orgullo y de la fuerza esquiva que no podía encontrar en su cuerpo—, le he fallado al señor Barlok, y a usted, señor Ministro. No tengo perdón, y no hay palabras ni actos que puedan remediar mi pecado.

Inspiró profundo; el miedo le había arrebatado su más profunda arrogancia, alimentada durante años y situaciones exitosas. Experimentar tal suceso le hizo entender que en la vida los verdaderos monstruos, por mucha astucia que se posea, no les puedes hacer frente. Y aunque existía la certeza de lo que debía hacerse, su mente lo rechazaba, pero fue la ilusión de la verdad, del futuro desolador que le esperaba lo que le hizo entender, por mucho que no estuviera preparado para ello.

—Pero, señor Ministro —Su voz se quebró, se recompuso, se quebró de nuevo—, le imploro perdone a mi descendencia, pues culpa no poseen de mis acciones.

La cabeza, finalmente, se inclinó. El rostro desapareció de la vista de Astra, oculto tras la cortina de cabello que la humedad del terror había despeinado. Brabos miró la tierra donde había orinado momentos antes, la tierra que ahora parecía único testigo de su ruina.

—Solo yo soy culpable —murmuró al polvo—, y le ruego que mi vida sea lo suficiente para encontrar en su benevolente corazón la misericordia.

Astra le observó. La furia que ardía en su pecho no había sido contenida ni en lo más mínimo. Se leía en la tensión de su mandíbula, en la blancura de los nudillos donde los dedos se curvaban hacia las palmas, en la quietud demasiado absoluta de su postura. Quería matarlo. A él. A toda su familia, que respiraba el mismo aire de traición. Pero una certeza le ató la mano. Esas no eran las costumbres de su amado señor. El Barlok no ejecutaba sin un juicio, su corazón justo y misericordioso se lo impedía.

Belian Horson respiró. Su hermano aún permanecía inmóvil —shock, horror o simple incapacidad para procesar— pero ella había encontrado, en algún rincón de su terror, un hilo de voluntad. No había escuchado todo. Las palabras de su padre habían llegado fragmentadas, filtradas por el zumbido de su propio pánico. Pero había escuchado suficiente. Al menos para que sus piernas se movieran antes de que su mente diera permiso.

Se arrojó de rodillas. El golpe contra la tierra fue seco, desprovisto de la gracia que le habían inculcado en la niñez, y no le importó. Avanzó arrastrándose, el vestido recogiendo polvo y tierra de la superficie, hasta alcanzar la mano del Ministro. Sus dedos se cerraron alrededor de la muñeca de Astra con la fuerza que otorgaba la desesperación.

—Por favor, señor Ministro —dijo, y su voz emergió quebrada, pero no se quebró. Las lágrimas calientes resbalaban por sus mejillas, mojando el polvo que se había adherido a su piel—. Encuentre en su corazón la misericordia para perdonar a mi padre. Hágalo y juraré ante los dioses una deuda de sangre.

Sus palabras cayeron como un par de rocas en el interior de una extensa sala deshabitada.

—¡Belian!

El grito de Brabos cortó el aire como cuchillo desafilado. Se había incorporado lo suficiente para ver, para comprender, para sentir el horror de lo que su hija exponía. Su tono, forzado a camuflar el dolor y el miedo, intentó imponer autoridad paterna que ya no poseía.

—Aléjate del señor Ministro ahora mismo.

Astra no retiró su mano. No de inmediato. Permaneció inmóvil, la muñeca aún presa entre los dedos de Belian, mientras algo en su pecho reconocía el calor de aquellas lágrimas. Las lágrimas de una mujer. Su punto débil. Era imposible no ver en el rostro de Belian el espejo de otra cara, el rostro destrozado de Fira en su tiempo más vulnerable e impotente, era imposible desechar tal imagen, tal sentimiento que provocaba.

Pero su corazón no gobernaba en Astra. No completamente. Su mente operaba con la precisión de la espada que no ha decidido aún si cortará o no. Retiró la mano. El gesto fue seco, como quien se deshace de un insecto que ha osado posarse en su piel.

—Ha criado a una buena mujer, señor Brabos —dijo.

Encontrándose lo que el enojo había oscurecido: él no poseía el poder de decisión sobre la vida o muerte de un subordinado de su señor.

—No le quitaré la vida, señor Brabos —continuó Astra, y la frase cayó con el peso de una promesa que no era promesa—. Pero regresará conmigo y explicará su accionar a nuestro Divino Señor. Le doy un día para prepararse.

—Por supuesto, señor Ministro, gracias, señor Ministro —dijo con extrema felicidad, sintiendo como si los dioses hubieran bajado para obsequiarle otra vida.

