El Eco de la cordillera - Capítulo 38
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Capítulo 38: Aguas de un manantial turquesa
La multitud celebraba entre música y colores. La noche, a pesar de abrir sus puertas a la madrugada, seguía desbordando jovialidad. El enorme caballo gris se hacía camino entre las personas fácilmente.
El segundo príncipe sostenía las amarras con el brazo derecho, y con el izquierdo rodeaba con cierta presión la cintura de Leone, que permanecía muy quieta, esto lo tranquilizó en demasía. Antes de encontrarla estaba realmente incómodo, parecía que cada vez que Leone se alejaba era para ponerse en peligro.
Escuchó que ella exhalaba leve, la acercó más a su pecho. Temía que en uno de sus arranques se le ocurriera saltar del caballo, no podía confiar en ella, Kyun lo dijo, tenía antecedentes de índole peligroso. Observó su perfil, sus ojos se veían iluminados, su expresión era curiosa, casi le resultaba imposible creer que ella haya querido abrazar a la muerte.
—¡Allá! —La chica señaló con ímpetu el pequeño escenario.
—No grites —Hyaker acercó el caballo hasta el corredor de una casa sin muros. Bajó con cuidado a Leone y la guio hasta el pequeño público que veía las sombras con devoción.
Leone lo haló y se sentó con él en el suelo de piedra al lado de dos mujeres jóvenes —Ya va a iniciar —le susurró recostando su espalda contra su pecho y rodeándose con los brazos del príncipe.
Hyaker achicó los ojos y exhaló una imperceptible sonrisa plácida. Leone tenía un inusual olor a vino que le hacía volverse adictiva, tanto que el aire de la noche no refrescaba lo suficiente—¿Tienes frío?
Ella giró su rostro hacia arriba, tenía las mejillas con un rubor exagerado gracias a la ebriedad y los ojos claros. Hyaker arrugó el entrecejo al notarlos grises.
—Si no me… si no me agarras veo muchas veces tu cawra —tocó la nariz de Hyaker—. Solo uno como tú me gusta —Se acomodó de nuevo dirigiéndose hacia el escenario.
Hyaker sintió sus labios secarse ligeramente al escucharla, cerró los dedos presionándolos contra ella y se quedó inmóvil por unos segundos hasta que inició la música.
Las sombras iniciaron a dibujar patrones, un dragón serpenteante era trazado por la luz tras la cortina.
—Un dragón negro bajó de la cordillera —Una de las mujeres a lado de ellos inició a narrarle a la otra la historia—. Un dragón negro que nació de la tierra y maldecía al que lo tocaba porque el suelo del que era hijo iba a ser maldito en el futuro.
—En occidente los drwagones tienen alas y patas —dijo Leone en un intento de susurro.
—Shhhh —El príncipe la acalló—. Pon atención.
—Todo el que veía al dragón acababa volviéndose oscuro como él, su corazón, sus manos, sus pies, sus ojos y sus labios —seguía narrando la mujer.
—¿Por qué no vemos esto más seguido tía? —Preguntó la acompañante que demostró con su voz ser muy joven.
—El teatro con sombras es nativo de Bian. Dependiendo de su fama, los artistas se presentan en Biask o en la calle.
Leone prestaba atención de una forma extraña, con su mano derecha parecía escribir en el aire mientras entrecerraba y abría los ojos a medida que la mujer de a lado narraba lo que ocurría en escena. De momento se quedó inmóvil, presionó la punta de su nariz pensativa, volteó la vista al caballo y lo observó fijamente.
—Ese es gris —musitó.
Hyaker la veía inmóvil, parecía que Leone estaba en medio de un experimento. Le resultaba curioso como ella se entregaba a entender lo que aparentemente desconocía.
—¿Dices que los labios también se volvían negros? —preguntó Leone a la mujer que narraba. No enredó ni una sola de las sílabas, era como si estuviese totalmente sobria—. Ese dragón me maldijo, pero yo no recuerdo verlo… quizás por eso mis labios no son… hip… negros.
Hyaker le cubrió la boca con una mano acallándola. Ebria era todavía más imprudente.
—Es una leyenda —sonrió levemente la mujer, con una voz que hasta el momento el segundo príncipe notó familiar—. ¿Es su esposa? —Preguntó al ver que Hyaker acomodaba la capucha de Leone.
Hyaker se paralizó en el acto. La palabra esposa siempre le amargaba la boca, pero en esta ocasión generaba un contraste irónico en Leone. Esbozó un suspiro sarcástico —Sí. Lamento la interrupción, ha tomado vino de más.
La mujer arrugó la nariz al escucharlo hablar. Movió la cabeza de un lado a otro tratando de reconocer un rostro que jamás vio. Tragó grueso y con timidez se decidió a hablar —¿Joven señor?
Hyaker se quedó inmóvil, el relato del asesino de su madre abusando a una flor del pabellón llegó como flecha junto a la pregunta de la mujer.
—Joven señor ¿Es usted? —preguntó la mujer en un hilo—. Señor gracias al cielo lo encuentro. Ese hombre ha vuelto a aparecer y se ha llevado a—
—Baje la voz —interrumpió Hyaker. Leone había dejado de lado sus distracciones y se había quedado quieta escuchando la conversación—. Enviaré a alguien a hablar con usted.
