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El Eco de la cordillera - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 Prólogo
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2: Prólogo 2: Prólogo —Por tu culpa mi hermana está muerta.

Prefirió la condena eterna que traicionar lo que sentía por ti —los gritos salían como alaridos desde la garganta del heredero del archiducado—.

¿No vas a decir nada?

¿Ni siquiera eres capaz de excusarte?

El segundo hijo del rey ignoró todo sonido como si fuese sordo, caminó en silencio y se arrodilló frente al mar.

El retumbar de las olas le bañó el rostro de agua salada; no, eran sus propias lágrimas, fugitivas de la templanza.

Sí, era su culpa que ella estuviera muerta, era el único culpable de todo.

“¿Por qué ella?”, preguntó al cielo.

La respuesta la conocía a la perfección, siempre fue ella, desde el principio.

Si se hubiera dado cuenta antes, quizás él…

no, si jamás se hubiera dado cuenta, ella estaría viva y él ocuparía gustoso su lugar, pecaría mil veces por verla de nuevo…

Ojalá retroceder el tiempo.

Si tan solo Dios le mostrara un poco de su bondad…

…

—Tengo que hacerlo.

Abrió la puerta del carruaje en movimiento y se quitó el vestido, quedando sobre su cuerpo el corsé y el fustán.

—¡Excelencia, por favor, no lo haga!

¡Piense en su vida!

Morirá si cae desde esta altura.

—Cállate, Marco, si no colaboras mataré a tu esposa.

—¡Pero, excelencia!

El rey matará a toda mi familia si algo le pasa por mi culpa.

—Si finges bien, nada va a pasarte.

Estaba esperando el momento adecuado para saltar.

Atravesaban un camino montañoso cercano a la gran cordillera; en el próximo giro había un risco que culminaba en un río más o menos profundo.

Si calculaba lo suficientemente bien, descendería hacia el agua sin morir en el intento.

—¡Por favor, excelencia, se lo ruego, no haga esto!

¡Es una locura!

—No me importa, Marco, prefiero morirme luchando por mi libertad —se sostuvo con fuerza del techo del carruaje y asomó la cabeza; la altura era considerable, pero ya no importaba, era saltar o nada—.

¡NI SE TE OCURRA DETENER EL CARRUAJE!

—respiró profundo—.

RECUERDA, TE CORTAS EL BRAZO CON MI DAGA Y DICES QUE TE HERÍ, SALTÉ, ¡MORÍ Y LA CORRIENTE ME LLEVÓ!

—¡PERO, EXCELENCIA!

El pobre cochero casi lloraba de la desesperación.

La chica se sostuvo con ambas manos al exterior del carruaje; solo unos metros más, este giraría y ella saltaría hacia el agua.

A medida que el momento se aproximaba, los segundos se sintieron eternos y el miedo se hizo presente, pero sin lugar a dudas la adrenalina era más fuerte.

—¡MARCO, NO OLVIDES LANZAR LA DAGA!

El carruaje giró y la respiración se cortó de golpe.

—Ahora.

—¡LEONE!

¿¡QUÉ CREES QUE HACES!?

¡MARCO, DETÉN EL CARRUAJE!

Un caballo se acercaba a toda velocidad.

El vehículo se detuvo en seco, provocando que Leone cayera hacia el interior, golpeando su espalda con la puerta opuesta.

—¡Don Liam!

Qué bueno que llega…

Yo, yo…

discúlpeme, casi no pude detener a la señorita; ella solo, y yo…

Desde adentro escuchó al cochero traidor excusarse, era obvio, tenía miedo de perder su empleo.

—Tranquilo, Marco, no es tu culpa.

Liam se acercó; por alguna razón siguió el carruaje de Leone todo el camino sin que se hubiera dado cuenta.

De hecho, ella creyó que su escolta llegaría hasta que pasaran por la ciudad de Cartalia, recogiendo a Kyun y el resto de su equipaje.

El joven bajó del caballo y se asomó al interior del vehículo.

—¿Estás loca?

