El diario del rescatado \ Forjo - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 9 El naufragio del alma La tumba desgarrada
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12: Capítulo 9: El naufragio del alma: La tumba desgarrada 12: Capítulo 9: El naufragio del alma: La tumba desgarrada Parte 1 Antes de que el ocultismo abriera sus puertas de par en par, mi interior ya era un campo de ruinas.
Nadie veía la sangre, pero yo estaba muriendo por dentro.
El Silencio de la Roca Crecí en un hogar religioso, rodeada de la idea de Dios pero con poca experiencia de Su amor, paciencia o comprensión.
Ese vacío emocional me convirtió en un “Faraón”; mi corazón se hizo de piedra para no sentir, para sobrevivir.
Me volví una tumba: una caja cerrada, desgarrada y sangrante por dentro, pero silenciosa por fuera.
No hablaba, no preguntaba, no compartía mis dudas sobre la vida ni mis batallas.
Estaba destrozada, vacía y sin ganas de seguir.
La Anatomía del Vacío La depresión y la ansiedad no eran solo palabras para mí; eran mi aire cotidiano.
Con la autoestima por los suelos y una tristeza inminente que me pesaba en los huesos, caminé por años como una rota del mundo.
Recibí falsas promesas de personas y de la religión misma, lo que me alejó del Creador.
Sabía que Él existía, me hablaban de Él desde que tuve razón de ser, pero mi espíritu estaba a kilómetros de distancia de Su trono.
Sin embargo, en medio de ese cansancio crónico, Él ya había escrito un propósito para mí.
El Asedio de la Codicia y la Inmundicia Lo más perturbador de mi preadolescencia fue ser el blanco de una codicia perversa.
Siendo virgen, me vi rodeada de miradas y deseos oscuros, tanto de personas religiosas como de no creyentes, de familiares y extraños.
Ese acoso invisible y esas intenciones que nadie desea me empujaron hacia un abismo de asco.
El enemigo usó eso para inducirme a la pornografía por un tiempo, a la masturbación, a juegos violentos y a películas atroces.
Nada me llenaba.
El odio hacia mí misma creció, y con ello, los intentos de suicidio.
Me sentía sucia, asqueada y cada vez más lejos de lo poco que conocía de Dios.
Los 18 Años: El Umbral de la Podredumbre Al llegar a los 18 años y graduarme del colegio, no había paz ni gozo en mí.
Por fuera era una bachiller más, pero por dentro estaba podrida.
Aunque Dios me guardó de las drogas, el sexo físico y las fiestas, me rodeó de una red de amistades, parejas y familiares tóxicos que terminaron de drenar mi energía.
Estaba perdida en afanes que no me satisfacían.
Fue en este punto de quiebre total, donde ya no quería seguir en este mundo, que el infierno empezó a enviarme mensajes directos.
Mis noches se convirtieron en pesadillas de horrores, pero entre los gritos de la oscuridad, siempre escuchaba una voz de alerta.
Dios me decía: “Ese no es tu camino, sal de ahí, ven a mí, Yo soy tu mejor camino”.
Pero yo, en mi desesperación por encontrar una salida, estaba a punto de dar el paso más peligroso de mi vida: el descenso al ocultismo.
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