El Eco de la cordillera - Capítulo 3
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3: La belleza hecha hombre 3: La belleza hecha hombre Las montañas de Selinia, capital de Lunhae, se envolvían en un maravilloso espectáculo de relámpagos y nubes grises, una tormenta se avecinaba, lo supo en el momento en que una gota de lluvia impactó en su mejilla, Hyaker, quien afilaba su espada en la parte más profunda del bosque de pinos rojos y zelkovas, tenía más de medio día sin dar señales de su ubicación.
Seguramente los sirvientes lo estaban buscando y su padre luchaba con alguna terrible jaqueca, a pesar de conocer a la perfección el motivo de su ausencia.
Se distrajo lo suficiente como para desviar el rumbo de la lija, y hacerse un ligero corte en su mano derecha, automáticamente su líquido carmesí asomó desde sus entrañas fluyendo a través de su muñeca, provocando un pequeño ardor en la zona.
—Ya me había dado por vencido de tanto buscarte —dijo acercándose su escolta.
—Entonces olvida que me has visto —envolvió su muñeca con un trozo de tela que había separado de su hanyū color azul.
—Desearía no haberlo hecho, así me excusaría de permanecer en palacio y me iría a buscar alguna hermosa mujer.
—¿Tú yendo por una mujer?
Te lo creería si no te saltaran los ojos cada que Jin Ah aparece en tu campo de visión.
—Jin Ah jamás ha sido de mi gusto —resopló— y tampoco del suyo.
—Ciertamente —dijo envainando su espada—.
No es el tipo de persona en el que me interesaría —suspiró luego de una pausa—.
Entonces…
¿Te enviaron a buscarme?
—Hyaker, soy tu escolta, se supone que tengo que cuidar tu espalda siempre, pero sí, movilizaron a la mitad del palacio para tratar de encontrarte.
—Mi padre, ¿ha dicho algo?
—«El deber de un príncipe», fue lo único que mencionó cuando acudí a su llamado.
Aunque si quieres que hable con toda la verdad, creo que es mejor que no asistas.
—Irónico —soltó de sus labios cual corteza seca—.
Pero tiene razón, es de muy mala cortesía no estar presente en la llegada de mi futura madre.
…
Desde que había atravesado la frontera, Leone no había mencionado una sola palabra, se limitaba a asentir cada vez que Kyun le preguntaba algo.
No tenía ánimos ni siquiera de respirar, no sabía cómo enfrentarse a lo que tenía por delante.
Tratando de huir del dolor, prestó algo de atención a la capital de Lunhae.
A diferencia de los pueblos que colindaban con la cordillera del Eco, o más precisamente, con el campo de batalla que se negó a observar por piedad a su conciencia, Selinia era una ciudad ordenada y colorida, las casas se levantaban horizontalmente, con sus techos inclinados, paredes translúcidas y grandes puertas de madera, las personas recorrían las calles con dinamismo, y los comercios mostraban los elementos más curiosos y atractivos.
El palacio real se encontraba en una especie de colina en la parte alta de la ciudad, un bosque de alta vegetación lo camuflaba por completo, pero a medida que el carruaje se iba acercando, el sitio dejaba ver su imponente presencia.
Al acceder se dio cuenta de que no era como los otros palacios o castillos que había conocido antes, el hogar del rey de Lunhae era una estructura horizontal, que estaba constituida por una serie de edificios unidos, pero a la vez separados por múltiples patios internos, parecía más una ciudad pequeña, que un palacio convencional en occidente.
Mientras se acercaban a la entrada principal, pudo observar que fuera de esta había una serie de personas perfectamente organizadas.
Al detenerse el carruaje pudo observar que Damien de Brambilla, el embajador, le estaba esperando.
En el instante en el que las puertas del carruaje fueron abiertas, todos los presentes elaboraron una sencilla reverencia, el grado de respeto que manejaban en el sitio era mayor que el que recibía en su propio reino.
Sintió miedo al ver que todo lo que estaba ocurriendo no era producto de una pesadilla, que en realidad se encontraba presa de aquella realidad.