—se mordió el labio inferior para contener la ira—.

¿Acaso querías matarte?

La chica guardó silencio.

—¡RESPONDE!

¿QUÉ CREES QUE HACES CON ESA VIDA TUYA, QUE LA TRATAS COMO CUALQUIER BASURA?

—Sí —lo vio desde abajo con una sonrisa rota—, quería morirme.

—Estás realmente mal —sus ojos se debatían entre rabia y tristeza—.

Vístete, casi llegamos a Cartalia.

—¿Por qué me seguías?

—Porque mi madre temía que hicieras algo como esto.

Cerró la puerta con un golpe estruendoso e indicó a Marco que continuara la marcha.

Luego de una hora, arribaron a Cartalia.

El carruaje del equipaje estaba justo en el camino para evitar los contratiempos y dirigirse hacia la frontera de inmediato.

Se detuvieron solo un momento para que Kyun se estableciera en el carruaje junto a ella.

—¿Qué pasó?

Kyun pensó que el cuestionamiento era obvio debido al rostro lleno de furia de Leone.

Esta rodó los ojos sin responder; se limitó a acomodarse el sombrero.

Todo su atuendo lucía intacto; si no lo mencionaba, nadie se enteraría de que estuvo semidesnuda tratando de saltar a un acantilado.

Liam asomó la cabeza por la ventanilla y buscó la mirada de la joven; ella la esquivó bufando.

—Adiós, Leone.

No recibió respuesta alguna.

—Nos vemos, Kyun, te encargo a esta estúpida.

—Adiós, Liam, cuide de todos en casa.

Liam sonrió a Kyun y golpeó el techo, instando a Marco a iniciar el recorrido.

A pesar de que Leone estaba furiosa con él, sacó la cabeza por la ventana y, con los ojos humedecidos, le dirigió una última mirada.

A lo lejos, y casi invisible por la distancia, Liam alzó el brazo en un último gesto de despedida y articuló con sus labios la frase “Te amo”.

Leone aguantó la respiración y, aunque todavía ardía en rabia en su corazón, también estaba el dolor.

Cuando la figura de su hermano se desvaneció del alcance de su visión, respondió en un susurro: “Te amo”.

—¿Qué fue lo que ocurrió?

¿Por qué Liam estaba tan molesto?

Leone entró la cabeza e ignoró la pregunta.

Kyun respiró profundo, ya conocía a la perfección ese comportamiento infantil.

—Bien, entonces practicaremos un poco el idioma —sacó un libro del pequeño baúl que viajaba a su lado; mientras se abanicaba, lo abrió—.

¿Cómo saludarías en idioma Lunhae?

Leone se quedó muda y, luego de una larga pausa, respiró profundo, tomó su propio abanico y aleteó el país con violencia.

—¿Sabes qué ocurrió?

¡QUE LA MALDITA CORDILLERA COLAPSÓ, QUE SE ABRIÓ UNA BRECHA, UN CAMINO, UN ACCESO, ¡ESO PASÓ!

Que por culpa de esa maldita guerra por tomar el camino tengo que casarme para cumplirle al desgraciado de Bastien el plazo de veinticinco años desde el último matrimonio de “Paz” —recalcó en esto último con un gesto de ironía.

—Sí, Leone, pero eso no es lo que te pregunté.

Te pregunté cómo se saluda en idioma Lunhae.

—No sé, Kyun, no quiero recordar, lo único que tengo en mente justo ahora es que estoy siendo conducida a mi ruina y no he podido pensar en nada para evitarlo —dijo, recostándose de modo que su cuerpo parecía que iba a desarmarse.

—Lunhae no es tan malo —suspiró Kyun—, solo es cuestión de que te acostumbres.

—¿Acostumbrarme a qué?

Ni siquiera sé qué va a pasar conmigo.

No tengo un matrimonio concretado, simplemente me enviaron como la vaca que pagará sus deudas.

Kyun no pudo evitar soltar una carcajada ante aquello mencionado.

—No eres una vaca.

—A las vacas también se les da precio.

