El diario del rescatado \ Forjo - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 1 El umbral de las sombras y el guardián Invisible
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4: Capítulo 1: El umbral de las sombras y el guardián Invisible 4: Capítulo 1: El umbral de las sombras y el guardián Invisible 2019 fue el año en que el abismo decidió devolverme la mirada.
Muchos creen que lo espiritual es una metáfora, un concepto etéreo que no puede tocar nuestra realidad física.
Yo aprendí, de la manera más cruda, que el mundo invisible tiene garras.
Mi trayectoria no comenzó con una oración, sino con una invasión; una serie de trayectorias perversas donde mi propia ingenuidad —a veces consciente y otras tantas dormida— me convirtió en el blanco de fuerzas que la mayoría solo se atreve a leer en foros de internet o leyendas urbanas.
Hubo un tiempo en que mi vida no me pertenecía.
Por extrañas circunstancias y vínculos que hoy preferiría borrar, terminé cargando con legiones que no eran mías.
Fui, sin quererlo, la receptora de entidades vinculadas a un pasado ajeno: principados oscuros, sombras que se desprendían de una “libreta maldita” que mi ex pareja poseía.
Él decía que eran para cuidarme; la realidad es que eran carceleros disfrazados de guardianes.
Pero el horror se volvió físico una noche frente a mi propio armario.
Todavía puedo escuchar el crujido de la madera.
Ese sonido seco que te congela la sangre porque sabes que, en una habitación cerrada, nada debería moverse.
Al voltear despacio, la lógica de este mundo se rompió: allí estaba él.
No era una sugestión, era la presencia real de aquel ser de máscara azul y bisturí, cuya leyenda dice que arranca la vida desde adentro.
Me hice un ovillo en la cama, cerrando los ojos con una fuerza desesperada.
No podía gritar, el aire se me había escapado de los pulmones.
En ese rincón oscuro, donde el filo de un cuchillo parecía ser el único final posible, solo me quedó una herramienta: la oración silenciosa.
Un ruego mudo que atravesó el techo de mi habitación y llegó al único que tiene autoridad sobre el caos.
“Oh Dios, ayúdame”.
Y el silencio respondió.
El armario se cerró.
La presencia se esfumó.
Incluso antes de conocer los nombres que el mundo les da a estos “creepypastas”, como aquel rostro desfigurado que me acechó desde el juego de la ventana hasta mi propia habitación, yo ya sabía la verdad.
Para mis amigos, era una sobreviviente de una leyenda de terror; para mí, era la prueba viviente de que el mal es real, está obsesionado con destruirnos, pero existe un Dios que guarda a sus hijos incluso cuando caminan, sin saberlo, por la boca del lobo.
Esa noche no me salvó la suerte.
Me salvó la Gracia.
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