Tomó a Leone por el brazo y la guio hasta el caballo. Rápidamente se subió e inició a cabalgar hacia el palacio, no podía permitir que nadie sospechara de su identidad, y mucho menos de la de Leone.
—Quiero quedarme —protestó Leone mientras Hyaker agilizaba la cabalgata en dirección a la colina—. Ándate tú y déjame aquí.
Hyaker ignoró la queja, como respuesta aceleró el tropel hasta estar en la entrada oculta, bajó del caballo con Leone en su espalda y caminó lo más sigiloso que pudo hasta el anexo del invierno.
Se escabulló cubriéndole la boca en el jardín de sus aposentos y se acercó a la terraza, todo estaba en total oscuridad, colocó a la chica sobre el piso —No hagas ruido —advirtió quitándose el pañuelo y poniéndose un dedo sobre los labios. Leone asintió con los ojos grises cada vez más abiertos, mientras le sonreía cómplice.
Hyaker abrió levemente la puerta corrediza y observó en el interior, no había un alma dentro, ni siquiera el lobo.
—Ven —Le extendió la mano sin girarse. La acostaría a dormir y luego se iría. Al sentir que su mano no era recepcionada se volteó buscándola con ímpetu.
Leone estaba acostada en medio del pasto, se había descalzado y quitado la capa. En el verdor opaco su piel blanca resplandecía tanto que daba la ilusión de emitir la misma luz que la luna en el cielo.
Hyaker se acercó lentamente, a medida que acortaba la distancia iba apreciando los detalles de la pintura viviente que tenía en frente. La ninfa arrugaba el entrecejo concentrada, su rostro buscaba profundidad en la oscuridad del firmamento. Era como si desde arriba alguien le rogara no apartar la mirada.
En su estómago Hyaker sintió un vacío, sus pies se movieron solos y con agilidad se arrodilló a su lado. Leone lo ignoró, pero el segundo príncipe desesperado por una gota de su atención le tomó con delicadeza el mentón y giró su rostro hacia él. Leone redireccionó sus pupilas provocando en él cierta incredulidad y fascinación. Los ojos de Leone no eran negros, estaban verdes, un verde pulcro, casto, casi inmaterial, eran como el corazón de una esmeralda bañada en aguas de un manantial turquesa.
Hyaker acercó su rostro hasta estar solo a centímetros de ella, no podía creer lo que estaba viendo. No había modo de que la mirada oscura se iluminara mágicamente. No podía evitar contemplarla, era simplemente atrayente, infinita. Tocó con su pulgar sus suaves labios, solo así podía asegurarse que ella existía en ese momento frente a él.
—¿Qué? —Preguntó Leone con inocencia.
Hyaker se elevó un poco y la observó con el rostro diáfano —¿Qué tanto miras el cielo?
—Estoy buscando a Dios.
—¿A Dios?
—Sí, porque Dios ama a todos sus hijos por igual.
Hyaker notó como las esmeraldas se cristalizaban y retenían una erupción de pensamientos oprimidos.
—¿Por qué él no me quiere? —preguntó Leone con voz agridulce.
Hyaker sintió un calor extraño en su frente que se regó como humo en su respiración —¿Quién no te quiere? —cuestionó tenue, casi vacilante.
Ella apartó la mirada y vio de nuevo al cielo. El aire abandonó sus pulmones como cayendo por una escalera —Mi padre —susurró. Con sus ojos ahora verdes iluminó a Hyaker, se levantó hasta quedar de rodillas frente a él—. ¿Tú me quieres? —preguntó con miedo genuino.
Hyaker sintió la brisa nocturna despedir el humo que ocupaba sus pulmones, escuchó mecerse con ligereza las ramas de los árboles, su cabello se unió sin resistencia al ritmo del viento. En su mente resonaba la introspección que traía consigo la pregunta. Su expresión se tornó cálida, incluso con sus ojos felinos ligeramente incrédulos.
—Sí —dijo viendo con descaro cada punto de su rostro—. Yo te quiero —Le dio un beso corto y pulcro en la frente. Se sentía como darle textura a la luz.
Leone se dejó caer sobre el hombro de Hyaker, apoyando la nariz en su cuello. Igualando su respiración a la de él su cuerpo se suavizó. Hyaker la tomó entre sus brazos, la levantó sin dificultad y la llevó hasta el interior de los aposentos. La colocó sobre la enorme cama blanca llena de sábanas suaves, ella se acomodó entre las almohadas con familiaridad.
Hyaker expulsó un suspiro sarcástico. Leone verdaderamente era un peligro para sí misma. La cubrió con un edredón y se dio la vuelta, pero ella se lo impidió, le tomó del brazo y con los ojos cambiantes y molestos lo censuró.
—¿A dónde vas? —cuestionó.
—Duérmete.
—Tengo frío.
Hyaker alzó una ceja —Cúbrete con la manta, cerraré la puerta al salir.
—Es que yo… —tragó saliva—. Yo tengo miedo.
—¿De qué? —Presionó la frente.
—De estar sola —se giró hacia el espejo del tocador, incluso en la libertad que brindaba el vino tenía horror de sí misma, de verse y recordarse—. No me dejes —suplicó débil.