Y estoy muy segura de que una vaca enferma y fea vale más que yo ante el rey y Helena —dijo mientras apoyaba su mentón sobre su mano derecha—.

Todavía no entiendo por qué me odian tanto, sobre todo Helena, siempre me ha tratado mal y, créeme, podría pasar por alto cada una de sus acciones, menos el que haya cortado mi cabello.

Aquí iba de nuevo, el mismo berrinche que había estado redundando en la boca de Leone desde hacía dos semanas.

Su prima, la princesa de Ílios, con quien siempre había mantenido una relación bastante hostil, había tropezado “accidentalmente” mientras cargaba tijeras de jardinería y cortó un mechón enorme de la cabellera de Leone.

Gracias a esto, la larga melena llena de bucles azabache tuvo que ser recortada para dejar todos los mechones a una altura uniforme, pasando de cubrir toda la espalda de Leone a descender apenas diez dedos más allá de sus hombros.

—Leone, no es como que tú seas un ángel, siempre has cobrado cada una de las cosas que Helena te ha hecho, o ¿vas a negar que dejaste esto como si nada?

Una sonrisa maliciosa se instaló en los labios rojos y ligeramente delgados de la hija del archiduque.

—Por supuesto que no —alzó una ceja—, y espero que Arcadia le haya dado un bonito susto.

—¿Hiciste que la serpiente la mordiera?

—¿Cómo podría…?

—dijo con una inocencia tan falsa para hacer que un juez la enviase a la guillotina— negarme —culminó mientras se reía orgullosa.

—Sabes, lo que me sorprende es que nadie haya sospechado de ti.

—No es que pudieran probar nada tampoco.

—¿Qué no te provoca nada saber que pudiste haberla matado?

—Arcadia no es venenosa.

—Los guardias y doncellas deben estar muy ciegos para no considerar extraño que la serpiente que tanto presumes en Cartalia haya sido justamente la que atacó a su alteza Helena.

—No la vieron.

Kyun la miró confundida.

—¿Qué?

Kyun no cambió su expresión y Leone terminó de convencerla acerca de la única explicación lógica.

—Entré a sus aposentos por la ventana.

—En el tercer piso —juzgó ceñuda—.

A todo esto, ¿qué pasó con Arcadia?

—En Cartalia, a cargo de Adriano.

—Eres realmente imposible —dijo, negando con la cabeza.

Incluso ella, siendo un año menor, se comportaba más responsablemente que Leone, segunda hija de los grandes archiduques de Cartalia.

—¿En serio no te imaginas el motivo del porqué Helena te odia tanto?

Leone negó, moviendo su cabeza de un lado a otro.

—Es porque te envidia.

—¿Envidiarme?

—su expresión se volvió incrédula—.

¿A mí?

¿Por qué alguien que lo tiene todo envidiaría a alguien que no tiene nada?

—Leone, desde que conozco a Helena sé que lo que ella siente por ti es envidia.

—Sigo sin comprenderlo.

—Te odia por el simple hecho de que no puede igualarse a ti.

—Te creería si dices que soy más inteligente que ella, sé que mi prima es estúpida —Kyun le dirigió una mirada de desaprobación—, carente de habilidad mental —corrigió—, pero no soy más hermosa que ella, la mujer más bella del continente, la preciada hermana del rey, el modelo a seguir de todas las mujeres en Ílios y la princesa con el mayor número de propuestas de matrimonio de parte de nobles y monarcas en todo el continente occidental.

¿Debo continuar?

—Me sorprende lo mucho que te subestimas; si Helena te considerada ordinaria, no habría hecho lo posible por aislarte de la alta sociedad en múltiples ocasiones.

—Me lo dices porque eres mi dama de compañía.

¿Quieres un aumento, verdad?

—Deja de bromear, el aumento me lo gané desde que decidí abandonar Ílios para venir contigo a Lunhae; sin mí no sobrevivirías.

—¿En serio crees eso?

—preguntó Leone en idioma Lunhae claro y preciso.

—Entonces sí puedes recordar.

