El diario del rescatado \ Forjo - Capítulo 5
- Inicio
- El diario del rescatado \ Forjo
- Capítulo 5 - 5 Capítulo 2 El caos de la gracia y las puertas de fuego
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
5: Capítulo 2: El caos de la gracia y las puertas de fuego 5: Capítulo 2: El caos de la gracia y las puertas de fuego Antes de la caída definitiva, hubo un tiempo de penumbra donde mi alma ya sabía a quién pertenecía, aunque mis pies aún no encontraran el camino.
Siempre he sido un receptor abierto a lo invisible.
Desde niña, la presencia de la Trinidad —Jehová y sus ejércitos de ángeles— vibraba en mi espíritu como una frecuencia que otros no podían oír.
A los doce años, sentí por primera vez ese fuego sagrado quemando mis miedos, un llamado directo al bautismo, a la entrega total.
Pero la voz de una niña a veces se pierde en el ruido de los adultos; no fui tomada en cuenta, y ese fuego, al no encontrar un altar donde arder, empezó a consumirme por dentro.
Lo que siguió fue un descenso silencioso hacia un abismo personal.
Me convertí en un caos andante.
Sin medicamentos ni guía, mi cuerpo se transformó en el campo de batalla de la ansiedad, la depresión y ataques de pánico que me robaban el aliento.
Mi autoestima era una sombra y los tics nerviosos eran el lenguaje de un estrés que no sabía cómo nombrar.
En esa vulnerabilidad, las sombras aprovecharon para entrar.
Viví trayectorias perversas que ensuciaron mi mirada y mi espíritu.
Me vi inducida a mundos de oscuridad: pornografía, juegos, programas y libros que nunca fueron mi elección, sino una imposición de puertas que se abrieron por obligación o por el peso de un entorno que me asfixiaba.
Eran cadenas puestas sobre mi cuerpo y mi mente.
Pero incluso en medio de ese asco profundo, de esa náusea espiritual por las cosas que me obligaban a vivir, había una verdad innegable: nunca fue por gusto.
Mi alma gritaba en silencio contra lo que mis ojos veían.
Y es ahí donde la soberanía de Dios se vuelve una locura de amor.
A pesar de mi testimonio incompleto de aquel entonces, a pesar de mis caídas y de la suciedad que otros intentaron impregnar en mí, Él estaba allí.
Jehová no esperaba que yo fuera perfecta para protegerme; Él me guardaba porque yo era Suya.
De cada imagen inducida, de cada acto forzado, de cada rincón de miseria donde el enemigo intentó marcarme, el Señor me arrancó con furia santa.
¡AMÉN!
¡ALELUYA!
Porque hoy puedo decir que de esas miles de garras, de esa timidez paralizante y de esos años de “caos”, solo queda el recuerdo de un rescate que solo un Dios vivo pudo ejecutar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com