Él asintió no muy convencido. Leone le hizo un espacio en la cama donde Hyaker se vio obligado a sentarse recostándose en la cabecera. Leone se acomodó en su regazo sin pedir permiso, y abrazando una almohada inició a calmar su respiración hasta quedarse dormida.
…
Los pulmones se llenaban de oxígeno en medio de una respiración tranquila e intermitente. El olor mentolado daba sensación de frescura mientras que sentía el cuerpo envuelto en una suavidad indescriptiblemente tibia. Era el amanecer, Leone podía percibir los rayos del sol filtrándose a través de sus pestañas, pero estaba tan cómoda que su mente en blanco era incapaz de analizar donde se encontraba en ese momento.
Quiso estirar las piernas, pero las sintió enredadas entre una almohada pesada. Poco a poco fue tomando conciencia y recordó que se encontraba en Lunhae, a leguas de su anhelada cama. Despertó su brazo izquierdo para restregarse los parpados pero le fue imposible, estaba sostenido por lo que seguramente no era una almohada. Abrió los ojos de golpe y perdió el oxígeno por un segundo.
Hyaker dormía a su lado y la envolvía con sus brazos. Leone no entendía como todo acabó así, lo último que recordaba era el primer trago de vino que se llevó a la boca. Suspiró cansada, fuertes punzadas llegaron a su frente. Trató de sentarse en la cama, separando su cuerpo ligeramente de Hyaker, pero este la sostenía tan firme que solo pudo apoyarse sobre sus codos.
Observó la escena, su vestido sin mangas había descendido mostrando con descaro el inicio de sus senos. Sus piernas estaban entre las de Hyaker y las sabanas envolvían sus pies descalzos y con rastros de pasto en las plantas.
Exhaló algo aturdida, todo parecía una realidad alterna. Se recostó de lado apoyando su cabeza sobre su palma y su codo sobre la almohada. Se quedó contemplando al hombre a su lado, parecía un ángel, un dibujo a mano, sus párpados alargados permanecían cerrados y sus pestañas rectas y oscuras simulaban una sombrilla. Su piel suave y clara tenía ligeros subtonos miel que contrastaban con el color de sus labios carnosos de color rosa. Leone respiró hondo, no entendía como podía existir una persona tan bella, y mucho menos que fuera un varón. Arrugó el entrecejo un poco ofendida, incluso sus cejas espesas y algo despeinadas eran bonitas.
De un momento a otro Hyaker se removió halándola contra él. La abrazó con facilidad, él era mucho más grande que ella, Leone ni siquiera podía oponerse, y tampoco quería si era honesta. A pesar de que los nervios le impedían moverse no negaría la emoción que eso le otorgaba. Movió con dificultad la muñeca, quería apartar un mechón de cabello que ahora cubría el rostro del segundo príncipe, pero el solo pensar en tocarlo le hacía temblar las manos, algo irónico ya que en ese momento podía sentir incluso los músculos de sus brazos pegados a su espalda.
—Mi señora ¿Está ahí? Por favor dígame que sí —Susurraba Hanae nerviosa contra la puerta.
La razón llegó a Leone como balde de agua fría, Hanae estaba justo afuera y Hyaker estaba en su cama, dormido. A cómo pudo trató de salir de su agarre, pero al tipo pareció molestarle que no lo dejaran dormir y la sostuvo con fuerza.
—Oye… Despierta —masculló Leone estresada—. Hyaker despierta —se removió bajo sus brazos lo más que pudo.
Hyaker arrugó el entrecejo sin abrir los ojos —Déjame dormir —articuló con pereza.
—¿Estás loco? Nos van a ver, ya despierta —logró zafarse.
—Hanae ¿Qué pasa? ¡¿Por qué no entras?! —Escuchó a Kyun desde afuera algo irritada.
—La señora no responde.
—¿Qué? —Kyun abrió la puerta de golpe. De la sorpresa desencajó la mandíbula y dejó caer a Lupus Argentus al suelo. El animal corrió hasta subir a la cama y lamer a Leone.
Leone tenía los ojos abiertos como monedas —No es lo que piensas —logró verbalizar.
—¡Claro que no! —Kyun cerró la puerta con nerviosismo en la nariz de Hanae.
—¿Señorita Kyun qué pasa? —dijo abriendo la puerta—. ¡Madre mía! —exclamó cayendo de rodillas al suelo.
Hyaker dio un enorme bostezo, se restregó los ojos —Galen has silencio —se sentó sobre la cama y abrió sus ojos almendrados algo inflamados por las horas de sueño. Cuando fue capaz de entender hizo una mueca con los labios y levantó ambas cejas con torpeza.
Se escucharon ciertos murmullos acercándose desde el inicio del pasillo del anexo, Hanae asomó la cabeza y cerró la puerta en un estruendo —¡La señorita Sae Jin Ah está viniendo! —dijo desesperada.
—¡¿Qué?! —Bramaron Hyaker, Leone y Kyun al unísono.
—¡Vete a distraerla! —Kyun sacó a Hanae casi de un empujón y cerró la puerta tras de ella. Corrió hacia la terraza cuya puerta estaba abierta y se asomó—. Rápido alteza, salga de aquí.