Con el abanico cubrió su rostro al sentirse vulnerable, las miradas curiosas de los presentes no se hicieron esperar, no había nadie en el sitio que no estuviera observándola.
Sus manos se volvieron pequeñas, la ropa inició a quedarle gigante, y el sombrero le impidió al aire llegar hasta sus fosas nasales.
Kyun le tocó el hombro —Llegamos —susurró.
Leone respiró ansiosa, se permitió ver a las personas a su alrededor, todas ellas compartían similitudes físicas con Kyun, sobre todo las mujeres, los rasgos de las razas orientales no pasaban desapercibidos en ninguna parte.
Las damas, todas lucían exactamente igual, cabello oscuro, lacio y largo, perfectamente peinado en un recogido en la parte baja de su cabeza, piel pálida, ojos rasgados y cuerpos muy delgados, vestían un Hanyū, que es la ropa tradicional de Lunhae.
Era una prenda sencilla pero armoniosa, diseñada para la funcionalidad sin perder el toque tradicional.
El de los varones mantenía la misma esencia que el de las criadas, con un diseño masculino, manteniendo la misma combinación de colores en blanco y rojo.
—Su excelencia doña Leone —habló Damien sacándola de sus pensamientos—, estamos contentos de que haya tenido un viaje seguro.
Leone se limitó a asentir y le dirigió una triste sonrisa.
Damien de Brambilla era producto del primer matrimonio que prometía mantener la paz entre Ílios y Lunhae, fue concretado hace veinticinco años.
Un hombre de mediana edad que parecía ser un mayordomo se acercó a ellos y los condujo por medio de largos pasillos cubiertos de paredes de papel decorado, cada ciertos metros, los pasillos dejaban ver los maravillosos jardines externos, gracias a puertas corredizas o ventanas cuyo antepecho eran piedras bajas.
El mayordomo los guio a un salón enorme, magníficamente adornado, al ingresar pudo ver que al final del lugar se encontraba un hombre que rondaba los cincuenta años sentado en un trono, y a su lado, de pie, permanecían dos jóvenes, dedujo que se trataban de dos de los príncipes de Lunhae, puesto que su atuendo era similar al del rey y superior al de los sirvientes en todos los aspectos.
—Su majestad Haneulso Hae, gobernante de Lunhae —anunció el mayordomo—, a su derecha el príncipe heredero Hae Min Jiak y a su izquierda el tercer príncipe Hae Kairos Eun.
Leone, quien todavía estaba procesando todo, se vio obligada a cerrar el abanico y realizar una reverencia, al levantar la cabeza pudo ver una expresión de sorpresa en el rey.
—Su majestad y altezas reales, se presenta ante ustedes la princesa y gran duquesa, su excelencia doña Leone Asteria Hemerides Montefiore de Cartalia e Ílios —anunció el embajador.
El rey movió sus pupilas sobre Leone, su expresión denotaba sorpresa —Es un honor tenerla en nuestro reino, señorita Leone.
El silencio se apoderó del lugar, de la boca de Leone no salía ni una sola palabra, la rabia e impotencia se amarró con fuerza de sus últimos molares, haciendo lo posible por no invadirla.
Leone no era capaz de hablar.
Ante la ausencia de una respuesta, los presentes iniciaban a percibir un aire pesado.
—Su excelencia Leone está muy agradecida por su hospitalidad, majestad —habló Kyun improvisadamente—, ella es un poco tímida con el idioma, espero sepa disculparla.
Leone, que miraba hacia todas partes para evitar la conversación que se suponía la involucraba, se detuvo en seco cuando notó cómo Kairos se concentraba con cierta expresión en su dama de compañía en cuanto esta habló.
—No te preocupes, jovencita —respondió—, por lo visto el rey de Ílios envió a casarse a una niña —observó a Leone y agregó—.
¿Puedo saber qué edad tiene la señorita?
—Hace dos semanas cumplió veinte años, majestad.
—Solo un año más que mi hijo menor, ni siquiera ha cumplido la mayoría de edad.