—Claro, que esté obligada a irme de mi casa a vivir quién sabe qué clase de penurias a un país que odia el mío no era impedimento para aprender un nuevo idioma.

—Aunque durante mis lecciones no recordabas nada.

—Creo que quien lo aprendió fue mi subconsciente —mintió; en realidad, su tía Suhee le enseñaba el idioma desde hacía unos tres años, era parte de su deber como duquesa conocer los idiomas de las naciones limítrofes.

—Genial, entonces también has aprendido las reglas nobiliarias lunhayenas.

—Claramente no.

Leone miró hacia el horizonte y pudo ver a lo lejos cómo las montañas de Cartalia iniciaban a desvanecerse, y en el horizonte se mostraba magnífica la enorme cordillera de Eco.

Casi llegaban a la frontera; luego de atravesarla, las oportunidades de alejarse de ese desafortunado destino serían todavía menos.

…

Un par de horas después, el carruaje se detuvo en el enorme campamento del ejército Ílios, sitio que se había convertido en el hogar del padre de Leone desde que ella era muy pequeña.

Uno de los guardias tocó la puerta del carruaje para informarle que era seguro bajar; Leone se negó.

Momentos después, la puerta fue tocada nuevamente para informar sobre la presencia del archiduque; fue entonces que vislumbró el rostro de su padre luego de meses sin saber casi nada de él.

—Leone, Kyun, es un gusto verlas nuevamente.

Leone se mantuvo en silencio mientras detenía su abanico e iniciaba a juguetear con sus guantes.

—Kyun, ¿podrías dejarnos solos por un momento?

—Por supuesto, su excelencia.

Kyun abandonó el carruaje y el archiduque se sentó en el sitio que esta ocupaba anteriormente.

—Sé que me odias —los ojos verdes del archiduque se posaron en su hija, que lo ignoraba—.

No te pediré que me perdones, pero debes saber que yo tampoco deseo que te vayas y que pagues por los pecados de otras personas.

El silencio seguía presente en Leone.

—El deber me obligó a hacerlo.

Un silencio, no incómodo, sino tenso, se estableció entre ambos.

—Sé que todo es por deber —dijo al fin—, pero esperé una excusa más convincente.

Decepción, ese era el único sentimiento que Leone podía expresar hacia su padre.

“Ni siquiera intentó evitarlo”, escuchó decir entre lágrimas a su madre enferma mientras conversaba con su tía Suhee días antes de que le fuese ordenado que debía partir.

Eso le dolía, que no haya tratado de hacer lo más mínimo por ella.

—Si estás aquí ahora es porque Dios y el rey así lo han decidido —dijo con voz ambigua, casi raspada y sin emoción alguna.

Con esas palabras salió del carruaje, sin una disculpa, sin pedirle que lo entendiera, sin despedirse.

“Ni siquiera intentó evitarlo”.

Le ardía, le quemaba la indiferencia que su propio padre mostraba ante su desgracia.

Se sentía ahogada mientras trataba de respirar con el nudo en su garganta.

Kyun entró en el carruaje nuevamente y observó cómo los ojos de Leone se habían cristalizado; mas, sin embargo, ni una sola lágrima fue derramada, no cuando el archiduque todavía estaba cerca.

El carruaje siguió su marcha y, unos momentos después, se encontraron atravesando la enorme ruptura de Eco.

Desde arriba seguramente se veía como un abismo, y es que lo era, un abismo de amargura, plagado de la asquerosa y tenebrosa matanza de doscientos años.

Leone ni siquiera podía observar por la ventana, no quería, repudiaba todo eso, le asqueaba esa maldita historia; las consecuencias también habían llegado hasta ella, alguien inocente, sin culpa, igual que los peones que caían a diario en el tablero de los perros en el poder.

Mientras más avanzaban, el sofoque llegó a su cuerpo; se sentía como si una máscara de hierro le hubiera sido colocada.

A sus sentidos no llegaban la luz ni el oxígeno; su agonía estaba dando un sonoro prólogo a su muerte, una que ni siquiera había podido elegir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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