Hyaker se levantó con prisa de la cama, en un abrir y cerrar de ojos se colocó las botas, tomó la espada y se escabulló por la terraza sin hacer el más ligero sonido. Escuchó a Kyun cerrar la puerta corrediza a sus espaldas. Atravesó el jardín, pero al llegar al tope se encontró a Helio recostado a un árbol. Este lo observó alzando una ceja juiciosa. Hyaker bajó la mirada y se pasó la mano por el cabello, era obvio que Helio lo había visto salir de los aposentos de Leone, negarlo iba a ser innecesariamente ridículo.
—Buenos días su alteza —se reverenció el escolta.
—Buenos días —respondió Hyaker viendo la punta de sus botas avergonzado.
No era necesario que Helio le dijera nada, él sabía perfectamente lo que estaba pensando.
Helio observó a Hyaker de pies a cabeza. En serio él y Leone habían elegido meterse en algo de lo que seguramente sería difícil sacarlos, pero era su culpa, él había dejado que esos dos se le salieran de las manos.
—Usted lo sabe mejor que nadie alteza, lo que es correcto y lo que no —dijo reverenciándose para encaminarse al anexo del invierno.
Hyaker entró la mano en un bolsillo de su hanyū y apretó con recelo una de las dos medallas que siempre traía consigo, miró hacia el cielo ya celeste en busca de claridad, se mordió el labio inferior al no encontrarla.
Caminó hacia sus aposentos, al llegar Galen practicaba el tiro con arco en medio de la amplitud del jardín —Hasta que al fin llegas —reclamó.
Hyaker se sentó en el borde de la terraza y lo observó ceñudo —¿Qué? ¿Ahora eres mi madre?
—Algo parecido —dijo lanzando una flecha muy lejos de la marca en la diana. Se quitó la funda de la espalda, avanzó hacia el anexo y la colocó encima del balustre—. Sabía que estabas bien desde hace mucho, pero aún así, me sorprendí al ver la férula en medio del suelo.
—Ya no la necesito.
—Se nota.
—¿A dónde fuiste? —preguntó el príncipe desenvainando su espada y corroborando el filo.
Galen soltó aire desalentado —Eunha escapó de nuevo. Creímos que había dejado la idea de lado porque permaneció tranquila durante mucho tiempo, pero al parecer no podemos bajar la guardia.
—¿Dónde estaba?
—Ella volvió sola. Jisung la encontró de camino a la mansión.
Hyaker mostró los dientes al recordar su propio encuentro con Helio minutos atrás —Lo lamento —guardó la espada.
—¿Tú donde estabas? No creo que investigando, ayer no era un buen día.
—Yo estaba… Buscando algo —Recordó a la flor en el teatro de sombras—. Galen quiero que vayas al pabellón del loto blanco y busques a la flor con la que hablé la última vez.
—¿Pistas?
—Eso espero.
—Entonces si estabas investigando.
—La verdad no —dijo recordando todo lo extraño que ocurrió la noche anterior.
—¿Entonces qué hacías? Porque antes del amanecer te busqué en los alrededores y no te encontré. Literalmente el único sitio que me faltó registrar fue la habitación de Leone de Cartalia.
Hyaker entrecerró los ojos y exhaló una sonrisa. En realidad la impertinencia de Galen era irónica. Todo era irónico, desde encontrar a Leone ebria hasta ser regañado por el silencio de Helio.
La noche anterior parecía la escena de una sátira dramática. Antes de poder contenerse había iniciado a reír, era una risa honesta que salía con ímpetu liberador de su pecho y le provocaba entrecerrar los ojos. La carcajada no se detuvo en un buen rato, era escandalosa, aguda y desigual, como las risas teatrales de los bufones occidentales.
Galen descompuso su expresión en sorpresa, dentro de él la nostalgia se removió ¿Hacía cuánto tiempo Hyaker no reía tan vívidamente? Desde que era un niño claro estaba. El solo verlo así lo transportó a ese tiempo en que ambos no tenían la altura suficiente para montar un caballo.
Era extraño, pero reconfortante, lo suficiente para pintarle en el rostro una línea de felicidad plena, era como ver a un muerto iniciar a resucitar.
—¿Qué rayos ocurrió? —Kyun sonaba tan exasperada que la voz en susurro amenazaba con volverse un grito.
—No finjas que no sabes. Tú ya has estudiado biología Kyun —hizo una burbuja dentro de la pileta del cuarto de baño—. El miembro masculino se introduce en—
—¡Cierra la boca Leone! —le dio una palmada en la espalda que sonó en todo el lugar.
—Auch —se sobó haciendo una mueca—. No seas tan brusca, la resaca me provocó dolor de cabeza y náuseas.
—Buscaré una partera discreta en cuánto salga de aquí —Se levantó del banquillo al lado de la pileta donde Leone tomaba un baño y se dirigió a buscar una toalla—. Sí, eso es lo que haré —caminó en círculos mientras se mordía el gonce del dedo anular—. Pero, si en realidad él y tú se —se pasó la mano por la frente con desespero —se acostaron —tragó saliva—. ¡Dios mío, Bastien nos arrancará la cabeza! ¡Cómo te hago virgen de nuevo!
Leone soltó una carcajada explosiva —Obviamente estoy mintiendo Kyun.