—Su majestad, lamentamos el malentendido —habló Damien de Brambilla—, pero en Ílios ella tiene edad suficiente para casarse— Sus palabras fueron silenciadas cuando la puerta del salón se abrió, Hyaker ingresó a paso descuidado a la estancia, pasó al lado de los invitados ignorándolos en su totalidad.
—Su alteza real, segundo príncipe Hae Hyaker Jian —anunció el mayordomo, o mejor dicho «shokan», chocando la lengua contra sus dientes ante la inesperada llegada del presente.
Leone, quien había permanecido con el rostro oculto en su hombro, incluso ante tal escándalo, levantó la mirada para observar al segundo hijo del rey.
Su asombro fue enorme, ni en sus más brillantes pensamientos podría haber imaginado a un ser con tal belleza, su rostro parecía haber sido dibujado por el mismo Dios, al igual que la mayoría de lunhayenos, ojos rasgados, pero a diferencia de los demás, los de él eran profundos, con expresión ambigua.
En su mejilla derecha había tres lunares verticales, sus cejas rectas y espesas contrastaban de maravilla, su nariz, perfectamente esculpida, era recta, su mandíbula se veía tan afilada que podía cortar una espada, su cabello largo y oscuro descendía en mechones desordenados enmarcando su rostro hasta cubrir su cuello, y sus labios, sus labios rosas y voluminosos eran el cielo en su rostro.
Un nerviosismo se instaló en su estómago y se cubrió la cara con el abanico, el príncipe se había posicionado en un punto ciego para ella, gracias a su sombrero, pero, aun así, no podía evitar sentirse cohibida.
Leone en serio juraba que la criatura más bella nacida era Helena Hemerides Rinaldi.
—Espero ustedes sepan disculpar la tardanza de mi hijo —habló el rey dirigiendo su atención hacia los invitados— y prosiguiendo con lo anterior, embajador, aunque en Ílios la dama tenga suficiente edad para contraer nupcias, aquí es muy joven, me temo que no podré decidir sobre ella un matrimonio hasta que sea mayor o hasta encontrar un candidato en edad similar.
—Su majestad, entonces, si me permite preguntar, ¿cuál será la posición de su excelencia en este reino hasta entonces?
—cuestionó Damien preocupado, el rey Bastien había sido firme con su posición, y si en Lunhae no aceptaban a Leone, no sabía qué consecuencias se presentarían.
—La hija del archiduque recibirá el mismo trato que el de una noble de Lunhae, ella es una invitada muy importante para nosotros, y podrá vivir tranquilamente hasta que su futuro sea sellado —dictaminó el rey.
Desde que entró en el salón, Hyaker pudo percibir que el silencio reinaba en la invitada a unos metros de él, parecía una estatua.
Movió un poco la cabeza, tratando de ver el rostro de la mujer destinada a ocupar el lugar de su madre, pero el ridículo sombrero le cubría casi la mitad del cuerpo —Pensé que enviarían a una princesa —preguntó en una especie de falso susurro que resonó en todo el salón.
—Alteza segundo príncipe, la hija del archiduque también es una princesa.
En Ílios se nombra archiduque al príncipe que no hereda la corona, sin embargo todavía pertenece a la línea de sucesión, por lo que sus hijos, al ser hijos de un sucesor, también son príncipes —aclaró Damien de Brambilla.
Hyaker se mordió el labio disgustado.
—No hagas comentarios absurdos, Hyaker —le dijo Min Jiak en un tono solo audible para él.
—Tu hermano tiene razón —agregó su padre—, por favor mantente en silencio si no aportarás nada importante —se aclaró la garganta y prosiguió—.
Dicho todo esto, la princesa puede retirarse a sus aposentos a descansar, las sirvientas a cargo de su cuidado le indicarán el camino, espero su estancia en nuestro reino sea de su agrado.
Leone hizo una reverencia y rápidamente se retiró del salón.
Las sirvientas la guiaron hasta un anexo rodeado de jardines que se conectaba a la estructura principal del palacio gracias a una serie de pasillos anchos.
Fue conducida a una habitación, muy grande.
En el centro, una sala abierta se comunicaba con el jardín.
Las puertas corredizas estaban medio abiertas, dejando pasar la luz entre los marcos de papel.