Belian no había soltado la mano que ya no estaba allí. Sus dedos permanecían curvados alrededor de la ausencia que aún sentía cálida. Pero sus ojos —esos ojos que habían llorado y que ahora brillaban con luz diferente— se habían posado en Astra con fervor que no era solo gratitud.

—Gracias, señor Ministro —dijo, su voz ya no temblaba, había encontrado en el acto de misericordia su propia voluntad —. Ante su grandeza me arrodillo. Ante su grandeza me humillo. Es usted amo y señor de mi vida, y desde hoy soy solo una herramienta a su disposición. Los dioses son testigos de mi juramento.

Si algún ojo sensible de un experto manipulador de energía hubiera estado presente, habría percibido lo que los demás ignoraban: la materialización de lo insondable en la forma de un hilo energético. Delgado, irrompible, extendiéndose desde el pecho de Belian hasta el de Astra, pulsando con luz que no era luz, cantando con voz que no era sonido. Un vínculo que los unía por toda la eternidad.

Astra le miró. Brabos también guio su mirada hacia su hija arrodillada. No fue lo suficientemente valiente para interrumpir. La palabra valiente resonó falsa incluso en su propia mente; no era cobardía lo que lo inmovilizaba, era el reconocimiento de leyes más antiguas que su autoridad paterna.

—Me niego a aceptar su juramento, señorita Belian —dijo con los ojos claros y con el tono de un experto orador—. Pues honesto soy al declarar que la vida o muerte de su padre no depende de mí.

Belian negó con la cabeza al menos cinco veces seguidas.

—Usted le ha otorgado la suficiente vida para redimir su error con el señor Barlok, señor Ministro —sonrió, un gesto que se camufló con la belleza del atardecer, pero un segundo la expresión desapareció, reemplazada por la seriedad franca—, y eso es algo que mi corazón desea recompensar. Y aunque mi casa ya no posee el prestigio que de antigüedad, no somos ingratos, señor Ministro.

Sus manos, que habían permanecido unidas, se separaron lentamente, descendiendo hasta posarse sobre sus muslos.

—Y no me tragaré mis palabras —dijo, arrebatando hasta el último trozo de inmadurez de su voz y rostro—, pues ya han sido dichas por mi boca, y Yenos ha escuchado.

Astra abrió los labios para replicar. Quería hacerle entender que no le importaban los juramentos dados a un dios en el que no creía; las palabras estuvieron en la punta de su lengua. Pero los ojos de Belian se lo impidieron. No eran ojos de suplicante, ni de mujer desesperada. Eran ojos de fervor, de convicción que no admitía negativa, de llama que ardería hasta consumirse si se le negaba oxígeno. Y en esa luz, Astra reconoció algo que hizo que enmudeciera: si rechazaba el juramento, Belian no aceptaría. No se retiraría. Se quitaría la vida allí mismo, ante los ojos de su padre y sus dioses.

Los problemas que eso acarrearía se desplegaron en su mente con la velocidad que la urgencia otorga. Y por más que su ingenio funcionaba a su límite, no encontró otro remedio. El asentimiento fue mínimo, pero bastó. Bastó para que Belian inclinara el suyo en respuesta, para que algo en el aire entre ellos se sellara con una finalidad que ninguno de los dos comprendía e ignoraba.

Belian sonrió, complacida por su éxito. Sus extremidades se tornaron pesadas en respuesta a lo que sus instintos entendían lo que debía hacerse. Observó a su padre, y él a ella; había entendimiento y renuencia. Se arrodilló, bajando el rostro.

—Señor padre, su hija es malvada y no capaz. —Tragó saliva, mordió sus labios, pero la voluntad había sido liberada, y parecía renuente a volver a su celda—. Desde hoy —Inhaló tanto aire como sus pulmones tenían capacidad de retener—, Belian Horson ha desaparecido. —Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas; su tono se entrecortaba por momentos, aunque la decidida mirada no la abandonaba.

Brabos tuvo el instinto profundo de arrojarse a los brazos de su hija, impidiendo que mencionara las palabras que salían de su boca como una cascada, incontrolable, pero hacerlo estaba fuera de cuestión; era el rito correcto, enseñado como costumbre, aunque sin el pensamiento de que algún día podría volverse realidad. Entendió que negarse era perderla para siempre.

—Señor padre, culpable soy por no saber corresponder lo que ha sido dado; por ello me separo de mi pasado, mis actos futuros no influyen en los Horson, y los Horson no influyen en mí. Dejo mi casa en deshonra, y ante los dioses no tengo más familia que mi amo.

Brabos tragó saliva, corrigió su postura, endureciendo su corazón, y con un tono apropiado dijo:

—Desde hoy dejamos de ser padre e hija.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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