—Oh no, no, no, no —movió la cabeza de un lado a lado—. Yo no confío en ti. Quieras o no buscaré a la partera. Si es necesario te ato de piernas abiertas.
Leone rodó los ojos con leve molestia, observó su reflejo en el agua turquesina, un escalofrío en el bajo vientre creció en toda su columna vertebral. La sensación de extrañeza había invadido su piel desnuda. No entendía como Hyaker había terminado en su cama dormido, no recordaba nada más allá de su encuentro con Suho. Sintió un calor enorme llegar a su rostro, quien sabe que clase de estupideces la llevaron a esa incómoda situación.
Adentró la cabeza en el agua tibia y dejó salir el aire de sus pulmones que ascendió en forma de burbujas. Estaba tan avergonzada, no quería ver a Hyaker nunca más, no después de todo eso —Kyun pásame la toalla —dijo sacando la cabeza del agua.
Kyun obedeció todavía mordiéndose el dedo —En todo caso, el príncipe deberá cumplir por mancillarte —murmuraba con la mirada perdida—. Será un escándalo enorme, pero al menos te casarás con alguien que te gusta.
—Kyun… —habló, pero fue ignorada—. Kyun ya te dije que no pasó nada entre él y yo —pero la joven dama de compañía seguía ignorándola—. ¡Kyun! —exclamó casi en un grito—. Te digo que no ha pasado nada. Revisa las sábanas o mi ropa interior si así lo quieres, es más, trae a la bendita partera pero ya cállate, la cabeza me va a reventar.
Kyun la miró con desconfianza, le extendió la toalla a Leone y se giró mientras ella salía del agua y se secaba el cuerpo.
Leone se colocó una bata y se dirigió al tocador dentro del cuarto de baño —Por favor, tráeme el peine que dejé en el otro tocador cerca de la cama —dijo desenredándose el cabello con los dedos.
Kyun obedeció arrugando la nariz, volvió de inmediato con el objeto en manos —Deberías darte prisa, Jin Ah espera en el quiosco —sugirió molesta pasándole el cepillo por el cabello húmedo.
—No te enojes Kyun —Leone la miraba a través del espejo—. No quise ser grosera, pero eres demasiado histriónica.
—¿Cómo se supone que reaccione? Nunca esperé ver algo así.
Leone sonrió con pesadez —¿Quieres contarme que me pasó? Porque yo no recuerdo nada.
Kyun exhaló —Estabas ebria Leone, saliste a la ciudad sin decirle a nadie, no te encontraba por ninguna parte. Casi muero de preocupación, te busqué en el internado, incluso en los aposentos del segundo príncipe.
—¿Por qué me buscarías ahí?
—¿En serio preguntas eso?
Leone levantó los hombros.
—Fue solo una idea desesperada —continuó—. De todos modos fue la mejor decisión, de no ser por él habría sido imposible encontrarte en medio de toda esa gente.
—¿Hyaker me encontró? —presionó las cejas con incredulidad—. ¿Cómo? No, es decir, ¿tú le dijiste que yo estaba perdida?
Kyun se mordió la lengua, Leone no la iba a perdonar nunca si le decía que ahora Hyaker y Kairos sabían de su intento de suicidio —Él me preguntó donde estabas y yo —se aclaró la garganta—, le dije que no te encontraba. Tomó la iniciativa de salir a buscarte, incluso se arrancó la férula de la pierna.
—¿Él hizo eso? —Preguntó con una sonrisa radiante—. ¿Por mí? —Se señaló a sí misma—. ¿Qué dijo? ¿Cómo actuó? ¿Se veía nervioso? —Preguntó con impetuosa voz enérgica.
—Él genuinamente se veía molesto —dijo Kyun recordando la expresión de Hyaker. El segundo príncipe estuvo enojado y algo acelerado desde el momento en que ella le dijo que Leone intentó matarse—. Casi le tira el caballo encima al médico cuando lo encontramos en la calle.
—¿De verdad? —La sonrisa se volvió aún más deslumbrante—. ¿Cómo me encontró? ¿Qué cara puso? ¿Qué dijo?
Kyun aplanó los labios indignada —¿Sabes como te encontró? ¿Sabes cómo encontró a la gran duquesa de Montefiore? ¿A doña Leone de Cartalia? —extendió los brazos exageradamente—. ¿La hija del príncipe Leonardo archiduque del reino? Te encontró ebria. Borracha, casi sin conocimiento —con el cepillo haló uno de los mechones haciendo a Leone quejarse—. Casi me desmayo—su voz era igual a la de una anciana criticona de la nobleza de Ílios.
—Ya basta. Responde ¿Qué cara hizo Hyaker? ¿Qué dijo?
—Ya sabes que él no es tan hablador —habló rememorando—. Al menos no conmigo, pero sí, su expresión se relajó mucho. Accedió a llevarte a ver ese espectáculo callejero a pesar de que yo no quería.
—¿De verdad? —Sus ojos brillaron y su estomago bailó—. ¿Él me llevó en su caballo? ¿Me alzó en sus brazos?
—A decir verdad, desde que te encontró hasta que dejamos de vernos te llevó en brazos —Kyun levantó las cejas pensando, realmente el comportamiento del segundo príncipe había sido íntimo, como si él y Leone fueran—. Algo más —susurró.