Había una mesa baja con tazas de té, algunos cojines y un par de lámparas encendidas.
Desde afuera llegaba el sonido del agua corriendo y de las hojas moviéndose con la brisa.
El dormitorio se encontraba al extremo derecho, abierto, sin divisiones de puertas o paredes, sobre una tarima de madera más clara.
La cama, alta y amplia, tenía una estructura tallada y un dosel que colgaba con telas suaves.
Las paredes estaban decoradas con paneles pintados y algunos adornos de cerámica.
En una esquina se encontraba un bonito escritorio creado detalladamente a su gusto, al otro lado había algunos armarios y estantes en los cuales Kyun acomodaría todas sus cosas.
Al fondo izquierdo, y separado por una pared, el baño termal ocupaba un rincón rodeado de ventanales hasta el suelo, pero que al cerrarse dejaban un simple vano en lo alto, dando la privacidad correspondiente al espacio.
El vapor salía del agua oscura y tranquila, donde flotaban algunos pétalos de cerezo que habían entrado con el viento.
El techo bajo y las paredes de madera daban una sensación de refugio, pero a la vez, de prisión.
La habitación de Kyun era en el mismo anexo, arquitectónicamente similares, pero con menor lujo y tamaño, lo único extraño era la ausencia de una cama alta, Kyun le explicó que era normal dormir sobre el suelo, en camas plegables o en su defecto, de baja altura, en ese momento Leone entendió por qué el tío Gyeol había enviado una cama nueva, junto al resto de su equipaje unas semanas antes.
Al volver a su habitación, tomó un baño, se cambió el vestido por uno de color celeste, de una tela ligera, lo que provocaba que la falda que poseía unos cuantos vuelos verticales se viera acampanada incluso sin el fustán.
—¿Es realmente necesario asistir?
—preguntó a Kyun que recién entraba al dormitorio.
—¿A dónde?
—A la cena.
—No hay cena como en Ílios —le dijo Kyun sonriendo—, si hubieras estudiado más te habrías dado cuenta de que solo se realiza una comida en conjunto los domingos, el rey decide si es desayuno, almuerzo o cena.
—Ya veo —se limitó a articular.
Se quedó viendo hacia afuera de su ventana, una fuerte lluvia inició a golpear la tierra con fuerza.
—Ya casi anochece —mencionó Kyun.
Leone simplemente asintió, estaba perdida en su mente, inició a rememorar cada momento vivido desde que se dio cuenta de que la enviarían a Lunhae, hasta hace un par de horas.
—¿Está todo bien?
—Desde el encuentro con su padre, Leone se había comportado indiferente, Kyun sabía todo lo que el archiduque había hecho, y le preocupaba la conversación que tuvieron antes de cruzar la brecha—.
¿Leone?
Los recuerdos de su madre despidiéndose con sonrisa débil en la puerta de la mansión de Griseonderti, mientras el médico y la tía Suhee la sostenían con fuerza, se habían pegado a sus ojos como una mancha de sangre en un blanco lienzo.
—Por ahora me iré, volveré más tarde con un té que te ayude a dormir, trata de descansar —mencionó Kyun con cuidado, debía evitar a toda costa hacer sentir peor a Leone, tenía que cuidarla en todo sentido, por eso estaba ahí.
Leone dejó que sus pensamientos se inundaran con la misma agua que caía del cielo en una repentina lluvia que azotó el jardín, en cuanto Kyun abandonó el lugar, un silencioso grito salió de su garganta, las lágrimas resguardadas durante todos esos días brotaron velozmente de sus ojos, se las secó con brusquedad, no quería llorar por eso, pero tampoco sentía que iba a resistir —Ojalá hubiera muerto antes.
…
Cuando la luna se hubo posicionado en su punto más alto, la lluvia cesó, dejando el pasto húmedo y las hojas de los árboles con cristalinas gotas sobre ellas.
Hyaker salió de sus aposentos, siguiendo los límites del jardín del anexo de la noche.
Unos pasos a un par de metros de él le hicieron ponerse alerta, hasta que un grito advirtió de quién se trataba la presencia.
—Leone.
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