—¿Qué?
—Nada —sacudió la cabeza. No podía sacar conclusiones precipitadas pero honestamente Hyaker no actuaba indiferente con Leone. Un gramo de esperanza cayó del cielo, quizás existía la posibilidad de que él estuviera dispuesto a casarse con ella.
—¿Y tú? Sé que no estabas con nosotros ¿Por qué volviste y no insististe en acompañarnos?
—Bueno, porque Kairos sugirió que era mejor volver para—
—¿Kairos? —interrumpió —¿El tercer príncipe estaba ahí? ¿Desde cuando lo llamas tan informalmente por su primer nombre? —alzó una ceja interrogante.
La cara de Kyun se tornó tan roja que parecía que su sangre iba a evaporizarse a través de sus mejillas en cualquier momento. El sabor de los labios de Kairos llegó a su paladar y sus manos se pusieron temblorosas.
—¿Qué? —Leone notó su reacción instantáneamente, ni siquiera hacía falta que Kyun hablara para saber que algo ocurrió—. Él te convenció ¿Verdad? No me sorprende, estaba realmente determinado, pero ¿Qué hizo?… En realidad creí que no iba a lograr que cedieras.
Kyun guardó silencio apretando los labios—Me besó —murmulló minutos después viendo las cerdas del cepillo.
—¡¿TE QUÉ?! —se levantó de golpe de la silla—. ¡¿ÉL TE BESÓ?!
—SHHHHHH no grites —le cubrió la boca—. Me explicó todo y bueno, parecía decir la verdad. Así que decidí darle una oportunidad.
—Por Dios Kyun —la abrazó—. En serio me alegro tanto ¡Dejaste de actuar como una vieja! —alzó las palmas.
Kyun se indignó —Ahora soy una vieja por acatar las normas. Te recuerdo que hubo un tiempo en que estabas obsesionada por seguir cada regla al pie de la letra.
Leone se mordió la lengua. Era cierto, ella un tiempo se obsesionó con las normas tratando de ser una hija modelo —No se relacionan, porque tu carácter es el que te hace vieja. A veces incluso tu manera de vestir parece anticuada.
—¿Huh? Perdón por no tener tanta riqueza para elegir incluso el estilo de bordado de cada tela en mis vestidos —miró de mal modo a Leone—, como lo hacen otras.
—La riqueza no tiene nada que ver con el gusto. La elegancia la trae quien viste, no el vestido en sí —inició a frotarse aceites en el cabello húmedo—. Tú tienes vestidos lo suficientemente bellos, joyas también —vislumbró las orejas desnudas de Kyun. Un recuerdo fugaz llegó a su mente, algo que había estado ignorando por completo—. Kyun, no hemos investigado al general Lee ¿Verdad? Olvidamos el asunto de los diamantes azules en poder de Dion Yi.
—Es verdad, con tantos problemas lo he pasado por alto.
—Liam aún no responde —arrugó los labios impaciente—. No puedo asegurar nada, pero, existe la posibilidad de que las cartas sean recepcionadas antes de llegar a sus manos.
—Liam tiene suficiente poder para hacerte llegar una carta a escondidas.
—Lo sé, y eso es lo que me preocupa —sonó los dedos en la mesa del tocador—. No encuentro el modo lógico en que los diamantes hayan llegado hasta este reino, Bastien es demasiado celoso con la propagación de su patrimonio y quien está a cargo de eso es Liam, él como dueño actual de las minas tiene informes detallados al respecto.
—Entonces alguien está robando a Ílios.
—A Cartalia directamente —resopló—. Si pudiera hablar con Liam al menos él nos confirmaría si existió una venta legal o no.
Kyun se quedó pensativa un rato, luego arrugó la cara con algo de incordio —¿Existen las amatistas azules? —preguntó.
—¿Amatistas azules?
—Ya sé que son moradas, quiero saber si existe alguna variante natural.
—No —respondió Leone con seguridad—. No existen.
—Entonces —tragó en seco—, sí, están relacionadas.
Leone recogió su mejilla izquierda —Explícate.
—El gremio actual en el que estoy investigando la procedencia de mis padres es el gremio Teibin, comercializan Jade y Amatista.
—Lo sé, lo mencionaste anteriormente.
—En una ocasión arribó un hombre durante la noche —echó aire—, estaba totalmente cubierto así que no pude verle el rostro. Él le pidió al archivero informes sobre la introducción de amatistas azules.
—¿En la noche? ¿Totalmente cubierto? —Leone presionó su pulgar contra su dedo medio—. Pudo haberlo pedido a la administración, sobre todo si es la introducción de un nuevo producto, es absurdo que enviaran los datos a un archivo tan pronto.
—También se me hizo extraño. El día de ayer ocurrió lo mismo, esta vez el archivero mencionó un informe acerca del pase de las amatistas al resto de oriente.
Leone se quedó pensando con la vista concentrada en un punto fijo durante unos minutos —Es decir que las venden en todo el continente y aún así piden informes a un viejo archivero a escondidas durante la noche —se presionó la punta de la nariz—. Está de más decir que es demasiado sospechoso.
—Sí —recordó al anciano abatido con el pergamino del retrato entre sus brazos—. El archivero está buscando a alguien, al parecer está relacionado con el mensajero que ocupaba anteriormente el puesto del hombre desconocido.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—El hombre le advirtió al archivero, dijo que no lo buscara más o el “superior” también acabaría con él.
—Significa que el archivero conoce al superior.
—Así es.
—Creo que estamos exagerando —Leone arrugó la nariz—. Pueden llamar amatistas azules a los jades más azulados. Quizás es propaganda para venderlos como tales.
—¿Entonces Dion Yi usaba joyas de jades azules? —exhaló con sorna—. ¿Y los confundiste con diamantes azules?
—Mi ojo estético nunca falla —levantó las cejas con molestia.
—Mi instinto de guerrera tampoco, y te aseguro que las amatistas azules y la desaparición del conocido del archivero me resultan anómalas.
Nuevamente Leone se quedó callada, arrugó los ojos un par de veces como si discutiera con la mirada —Si descubrimos quién es el superior sabremos si existe un contrabando de diamantes azules disfrazados de amatistas en este continente —dijo al fin.
—Exactamente —Kyun se cruzó de brazos algo preocupada—. La otra opción es indagar con Dion Yi, pero claramente eso es una negativa.
—Es correcto —la señaló afirmando—. Si el general está relacionado con el superior también está metido dentro de ese negocio sucio, si nos inmiscuimos sin saber con qué lidiamos nos estaríamos entregando en bandeja de plata.
De un momento a otro Kyun recapacitó —Un momento ¿Pero esto que nos importa? No tiene nada que ver con nosotras.
—¿Es en serio Kyun? —expulsó Leone incrédula—. Por supuesto que tiene que ver conmigo. Le están robando al archiducado, tengo herencia ahí por si no lo sabes. Además, si hago alguna especie de acto heroico, puedo abogar por mi regreso a Ílios.
—Pero justo ahora tenemos demasiados problemas ¿Olvidas el intento de asesinato de Hyaker?
—Por supuesto que no, todavía pienso averiguar al respecto —la vergüenza reapareció—. Pero esto también es importante.
Kyun rodó los ojos, hizo una mueca disgustada —¿Entonces qué? ¿Qué procede?
—Busca al archivero —dijo determinada—. Necesitamos saber quién está detrás de esto. No escatimes en sobornos, pagaré lo que sea.
…
—Si es posible, métete en su cama —el sungju Sae sonaba los dedos sobre una mesa de madera redonda mientras veía a su hija que permanecía cabizbaja en una esquina del salón.
—Sang Hoon ¿Estás loco? —la sungyubin lo veía con desaprobación—. ¿Olvidas que estás hablando de tu hija?
El sungju se pasó la mano por la frente abatido —¿Y qué quieres que haga mujer? La peste del dragón está acabando con las mujeres de este reino ¿Acaso deseas que nuestra hija tenga la misma suerte?
—¿Y vas creer en esa tonta leyenda?
—¿Cómo explicas la muerte de las hijas de la familia Choi y la familia Hwang? Los médicos no encuentran procedencia a sus síntomas, y te recuerdo esposa, la leyenda narra justamente lo que a ellas les ocurrió.
La sungjunbin exhaló algo desalentada —La muerte de las jóvenes son casos aislados.
—No son solo dos chicas, eran dos candidatas a esposas del príncipe heredero —recriminó.
—Entonces es eso —la sungjunbin hizo una mueca—. Te preocupa que nuestra Jin Ah muera sin darte los beneficios como suegro de un príncipe.
Jin Ah permanecía callada, estaba tan acostumbrada a esa conversación que inmutarse le resultaba un sobreesfuerzo. Su mente fue entrenada por ella misma para afrontar la realidad que conllevaba ser la hija de una familia noble, pero, aunque una coraza de acero la separaba de sus emociones, una única y pequeña chispa que llevaba consigo el recuerdo de enamoramiento infantil le rozaba la punta de las pestañas y provocaba el nacimiento de cristales líquidos que se esmeraba en secar antes de que conocieran sus mejillas.
—No creas que esto depende solamente de la ventaja que nos otorgara en la corte ser parientes del rey —el sungju se giró hacia su hija con ojos trémulos—. Entre más lejos Jin Ah esté de la capital, más segura estará. En cuanto el matrimonio sea oficial, el segundo príncipe tomará su puesto como gunhyeon de la provincia de Euncheon en el sur, tendrán que dejar Selinia.
Una ráfaga de viento amenazó con alborotar el perfecto peinado del cabello castaño rojizo de Jin Ah, esto la hizo volver desde el interior de sus pensamientos hacia el paisaje que la rodeaba, el frondoso jardín de peonias que tenía en frente.
Se levantó y caminó un poco mientras esperaba a Leone, quién había tardado más de lo previsto. El calor del verano iniciaba a ser notorio a medida que los días pasaban, por lo que para aliviarse de la ofuscación inició a abanicarse, pero, el viento con algo de rebeldía, le arrebató el abanico de las manos. Se estuvo buscándolo también en un jardín aledaño durante unos minutos, pero el objeto parecía esfumado.
—Supongo que buscas esto —dijo una voz a su espalda.
Jin Ah se giró y a pesar de que Hyaker la tomó por sorpresa, se reverenció con afinidad —Su alteza, disculpe mi impertinencia, no sabía que estaba usted ahí.
Hyaker extendió el abanico —Cayó justo en el campo de entrenamiento.
—Lamento la interrupción —tomó el abanico avergonzada.
—No interrumpes —dijo restando importancia.
Jin Ah respiró hondo, observó a Hyaker de arriba hacia abajo. Era genuinamente hermoso, reservado, supo que tuvo un excelente desempeño académico y todo el tiempo estaba practicando esgrima. El prometido perfecto en todo sentido, pero él no parecía ni un poco interesado en ella; la veía del mismo modo en que veía a los árboles, las armas o los sirvientes. Se decepcionó un poco, esperaba al menos llevarse bien con su futuro esposo y que con el tiempo pudieran desarrollar al menos cariño el uno por el otro, pero Hyaker lucía tan distante que esa idea resultaba casi imposible.
—¿Cómo se ha sentido? No lo veía desde el día del festival de caza—trató de iniciar una conversación para de algún modo quebrantar el muro de hielo que los dividía—. Quise visitarlo, pero sabiendo que valora mucho su privacidad decidí evitarlo.
—Me he sentido muy bien —movió la cabeza afirmando—. Agradezco que haya respetado la intimidad de mi recuperación —a su mente llegó la noche en que Leone se coló en su habitación sin permiso de nadie, la ironía le sacó un suspiro sarcástico—, pero solo fue un simple esguince.
—Gracias a Dios —jugueteó con su abanico—. Escuché que la duquesa le ha salvado.
—Así es —arrugó el entrecejo—. ¿Acaso su excelencia a mencionado algo al respecto?
—En lo absoluto, ella se dedica a aprender diligentemente.
—¿Es buena estudiante? —alzó una ceja.
—Mentiría si dijera lo contrario. Tiene un amplio conocimiento en áreas diversas. Lo que me sorprendió es que ha aprendido sola.
—¿Sola?
—Es autodidacta, se enseña a sí misma. Respecto al protocolo, he de admitir que tenía muy arraigada la etiqueta occidental, casi se negaba a soltarla, pero ha mejorado mucho. Estoy segura de que para su cumpleaños número veintiuno estará más que lista para casarse.
—¿Casarse? —preguntó afilando los párpados, como si tal y la noticia fuera inesperada.
—Por supuesto, una vez siendo mayor de edad y habiendo finalizado su preparación podrá convertirse en una esposa admirable.
Hyaker presionó ligeramente el entrecejo, se mordió con fuerza moderada su labio inferior provocando la aparición de un hoyuelo en la mejilla izquierda, en la derecha los lunares picaban.
—Hay candidatos, supongo.
—No directamente, pero los rumores sugieren que luego de verla en el festival de caza el interés de los nobles aumentó considerablemente. Tengo pensado presentar a su majestad al recién ascendido nohwan de Hanecheon, siento que sería una buena opción para su excelencia. Es un erudito joven y muy apuesto, más o menos de su edad, además es de buena familia, me atrevo a decirlo ya que es mi pariente lejano.
Hyaker la observó sin expresión alguna, totalmente serio, Jin Ah llegó a incomodarse por la dureza de su rostro hasta que escuchó personas llegar al quiosco .
—Parece que su excelencia ha arribado —se aclaró la voz.
Hyaker giró el rostro en un movimiento ofensivo y observó a Leone de espaldas, se abanicaba algo sofocada mientras Kyun y Hanae llamaban a Jin Ah.
—Con su permiso su alteza, me retiro —Jin Ah se reverenció y se alejó todavía sintiendo en su cuello el hielo que el príncipe emanaba. Llegó algo acelerada al quiosco.
—Señorita Jin Ah ¿Dónde estaba? —preguntó Kyun al verla acceder.
—El viento me voló el abanico —se giró hacia Leone—. Excelencia disculpe la tardanza, me entretuve hablando con su alteza el segundo príncipe.
—¿El segundo príncipe? —rápidamente buscó con la vista a Hyaker, pero él ya no se encontraba en los alrededores. Al no encontrarlo dirigió sus ojos hacia Jin Ah y la culpa de lo ocurrido la noche anterior le cayó como yunque en los pies. Muda, apartó la mirada y se apretó con recelo el anillo en su mano izquierda.
—Por favor discúlpeme —Jin Ah se reverenció nuevamente.
—He dicho que podías tutearme —mencionó Leone cabizbaja.
—Es verdad, entonces —extendió su brazo señalando la mesa baja—, por favor siéntate. Kyun comentó que hoy querías estudiar historia.
Rápidamente Leone volvió en sí y sonrió plácida —Es correcto —se sentó—. Dios mío —hizo un gesto teatral—. Me temo que he olvidado el cuaderno donde tomo apuntes. Hanae por favor ve a buscarlo, está sobre mi escritorio.
Hanae asintió, Leone la observó irse, en cuánto la sirvienta hubo salido por completo del jardín se giró hacia Jin Ah —Háblame sobre la mutilación de los descendientes de las familias milenarias —habló con voz casi marcial—. La eliminación bárbara de aquel importante pelotón que ocurrió en la frontera hace tres años.
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